OPINIÓN / Afilando columnas

Espada echa las muelas contra la FAPE por indultar el 23-F de Jordi Évole

José María Marco: "Cebrián adopta un tono hiriente y amenazante para reclamar que la Corona se aleje de los monárquicos"

Una de las más míticas canciones de Loquillo, que nos ha dado una gran cantidad de temas que merecen entrar en la categoría de míticos, decía aquello de que ‘Los tiempos están cambiando‘. En lo que se refiere a los espacios de opinión de la prensa de papel, y mirando en corto plazo, el 10 de marzo de 2014 se puede aplicar esa máxima. Tras demasiadas jornadas en las que sólo se escribía sobre ‘Pablemos’ y el debate entre monarquía y república, cuando no sobre una combinación de ambas cuestiones, por fin llega algo más de variedad.

En esta ocasión encontramos una mayor variedad de asuntos y, sobre todo, hemos de destacar que estamos en una jornada donde encontramos una alta proporción de artículos en los que se escribe sobre medios. Es cierto que estos textos tienen también algo que ver con los asuntos antes citados, pero al menos con un enfoque diferente que les hace mucho más sabrosos al paladar de quienes nos dedicamos al sector del periodismo.

Lo que no cambia es la banda sonora de este espacio, así que hacemos sonar nuestra armónica de afilador y nos ponemos manos a la obra.

Arrancamos una vez más en tierras barcelonesas. De manos de un director adjunto del auto proclamado ‘diario de la Catalunya real’ nos encontramos con todo un clásico entre los tópicos de la zurda española: clasificar de ultraderecha a todo lo que no sea de izquierdas. Alberto Sáenz lo hace en Ni calentón ni fatalidad, texto en el que comenta los resultados electorales del partido de Pablo Iglesias y las reacciones que han generado.

La ultraderecha catódica lleva quince días berreando contra Podemos. La izquierda exquisita tampoco se ha quedado atrás. Una vez más, se valoran las elecciones pensando en los partidos y no en los electores. Se trata de decirle a la gente que se ha equivocado, que han votado a una formación transvestida de Bepe Grillo, Hugo Chavez y Bonaventura Durruti.

Más adelante añade:

La ultraderecha ataca a Podemos temerosa de que arrastre al PSOE hacia posiciones que consideran «extremistas».

Curioso argumentario. Está mal lo de recordar los parecidos entre Podemos y Chávez (los vínculos de Iglesias, Monedero, Errejón y compañía con el régimen bolivariano y con otros similares como el de Correa en Ecuador o Morales en Bolivia están sobradamente demostrados) pero se llama ‘ultraderecha’ sin ningún complejo a quienes no lo es en absoluto. Recuerda demasiado a lo que hacían la URSS y los partidos satélites que tenía en todo el mundo occidental: tachar de fascista a cualquiera que se opusiera al comunismo. Será que para ser director adjunto de El Periódico no hace falta demostrar una gran capacidad de análisis político profundo.


Antonio Lucas.

Cambiando de ciudad, nuestro recorrido madrileño empieza en El Mundo. Antonio Lucas saca a relucir su estilo literario más divertido en Política Pop, donde reparte por igual al PP, al PSOE y a la monarquía. Nos quedamos con lo que dice de los socialistas, que es la parte más divertida:

El partido más Pop del momento es el PSOE, una gusanera, una Factory de trepas sin oficio convencidos en hacer Estado cuando en verdad lo que quieren es hacer nicho. Susana Díaz, su tiburona sobredimensionada, es una Marilyn de Triana a la que le resumen los libros que no lee para que crea que los ha leído.

Para que no se quejen de este humilde lector de columnas, veamos también lo que comenta del registrador de la propiedad que creíamos metido a gobernante:

El señor Rajoy, como todos los iniciadores, descubrió algo: que la mejor mercancía de un político en la España de todos los demonios (Jaime Gil de Biedma) es la inacción. En la nada siempre cabe la posibilidad de que exista algo original. Callar es permanecer. Y ya no se esfuerza ni en gustar, pues ahora que todo puede cambiar no es momento de hacer posados.

Lucas vuelve a demostrar una vez más que su principal activo es el magnífico estilo que tiene, en ocasiones muy divertido.

También en el periódico ahora dirigido con mano de hierro por Casimiro García-Abadillo nos encontramos con una jugosa columna de Arcadi Espada. Está dedicada a la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), de la que el afilador de columnas siempre ha mantenido una prudente y amplia distancia, y su resolución sobre la ‘Operación Palace’ de Jordi Évole. La Federación de esas asociaciones en las que hay muchísimos menos periodistas que profesionales en ejercicio que jamás se han acercado a ellas ha optado que no existe ningún problema de índole ético en el programa del antes conocido como ‘El follonero’.

A Arcadi Espada le ha sentado esto a cuerno quemado y ha titulado Fape, fake.

La exculpación de Jordi Évole tiene como eje (exagerando mucho con el eje) que su programa no era periodismo. Un asunto, por supuesto, que nadie discute. No era periodismo, pero sólo pudo producirse gracias al periodismo. Al periodismo que usurpó y falsificó. Exactamente igual que una mentira no es verdad, pero sólo puede darse por ella. Ninguna imagen más rotunda y trapacera, en este sentido, que la de los periodistas convocados al programa: Anson, Gabilondo y Ónega, no mintiendo como hombres cualesquiera, sino como periodistas acreditados.

El nulo respeto que la profesión le merece a la Fape es completo en fondo y forma.

Concluye:

Por lo demás, yo debo rendirme a la evidencia y aplaudir a Évole. No se trataba de poner en evidencia ni a la política ni a la historia ni al Rey de España. Sólo se trataba del periodismo. De marcarse un fape.

Lo cierto es que a algunos no nos sorprende nada que venga de la FAPE ni sus organizaciones afiliadas. Recordemos que una de las principales asociaciones de la prensa, la de Madrid, tiene como presidenta a una señora que se sacó de la manga unas declaraciones de Cospedal que jamás hizo —Los cinco pecados capitales de Carmen del Riego por los que debería dimitir de la APM— y que le valieron a la secretaria general ser objeto de una campaña de descrédito en la que cientos de personas se refirieron a ella como «hija de puta» a través de las redes sociales. Carmen del Riego, puestos a recordar, en ningún momento pidió perdón y dio la alucinante explicación de que lo que ella había atribuido a Cospedal no era verdad pero respondía «al espíritu» de lo dicho por la política.

Así que pocas lecciones de ética podemos esperar de organizaciones de ese tipo.

Pasamos ahora a La Razón, donde el debate sobre el papel de la Corona, y la actitud que esta debe tener ante la política, le sirve a José María Marco a poner el foco sobre un Juan Luis Cebrián —¿Monarquía o república? Democracia— que escribió sobre ello en El País dos días antes.

José María Marco titula Monarquía sin monárquicos, y arranca:

A ningún francés se le ocurriría decir que Francia debe ser una República sin republicanos o que el Reino Unido debe ser un Reino sin Monarquía. Sin embargo, es lo que se dice aquí, en España, y no por una persona irrelevante, sino por uno de los personajes más poderosos e influyentes de la sociedad española, como es Juan Luis Cebrián. En un artículo publicado el domingo en «El País» Cebrián sostiene que la Monarquía española debe seguir dejando de lado a los monárquicos porque éstos constituyen el principal peligro para la Monarquía.

Marco asegura que si lo que dice el presidente de PRISA significa que la Monarquía debe mantenerse alejada de la lucha partidista no habría problema alguno, que es algo que «todos compartimos». Añade:

Sin embargo, para decir eso no hace falta adoptar el tono hiriente, y un poco amenazante, del artículo de Cebrián. En realidad, lo que esto sugiere es que tal vez Cebrián no esté reivindicando la neutralidad de la Corona -objetivo común a todos, conviene repetirlo- sino más bien su alejamiento de ese lado del espectro político que representan los monárquicos, que él mismo identifica, en un reflejo característico, con la derecha.

Concluye:

Las afirmaciones de Cebrián tienen explicación histórica y responden a los problemas propios de una generación. El nuevo reinado podría servir para empezar a despejar ese espíritu tan difícil de entender y volver al significado primero, sencillo y claro de las cosas. Entre ellas, España, la Corona y la democracia.

Lo cierto es que a algunos nos da la impresión de que lo hace Cebrián no es otra cosa que pedir que el futuro Felipe VI se comporte como lo ha hecho Juan Carlos I, un rey que siempre ha parecido interesado es agradar a la izquierda, mimar a los republicanos y despreciar a los monárquicos. Qué curioso, en eso se parece al PP, siempre despreciando a quienes le apoyan.

Y la ración de columnas sobre medios sigue en ABC, en este caso de la mano de Hermann Tertsch, que titula Dos oligarcas, muchas mentiras. Su artículo viene a colación de la última polémica con la retirada, decidida por la empresa editora, de una portada de El Jueves cobre el Rey y el Príncipe de Asturias —Ocho firmas abandonan El Jueves tras cambiar una polémica portada sobre la abdicación del Rey–. Tras dedicar muy duras palabras a citada revista, dice:

A partir de ahí todo han sido denuncias contra «el secuestro» de la revista. Denuncias todas ellas acompañadas de la portada retirada, con lo que tiene una difusión muy superior a la que jamás habría tenido en su miserable distribución y venta habitual. Las grandes televisiones privadas han lamentado mucho el secuestro que nunca existió. Y

Ofrece su retrato del panorama televisivo español:

Las cuatro grandes televisiones privadas se las reparten nuestros dos oligarcas de la tele. Uno es un español de Barcelona. Es el que marca tendencia en la agresión permanente y los esfuerzos deslegitimadores. El otro es italiano. Viendo el éxito del anterior es ya fiel emulador. Nuestros dos oligarcas son los dueños de todo el cortijo por obra y gracia de Zapatero y de Rajoy. Cada uno tiene una televisión generalista en la que pretenden tener algún escrúpulo y otra de combate en la que presumen de carecer de ellos. Imponen sus criterios publicitarios gracias a que Zapatero les entregó la parte del pastel de RTVE. Fue a cambio de una entusiasta complicidad en este proceso de encanallamiento general que nos ha traído a los españoles adonde estamos. El Gobierno actual ha respetado todas estas tropelías de Zapatero. Como todas las miserables leyes ideológicas del zapaterismo.

Lo cierto es que no es la primera vez que Tertsch se expresa de esta manera sobre el duopolio televisivo, que lo cierto es que tampoco es especialmente clemente con él. Y resulta lógico que cargue con especial fuerza contra Atresmedia, puesto que en ‘laSexta’, especialmente en ‘El intermedio’ de Wyoming no es que se hayan mostrado precisamente muy agradables con él.

Y salimos de los medios para terminar con una columna sobre un tema mucho más político, las tribulaciones del democristiano más conocido en el Hotel Palace de Madrid. Ignacio Camacho titula su columna sobre Duran i Lleida haciendo referencia precisamente a ese lujoso establecimiento hotelero situado frente al edificio del Congreso de los Diputados: La estatua del Palace.

Duran, un hombre elegante y cosmopolita, tiene desde hace tiempo fijada su residencia laborable en el Palace, un gesto de dandy que desafía el populismo en boga y le otorga, o eso piensa él, un cierto rango estético de diplomático de entreguerras. Porque más que un diputado tiende a considerarse una especie de embajador catalán en Madrid, un puente áereo unipersonal, un cónsul parlamentario que bajo la centenaria cúpula de colores -diseñada por un arquitecto barcelonés- muñe alianzas tácticas de lo que Mas llamaría buen «vecinazgo».

Concluye:

Sus críticos sospechan que si algún día deja de amagar renuncias se dedicará al engrase de relaciones sin cambiar de suite porque como dirigente de moqueta le falta pujanza para encabezar en Cataluña un proyecto de nacionalismo sensato. Su problema actual, sin embargo, consiste en que esa incomodidad desubicada e irresuelta se ha vuelto tan cansina que acabará resultando irrelevante, y que cuando deje de cruzar la carrera de San Jerónimo lo puede convertir, como el Pessoa de mármol de la lisboeta A brasileira, en una estatua de sí mismo sentada en el jardín de invierno del Palace.

Si Ignacio Camacho tiene razón, los responsables del lujoso hotel pueden quedarse tranquilos, no perderán a su cliente más fiel. Eso sí, ¿quién pagará la cuenta?

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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