Pocas veces una sola persona ha hecho tanto en tan poco tiempo por el columnismo español como Elena Valenciano en la entrevista concedida a la Cadena SER el 6 de mayo de 2014 —Valenciano cree que Jesucristo, Felipe González y el Che Guevara «son un poco lo mismo»–. Su intervención ante los micros de radio de PRISA pasará a los anales de algo, aunque no a los del pensamiento político de fondo. El desatino de poner a Jesucristo, con independencia de que se tenga fe cristiana o no su figura es relevante y no da pie a nada negativo, Felipe González, un jefe de Gobierno democrático si bien teñido de sobras de corrupción y escándalos como el GAL, y Ernesto Che Guevara, icono ‘progre’ por excelencia y sangriento carnicero responsable de cientos o miles de fusilamientos y torturas en la habanera Fortaleza de la Cabaña ya es de por sí una extravagancia indigna de un alto cargo político democrático.
Pero eso no es suficiente. Dar más verosimilitud a ‘Jesucristo Superstar’, o al autor de betsellers de ficción Dan Brown, como fuente de conocimiento de la vida de Jesús de Nazaret que a los Cuatro Evangelios, demuestra un cortocircuito intelectual sorprendente incluso en el caso de la política capaz de mantener en Twitter comportamientos propios de una adolescente con la carpeta forrada con fotos de Justin Bieber — Espectacular mensaje de Elena Valenciano en Twitter desde el Congreso: cuatro erratas en 21 palabras–.
Y ante un acontecimiento planetario de tal magnitud como la referida entrevista, no podía ocurrir otra cosa que gran parte de los espacios de opinión de la prensa de papel esté dedicada a comentar las palabras de Valenciano. Y, para placer del lector, los articulistas optan en buena medida por el tono jocoso. Así que, amigo, prepárese usted para pasar un buen rato. Hacemos sonar la armónica de afilador y dejamos constancia de ello y alguna cosa más.
Arrancamos en ABC con uno de los pocos textos seleccionados en esta jornada que nada tienen que ver con Valenciano. Ignacio Ruiz-Quintano nos ofrece un artículo sobre Palabrotas, cuyo uso por políticos en Rusia va a ser multado por orden del ex director de la KGB Vladimir Putin.
Decir «¡coño!» en Rusia te cuesta noventa euros porque así lo dispone Putin, el oso moscovita, pero es que en Madrid, y porque así lo dispuso Gallardón, el Waylon Smithers de nuestras municipalidades, te cuesta seiscientos euros estar al pie del oso y el madroño con una mahou (tercio, no litrona) en la mano, mientras que agitar las tetas bailando «acid» en la tribuna del Congreso sale de balde, merced a la doctrina de la «polisemia abierta» de un juez de guardia que rechazó el concepto «perturbación grave» al ser «grave», para él, término «polisémico y abierto», con lo que las ucranianas de ubérrimas ubres, en vez de asaltar a Putin en Moscú con su «matraque à grand coup de mamelles» (como en «L’Hécatombe» de Brassens), asaltan a Aguirre en Madrid.
Ruiz-Quintano retrata a la perfección el nuevo puritanismo ‘progresista’ impuesto por la derecha. Consumir alcohol, aunque sea de modo muy moderado, en la calle se convierte en un acto de proscritos al tiempo que un pechasen reivindicativo no tiene nada de incorrecto. Eso sí, si las mismas señoritas enseñaran su busto para anunciar cualquier producto, entonces sería un hecho totalmente condenable.
Y qué decir de esas Femen que irrumpen en un acto de Esperanza Aguirre. La búsqueda del protagonismo fácil es tentadora cuando se sabe que no se corre riesgo alguno. Y, claro, hacerle algo así a Putin sí resulta una actividad sumamente peligrosa.
Sin salir del diario madrileño de Vocento, entramos en materia de la candidata socialista a las elecciones europeas. David Gistau le dedica Valenciano Superstar.
En lo del Che, Valenciano no es original: ese póster, que Korda ayudó a idealizar, fue siempre el Cristo laico de una generación que, para fabricar un arquetipo tan romántico, supo orillar en Guevara pequeñas debilidades de la condición humana como el asesinato.
Añade:
Dice Elena Valenciano que Jesucristo y Felipe González son parecidos porque ambos salieron a «defender a los demás». O sea, como Batman, como los gruistas del seguro, como la Pimpinela Escarlata y como Robin Hood.
Concluye:
A aquellos a los que la reflexión sobre la dimensión histórica de Jesucristo que hace Valenciano pueda parecerles un poco superficial, hay que advertirles de que la propia candidata socialista reconoce que su conocimiento del nazareno no fue adquirido leyendo los Evangelios, ni estudiando Teología, sino asistiendo a una representación de la ópera rock «Jesucristo Superstar» durante la cual, entre otras cosas, la situación de María Magdalena le inspiró una epifanía feminista. ¿Qué puede añadir a esto el columnista? ¿Cómo superar esta genialidad? Lo raro es que Elena Valenciano no haya dedicado su vida a adorar a Camilo Sesto o a Pablo Abraira, en vez de forrarse la carpeta con retratos de Felipe González.

En El Mundo, Federico Jiménez Losantos trata de ser algo más serio, pero tampoco evita caer en la tentación de entrar en materia de cachondeo. Lo hace desde el título: La de anteayer.
Dice que descubrió a Jesús en Jesucristo Superstar; ah, y a Magdalena, «tan orillada por la historia oficial». Pues que nos la desorille la cristóloga.
Barrunto que como su evangelio fue aquella ópera, se sintió Magdalena entre Camilo Sesto disfrazado de Che y Teddy Bautista, o sea, Judas, anunciando a Felipe González. Y optó por las treinta monedas. O sea, que ni del Penta ni la chica de ayer; la de anteayer y, me temo, la de pasado mañana.
Por su parte, también en el diario de Unidad Editorial, Manuel Jabois, que no pierde oportunidad de escribir un artículo jocoso en cuanto se da la ocasión, titula Mis héroes, mis enemigos. En su caso, opta además por comparar la entrevista de Valenciano con la de Rajoy también a la SER el mismo día.
Sobre la identificación que hace Valenciano entre González, Jesucristo y Che Guevara, dice:
Lo curioso no es la uniformidad de los tres, prácticamente uno y trino, sino el tránsito que dijo haber tenido del hijo de Dios al amigo de Carlos Slim sin cambiar de dimensión.
Concluye:
Rajoy, en la misma emisora, le dio una lección apabullante. Tuvo un eco menor gracias a mentiras más rutinarias. Dijo que escribió su SMS a Bárcenas porque no sabía las cosas que se supieron luego. Las sabía porque las publicó este periódico y su director luego ya tal. Pero no bastaba con mentirle al país: había que mentirle a Pepa Bueno. Lo que hubiera ganado Valenciano con el verso de Cazuza, si de joven hubiese escuchado sus discos y no los del Che: «Mis héroes murieron de sobredosis, mis enemigos están en el poder».
Pasamos, para concluir, a La Razón. Su subdirector, José Antonio Gundín, escribe Refutación del cenizo, en el que habla de Valenciano pero también de otros temas. Sobre todo del significado de la última encuesta del CIS —El PP encara las elecciones europeas con cinco puntos de ventaja sobre el PSOE–.
Que el partido del Gobierno suba en las encuestas, tras dos años de granizada y vendaval, sólo tiene explicación desde la metafísica. Pero que la izquierda retroceda en bloque, aunque sea unas décimas, entra en la categoría de fenómeno paranormal. Una especie de «poltergeist» en el que se mezclan frases lapidarias con una pasión destructora elevada a argumentario político. En realidad, lo que el CIS describe es una moción de censura en toda regla a una oposición encasquillada en el «no» y abonada a la protesta dominical. Es la enmienda a la totalidad a una izquierda que no ofrece alternativas razonables, que predica cosas distintas según la región y que apostrofa en España lo que bendice en Francia. Así no la salva ni una lumbrera como Valenciano.
Lo cierto es que no deja de llamar la atención que el PP, cuya imagen está por los suelos después de, por ejemplo, subir los impuestos de forma desaforada, sea el único partido que sube en las encuestas. Sobre todo si se tiene en cuenta que estas suelen castigar al partido en el poder en mucha mayor medida de lo que después ocurre en las urnas. Claro que la oposición se lo está poniendo fácil al partido de registrador metido a gobernante.
En la contraportada del periódico de Marhuenda, Alfonso Ussía saca los cuchillos para desollar a Jesús Posada y Rosa Díez por haber aceptado presentar un libro de Alfred Bosch (ERC) en el Congreso. Dedica Tonto institucional sobre todo al presidente de la Cámara Baja, si bien las palabras más duras las dirige contra la líder de UPyD.
Acompañará a Posada en la presentación del libelo Rosa Díez, pero ese detalle no resulta escandaloso, porque Rosa Díez en cuestiones de principios y coherencias es más que rarita. Rosa Díez es como la «dama, dama» de la difunta Cecilia, la niña en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. A Rosa Díez no es que se le haya visto el plumero. Es el plumero. Cincuenta por ciento de marabú y cincuenta por ciento de avestruz. Su innecesariedad elimina cualquier tipo de escándalo. No importa lo que haga o diga. Está en su guión.
Concluye:
¿Qué anima a Jesús Posada a protagonizar tan evitable majadería? ¿Cree que se lo van a agradecer los separatistas catalanes? El Presidente del Congreso de los Diputados, reunión de la soberanía popular de España, no puede ser el escenario de la presentación del libro de quien aborrece a España y desea separarse de España. Y menos aún, acceder a ser su presentador.
Tonto institucional.

No resulta extraño que Ussía suelte las estocadas más duras a Rosa Díez. Su rechazo por la ahora líder de UPyD viene de lejos, de los tiempos en los que él era articulista de ABC y ella consejera de Turismo en un gobierno vasco de coalición PNV-PSOE. Fue entonces cuando Díez denunció a Mingote por una viñeta donde mostraba un asesinado de ETA y recogía el eslogan de la campaña lanzada por la consejería de la en aquella época socialista: «Ven y cuéntalo».
Ussía, amigo de Mingote, sigue teniendo muy presente aquella denuncia.
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