Los espacios de opinión de la prensa de papel española tienen el 29 de abril de 2014 dos protagonistas indiscutibles, dos personajes que han dado mucho que hablar por sus salidas de tono. Uno es periodista, o eso se supone, y el otro juez, o eso se pensaba hasta no demasiado tiempo antes. Hablamos de Máximo Pradera, con sus gracietas en el portal de Hermann Tertsch, y de Elpidio Silva, con su peculiar manera de comportarse ante un tribunal y su intento de carrera política.
Tras hacer sonar, como cada día, nuestra armónica de afilador, pasamos a contar lo más jugoso de los artículos de la jornada.
Arrancamos en El País, donde el crítico televisivo que escribe sobre casi cualquier tema menos televisión, habla de la judicatura. David Trueba titula Desmoralizar.
En el campo de labranza del sistema judicial español, cuando el arado mediático escarba entre sus surcos se traslada una idea de infertilidad. Ha sucedido con el juicio contra Elpidio Silva. Si el juez es una víctima de la persecución, la estampa es nefasta. Pero si es un chalado desmadrado, aún es peor, porque lleva años ejerciendo sin que haya significado un problema profesional hasta que se ha topado con un banquero poderoso y desafiante.
Tal vez el problema no ha sido que se haya topado con un banquero todopoderoso y desafiante. Por cierto, que Blesa de banquero tenía más bien poco, era el máximo responsable de una caja, entidad controlada por partidos y sindicatos, no estaba en un banco privado. Pero esto es algo que algunos prefieren olvidar. Eso sí, que sea «poderoso y desafiante» no se puede negar. En cualquier caso, los problemas de Silva no vienen por topar con él, sino por presuntamente haberle tardado, como juez, violando la ley y los derechos del procesado.
El caso Silva ha transformado en verbena el caso Blesa. El banquero provoca una de las cotas más altas de indignación ciudadana, porque personifica el saqueo de las finanzas públicas desde la asociación con políticos y personajes poderosos de ese sistema que muchos consideran contaminado e irrecuperable.
Si Silva hubiera actuado de forma impecable, la transformación que dice Trueba no se hubiera producido. Los jueces son los primeros que han de cumplir la Ley y respetar escrupulosamente las normas. Cuando no lo hacen, el precio que se paga es la desconfianza en el sistema judicial y que personajes nada recomendables se vayan de rosetas.
Por cierto, que a este humilde lector de columnas le ha llamado poderosamente la atención que el de El País evite mojarse defendiendo o criticando a Silva. Si nos damos cuenta, en ningún momento deja claro si el personaje le gusta o le desagrada.
Pasamos ahora a La Razón, donde nos encontramos con que Javier González Ferrari le dedica también un artículo al togado juzgado cuyas salidas de tono han logrado eclipsar como ex juez estrella y héroe de la izquierda populista al mismísimo Baltasar Garzón. Titula Red de seguridad.
Lo cierto es que el señor Silva es un personaje patético que quiere huir hacia la política como tabla de salvación como ya hicieron otros que jugaron a jueces y parte sin el más mínimo pudor. Es posible, no lo sé, que la reforma de la Justicia emprendida por Ruiz-Gallardón tenga aciertos y supongo que errores, pero lo que sí debería tener, e insisto que quizá lo tenga, es una prohibición expresa y taxativa para que los miembros de la judicatura puedan ir y volver de la política a la toga con absoluta impunidad.
El afilador de columnas no cree que a los jueces se les deba prohibir saltar a la política. En lo que sí coincide con González Ferrari es que no deberían poder coger el tren de vuelta y volver a la judicatura. Si al militar que deja las Fuerzas Armadas para saltar a la arena electoral se le veta que vuelva a vestir el uniforme –salvo, lógicamente, en caso de guerra que requiera llamar a los reservistas–, los miembros del Poder Judicial deberían tener el mismo tratamiento. Y con más motivo, puesto que los miembros de la milicia que volvieran a la misma no correrían jamas el riesgo de tener juzgar a afiliados de partidos rivales de aquellos con los que ellos han compartido cama política. De hecho, los jueces políticos suelen buscar ese tipo de casos, y ahí está Garzón como botón de muestra.
En la contraportada del diario de Francisco Marhuenda topamos con Alfonso Ussía, que titula Malos vientos, donde comenta la agresión a Pere Navarro y las ‘bromitas’ de Máximo Pradera.
En Madrid, un Tonto con Balcones a la Calle, proclamado memo en público y en privado, mas no por ello menos peligroso, posa en el portal de la casa en la que vive Hermann Tertsch para orientar a quienes no desean la integridad física de Hermann y así facilitarles las cosas.
Dice de Pradera:
El niño ya no tan niño de Javier Pradera es estrellita de Julia Otero en su programa de «Onda Cero» y habitual en otras tertulias de diferentes cadenas de televisión, alguna de ellas sorprendente. Heredero directo del sesgo de su padre, que no de su inteligencia, que la tenía sobrada y brillante el desaparecido editorialista del diario «El País».
Concluye:
Encajado a la fuerza por la influencia de su padre en emisoras de radio y televisión pertenecientes al decaído grupo de Jesús Polanco -apellido impronunciable en la actualidad en sus altos despachos-, el chico de Pradera ha decidido volar en soledad. Y lo hace con malos vientos, poca gracia, talento ausente y paupérrima categoría humana. Lo peor, el talento ausente, ese vacío que tanto irritaba a su padre, feroz enemigo de los tontos.
Preocupantes malos tiempos.
En ABC, Juan Carlos Girauta dedica Peligro a los mismos asuntos, la agresión a Navarro y Max Pradera con su visita al portal de Hermann Tertsch.
EL rufianismo político va imponiendo sus maneras al ritmo de nuestra degeneración democrática. Dos asuntos recientes delatan un peligro de descomposición que solo se salvará con la ley. No necesito buscar muletas y escribir «una ley que se cumpla», pues eso va de suyo; en otro caso no sería ley. Son los dos asuntos: la agresión física al líder de los socialistas catalanes y el calvario de señalamientos, insultos, calumnias y burlas que padece a diario mi querido Hermann Tertsch, vecino de columna. Una infamia nacionalista y otra progre (no confundir con izquierdista, y mucho menos con progresista).
Tras reflexionar sobre el caso catalán, concluye:
En la otra zona de excepción democrática, que no es geográfica sino puramente ideológica, no tienen bastante con linchar a Hermann semanalmente. Ahora señalan la puerta de su casa, hacen mofa de una convalecencia hospitalaria, tuercen sus palabras, están obsesionados con él. Permitiendo estos abusos, o riéndolos, condenaremos la convivencia.
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