La afilada columna de David Gistau

«El pueblo español al que alude Rajoy sólo podría ser optimista si hiciera como los crucificados de ‘La vida de Brian'»

Manuel Jabois: "Con Amaiur pasa como con el sargento Brody, que de repente todo se rodea de muerte"

El Ejecutivo del registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante es el principal protagonista de los espacios de opinión de la prensa de papel el 21 de noviembre de 2013. Los es por diversos motivos, como puede ser el segundo aniversario de la victoria electoral, su intención de que los padres paguen las multas de los hijos o el reparto político, con el PSOE, CiU y PNV, del Consejo General del Poder Judicial. Y entre tanta política, hay quien logra arrancarnos una risa al introducir uno de los momentos más divertidos de la historia del cine en una crónica parlamentaria.

Comenzamos en esta ocasión en tierras periodísticas de Pedrojota Ramírez. Nada más abrir El Mundo nos encontramos con una columna de Arcadi Espada titulada ‘Le bel âge’:

Esta mañana temprano, cuando marchaba hacia el colegio, parece que una de mis queridas hijas ha cogido un par de huevos de la nevera y se los ha metido en el bolsillo. Como anunciaba que no vendría a comer, su madre ha creído que se trataba de su alimentación, descuidada, proteínica y adolescente. Pero yo sé que no. Yo sé que son para tirárselos esta tarde a la policía. Hay mani contra la ley de Educación.


Arcadi Espada.

Concluye:

La responsabilidad de los padres en la conducta de los hijos es mucho menos mecánica y decisiva de lo que quiere la vulgaridad general. Los planes gubernamentales parten de esta convicción, que protege el funcionamiento del mundo pero que tiene poco que ver con la verdad. En cualquier caso son planes que desprenden un inesperado aroma a corrección política. O sea: una protección del menor a pesar de sus salvajadas. Mucho más interesante y formativo sería que el menor pagara sin persona interpuesta. Trabajos forzados, por ejemplo: no me conmovería.

La verdad es que preveo una ola de emancipaciones anticipadas. La responsabilidad paterna no podrá aguantar esta escalada de precios.

También en el diario de Unidad Editorial, Manuel Jabois titula Ya se ve el programa.

Era el aniversario de la victoria del PP y en el Congreso había como un ambiente de balance, esa atmósfera serena que se le pone a las iglesias a media tarde cuando oscurece. La trascendencia hizo que hasta Rajoy, poco dado a rozarse con la prensa, se parase a decir que ya no descartaba abrir el programa electoral, camino de incunable. Sin embargo, el grisáceo engranaje de la democracia no tenía preparado ningún fasto.

Cuenta alguna escena de la sesión parlamentaria:

Con Amaiur pasa como con el sargento Brody, que de repente todo se rodea de muerte, en parte porque preguntan. En el Congreso ciertas cuestiones levantan una muralla espesa, un aire grave en el que se reconocen heridas no cerradas.

Amaiur preguntó sobre las víctimas de la violencia del Estado, y cuenta Jabois:

Gallardón dijo que desde un punto de vista ético y político «lo único que pueden hacer es darnos explicaciones a los demás de cómo es posible que durante más de medio siglo hayan amparado y disculpado la mayor y brutal violencia que ha tenido este país en toda su historia». Amaiur estas inquietudes suyas sobre terrorismo, muy legítimas, debería trasladárselas a otro grupo para que las cuelen ellos, porque sino lo que le viene a la boca a Gallardón, y a cualquier persona decente, es el esfuerzo de ajustar a Derecho y con lenguaje finamente procesal lo de «habló de puta la Tacones».

Pasamos a ABC, donde David Gistau se nos pone argentino –o urugüayo o francés, que uno ya no sabe qué nacionalidad atribuir al máximo exponente del tango– con un gardeliano titular: Con la frente marchita. Sin embargo, el contenido mira para España.

En el aniversario del triunfo electoral, en la mitad exacta de la legislatura, el gobierno trató de insuflar optimismo con un cantar de gestas en el que el dragón abatido es la prima de riesgo: la misma que, antaño, las tertulias de la televisión actualizaban al segundo en la esquina superior de la pantalla, como si fuera la cuenta atrás hacia el impacto del meteorito.

Añade:

Rajoy dio las gracias al pueblo español. Ésta es una noción colectiva con la que el presidente acaso abarque demasiado. Porque ni siquiera su propio electorado ha resuelto aún la confusión, cuando no la decepción, por las promesas electorales incumplidas, por los principios escamoteados, por la tenaza fiscal insuperable para el más estatalista de los gabinetes socialdemócratas, por la protección de la endogamia política mientras se le endosa el sacrificio a la clase media, por el millón de parados – otro millón como el de Gironella añadidos a la estadística heredada, por espectáculos tan hirientes como el del goteo de excarcelaciones, que no se alivian ni con las excéntricas interpretaciones psicológicas de la sonrisa que hace el ministro de Interior.

Sostiene Gistau:

Pero ese pueblo español al que alude Rajoy sólo podría entregarse al optimismo si decidiera componer un cuadro como el de los crucificados de «La vida de Brian» que cantaban al lado alegre de la vida. Al PP le quedan dos años para lograr acudir a las elecciones con un argumento más positivo que el miedo al advenimiento de una amalgama frentepopulista que interrumpa un trabajo inconcluso.

A este humilde lector de columnas le ha alegrado el día esa mención a una de las grandes escenas de una película tan magistral como la citada de sus admirados Monty Python. Gistau Concluye:

Desde la Conferencia del PSOE «más rojo», el PP vislumbra en eso una ventaja por la liberación del voto centrista. Probablemente, no perderá ocasión de recordarlo en el parlamento, cada vez que tome la palabra algún habitante del archipiélago de siglas de la Izquierda Plural. Con Rubalcaba, que le inquirió acerca del paro, Rajoy se mantuvo apegado a la costumbre de neutralizarlo enfrentándolo a su participación en la máquina de fabricar desempleados que fue el gabinete de Zapatero. Aún dispone de unos cuatro millones de comodines.

Esta ya añeja táctica de la «herencia recibida» dispone de una variante regeneradora: las confesiones de Solbes, que agregan patetismo e irresponsabilidad a aquel ciclo de poder cuyo recuerdo aún no ha mutado en añoranza socialista. Cuando Soraya Rodríguez intentó levantar un discurso acusatorio sobre las mentiras electorales y el aumento del paro, la vicepresidenta del gobierno se sacó de la faltriquera a Solbes, lo arrojó a modo de estrella ninja, y se quedó clavado en la frente de la portavoz socialista.

En el diario madrileño de Vocento encontramos también a Gabriel Albiac, que muestra su indignación con el reparto político del Consejo General del Poder Judicial. Y lo hace a su estilo, con un fondo muy culto. Titula El retorno del Leviatán.

Sin división de poderes, puede haber elecciones. Como las ha habido en los diversos modelos totalitarios del siglo XX. Sin división de poderes, democracia no significa nada.

Puede que lo más disolvente que suceda en la España de los últimos treinta años sea el olvido de eso. Y la normalización -con el peso de un automatismo o de una evidencia- del lenguaje que asume como deseable la repartición de todos los poderes del Estado entre las solas entidades oligárquicas a las que llamamos partidos. Los partidos son, sin duda, una parte de las sociedades democráticamente constituidas. Una parte (eso significa «partido»). Hacer de ellos los únicos y universales agentes del poder es bascular hacia algo que sólo usa el término democracia por analogía.

Finaliza:

Al órgano de gobierno de los jueces llamamos Consejo General del Poder Judicial. Ese cuyo reparto equitativo entre los grandes partidos nos vuelve a ser anunciado como modelo del buen funcionamiento del consenso. Lo es. Del consenso -o consentimiento- entre partidos. Que es exactamente lo mismo que decir: del acuerdo para someter la Constitución al sólo arbitrio de una red de oligarquías.

El artículo 16 de la primera declaración de los derechos del hombre y del ciudadano sentenciaba, en 1789, cómo «una sociedad en la cual la garantía de los derechos no esté asegurada ni la separación de los poderes determinada, no tiene Constitución». La Constitución de 1978 se ajustaba a eso. Hasta que llegó la apisonadora de los años González: la ley orgánica del 85 puso el gobierno de los jueces en manos de los partidos. Y el Leviatán se recompuso. Nadie ha vuelto a segmentarlo.

Terminamos en La Razón, donde Agustín de Grado escribe sobre el terrorismo en una columna titulada Sin máscara:

Cuenta Teo Uriarte que cuando Josu Ternera envió la carta a Zapatero planteándole abrir el proceso de paz, el presidente, entusiasmado, le confesó a un ex político vasco: «¡Quieren hacer política!». Éste agarró entonces de la manga a Zapatero y le respondió: «Presidente, ¡nunca han dejado de hacer política!». Eso ha sido ETA siempre: un proyecto político. Liberticida, excluyente y de ruptura de España.

Añade:

Que los pistoleros más sanguinarios salgan ahora de la cárcel acompañados de violadores y psicópatas no es prueba de la derrota de ETA. En todo caso, lo es de una democracia acomplejada durante años en el castigo del crimen. Pero el proyecto totalitario de ETA sigue ahí. Ahora, avalado por las urnas.

Concluye:

El presidente de Sortu ya no necesita máscara: «La decisión que HB tomó hace 35 años fue acertada. No estamos dispuestos a rechazar ni revisar nada de aquello. Reivindicamos lo que fuimos y lo que somos, lo que hicimos y lo que hacemos». ¿Derrotados? Su proyecto ideológico avanza en una sociedad que, huérfana del liderazgo para combatir las imposiciones proetarras en «la resolución del conflicto», flojea en sus resortes morales y comienza a asumir la exculpación del terrorismo y la renuncia a la crítica del pasado como condiciones para la convivencia. Que entonces será pacífica, no libre.

Este afilador de columnas matizaría a De Grado. Cierto es que la convivencia no sería libre, pero tampoco sería pacífica. La amenaza de la violencia, mediante el terrorismo directo o por otras vías, siempre seguiría pendiendo sobre miles de personas que no comparten el proyecto totalitario.

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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