OPINIÓN / Afilando columnas

Javier Cid (El Mundo): «Pablo Motos me agrava el cólico nefrítico»

Gistau: "El ensañamiento de Rajoy impone a Cañete una penitencia que le muestra como el Homo Antecesor"

Hay asuntos que se repiten en los espacios de opinión de la prensa de papel como un gazpacho después de una mala digestión. Es el caso de Arias Cañete, rebautizado ‘Coñete’ por el ‘progresista’ y por tanto ‘respetuoso’ Ernesto Ekaizer —La obsesión de Ekaizer con el candidato del PP: tras llamarle «gilipollas» ahora le dice «Coñete»— y sus declaraciones sobre su auto-otorgada ‘superioridad intelectual’ y su voluntad de no parecer machista, que es como quedó al final. El 21 de mayo de 2014 seguimos encontrando numerosas columnas sobre esta cuestión, y como en el día anterior, están publicadas en la prensa que derechas.

Pero lo más jugoso de la jornada no tiene que ver con Cañete ni cualquier otra cuestión relacionada con la campaña de esas elecciones que coinciden con la final del Campeonato Mundial de Hockey sobre Hielo –por citar un acontecimiento que igual genera entre la mayor parte de los españoles casi tanto entusiasmo como los comicios europeos, esto es, ninguno–. Nos topamos con un par de columnas sobre medios de comunicación que resultan muy entretenidas. En especial una de ellas, donde un señor con apellido de caballerescas resonancias medievales, se atreve a criticar con dureza a quien parecía un intocable de la televisión.

Tras hacer sonar una vez más nuestra armónica de afilador, nos ponemos manos a la obra.

Arrancamos en esta ocasión en tierras catalanas. La Vanguardia publica un artículo de Sergi Pàmies, uno de los críticos televisivos del periódico del conde de Godó y Grande de España que recula en su apuesta por el independentismo, titulada La mueca del pelícano. Comenta la entrevista de Risto Mejide a Pedrojota Ramírez en Cuatro —Pedrojota evita decir cuánto cobró por su cese destacando que el «risitas» Montoro se quedó con el 52 por ciento–.

Para promocionar su libro La desventura de la libertad, (La Esfera de los Libros), Ramírez tuvo que pagar el peaje de revisar una parte turbia de su pasado. Mejide le obligó a sumergirse en el episodio, tan conocido como silenciado, de la conspiración gubernamental que recurrió al juego sucio para acabar con la influencia del exdirector de El Mundo. Incómodo pero sin rehuir la respuesta, Ramírez reivindicó la literalidad de la sentencia que condenó a los miembros de una trama que situó el socialismo a la altura de las alcantarillas y elevó un vídeo privado a categoría de icono-basura de los noventa.

Pedrojota, sobre su salida: «El que más dinero se ha llevado se llama Cristóbal Montoro»

Termina dando por cierto, no vamos a entrar aquí a valorar algo que no sabemos si es como dice el interesado o no, la acusación que Pepe Navarro lanza en su libro ‘La leyenda del Mississipi’ sobre el ex director de El Mundo:

Navarro acusa a Ramírez de haber provocado la decisión y afirma que convirtió un asunto privado en cuestión de estado. Igual que la conversación en el sofá, todo esto confirma que la libertad es, por naturaleza, desmesurada.

Si le interesa conocer más a fondo los argumentos de Navarro, estimado lector, desde aquí le recomendamos la entrevista que le hizo nuestro compañero JF Lamata —Pepe Navarro: «Los que me machacaron ahora tienen órdenes de no hablar de mí»–.

Tomamos ahora el puente aéreo y nada más aterrizar en Madrid nos lanzamos sobre El Mundo. Cuando este humilde lector de columnas leyó la primera crítica televisiva de Javier Cid (que a finales de noviembre de 2013 tomó el relevo en estas funciones de una Emilia Landaluce que acababa de fichar por ABC) en el periódico entonces dirigido por Pedrojota Ramírez, intuyó que iba a dar grandes momentos de gloria. Ha habido que esperar, pero ha merecido la pena. En esta ocasión dedica a Pablo Motos, la intocable estrella de Antena3, un artículo titulado El terror de Hollywood.

Y hoy, por aquello de morir ligero de equipaje, me atrevo a confesar: Pablo Motos me agrava el cólico nefrítico. De lunes a jueves, días de emisión de El Hormiguero, mis cálculos de riñón se inflaman como torpedos siderales, y es tan vasto el dolor que no entiende de invitados lustrosos, por más que Jolibú en bloque se haya dejado caer por allí.

Tiene Pablito la estatura infeliz y la barba de fuego, que más que fuego es crema de calabaza, como un vikingo. Él, que viene de la calle y carga mucho barrio en las alforjas, se codea con estrellas del más alto de los oropeles, lo mismo de la Moraleja que de Beverly Hills, allí donde las colinas tienen nombre de ninfas o de santas. Y de tanto codearse, pues será que la fama es más contagiosa que la difteria, garbea por la vida como el mejor amigo de Mel Gibson o Will Smith. «Son muy campechanos, como tú y como yo», dice él con la sonrisa de betacaroteno (dícese del pigmento de la zanahoria).

Algo nos dice que esto no va a caer nada bien en Antena3, lo cual es normal. Lo que no es tan común es leer o escuchar una crítica, y menos tan dura, al presentador de ‘El hormiguero’, un programa al que el afilador de columnas no le encuentra gracia alguna. Parece que la corrección política, en lo que a la televisión se refiere, pasa por cantar loas a mata y guardar silencio si uno no es entusiasta suyo. Así que, señor Cid, muchas gracias.

Sin salir del diario ahora dirigido por Casimiro García-Abadillo entramos en materia ‘cañetesca’. Parece que en esta jornada le toca a la bancada joven de los columnistas escribir sobre el asunto, así que Manuel Jabois nos ofrece Candidato a voces. Dice de la actuación de Cañete en el debate con Elena Valenciano:

Entró en pánico porque la política española está tan degradada que en las campañas ya sólo entran showmans, y Cañete es un señor tan serio que cuando levantó la vista y vio que la señora además era rubia se dijo que hasta aquí hemos llegado: calló como un muerto y luego dio esa explicación de que estaba conteniéndose todo el rato para no ganar.

Es probable que dijese la verdad y se revelase como un machista, pero también podría ser que, metido en la televisión, comprobase que los duelos no son lo suyo. Para disfrazar la vergüenza Cañete se habría dicho: mejor machista que vencido.

Concluye:

Ayer expresó un quejío: «Nosotros hablamos de Europa y los partidos de otras cosas». Pero no hablan de otras cosas: hablan de él, que se puso en medio. Le queda una semana de melancolía del tiempo en que fue candidato a voces, estropeado cuando, al ser confirmado, las voces las empezó a dar él.

Y en ABC, David Gistau también escribe sobre el ex ministro. Titula Aquí hay tomate. Se explaya en lo que considera un castigo del PP a su candidato por su gran metedura de pata:

Apareció subido a una maquinaria agrícola y trabajando con tomates, francamente incómodo en la camisa blanca y en un pantalón de terno. Es una penitencia en la que aflora el ensañamiento de Rajoy, que redujo de inmediato al trabajo manual una supuesta superioridad intelectual que azuzó en Cañete cierto rencor de mal perdedor que manotea las piezas de ajedrez dos movimientos antes de sufrir jaque mate. Como quiera que además en toda Europa se está difundiendo la parodia del hombre cavernario, resulta que mostrarlo en funciones de cazador/recolector equivale a entregarlo en sacrificio a la sorna general. ¿Quieren ustedes un Homo Antecesor? Aquí lo tienen.

Pero a pesar de que no justifica a Cañete, también tiene criticas duras contra Elena Valenciano:

Entrevistada también por Griso el pasado lunes, Valenciano refutó un titular político que no le convenía a base de considerarlo machista. Ya todo cuanto la perjudica es machista. Una mujer no puede reclamar igualdad en política y luego convertir la especulación machista en un escudo universal que la proteja de los contrapesos críticos. Ahí es donde Arias Cañete se antoja el verdaderamente indefenso: un hombre blanco, heterosexual, con posición y gordito que, por ser todo esto, carece de tópicos de la discriminación positiva en los que acogerse a sagrado.

Lo cierto es que Cañete metió la pata hasta el fondo, pero también es verdad que muchas políticas (no sólo Elena Valenciano, también muchas otras de todos los partidos) tienen una peculiar querencia a llamar machista a todo aquel que la critica. A este humilde lector de columnas siempre le ha dado la impresión de que es un recurso facilón para no entrar en el fondo de los asuntos tratados. Pero eso es un asunto distinto a que el ex ministro de Agricultura debería haberse controlado antes de soltar lo que dijo ante Susanna Griso.

Dejamos de lado, por el momento, los temas referidos a Cañete. Antonio Burgos ha escrito en el diario madrileño de Vocento un artículo titulado La pinza de votar. Se refiere, por supuesto, a la recurrente expresión de ‘votar con la pinza en la nariz’, con la que se define el hecho de apoyar en las urnas a un partido que te disgusta con el objetivo de evitar que se produzca lo que se considera un mal mayor (como la victoria de un partido que todavía disgusta más).

El texto, de alto contenido irónico, o eso pensamos, tiene forma de diálogo imaginado.

-No me diga usted que el domingo son ya las elecciones europeas. Pero si yo creía que este domingo era el Rocío…

-No, no es el Rocío, aunque se trata de romería. De mandar de romería a Europa a una serie de señores que no conoce casi nadie, para que cada mes trinquen cerca de 18.000 euros y hagan el paripé de que defienden nuestros intereses, cuando allí los que mandan de verdad son unos funcionarios a los que no ha votado nadie, que son los que te amargan la vida prohibiéndote las bolsas de plástico en el supermercado y obligándote a las bombillas de bajo consumo.

Tras poner en boca de un votante enfadado del PP un sublime «¡Que los vote Arriola, que para eso cobra una millonada!», incluye la respuesta de su contraparte:

-No, hombre, haga como yo, no se abstenga, ni disperse el voto con los pequeñines. Cómprese una pinza de votar al PP. Maravillosa. Las venden en Ikea y en Leroy Merlin. Ah, y también en el Bricolaje del Cortinglés.

Al final convencen al enfadado:

-Pues dígale a su cuñado que se ponga el domingo la pinza y que aparque el mosqueo. Total, es solo el momento de votar. No hay que votarlos por ellos, que son unos papafritas, sino por las ideas que representan… y que por cierto tan malamente defienden que han dado lugar a la sopa de letras de los pequeñines.

Antonio Burgos, maestro en el manejo de la ironía, nos está animando a que votemos por alguno de esos ‘pequeñines’, como Vox o Ciudadanos. O eso al menos le parece a quien esto escribe. En cualquier caso es un artículo notable, que puede molestar a algunos de sus compañeros de ABC y a otros periodistas de diversos medios que se dedican a defender el voto al PP justo con el argumento de que hay que impedir que gane el PSOE y que apoyar a los partidos minoritarios emergentes tan sólo favorece a la izquierda.

Saltamos, para poner punto y final a este ‘Afilando columnas’ a La Razón. De la mano de su subdirector de Opinión, José Antonio Gundín, retomamos el asunto que está marcando la agenda de la segunda parte de la campaña electoral. Titula Busca a la mujer. Critica que el PP no sepa responder a las acusaciones de machismo por parte del PSOE.

No sé a qué esperan para hacer la foto de Arias Cañete con Angela Merkel y Cristine Lagarde, las dos mujeres que gobiernan de verdad Europa. Estos son los poderes femeninos de la derecha europea frente a la retórica de una izquierda en cuyas filas no hay un sola figura femenina que se pueda presentar como modelo a los votantes. ¿En qué espejo puede mirase la progresista europea? ¿En Cicciolina? ¿En Magdalena Álvarez? ¿Dónde está la Simone Veil de los socialistas? ¿Dónde su Thatcher? Como los viejos detectives, sólo hay que buscar a la mujer en la izquierda para encontrar el cuerpo del delito: mucha retórica hormonal y ni un solo ejemplo político de éxito femenino que sea digno de exportación.

Concluye:

Eso sí, puede ofrecer a las destetadas de Femme como la gran aportación al debate de la mujer en Europa.

Es de suponer que en la izquierda europea alguna mujer de éxito político y valiosa habrá. Aunque no llega a la altura intelectual de Simone Veil, por ejemplo, al afilador de columnas la ex vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega le produce algo similar a la urticaria, pero le reconoce un talento político que no tenían ni por asomo Pajín, Aido y similares. Eso por poner un ejemplo en España, y seguro que en otros países europeos algún caso más habrá. Aunque quizás sea cierto que hay que salir del continente europeo para encontrar el coso más destacado. Si, desde posiciones ideológicas contrapuestas, hay alguna política que se ha parecido a Thatcher por su firmeza y talento, y que fue jefe de Gobierno antes que la británica, esa es la israelí Golda Meir, que gobernó entre 1969 y 1974.

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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