OPINIÓN / Afilando columnas

Losantos no se amedrenta: «Si creyera que en España hay Justicia, demandaría al CAC por fomentar el odio e incitar a la violencia contra mí»

Antonio Burgos: "Susana Díaz es una agradaora de la escuela de Pepe Bono, que dice lo que cada uno quiere escuchar"

Jabios, sobre la corrupción en UGT: "Esperemos que no haya juicio y condena, porque sólo faltaría, para hundirlos, que se les indulte"

Aunque mucho menos citada que ‘1984’ (un libro que, en realidad, la mayor parte de la gente que lo saca a colación no ha leído y muchos de quienes sí lo han hecho no han llegado a comprender, o no han querido hacerlo, en su sentido completo de denuncia tanto del fascismo como del comunismo), ‘Rebelión en la granja’ es una auténtica obra maestra de George Orwell. Resulta normal que la progresía no suela nombrar esta fábula puesto que resulta imposible ocultar que se trata de una brillante denuncia de los sistemas de corte soviético en general y del estalinismo en particular. Pero si el libro en sí ya resulta excelente, su prólogo —La libertad de prensa— es un texto digno de ser leído por sí mismo. Aunque pueda matizarse algún punto muy menor, es un brillante ensayo en defensa de la libertad de expresión. Déjeme, estimado lector, reproducir aquí tan sólo un par de extractos del mismo:

Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos inequívocos caminos.

Si la libertad significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír.

Todo esto viene a colación por el informe del Consejo Audiovisual de Catalauña producto de un seguimiento de lo dicho por una serie de presentadores y colaboradores de radios y televisiones y que reclama millonarias sanciones contra Intereconomía y 13TV —El CAC busca crujir a 13TV e Intereconomía con sanciones millonarias por «fomentar el odio a Cataluña»–. Vaya por delante que a este humilde lector de columnas, nada sospechoso de simpatizar con Mas, Junqueras o ‘El nen de la xancleta’, no le parece correcto comparar a los nacionalistas catalanes con los nazis. Aunque en algunos comportamientos sí se puedan encontrar elementos propios de sistemas o formaciones totalitarias (la existencia de una maquinaria de medios públicos destinados a adoctrinar a la población o la propia pretensión de sancionar a los periodistas críticos, por ejemplo), nacional-socialismo y nacionalismo catalán pertenecen a categorías muy diferentes y CiU o ERC no se acercan a los altísimos grados de maldad de Hitler y los suyos. Y lo mismo puede decirse de equiparaciones con el castrismo o el estalinismo.

Dicho eso, cualquiera debe tener derecho a errar en su análisis o hacer comparaciones poco acertadas. Por cierto, que en algunos medios nacionalistas catalanes también se ha comparado con los nazis a Rajoy y al PP, a Ciudadanos o a los periodistas ahora señalados por el CAC, entre otros, y nadie ha parecido escandalizarse por ello en ambientes oficialistas del nacionalismo.

Sobre el informe en cuestión, en realidad son dos, encontramos un par de artículos el 27 de noviembre de 2013. Uno ha sido escrito por alguien que no aparece en los pliegos con pretensiones censoras del CAC, pero que sí trabaja en un medio de un grupo en ellos señalados. El otro tiene por autor a uno de los periodistas más veces citados en por el órgano de control de los medios (la mera existencia de un ente así es ya un ataque a la libertad y un cierto ramalazo totalitario) al servicio del nacionalismo catalán. Comencemos por el primero de ellos.

En La Gaceta, periódico que ya no trae miga, José Carlos Rodríguez titula Fomentar el odio.

El CAC acusa a estos medios de «relacionar la sociedad, las instituciones y los procesos políticos de Cataluña o del Estado, incluidas las personas que forman parte, con movimientos, regímenes o actitudes totalitarias que se banalizan». Es decir, que el CAC está muy preocupado con que los medios banalicen las actitudes totalitarias.

Añade:

Lo cual nos lleva al tema principal, que es el odio. Las opiniones no nacionalistas, erradas según ellos, podrían moverles a la risa, como cuando un niño interpreta el mundo con su escueto acervo de ideas. O a la compasión ante las ideas de un loco o un ignorante. Pero, por algún motivo, los nacionalistas no tienen sitio para la compasión. Tampoco para la risa. No tienen payasos. No quieran jugar con ventaja mentando a Tardá; hablo de la voluntad de hacer reír. Boadella no tiene cabida en su Cataluña.

Concluye:

Alguien personal o políticamente equilibrado podría pensar que las opiniones contrarias a uno están motivadas por una interpretación distinta de lo que debe ser, del bien. Los nacionalistas (no son los únicos), ven detrás del disidente una cepa de odio; la paja y la viga. Todo ello es fruto de una cadena de errores. Tener opiniones contrarias al nacionalismo no fomenta el odio hacia él, necesariamente. Además, todos tenemos el derecho a odiar cuanto nos plazca, allá cada uno con su bilis. El derecho a odiar debería ser reconocido universalmente; es injusto considerarlo exclusivo de la idiosincrasia del nacionalismo catalán. La preocupación del CAC por la paz de nuestra alma es excesiva; se sale de lo que razonablemente puede caer en la responsabilidad de una administración pública. Pero de nuevo emerge la voluntad totalizadora.

Fomentamos el odio, pero el suyo, no el de terceros, por el grave pecado de no pensar igual.

Y de ahí pasamos a El Mundo, donde escribe uno de los periodistas sometidos a un mayor seguimiento por parte del CAC. Nos referimos a Federico Jiménez Losantos, que responde al informe con un artículo titulado Feixisme.cat (creemos que no hace falta traducir).


Federico Jiménez Losantos.

Si yo creyera en la Justicia española o , mejor dicho, que en España hay Justicia, demandaría al CAC -o sea, el Consejo Audiovisual Catalán- por fomentar el odio e incitar a la violencia contra mí, degradar mi imagen personal y profesional, vulnerar los derechos básicos que asisten o deberían asistir a cualquier ciudadano europeo en Cataluña, por manipulación artera y tendenciosa de mi imagen, persona y opiniones, por malversación de dinero público para perseguir a periodistas y medios de comunicación cuyas opiniones molestan a la Generalidad de Cataluña.

Si en España hubiera Justicia, yo demandaría hoy mismo al CAC por ensañamiento contra una víctima del terrorismo separatista catalán, que soy yo (secuestro y atentado en Mayo de 1981 por el que fueron condenados en la Audiencia Nacional, convictos y confesos, los autores, separatistas catalanes), y lo haría porque el desprecio, menoscabo, burla y cualquier otra forma de agresión contra las víctimas del terrorismo está contemplado por el Código Penal.

Concluye:

El odio personal del CAC se advierte en que sus ataques contra mí ocupan tres cuartas partes de ese informe, que cumple la amenaza de la Generalidad de crear listas negras de periodistas a los que injuria comparándolos con los nazis, atacando un programa de radio que no se emite en Cataluña, ni está bajo su jurisdicción.

Podría recordar que durante el franquismo, cuando Homs no existía y Mas se llamaba Arturo, yo defendía en la clandestinidad los derechos lingüísticos de los catalanohablantes, por ejemplo en el I Congreso de Cultura Catalana en Montserrat. Y, por último, ¿cómo voy a predicar el odio a los que -ilegalmente- defienden la independencia de Cataluña, cuando yo mismo la defiendo, en defensa propia, para perder de vista al feixisme.cat?

Sin salir todavía del diario de Unidad Editorial cambiamos de tema. Manuel Jabois escribe sobre las corruptelas sindicales y titula Los del maletín.

Una de las prácticas que UGT utilizó para cargar a fondos públicos sus actividades privadas tiene que ver con 700 maletines. El Mundo procuró exhibirlos por fuera, pero lo interesante hubiera sido saber qué había dentro. Es probable que esos maletines hechos en una fábrica asiática estuviesen llenos de argumentarios con los que atacar la reforma laboral porque con ella, como bien avisó Cándido Méndez, «nos vamos a China».

Añade:

Todo lo que se denuncia dentro del maletín, se encuentra en su propia superficie. Desde la deslocalización hasta el desvío de dinero de cursos para parados, llegando a los gastos de representación en convenio colectivo que cargó UGT a la Junta: 12.000 euros en gambas, jamón, cerveza y rebujito como si los hermanos Quintero hubieran reescrito Germinal de Zola.

Concluye, con no poco cachondeo:

En todos los países los servicios secretos tratan de matar a su presidente. Lo hacen en actos oficiales de importancia para reunirse después y saber si alguno consiguió tenerlo a tiro; detectan así agujeros en la seguridad. En UGT un grupo de élite decidió aplicar tácticas de la patronal para saber si está preparado el sindicato para defenderse con todos sus recursos. Pero al atisbar los fallos del sistema, en lugar de irse corriendo a subsanarlos se han puesto a apretar el gatillo como locos. Tan metidos en el papel que, pillados, han pedido prestados los tics del poder en caso de crisis, incluida la famosa cortina de humo. Esperemos que no haya juicio y condena, porque sólo faltaría, para hundirlos, que se les indulte.

Otro columnista que habla de las corruptelas sindicales en Ignacio Camacho en ABC. Titula La copia china:

Si hubiesen sido sólo los maletines de piel tendría un pasar. El problema es que, aprovechando el pedido, los dirigentes de la UGT de Andalucía debieron de encargar en China o en Corea un sindicato falso.

Añade:

Este acomodado sindicalismo de dietas y fraudes es una falsificación, un sucedáneo, una impostura que no resiste el contraste con el patrón original. A simple vista da el pego, con su parafernalia de banderitas rojas y sus líderes vociferantes y barbudos, con sus piquetes de huelga y sus discursos de clase; pero enseguida, al primer roce, al primer descosido se aprecia el cartón de la farsa. Con el uso y el desgaste la réplica se revela de pésima calidad y se deteriora rápido.

Esta UGT apoltronada en vicios un poco horteras, en comilonas de amigotes y cursillos en el Caribe, es como una parodia, un defectuoso duplicado del modelo constitucional de agentes sociales.

Concluye:

Ha falsificado su papel institucional y defraudado su legitimidad política y moral para malversar fondos, estrategias e ideales. Es un producto adulterado, inflado de aire vacío y propagandístico como los globos rojos de Alcorcón; una copia de marca Acme, como los dichosos bolsos de manufactura clonada. Gato por liebre, obrerismo de todo a cien, marroquinería sindical pirata. Pero muy cara.


Antonio Burgos.

Otro columnista andaluz del diario madrileño de Vocento, Antonio Burgos, escribe sobre Susana la agradadora.

Dice el DRAE: «Agradador: adj. poco usado. Que procura agradar». El DRAE está equivocado. De poco usado, nada; usadísimo. Ya en Jerez y en su Marco apenas quedan agradaores, porque a las multinacionales del vino no les gustan. Ahora todos los agradaores están en la Junta de Andalucía y en el PSOE, donde los hay a manojitos, diciendo a la gente lo que quiere oír.

Concluye:

Mas por aquello de la igualdad de género, en el Congreso que el PSOE-A ha celebrado en Granada se ha inventado lo que hasta ahora no existía: la agradaora. Como ciudadanos y ciudadanas, agradaores y agradaoras. El dedo de Griñán, cuando dio la espantá al comprobar que la juez Alaya había hecho hilo con él, puso de presidenta de la Junta a una agradaora. Ahora los socialistas andaluces la han nombrado secretaria general. Es Susana Díaz. Es una agradaora de la escuela de Pepe Bono, que dice lo que cada uno quiere escuchar, profesional del contento de oídos. ¿Que Susana habla a los del PP? Les dice lo de la unidad de España. ¿Que Susana habla a los del PSOE? Les dice lo del «nuevo tiempo». Y de los ERE, ni mijita. Y sobre los mangazos de la UGT, de Belinda. Como el agradaor jerezano de la corbata de don Jaime, pero a babor y estribor, a la derecha y a la izquierda. Que sea verdad o mentira, poco importa. Susana Díaz se ha ganado el estrellato agradando a la gente, que escucha de su boca justamente el embuste que a cada uno le gusta oír.

Terminamos en esta ocasión con dos artículos de La Razón, uno de ellos ciertamente emitido. Pero ese lo dejamos para el final, antes vayamos al de corte político. José Antonio Gundín dedica al libro que de ese ex presidente del Gobierno que entre una nube supervisada y la siguiente encontró tiempo para firmar un libro –puede que el autor sea él pero es posible que no; como siempre le gusta destacar a este afilador de columnas, que un político firme un libro o un artículo no implica necesariamente que lo haya escrito él– llamado ‘El dilema. 600 días de vértigo’. El columnista del diario de Marhuenda juega con esas palabras y titula El dilema de Zapatero:

Su modo de enfrentarse a la derrota es el de quien está en paz consigo mismo y sólo aspira a contar su versión de cómo sucedió. Más aún, sus reflexiones vienen a justificar, a veces de forma explícita, las posteriores reformas y ajustes de Mariano Rajoy. De hecho, el presidente del PP prolonga y profundiza el volantazo político que dio el dirigente socialista el 12 de mayo de 2010. La gran paradoja de Zapatero es que sus dos peores años como socialista fueron sus dos mejores años como presidente de Gobierno. Nadie sabe cómo le juzgará la historia (el presente no le es benévolo ni con los suyos), pero si alcanza la absolución será gracias a su actitud responsable en esos 600 días de vértigo que se abatieron sobre la economía española. Como capitán, dio lo mejor de sí mismo cuando sobrevino el naufragio.

Y como punto final la Carta a Carlos Herrera que escribe José Luis Alvite y en la que explica al presentador de Onda Cero su ausencia en la tertulia de su programa.

Querido Carlos Herrera: Por primera vez no puedo culpar de mi ausencia a la desidia, ni alegar que una monada ciega de Denver me salió al paso y sin motivo alguno se encaprichó conmigo. Tampoco me servirá de excusa la vieja historia de cuando era un niño muy delgado y el viento al azotar me levantaba del suelo y me cambiaba de acera, de raza y de familia. Esta vez es el cáncer, amigo Herrera, esa cosa que yo pensaba que en mi caso sólo podría ser una mancha que, puesto en lo peor, haría una metástasis como de tebeo en la tapicería del coche. Cáncer de colon y cáncer de pulmón. Dos golpes en un solo mazazo.

A pesar de lo duro de la situación, no pierde el sentido del humor:

Es una de esas veces en mi vida que la peor noticia no me la da Hacienda.

Concluye:

Dice mi oncólogo que «la situación es muy comprometida» y eso significa que mi buena suerte puede haber cambiado a peor y que la vida ya no me dará la siguiente patada en el culo apócrifo de otro hombre. No importa. Ojalá pueda volver a tu lado.Y si no vuelvo, por favor, piensa que fue sólo porque me empeñé en el estúpido sueño de llegar por ferrocarril a una ciudad sin tren.

Desde aquí, en nombre de todos los compañeros de Periodista Digital, entre los que José Luis Alvite cuenta con grandes seguidores (especialmente, pero no sólo, nuestro redactor jefe, Luis Balcarce, el oteador de portadas, Juan Velarde) tan sólo podemos cerrar este repaso a los espacios de opinión de la prensa de papel con un mensaje de apoyo y un: Sea fuerte, maestro.

 

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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