Jabois: "Twitter existe en la medida en que a usted le interese (como todo, salvo el Gobierno)"
En numerosas ocasiones hemos criticado desde estas mismas líneas que los periódicos de papel siguen funcionando en demasiadas veces con la lógica propia de antes de la generalización del uso de internet. Ya sabe usted, estimado lector, a qué nos referimos: esa costumbre de que los articulistas escriban sobre algo al día siguiente de que ocurra, de forma que su opinión se publica dos jornadas después de haber acontecido lo comentario. Dos décadas atrás eso podría tener su lógica, pero con una red a pleno funcionamiento eso es ofrecer un producto ya pasado, cual fruta que empieza a pudrirse.
Sin embargo, estamos ante una excepción. El 16 de mayo de 2014 casi todos los diarios impresos ofrecen al menos una columna sobre el gran acontecimiento ocurrido la noche anterior. No se emocionen ustedes, no nos referimos a la victoria de Nadal en Roma. Estamos hablando del debate electoral entre Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano. De acuerdo, tal vez ese ‘cara a cara’ no interesó a casi nadie, pero los políticos y los periodistas estamos empeñados en fingir lo contrario. Pero hay un asunto que genera todavía más artículos, y no es otro que Twitter y las apetencias gubernamentales de atar esta red social en corto con la excusa de los salvajes que en ella han mostrado su alegría por el asesinato de Isabel Carrasco.
Hacemos sonar, como cada día, nuestra armónica de afilador y pasamos a dejar constancia de todo ello.
Arrancamos en esta ocasión en ABC, con un Hermann Tertsch que escribe sobre los cafres que pueblan las redes sociales. Lo hace en un artículo titulado El triunfo de la anomalía. Sostiene que en esto España es una lamentable excepción frente al resto del mundo.
En España siempre se ha odiado más y mejor. Nuestra gran anomalía nacional que determina otras muchas. Tuvimos en la historia momentos en que creímos habernos liberado de la maldición de la anomalía. Así en la transición. Durante unas décadas muchos millones creímos que nos íbamos pareciendo a los países con los que cultural e históricamente confluimos en Europa. Y llegamos a sentir el orgullo en la reconciliación, la satisfacción en la experiencia del ejercicio propio de la tolerancia. Parece claro que fue otro espejismo.
Concluye:
Las camadas de la revancha expulsan de Twitter con el terror a todo el que presente un discurso distinto, auténtico y veraz. Como apaciguadores y negociantes expulsan de la vida política a todos los que recuerdan pasados compromisos de regeneración, cohesión y limpieza, las promesas de combatir la anomalía. Los odiadores como somatén de los indolentes. Las redes albergan canallas en todo el mundo. Solo en España forman una gran banda organizada para imponer también allí las mentiras que han determinado nuestro fracaso político y moral en la apuesta por la regeneración como sociedad moderna.
Lo cierto es que Tertsch sabe de lo que habla, cualquiera puede ver en Twitter las amenazas y los insultos que llueven sobre él, incluidos algunos lanzados por personajes de sobra conocidos. Y si eso no fuera suficiente, algunos facinerosos no se conforman con tratar de ofenderles de forma directa. Cuando no logran su objetivo son capaces de enviar mensajes a otros periodistas con los que el aludido pudiera tener relación para tratar de hacer llegar a través de ellos su provocación al columnista de ABC. Este humilde lector de columnas, por ejemplo, ha sido destinatario de uno de esos tuits, que ni se ha molestado en contestar.
Antes de arrancar con las columnas sobre el debate, hemos de destacar una viñeta de ABC sobre el mismo que nos parece de lo más acertada. Su autor es puebla y resume a la perfección el poco interés que generó entre los españoles. En ella podemos ver a la moderadora, María Casado, diciendo:
Buenas noches y bienvenidos al debate de… ¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien allí?

Viñeta de Puebla en ABC sobre el debate entre Cañete y Valenciano.
En el diario madrileño de Vocento encontramos una de las columnas dedicada al debate electoral de la noche anterior. La firma Luis Ventoso y titula Arias Cañete y la chica de ayer. Arranca con una breve descripción de la candidata socialista:
María Elena Valenciano Martínez-Orozco, de 53 años, madrileña bien de Chamberí, es hija de un médico que fue alto cargo con la UCD y de una suscriptora de ABC. Pero como sucede tantas veces, se abonó al ideario contrario al que respiraba en casa.
No vamos a negar que tiene gracia que la madre de Valenciano esté suscrita a ABC, pero nos preguntamos si era necesario contarlo. De hecho, nos preguntamos si puede hacerse. Al fin y al cabo es un dato privado y como tal debe ser tratado. A no ser que sea algo que la propia Valenciano o su madre hayan contado en público, no creemos que un periódico deba ir proclamando de forma pública quienes son sus suscriptores.
Tras hacer su retrato de Cañete, añade:
A Cañete (él prefiere Miguel Arias, pero su porte es de Cañete) le sucede lo contrario que a Valenciano: cae bien. Sin embargo ayer el candidato del PP no tuvo su mejor noche: aturullado, encorsetado y leyendo constantemente, no dominó las sutiles artes de la telegenia. Valenciano, por contra, manejó con soltura el sofismo televisivo. Otra cosa es lo que dijo. Ahí emerge su incurable hándicap: el PSOE será todavía por mucho tiempo el partido de los destrozos de Zapatero, que no han sido perdonados, porque no pueden serlo (su frivolidad fue tan nociva que hasta abrió la espita para la partición de España).
En cualquier caso, y por mucho que Ventoso quiera consolarse en el contenido, no puede evitar dejar que se vea que quien resultó vencedora sea la socialista, aunque sea por los puntos.

En El País, Juan José Millás dedica al debate un largo artículo con el título irónico de No somos lo mismo, no ve diferencias de fondo entre ambos candidatos y sus partidos.
La lucha se presentaba desigual porque Valenciano, pensaba uno, tenía que pelear contra Cañete y contra sí misma. Cañete no le presentó problemas. Tal vez eso desarmó a la candidata, que hubo de pelearse con el formato que ella misma había pactado y que era un disparate, pues no estaban permitidas las interrupciones. Dos minutos de reloj para cada uno en los que resultaba imposible tanto el encuentro como el desencuentro.
Sobre el formato del debate y sus efectos, sostiene:
Bueno, algo de onanismo desfallecido había también en las intervenciones ordenadas y mortalmente aburridas de los contendientes. Significa que, pese a las apariencias, no interactuaban, si interactuar quiere decir lo que quiere decir. Tras la pausa, y quizá por el consejo de sus asesores, hubo tal vez un par de minutos estimulantes, pero el antidebate comenzó enseguida a agonizar de nuevo. Hubo un momento en el que Valenciano, quizá consciente de la pesadilla en la que se habían instalado ella misma, Cañete y la moderadora, la pesadilla que estaban haciendo vivir a la audiencia, debió de acordarse de que no eran lo mismo y soltó la frase: «Usted y yo no pensamos lo mismo».
Pero el problema era ese: la falta de pensamiento. Había pautas, sí, y repeticiones, y lugares comunes, todos los lugares comunes que llevamos escuchando desde hace meses, años, pero el pensamiento brillaba por su ausencia. Como Europa, por cierto, que solo aparecía cuando se acordaban de súbito de que estaban allí para hablar de la Unión. Fue duro, muy duro, asistir a ese encuentro, o lo que quiera que fuese. Lo dejó a uno deprimido, hundido en la miseria, tirado en el sofá, sin fuerzas para irse a la cama, como si se hubiera tomado una de las píldoras que daba la impresión de haberse metido Cañete y que también le hicieron efecto, increíblemente, a Valenciano.
El que parece que vio un debate distinto al resto fue el director de La Razón. Francisco Marhuenda, que desde que comenzó la campaña publica un artículo diario en elogio del PP y su candidato, titula La derrota de Valenciano.
La experiencia y la formación del candidato popular le permitieron una clara ventaja sobre los tópicos que se iban sucediendo en la argumentación de su rival. No es sorprendente que una nerviosa Valenciano intentara permanentemente interrumpir a Arias Cañete cuando desmontaba con argumentos la estrategia radical y populista de los socialistas. Fue una clara derrota de Valenciano.
Entre Francisco Marhuenda y Pedro Arriola, que parece ser la mente pensante que está detrás de la triste estrategia mantenida por Arias Cañete en el debate, hacen un flaco favor al candidato del Partido Popular. Celebrando como una victoria lo que es, en opinión de las pocas personas que lo vieron, una evidente derrota por los errores propios, lo único que se logra es que el cabeza de lista del PP tenga una excusa para no ver sus fallos. Y así no podrá mejorar.
Claro que los aplausos acríticos dirigidos a Cañete y Rajoy por parte de Marhuenda en sus artículos sobre la campaña son más que previsible. Por si a alguien le queda alguna duda tan sólo hace falta fijarse en el antetículo que tienen todos ellos: «La Europa con futuro», que recuerda mucho al eslógan electoral del PP: «Lo que está en juego es el futuro».
Sin salir de La Razón volvemos al asunto de los catres en las redes sociales. Lo hacemos de la mano de un Alfonso Merlos encantado con que el ministro que cree que fue la Virgen de Fátima la que tumbó el Muro de Berlín quiera atar en corto las redes sociales. La sonrisa más blanca de los informativos de 13 TV titula ‘Censores y chimpancés’.
La propuesta que se verbaliza desde el Ministerio del Interior está formulada desde la más estricta lógica democrática. ¡Qué va! ¿Cómo la persecución de acciones que violentan ya de hecho el Código Penal va a ser una cortapisa en el derecho a la libertad de expresión?
Pero veamos. Si las acciones que quiere perseguir el ministro Fernández ya están recogidas en el Código Penal, ¿por qué tomar medidas extraordinarias por el hecho de que se produzcan en un medio u otro? Si se comente un delito, lo que debe definir su naturaleza es el hecho que se produce, no dónde tenga lugar.
¿Pero es que determinados personajes del PSOE o Izquierda Unida no saben sobradamente (por no hablar de otros voceros y agitadores antisistema) que incluso los derechos fundamentales, como los que recoge, ampara y protege el artículo 20 de la Constitución, tienen sus límites? Y si lo saben, ¿están prevaricando? ¿Están en el todo vale contra el Partido Popular? Ilustres cabezas pensantes de la izquierda política social y mediática, relean a un viejo compatriota llamado Pedro y apellidado Calderón de la Barca: «Hay delitos tales, que atentas las leyes los dejaron sin pronunciarles sentencia, por no prevenir que habría quien los cometiese». ¿Se entiende?
El afilador de columnas no es sospechoso de pertenecer al PSOE o IU, ni tan siquiera de simpatizar con ellos. Tampoco es un ‘antisistema’. Y, sin embargo, le resulta muy preocupante que el Gobierno quiera tomar medidas que reducirían la libertad de expresión con especial fiereza en las redes sociales. Si las leyes existen, que se apliquen en Twitter igual que se apliquen fuera, ni más ni menos. Y que no olvidemos que determinadas expresiones que nos pueden resultar repulsivas por su mal gusto tampoco han de ser necesariamente delictivas.
Y como ya hemos señalado en otras ocasiones. Cuando se ha amenazado , insultado o suplantado la identidad de personajes públicos que no son políticos en esas redes sociales, nuestros gobernantes (ni la oposición) no han expresado preocupación alguna. Sólo se han asustado cuando les toca a la casta política.
Pasamos ahora a El Mundo. Manuel Jabois se expresa en términos radicalmente contrarios a los de Alfonso Merlos. Titula Las redes morales y arranca con una frase que le ha gustado especialmente a este humilde lector de columnas:
Twitter existe en la medida en que a usted le interese (como todo, salvo el Gobierno).
Añade, de forma muy acertada:
Si Twitter llega a su vida sin estar usted interesado será porque los medios de comunicación creen que ahí se está gestando la vida española, y le dan a usted el parte de lo que hizo ayer «Twitter», que es como dar el parte de lo que hicieron las cuerdas vocales en general.
Y sostiene:
No hay cosa más absurda que el «Twitter se incendia», «Twitter se indigna» o «Twitter está triste». Twitter no es sujeto sino predicado. Al tonto del megáfono que llama a mi puerta a desearme la muerte o darle vivas a un genocida se la cierro con cariño, no lo saco a hombros por la calle y lo llevo a comisaría para que nadie se quede sin saber quién es. Porque así, de estar hablando solo, pasa a dar un mitin en la portada de un periódico.
Nos parece que, simplemente, tiene toda la razón.
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