OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

Gistau cuenta que al pedir cautela con el ébola en una tertulia le acusaron de recibir consignas de Moncloa

Ignacio Camacho advierte al PP de que puede tener su "caso de la colza" si no encuentra a alguien capaz de lidiar con el asunto

Jaime González teme que la condena a Silva le transforme en "santo laico"

¡Histerismo en las tertulias! ¡Histerismo en Twitter! ¡Histerismo en los hospitales de Madrid! «El PP nos quiere matar», aúlla Ada Colau por Twitter. «Salvad al perro Excalibur», gime el marido de la enfermera contagiada de ébola. Por el contrario, calma y responsabilidad en las columnas de opinión y los editoriales, lo que agradezco de todo corazón. Espero que las cadenas de televisión no se suban a la ola de histerismo y no programen películas como Estallido, Soy leyenda (en las versiones de Charlton Heston y Will Smith) o La amenaza de Andrómeda.

Los columnistas no tratan de dárselas de médicos expertos en pandemias tropicales y analizan la reacción de la sociedad española y el comportamiento del Gobierno… y de los tertulianos.

Federico Jiménez Losantos (El Mundo) carga contra la «incapacidad comunicativa del Gobierno» y constata que el peor virus es «la idiotez».

No somos tan buenos como llegamos a perecer en los años de Aznar, pero tampoco somos ni deberíamos parecer un arrabal de Nápoles o de Jalisco. Y, sin embargo, la gestión de un caso de torpe publicidad política, que es lo que ha sido la repatriación de misioneros enfermos de ébola, nos coloca, al menos en apariencia, en el Tercer Mundo. ¿Injustamente? Sí. Pero ahí.

Por desgracia, la fabulosa incapacidad comunicativa del Gobierno -Ana Mato sale más nerviosa que Casillas- no es, en este caso, el problema esencial. Al margen de las buenas intenciones o de la tentación universal de sentirse buenos ricos ante los pobres enfermos, es evidente que la gestión de la traída y tratamiento de los misioneros ha sido bastante irresponsable.

Es un fracaso colectivo, político y profesional, donde nadie se salva. Y lo peor -como en Francia- es el discurso político que, en vez de sacar consecuencias sensatas del desastre, enhebra estupideces apocalípticas. Ada Colau habla de un «exterminio encubierto» y Podemos relaciona el ébola con la Iglesia, el ajuste, la deuda y la política internacional. Yo recuerdo cuando la izquierda decía que el Sida era un invento antigay del Vaticano. El peor virus es el de la idiotez.

RAÚL DEL POZO: «POR LA CARIDAD ENTRA LA PESTE»

Raúl del Pozo (El Mundo) atribuye la causa de todo a una operación del Gobeirno de Rajoy calcada del buenismo de Zapatero.

Marca España: hemos sido los primeros en importar a Europa el ébola, después de confirmar el proverbio: «Por la caridad entra la peste». Todo empezó cuando este Gobierno de despotismo blando, que sigue el buenismo laico de Zapatero, decidió trasladar, en una operación de propaganda, al religioso Manuel García Viejo, infectado en Sierra Leona, hasta el Hospital de La Paz.

Los políticos buscan la luz de la tele como los mosquitos las bombillas para hacer propaganda, pero esta vez les ha estallado la cámara en los ojos. Acaban de hacer el ridículo ante el mundo entero: en vez de salvar dos vidas, han terminado amenazando con la peste a miles de ciudadanos, después de que una enfermera que atendió al misionero se contagiara del virus.

Pilar Rahola (La Vanguardia), que es doctora en agitación y propaganda, advierte al Gobierno de que cualquier patinazo con la salud le puede costar más caro que todos los casos de corrupción.

Es posible que el Gobierno pueda escaparse de los escándalos de corrupción, o incluso de los vaivenes de su política económica, pero hablamos de salud pública, y ese es el Argamedón de cualquier gobierno si se le descontrola.

Ignacio Camacho (ABC) recomienda al PP que busque un experto que transmita confianza y a la vez sepa transmitirla, como Juan José Badiola, que se enfrentó a la crisis de las vacas locas que ocurrió durante el Gobierno de Aznar.

Durante la crisis de las «vacas locas» fue esencial el papel sereno y sensato de un patólogo, Juan José Badiola: organizó el trabajo, coordinó los análisis, aconsejó las medidas. Asumió responsabilidades. Y sobre todo, comunicó a la sociedad con madurez, claridad y aplomo el alcance de la epidemia. Su prestigio científico resultó decisivo en el control de los daños y del pánico social, tan peligroso como el propio virus y mucho más expansivo. Pues bien: el Gobierno tiene ahora que encontrar su ‘badiola’; el experto con autoridad que no sólo ponga orden en esta lógica incertidumbre, sino que siembre confianza en una nación asustada. Y que evite el desbarajuste informativo, la clamorosa sensación de descontrol, falta de tacto y torpeza que han mostrado los responsables sanitarios, abrasados por falta de credibilidad, incapaces de transmitir una tranquilidad que no saben fingir siquiera.

En medio de una formidable tensión histórica, el ébola puede convertirse en la colza del PP si no encuentra pronto a quien sepa de veras qué hacer -y qué decir- con el «bichito».

Algunos periodistas consideran que Ana Mato y su equipo no pueden parar la ola de histerismo. Milagros Pérez Oliván (El País) considera que la ministra es tan perjudicial para la salud de los españoles como el virus de marras.

La ministra Ana Mato es seguramente la titular menos competente que ha tenido la cartera de Sanidad. Su comparecencia en rueda de prensa no solo no sirvió para tranquilizar, sino que fue un factor de alarma adicional. No es la primera vez que puede observarse el escaso dominio que tiene la ministra de la materia de la que ha sido nombrada máxima autoridad política. Y si en todas resulta grave, en un asunto como el ébola, que puede desencadenar una crisis sin precedentes y de proyección internacional, mucho más. La gestión de esta crisis exige una autoridad indiscutible y solvente que genere confianza. Y eso no se improvisa. El riesgo, ahora, se llama Ana Mato.

Victoria Prego (El Mundo) redacta una serie de preguntas sobre el contagio y la primera señala a la irresponsabilidad de la propia enferma y al corporativismo de la clase médica.

¿Cómo es posible que una persona que ha estado en contacto con el misionero fallecido a causa del ébola se pudiera ir de vacaciones inmediatamente después y nadie le dijera que, por una cuestión de simple precaución, debía quedarse en Madrid? El hecho de que finalmente permaneciera en su casa se debió a que su marido (…) tuvo un accidente leve y los planes del matrimonio se vinieron abajo.

En definitiva todo está por ser aclarado. Y, mientras, el mundo nos mira expectante. Y alarmado.

TERTULIANOS Y ADA COLAU, A POR LA CABELLERA DEL GOBIERNO

Junto a los virus del ébola y de la estupidez, en las tertulias y en Twitter se está expandiendo el del sectarismo político. David Gistau (ABC) dice que reclamó calma en una tertulia y le acusaron de recibir consignas de PP.

Como tenía tomada la decisión de no contribuir al alarmismo con argumentos de cuya solidez científica no podría estar seguro, llegué a pedir cautela un par de veces a compañeros que casi esbozaban un escenario apocalíptico en el cual toda persona que se hubiera cruzado con la enferma durante los últimos días podía ser el portador latente de una catástrofe como de película de zombis. Esas apelaciones a la sensatez me valieron, durante una pausa publicitaria, el chiste de que se notaba que había recibido una llamada de Moncloa para darme instrucciones sobre la desactivación del escándalo.

El comentario no me ofendió, evidentemente. Pero sí me pareció revelador, porque en ese preciso instante comprendí que, como ocurre con casi todo en España, el ébola de Alcorcón ya estaba ideologizado, politizado.

Santiago González (El Mundo) arremete contra la salvamundos Ada Colau.

Ni la ministra ni sus acompañantes, más técnicos, estaban en condiciones de proporcionar informaciones precisas y completas sobre las causas. Claro que si querían respuestas, los periodistas deberían preguntar a cualqueir tertuliano amigo, que por lo general sí están en condiciones de dar respuestas acabadas.

Ada Colau dice que Mato pretende «un exterminio encubierto». Luego admitió que «pudo ser una ironía excesiva», demostrando que nunca sabe de qué habla. Ni cuando dice «exterminio», ni cuando dice «ironía».

Esta pasión autodestructiva que embarga a los españoles desde hace siglos, (quizás desde la Constitución de Cádiz) les lleva a dar martillazos en los pilares de la casa en la que viven para que al vecino se le agriete la pared del salón, Ignacio Ruiz Quintano (ABC) teme que los tertulianos y los fuerzas del progreso nos peguen a la espalda la etiqueta del ébola español.

La «gripe española» era americana, pero como España, sin una guerra que llevarse a la boca, fue la que más la jaleó, «española» se quedó.

Ahora tenemos el primer caso de ébola conocido fuera de África, y la ministra de Sanidad sale de salmantino luto (ése, desde luego, no es el color de Snoopy) a decir, con muchos infinitivos, al modo de los indios de Hollywood, que sólo saber que no saber nada, dejando el balón en el tejado de los tertulianos, que son como la prensa del 18, pero con voz de odre, y que conseguirán que el ébola pase a los anales de la Wikipedia como la «peste española».

Si se tiene en cuenta que la primera industria del país es el turismo, dar al ébola rango de andancio en las tertulias es lo más parecido a lo de los alegres muchachos de Sadam incendiando, en su huida de los americanos, los campos de petróleo

En este ambiente, José María Carrascal (ABC) ofrece una pizca de optimismo en su columna.

Menos mal que el gran público empieza a estar vacunado contra ello y nos toma con el mismo escepticismo y recelo que al resto de las instituciones públicas. Lo que ocurre es que nosotros no nos damos cuenta.

Ojalá tenga razón, don José María, y el público esté muy por encima de los tertulianos que junto al micrófono ponen el hacha.

MÀRIUS CAROL Y MELCHOR MIRALLES LLORAN POR ELPIDIO SILVA

A Jaime González (ABC) le preocupa la inoportunidad de la sentencia contra Silva (que éste atrasó varios meses al renunciar a su abogado defensor y recusar a dos miembros del tribunal), porque se le expulsa de la judicatura cuando Miguel Blesa sigue libre.

En un momento en el que el caso de las tarjetas opacas ha extendido la ira popular como un reguero de pólvora, la comparación del caso Blesa con el caso Elpidio nos sitúa, en apariencia, delante de un descomunal escarnio, de un gigantesco agravio. Es el caldo de cultivo para que el populismo siga poniéndose ciego y engordando. La Justicia se pronuncia contra el juez Silva justo en el momento en que Blesa sigue acumulando méritos para seguir de por vida en el número uno del «top ten» de los personajes más odiados. Ya tenemos otro santo laico en la hornacina: las reliquias de Elpidio serán veneradas por la legión «anticasta» como ejemplo de dignidad frente a la inmundicia del poder.

Añade con acierto que el más beneficiado por el juez justiciero ha sido Blesa.

Paradójicamente, el más beneficiado de la obsesión del juez por mandar a prisión a Miguel Blesa ha sido el propio Miguel Blesa. Y es que Elpidio Silva le tenía tantas ganas que se olvidó de que era juez.

Sinceramente, yo creía que Màrius Carol (La Vanguardia) era un hombre culto y sensato, amante de la ley y del orden, pero su billete sobre la condena a Silva me hace deducir lo contrario, porque se pone del lado de éste ¡y de Garzón!

No se trata de discutir si Silva se excedió o no en sus funciones, sino de comprobar cómo en un escándalo que estuvo a punto de llevarse al país por delante ha sido condenado antes el juez que el acusado. El asunto no es nuevo. Ya le pasó a Garzón, mientras el caso Gürtel sigue en el aire.

Como en Cataluña no se cumplen las leyes ni las sentencias judiciales, Carol debe de haber pensado que las prevaricaciones de los jueces no merecen castigos tan duros como la expulsión de la carrera. ¿Por qué no se pone del lado de Luis Pascual Estevill, el juez (de CiU) que se enriqueció cobrando a los ricos para no meterlos en la cárcel?

Melchor Miralles es uno de esos listos que cobra de la derecha boba y halaga a la izquierda gritona. En su columna de ABC insinúa que la condena a Silva responde a compromisos de la casta.

La inmundicia nacional acerca al personal al límite de la paciencia. Y lo que queda. Solo leyendo todos los correos electrónicos de Blesa se da uno cuenta del alcance del latrocinio. Yo los he leído. Elpidio al margen, no se a qué esperan en la Audiencia Nacional (jueces y fiscales) para actuar a toda velocidad. Bueno, sí lo se. Lo sabemos todos. De ahí la indignación. Insuperable.

Menos sentimental que Carol y Miralles, Marcello (Republica.com) reconoce que Silva «se pasó», pero anuncia que hay jueces que quieren hacer las cosas bien para encerrar a los corruptos.

Es verdad que Elpidio se pasó pero fue un adelantado de su tiempo, y llamativo es que Blesa siga suelto, como sueltos están los Pujol, y sueltos andan por ahora los Duques de Palma -que deberían dimitir del título y de la línea de sucesión al trono de España-, como super llamativo es que la Justicia sea tan rápida con Elpidio y tan lenta con todo lo demás. Aunque, dicho está, hay jueces que ya no está para bromas y que pronto van a dejar caer la espada de la Justicia sobre los cuellos blancos de muchos y muy notorios señores del poder que temblando están.

EL «LEAL» SPOTTORNO SE LLEVÓ 223.000 EUROS DE CAJA MADRID

En muchas ocasiones me he reído y quejado de las columnas de Leila Guerriero en El País, por su catón progre y sus confesiones lacrimógenas. Por el contrario, hoy la felicito, porque se opone al apaño legal hecho en Argentina de la pareja de hecho reconocida en el Código Civil, es decir, un matrimonio civil que no es matrimonio para los que no quieren el papel del matrimonio pero sí sus privilegios. La columna contiene el tópico progresista, viejo ya de décadas en España, tal vez nuevo en Argentina, de que el matrimonio mata el amor. ¡Qué manía tienen las mujeres con el amoooorrr!

Yo no quiero casarme. Nunca quise. Ahora, en la Argentina, aprobaron un nuevo Código Civil según el cual las parejas que vivimos en concubinato tendremos derechos parecidos a los que tienen las parejas unidas en la institución del matrimonio. Ya saben: compartir bienes, no quedar desamparados en caso de muerte de uno de los dos. Y yo, perdón, quiero enviar todos esos derechos de regreso al remitente como si fueran una carta que me hubiera enviado el diablo. Yo no quiero que ninguno de esos derechos me cobije. No casarme es más que una omisión. Es mi bandera: un gesto. Es mi forma de decir que jamás haré parte de una institución anquilosada que devora personas y las devuelve -no a todas, sí a muchas- convertidas en un pedazo de carne sin apetitos, en un magma de mezquindades que nada tienen que ver con el amor.

En La Razón se publican numerosas columnas-lametón que luego se amontonan en mi mesa para solicitar el premio a la columna ridícula del día. La de hoy es para Carmen Enríquez, encargada en sus años en TVE de cubrir los viajes de los miembros de la Casa Real, y que parece que la cercanía la ha convertirdo en cortesana. Enríquez considera que la dimisión de Rafael Spottorno como consejero privado de Felipe VI por cargar 223.000 euros a una de las tarjetas opacas de Caja Madrid es un servicio a la Corona.

Si algo ha caracterizado a Rafael Spottorno a lo largo de los más de quince años que ha trabajado al servicio de la Corona ha sido su profundo sentido de la lealtad.

Pero cuando más ha destacado la lealtad de Rafael Spottorno a la Corona ha sido durante los últimos tres años, en los que le tocó afrontar las situaciones más difíciles y complicadas de la Casa Real, a raíz de destaparse las irregularidades realizadas por el duque de Palma por medio de su entramado de empresas pantalla y sobre todo, del Instituto Noos.

Su renuncia a ser consejero de Felipe VI es un gesto más de servicio al Estado de Spottorno.

Carmen Enríquez no se plantea que la lealtad a los españoles-ciudadanos-contribuyentes habría debido ser no usar esa tarjeta, porque hubo al menos tres personas que la recibieron y no tocaron ni un euro.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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