Salvador Sostres: "El conde sabe que Artur Mas está acabado"

«Godó necesita un director de La Vanguardia que sacrifique a Pilar Rahola»

Ignacio Camacho: "El funeral de Mandela era el verdadero acontecimiento planetario que soñó Leire Pajín para ZP, con la de estupendas frases huecas que hubiera podido soltar en la ocasión"

El simposio seudo histórico ‘España contra Cataluña’ tenía todos los puntos para ser el gran tema del día en los espacios de opinión de la prensa de papel del 12 de diciembre de 2013.

Sin embargo, la tarde anterior ocurrió algo. Entró en escena el ministro al algunos pensamos que es necesario dotarse de una ristra de ajos si tenemos que estar cerca de él.

Cristobal Montoro volvió a hacer una de las suyas y señaló de nuevo con su dedo acusador a los medios de comunicación que le critican, vinculado esta actitud crítica con los problemas económicos de estas empresas y su deudas (reales o supuestas) con Hacienda —Montoro vuelve a amenazar a los medios: «¿Es que no puedo decir que tienen deudas?»–.

Mientras Montoro no nos meta una tasa especial por el uso de instrumentos de viento, ni la mujer que contaba gaviotas reidoras sobre el manzanares nos haga pasar una prueba de calidad musical, nosotros seguiremos tocando nuestra armónica de afilador como aviso de que vamos a comenzar nuestro repaso a las columnas más interesantes del día. Como ahora.

El director saliente del diario del conde de Godó y Grande de España que empieza a recular en su conversión al independentismo es uno de los que critica a Montoro. Lo hace, eso sí, forma suave, como para no molestar demasiado, no se vaya a enfadar el ministro. El artículo de José Antich en La Vanguardia se titula El polifacético Montoro.

Tampoco es necesario que Montoro mezcle las críticas que ha recibido estas semanas con comentarios jocosos de las cuentas de explotación de estos medios, que, según señala, le van a explicar a su despacho. Es cierto que a veces en el rifirrafe mediático que se produce en Madrid se utiliza demasiada brocha gorda. Pero el ministro debe defenderse de las críticas de otra manera. Seguro que no le faltan argumentos.

Todo un ejercicio equilibrios. Se critica, poco, al ministro pero también a los medios de ‘Madrit’ (ya sabemos que en el de Barcelona no se estila la «brocha gorda», ahí van más los usos cortesanos con el gran proveedor de dinero público —Mas adelanta la Navidad a los medios catalanes repartiendo más de 7,5 millones de euros en publicidad durante diciembre–).

Pero Antich no sólo publica un artículo en esta jornada. Es además uno de los grandes protagonistas de una columna en otro diario, en concreto en El Mundo. Salvador Sostres escribe sobre El director de ‘La Vanguardia’. Habla del nombramiento, en 2000, de Antich:

La Vanguardia se convirtió en un mero instrumento recaudatorio y Godó en el conde más subvencionado de España. A Godó le interesa el dinero y a Antich le interesa el poder: enseguida congeniaron y juntos se llevaron por delante cantidades de dinero público que ningún medio de comunicación privado había amasado antes. Antich urdió la trama con Convergència, que con David Madí-mano derecha de Mas hasta que fue presidente- descubrió que era mucho más práctico tener a La Vanguardia comprada que intentar contrarrestarla.

Dice más tarde:

Con su cinismo inalterable, Godó le ha destituido por independentista, después de haberse embolsado las cuantiosas ganancias.

El problema no es que Antich sea independentista -que no lo es-, sino que Godó sabe que Mas está acabado y necesita a un director más manejable que sacrifique a las tres piezas clave con que Antich se ha asegurado el dinero convergente. Pilar Rahola, biógrafa y cheerleader de Mas; Jordi Barbeta, jefe de Política del periódico y de propaganda del Govern; y Francesc-Marc Álvaro, columnista orgánico y considerable macarra.

No es demasiado amable tampoco con el sustituto de Antich, Màrius Carol:

No tiene el instinto letal de Antich ni mucho menos el periodismo de Juan Tapia, pero es más amable y su servilismo está asegurado.

Seguimos en el diario der Unidad Editorial, para dejar a un lado Antich pero continuar con Montoro. Victoria Prego titula El gran filtrador.

Ayer [Montoro] dijo en sede parlamentaria que los grandes medios de comunicación tenían grandes deudas con la Administración Tributaria. Y se escudó para decir eso en que los interesados se lo iban a contar a su despacho. Ah, ¿es que el ministro de Hacienda está exento del secreto que obliga a los funcionarios de Hacienda cuando las conversaciones sobre estos temas se celebran en su despacho?

Y, a continuación, dijo que había informaciones que calificó de «falsas» sobre determinados asuntos de la Agencia Tributaria y las relacionó directamente con esas supuestas deudas al preguntarse en voz alta si no serían una coacción de los deudores al ministro. No se pueden decir más barbaridades en menos tiempo.

Tras defender que El Mundo no tiene deudas con Hacienda, añade:

El hecho de que él afirme que las informaciones son falsas sin especificar a cuáles se refiere, coloca a todos los medios que han publicado noticias incómodas para la Agencia Tributaria en una especie de partida de la porra impropia de una democracia seria con unos medios de comunicación responsables.

Concluye:

No es la primera vez, ni la segunda, ni la tercera, que Montoro actúa así. Pero la de ayer fue la más grave. Puede que el ministro tenga que aguantar aún más noticias desagradables, caso de que las hubiera. Pero no se puede consentir que sea él el primer filtrador del Reino y, encima, y por lo que a algunos se refiere, falso. Así no se puede ejercer una responsabilidad como la suya.

Manuel Jabois también trata esta cuestión, y nos descubre La ‘cristobita’:

Entre los poderes del ministro Montoro destaca la cristobita, que es una indiscreción en forma de amenaza, cuando no directamente un inspector en la puerta. Montoro, que no tendría precio como director del CNI (el primer director del CNI sentado en Sálvame), ha ido repartiendo cristobita en sectores poco afines, tipo «si yo hablara». Ayer vinculó las críticas periodísticas a los problemas fiscales de los medios, que van a su despacho a contarle sus problemas. Hay que ser un poco masoca, la verdad, para ir al despacho del ministro de Hacienda a contarle tus problemas fiscales; yo, de poder algún día, iría con él a la barra del Colosimos a contarle mis problemas con las mujeres. Si me da dos horas salimos de allí con una sicav.

Una postura muy distinta sobre este mismo asunto es la de Kiko Méndez-Monasterio en la contraportada de La Gaceta, donde publica Criticar a la prensa.

Escuchar al ministro de Hacienda y reírse puede ser un síntoma clínico como para  hacérselo mirar, pero ayer era un día raro en el que no subía los impuestos, y además se metía con la prensa, cosa siempre agradable de oír a un político. Algunos ya se ha rasgado las vestiduras, gritando sea anatema, como si fuera el periodismo un dogma inatacable, y se equivocan. Es muy sano que los políticos de vez en cuando nos aticen, sobre todo porque algunos de nosotros a veces nos ponemos hasta sádicos con ellos – otros no, otros sólo hacen reverencias y copian y pega del argumentario que les pasa el partido-.

Concluye:

Lo que de verdad resulta un peligro son los ministros silenciosos ante los medios; los gobiernos que trazan sobre un papel todo el panorama mediático, decidiendo quién debe existir y quién debe desaparecer; los políticos que si les haces un par de preguntas incómodas en una tertulia suben a ver al director del programa y se quejan, como una niña mimada; y todos, en fin, los que desde la oscuridad y las bambalinas ponen algodones al plumilla de la secta y procuran defenestrar al indomable. Eso sí que no tiene ninguna gracia, y sucede todos los días, porque la profesión nuestra está viciada desde la Transición, cuando políticos y periodistas comían en los reservados de los restaurantes caros, y diseñaban desde allí como iban a tutelar el sistema. 

Pero olvidémonos un rato de Montoro, al menos hasta que veamos la cantidad que corresponde al IVA en el ticket de compra de cualquier producto o miremos la retención del IRPF en nuestra nómina (entre otras muchas actividades de alto riesgo para quien se asusta con los impuestos confiscatorios). En ABC, Ignacio Camacho no habla sobre un Flirteo planetario. Este humilde lector de columnas no suele incluir en su resumen las que tratan de temas internacionales, pero el columnista andaluz sabe darle un guiño español muy jugoso.

Antes de ver cómo logra Camacho incluir a España en una columna sobre el tonteo entre Obama y el primera ministra danesa, veamos cómo está él mismo fascinado con ella:

Y claro, una rubia es siempre una rubia. Esta, la señora Helle Thorning Schdmit, tiene nombre y aspecto de diosa nórdica, un fémur más largo y prometedor que el del homínido de Atapuerca y una sonrisa como para atracar un banco desarmando a los guardias.

Y, entremos en la materia que señalábamos:

Quizá Mandela merecía algo más serio que esta eclosión adolescente de los amos del mundo. O tal vez le hubiese divertido -él era un mujeriego compulsivo- toda esa frivolidad tan mundana en sus honras fúnebres, el verdadero acontecimiento planetario que soñó Leire Pajín para un ZP que, mecachis, con la de estupendas frases huecas que hubiera podido soltar en la ocasión, no estaba invitado. Sí estaba, o se coló, Corina, cómo no. Pero esta hace de las suyas más en privado.


Isabel San Sebastián.

También en el diario madrileño de Vocento nos encontramos con algunas de las múltiples columnas dedicadas al simposio ‘España contra Cataluña’. Nos quedamos, en el caso de ABC, con la de Isabel San Sebastián. Se titula No con mi dinero. Dice de los nacionalistas catalanes:

El territorio en el que se sienten cómodos es el de la falsificación, que incluye hasta las palabras. Nada de pronunciar los términos «autodeterminación» o «independencia», que es lo que dirían si fuesen valientes y coherentes con lo que predican. Nada de hablar de un «referéndum» en el que se plantee abiertamente la «secesión» y la subsiguiente expulsión de la UE. Mucho mejor confundir a la gente con una «consulta» sobre la posibilidad de acceder a la condición de «Estado soberano» con todas las ventajas de seguir bajo el paraguas europeo. No en vano controlan con puño de hierro tanto la educación como los medios de comunicación locales, a los que engrasan y domestican mediante generosas subvenciones. Cuando se trata de embuchar a los ciudadanos de Cataluña con su propaganda, todo vale; hasta ese «simposi» de pacotilla empeñado en retorcer la realidad a fin de demostrar lo indemostrable: que durante trescientos años una parte de España tan española como cualquier otra estuvo en conflicto político consigo misma.

Concluye:

La Constitución española y la Ley de Estabilidad Presupuestaria contienen mecanismos suficientes para impedir que los escasos recursos de los que disponen las arcas públicas en estos tiempos de carestía vayan a financiar actos propagandísticos destinados a fomentar el odio y la sedición, políticas de confrontación o actuaciones que vulneran frontalmente la legalidad, como es el caso de una campaña en pro de la autodeterminación. Yo no pago mis impuestos para que Oriol Junqueras y Artur Mas financien con ellos el robo de mi parte del patrimonio histórico, cultural y territorial que pretenden escindir de España.

Por su parte, Alfonso Merlos publica en La Razón Intolerantes y falsarios.

¡Óscar a la intolerancia! ¡Monumento a la falsificación histórica! Son persistentes y contumaces, se entregan sin reservas y sin complejos a la siembra del odio. Para sacar no se sabe qué réditos. O sí.

Concluye:

Estamos ante algo impropio de quienes deberían trabajar para que los ciudadanos saliéramos de esta crisis compactos y unidos. Pero ellos tienen la factura de la luz pagada para unos cuantos años. Así que su película y sus aventuras y sus preocupaciones son otras. Y precisamente por ello sus comportamientos son enteramente circenses. Porque avanzan paso a paso como el funambulista que lucha para no caer de la cuerda. Y porque con desmedida frecuencia parecen hacer competencia a quienes, pintándose la cara y colocándose una gran nariz roja, intentan arrancar las carcajadas de los niños bajo la carpa.


Jorge Martíenz Reverte.

Terminamos este repaso en la contraportada de El País, donde Jorge M. Reverte escribe también sobre el simposio de marras. Lo hace con el título de Setze jutges (‘Dieciséis jueces’, qué gran ayuda para el afilador de columnas es el traductor de Google). Aranca con un primer párrafo serio, donde da una interesante lección de historia:

Forma parte del mito de la nación catalana: durante la guerra de Sucesión (que no de Secesión), los milicianos partidarios del archiduque austriaco (dicen que catalán) Carlos, cuando cazaban a un incauto por el campo, le obligaban a repetir el trabalenguas «setze jutges». Si no lo pronunciaba bien, consideraban que era un partidario del borbón Felipe, que luego sería Felipe V, y le rebanaban el cuello.

El resto ya es ironía pura:

Trescientos años de tiranía y opresión que pueden percibirse a poco que uno pasee por las Ramblas. Los niños lloran porque no pueden hablar catalán, los comerciantes se arruinan porque pagan impuestos para que los extremeños se lo gasten todo en golferías como que sus hijos aprendan a utilizar ordenadores, y así todo.

Dice de sí mismo, siguiendo en tono irónico:

Me gusta ir a esa Barcelona sojuzgada en la que los madrileños nos sentimos dominadores desde hace tres siglos. A mí por lo menos me pasa. Miro Montjuïc y me imagino allí subido disparando cañonazos sobre el Ensanche y viendo morir a los que fueron mis amigos, destrozados por la metralla. Lo lamento, pero está en mi alma, en mis genes centralistas de siervo borbónico.

Intentaré pronunciar bien el trabalenguas, pediré cita hoy mismo a Jaume Sobrequés para que me guíe por las científicas jornadas en torno a 1714, aquel año en que mi grandeza alcanzó sus mayores cotas. Y le haré el saludo fascista, que es lo que todos los madrileños hacemos al levantarnos de la cama, para que no dude de mi calaña.

 

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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