OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

El consejo de Arriola a Rajoy: «Si pierdes las europeas no pasa nada, es un castigo pasajero»

Guillermo Gortázar examina críticamente al arriolismo en El Mundo

Losantos advierte a Rosa Díez de que está dando sus votos a Vox y a Ciudadanos

El cardenal Rouco ha conseguido que la casta política, desde UPYD a ERC y desde el PNV a IU, se una para descalificarle por su homilía en el funeral de Adolfo Suárez. La misma clase política abucheada hace unso días por los ciudadanos con motivo de las exequias de Suárez ahora se hace la ofendida y trata, como si fuese una maniobra, de dirigir la furia popular a otro objetivo.

Federico Jiménez Losantos (El Mundo) advierte a Rosa Díez, a la que él ha hinchado en otras elecciones, que está perdiendo votos con sus palabras en las que aflora la socialista que es.

Rosa Díez, en gesto electoral que agradecerán VOX y Ciudadanos, se ha puesto como una fiera porque en el funeral de Estado de Suárez sonase el himno nacional. Ay, Rosa. Que a la entrada de los Reyes en un acto suene el himno nacional es, sencillamente, protocolario. Cuando el Rey va a un estadio de fútbol a presidir la final de la Copa que lleva su nombre, antes el del Generalísimo, antes el de la República y antes el de su abuelo, suena el himno. Y precisamente por ser un símbolo de la nación española, para cuya defensa creíamos que había nacido UPyD, lo pitan los hinchas separatistas del Barça o el Athletic de Bilbao. Y pese al actual descrédito de la Corona -anterior al libro de Pilar Urbano- si la final la juegan el Real Madrid, el Atlético, el Sevilla, el Zaragoza o el Valencia, las dos aficiones aplauden, aunque no les guste el cazador de Botsuana.

En los pueblos sin banda de música tocan el himno con flautas, bandurrias y lo que sea. Igual que en el de Suárez sonó el himno en el funeral de Estado de Calvo Sotelo y en el del 11-M. Como dice UPyD que lo del 11-M ya está claro -como el 23-F-, pues que deje de sonar. Para los progres, el himno y la bandera son como para los ayatolás los versos satánicos del Corán. Rouco es su Satán pero quieren que sea Salman Rushdie.

Prosigue la glorificación de Adolfo Suárez. Como es difícil negar las evidencias, ya no estamos en la fase de «todos le queríamos», sino en la de «todos le odiaban menos yo». El escritor Javier Cercas publica una tribuna en El País en la que compara a Adolfo Suárez con James Stewart y a Franco con Liberty Valance: ‘El hombre que mató a Francisco Franco’. A ver si tengo que cambiar de marca de café…

En julio de 1976, cuando llegó a la presidencia del Gobierno, Suárez era el tipo más duro al sur de los Pirineos, el franquista que no se arrugaba nunca, y el que mejor conocía el franquismo. Por eso lo contrató el Rey: para matar a Liberty Valance; quiero decir: para matar el franquismo. Suárez cumplió. Pero no se conformó con ello; también engendró una democracia, una democracia donde creyó que todo le iría tan bien como en la dictadura, o mejor. Era una ingenuidad.

Como Doniphon, Suárez traicionó un error para construir un acierto, traicionó un pasado esclavo para construir un futuro libre, traicionó a unos pocos para ser leal a todos. Al matar a Valance, Doniphon se estaba matando en el fondo a sí mismo; lo mismo le ocurrió a Suárez: en el fondo, la muerte del franquismo fue para él una forma de suicidio. La democracia norteamericana, viene a decir Ford, se funda en un crimen real: el asesinato de Valance a manos de Doniphon; la democracia española se funda en un crimen simbólico, podríamos decir nosotros: el asesinato del franquismo a manos de Suárez. Por eso Suárez no es solo un héroe de la traición; también es el héroe fundacional de nuestra democracia.

Con elogios como éstos, yo prefiero que Javier Cercas no escriba mi obituario.

Tenemos un rey que habla como en ‘Juego de tronos’

David Gistau (ABC) recurre a otra ficción para su columna: ‘Juego de tronos’. El tema es el pilarazo.

VERDAD O MENTIRA: VOTE LA FRASE DE DAVID GISTAU

En realidad, esta retórica shakesperiana que, según Pilar Urbano, al Rey le brota espontáneamente incluso cuando está cabreado a mí me complace. Porque desmonta el fatigoso cliché de la campechanía. Y porque da un empaque clásico a una monarquía que, a diferencia de la inglesa, donde constantemente se nota la estela de siglos que hay detrás, se ha esforzado por camuflarse en una estética de clase media a la que le han ido bien las cosas.

Pilar Urbano ha conseguido algo extraordinario, que es hacer hablar al Rey del «nos llena de alegría y satisfacción» nada menos que como Tywin, jefe de la casa Lannister, cuando dio a su hijo Jaime una lección de poder y destino dinástico. Cómo será, que hasta le ha puesto a Don Juan Carlos un perro de reminiscencias medievales -¡el lobo de los Stark!- que custodia el despacho y averigua por instinto o telepatía a qué interlocutores hay que atacar para que pidan clemencia. Para que mi satisfacción fuera completa, sólo faltaron esqueletos enjaulados en los muros de La Zarzuela y que el Rey le hubiera pedido la dimisión a Suárez mientras desollaba un ciervo tumbado sobre la mesa del despacho. Qué divertida habría sido la Transición con un Lannister en La Zarzuela, en eso estoy de acuerdo con Pilar Urbano.

Lo que no me queda claro, y éste es el genio del escritor, es si Gistau se cree o no la versión de doña Pilar.

En cambio Jabois (El Mundo) publica una columna frustrada, porque no se le entiende nada, salvo el último párrafo.

Pocas cosas peores pueden sucederle a un paranoico como confirmarle una sospecha con media verdad, peor aún que una verdad entera. Pilar Urbano va a publicar un libro que reformará la Historia en la medida en que lo pruebe ella, no La Zarzuela. No por la necesidad de exculpar al Rey de nada ni por salvaguardar añejas estructuras de Estado que a veces parece que hay que proteger incluso a costa de la verdad, sino por el respeto aristocrático a los hechos, la obligación viejísima del periodismo de entrecomillar lo literal, no lo idealizado, y el buen nombre de los pastores alemanes que en el mundo han sido.

¡A por el obispo!

Ignacio Ruiz Quintano (ABC) recuerda que el deporte nacional de correr detrás de un obispo ya lo fue en los años 30.

ya ministro de Marina y Aire, llora Indalecio Prieto en la solapa de los visitantes extranjeros: «Mucho, demasiado nos pesan los cadáveres de los doce obispos asesinados».

Correr detrás de un obispo o gobernar veinticuatro horas («¡Si a mí me dejaran gobernar nada más que veinticuatro horas! » ) son las dos pulsiones del carácter español. Lo primero está al alcance de cualquier flor de estufa con perra social de leer a Gala. Para lo segundo, en cambio, hay que ser Manuel Valls, hijo de un gran pintor loco de Zurbarán, e irse a Francia, donde, antes que primer ministro, fue ministro del Interior (¡gobernar veinticuatro horas!, ¡y con esos antidisturbios!)

Y algo de nacional, celtibérico, tiene el perseguir obispos, porque Màrius Carol se une al linchamiento de Rouco desde su billete en La Vanguardia, a la vez que aprovecha para atizar a la Urbano:

Rouco tuvo su cuota de portada después de su envenenada homilía, en la que se refirió a la Guerra Civil, sugiriendo que cualquier día podemos volver a las andadas. (…) uno piensa que las palabras del cardenal de Madrid pertenecían a la cinemateca del nodo

Urbana publicará mañana un libro (…), que puso de los nercios a gentes tan cercanas a los hechos como Alberto Aza, José Pedro Pérez-Llorca, Miquel Roca o Ayurelio Delgado (el cuñadísimo), citado como fuente sin serlo.

Si no hubiera sido por el efecto balsámico del incienso, en la basílica hubiran podido oírse claramente los gritos.

Vamos, que Carol asegura que Suárez habría corrido detrás de Rouco y Urbano. ¡Qué poco comprendo el humor catalán!

Alfonso Ussía (La Razón) carga contra del diputado José Luis Centella, que aunque tiene apellido de superhéroe franquista, es de Izquierda Unida, porque se preocupa más por unos cachalotes varados en Gran Canaria que por cuatro militares muertos. Centella acaba de registrar una pregunta al Gobierno sobre las causas del varamiento de esos mamíferos.

Aquí estamos tratando de una pregunta enmascarada en la vileza. Cuatro soldados españoles mueren en la mar canaria. Y el diputado de Izquierda Unida pregunta si ese sacrificio sin vuelta atrás es el culpable de la desorientación de dos cachalotes. Menos mal que no se ha atrevido a pedir para los cachalotes una condecoración, que estos son capaces de cualquier cosa.

El ‘arriolismo’, vicio del PP

Elena Valenciano publica una tribuna en El País sobre las avalanchas de africanos en Ceuta y Melilla y repite que las vallas no son insalvables y que lo que hemos de hacer para evitar la venida indeseada de inmigrantes es dar más dinero a los Gobiernos africanos, cuyos presidentes se lo suelen quedar. Vamos, que las vallas las puso Zapatero, pero la culpa es de Rajoy.

 

Bajo la decisión política de acabar con la cooperación al desarrollo anida un sustrato ideológico. África está tan lejos en sus mentes que no se dan cuenta de lo cerca que está de nosotros geográficamente. Olvidan que somos el único país de Europa con una parte de nuestro territorio en ese continente. No reparan en que compartimos con África retos y oportunidades que abarcan desde la salud sexual y reproductiva hasta el cambio climático.

Doña Elena nos oculta que seguían llegando inmigrantes ilegales cuando Zapatero daba dinero español a manos llenas a los madamases de Senegal, Marruecos, Nigeria, Mali… Y qué carajo, que hay seis millones de parados.

Mucho más interesante es la tribuna de Guillermo Gortázar, que fue secretario nacional de formación del PP entre 1990 y 2001, en la que desvela la personalidad de Pedro Arriola, el asesor de lujo de Aznar y Rajoy, y da las claves de su importancia.

Hay que tener en cuenta que el objetivo empresarial, profesional, de Arriola, perfectamente legítimo, no es ganar elecciones (que por naturaleza unas veces se ganan y otras se pierden) sino mantener un generoso cliente durante el tiempo más prolongado posible.

¿cómo es posible que un gran partido de casi un millón de militantes con un respaldo electoral sin precedentes en nuestra democracia tenga un soporte teórico y político tan débil, y a la postre tan problemático, como es el arriolismo? Mi tesis es que el arriolismo no es la causa sino parte de la expresión de un problema.

Cooptación, tecnocracia, ausencia de debate, de control y de democracia interna, inexistencia de un proyecto, ausencia de relación del representado con el representante… He ahí el tema principal. Por el contrario, el arriolismo es un rasgo bien expresivo de las limitaciones del PP. Arriola no es ningún gurú electoral, no está capacitado ni interesado en ello, es un taumaturgo, un médico calmante de presidentes del PP, enfermos imaginarios, agobiados y necesitados de consuelo.

Melchor Miralles llora por los negros explotados… por él y su familia

Por primera vez doy ‘ex aequo’ la mención a la columna ridícula del día, porque la competición entre Melchor Miralles y Pilar Rahola ha sido tan reñida que me es imposible señalar a un ganador.

Empiezo con el antiguo director de El Mundo TV, que escribe en ABC una columna que podría entregarse a los inmigrantes que saltan las vallas en Ceuta y Melilla para que sepan a qué clase de país de bobos han llegado.

A los negros, durante siglos, nos dedicamos a cazarlos en sus tierras y a trasladarlos como esclavos para explotarlos en América, cuna de nuestras ambiciones y nuestra codicia. Ahora, en plena era de la globalización, los negros huyen desesperados de sus países, esquilmados por los blancos, para buscarse la vida, o la muerte, entre nosotros. Y aquí, les suministramos haloperidol, les ponemos cupo, se lo quitamos, les colocamos cuchillas en la verja, les disparamos pelotas de goma o les invitamos a ahogarse ellos solitos. Y después le damos bola a la polémica. Hablamos de alarma social. Debatimos en nuestros parlamentos. Lo comentamos en las cenas.

Uno que no sabe que los mayores negreros del mundo fueron los árabes y los reyezuelos africanos. A Melchor sólo le falta añadir que él, como Ana Pastor, acoge a inmigrantes en su casa.

Si a Rahola cuesta poco sacarla de sus casillas, el cardenal Rouco, no sé si por gallego o por arzobispo de Madrid, lo logra el grado sumo. En su columna de La Vanguardia mezcla el presente y el pasado, y miente como buena nacionalista.

Con este sello final, Rouco ensucia el legado de Suárez, el hombre al que, por cierto, los sacerdotes del régimen le negaban la comunión porque «pactaba con los rojo».

en España, la fundación que glorifica a un dictador recibe dinero público y sus secuaces fascistas llevan a los tribunales a los demócratas.

En fin, carrerón el de Rouco Varela: del bajo palio franquista al uso perverso, sucio y sin escrúpulos del deseo conciliador de Suárez.

Primera mentira de la ‘doctora’ Rahola: a Suárez algún ciudadano le negó la paz en misa, pero no se sabe de sacerdotes que le negasen la comunión. Segunda mentira: la Fundación Nacional Francisco Franco no recibe «dinero público», a diferencia de La Vanguardia; y sus abogados pueden demandar a quien consideren oportuno, porque vivimos en un Estado de Derecho, con leyes iguales para todos. Y tercera mentira: Rouco jamás llevó a Franco bajo palio. Luego esta señora exige respeto.

¿A que tenía difícil escoger entre estos dos?

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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