OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

Alfonso Ussía se lanza al cuello de Rajoy: «Ha gestionado el 9-N con imprudencia y cobardía»

Los únicos defensores que le quedan a Mariano Rajoy en la prensa son Salvador Sostres, David Gistau y Francisco Marhuenda

José María Marco constata que el proyecto catalanista "requiere acabar con la nación española"

En una hoja voy apuntando los columnistas que este 10 de noviembre 2014, defienden a Rajoy y los que le atizan. No es un ‘proceso participativo’ pata negra, como el catalán, pero algún valor tiene, ¿no?. El resultado final es una de esas goleadas del Madrid ye-yé (con la ayuda de Franco, que lo contaron el otro día en TV3) contra el presidente, Soraya ‘Cebrián’ de Santamaría y Pedro Arriola.

En los editoriales de la prensa, es mayoritaria la apelación a Mariano Rajoy para que negocie con Artur Mas lo que sea. Sin embargo, este ambiente de más o menos buen rollo desaparece en los columnistas: Rajoy ha perdido a todo el mundo, salvo a Paco Marhuenda, que no lo cuento porque excluyo las ‘cheer-leaders’, a Salvador Sostres y a David Gistau.

Alfonso Ussía (La Razón) llama a Rajoy imprudente y blando.

Pero la reacción ha sido, como siempre con Rajoy, tardía y blanda. Se reirán de todos. Nos han robado a los españoles, todos sujetos constituyentes, el derecho a votar. Rajoy sabe que Mas, Junqueras, la Generalidad, el Parlamento de Cataluña, la ANC y demás organismos separatistas han delinquido gravemente. Pero no se ha atrevido a enfrentarse a ellos. No ha querido asumir sus obligaciones de gobernante. No ha considerado conveniente defender los derechos de los ciudadanos españoles, incluidos claro está, los derechos de la mayoría de los catalanes. Todo lo ha ido dejando hasta que ha llegado el día de la gran mamarrachada ilegal, de la peligrosa mamarrachada ilegal que puede dejar de ser una mamarrachada. Confundir prudencia con cobardía es como meter en el mismo espacio a quien pasa hambre por adelgazar que al hambriento. Rajoy no ha gestionado el reto del separatismo catalán con prudencia. Lo ha hecho con cobardía.

El historiador Joaquim Coll (El País) dice que Rajoy ya sabe que él no manda en Cataluña.

El presidente de la Generalitat ha jugado brillantemente esta partida, lo cual le permite retomar el timón del proceso soberanista, que se dirige ya a forzar un referéndum de verdad bajo la amenaza, en caso contrario, de convocar unas elecciones con carácter plebiscitario para declarar la independencia. El 9-N se ha convertido en una primera parte del accidente insurreccional que algunos ya anunciamos tiempo atrás, pues es obvio que el orden constitucional ha sido roto en Cataluña.

Gracias a la torpeza del Gobierno español, que 72 horas antes no quiso hacer efectiva la suspensión del TC, la consulta alternativa se ha convertido en un formidable acto propagandístico sobre el que Mas construirá su nueva promesa de llevar a los catalanes hacia la secesión indolora. Si ha logrado llevar a cabo lo que parecía legalmente imposible, quién puede dudar que con algo más de tiempo no alcance el gran sueño del nacionalismo catalán. Sobre todo, porque si alguna cosa se ha demostrado este domingo es que en Cataluña no manda Rajoy.

Enric Juliana se permite reírse de Pedro Arriola, al que atribuye la inspiración de la conducta de Rajoy en estos meses. El corresponsal de La Vanguardia en Madrid empieza arremetiendo contra UPYD… que tiene más votos en Gerona que Carmen Forcadell, por cierto.

Protesta General Catalana, sin incidentes de relieve y con los jueces desestimando los demenciales requerimientos de UPyD de proceder a la detención de Artur Mas, con el «uso proporcional de la fuerza» para cerrar las sedes electorales. Protesta general, con el foco de los medios anglosajones especialmente atentos.

Puesto que el «mundo feliz» de Pedro Arriola, asesor áulico del PP, no se está cumpliendo, Rajoy se halla ante un inquietante cruce de cables: la inflamación catalana, una indignación ciudadana sin precedentes en toda España, las encuestas enloquecidas, el ascenso de Podemos más allá de los límites imaginados y las primeras señales de alarma desde los centros financieros internacionales. Así concluye la secuencia 11-9-11.

Otros columnistas son aun más incisivos, porque insinúan que Rajoy dejó hacer a Mas o hasta pactó con él la realización del butifarrendum.

José María Carrascal (ABC), que ha elogiado a Rajoy por habernos evitado el rescate, titula su columna ‘Tongo o peor’.

Pues lo más grave no es que se haya celebrado la consulta tras haber sido suspendida dos veces por el TC. Mucho más grave es que el Gobierno no lo impidiese, disponiendo de la Fiscalía, que se ha negado a pedir la retirada de las urnas, y que un juez lo respaldase «por ser una medida desproporcionada». Mientras, Rajoy se limita a remitirnos a su diálogo con Mas a partir de hoy «en los límites que la Ley y la Constitución señalan». ¡Estaría bueno que no los respetara! Quien no va a respetarlos es Mas, que ya pide un referéndum legal por la independencia, tras haber metido un gol por la escuadra, no a Junqueras -a fin de cuentas, buscan lo mismo-, sino a Rajoy. En el mejor de los casos, porque ha sido más astuto que él, como decía. En el peor, porque Rajoy se lo ha permitido. Puede que, como ocurrió a Aznar con Pujol y a Zapatero con Maragall, con la esperanza de que el nacionalismo «moderado» contuviese al «radical», con las consecuencias que conocemos: una Cataluña cada vez más lejos de España. Eso es no conocer el nacionalismo. Eso es alimentarlo.

Ignacio Camacho (ABC) le exige a Rajoy que ponga a trabajar al fiscal Eduardo Torres Dulce.

Y es posible que por no crispar a la comunidad catalana se haya generado un sentimiento de agravio en el resto de la sociedad española, atufada por el desagradable olor de un pacto camuflado en torno a la carnavalada.

Para disipar ese ominoso aroma de sospecha es necesario que lo de ayer tenga consecuencias. La actitud complaciente de la Fiscalía y de algunos jueces da que pensar sobre la componenda presentida. Si Rajoy hubiese usado su mayoría absoluta para restaurar la sanción penal que Aznar estableció sobre la convocatoria de consultas ilegales, esta bufonada constituiría para algunos un motivo de pesadumbre. El Estado debe minimizar o modular puntualmente el ejercicio de su autoridad para evitar males mayores; en eso también consiste la política. Lo que en ningún caso puede hacer es faltarse el respeto a sí mismo y a sus reglas. Y mucho menos admitir que se cachondeen de él en su cara.

Lo que para los columnistas que supongo han sido votantes de Rajoy es una afrenta o una cobardía, en cambio para el director de La Vanguardia es muestra de inteligencia. Pero no sé si Màrius Carol votará al PP en las próximas elecciones…

Ha sido inteligente por parte de Mariano Rajoy haber tolerado con reparos el «proceso participativo», a fin de no convertir el 9-N en el culmen de sus enfrentamientos de los últimos meses. Pero ahora llega el momento de la verdad: si no hay respuesta por parte del Gobierno de Madrid a la necesidad de encontrar un nuevo encaje con España (que también esperan muchos de los que no fueron ayer a depositar su voto), el independentismo habrá ganado definitivamente la batalla.

Este diario no se cansará de pedir diálogo, negociación y pacto. Y sobre todo inteligencia, para abordar un futuro que aún está por escribir.

Oh, inteligencia. Si algún día me hace falta, ya sé a quién pedírsela, al conde de Godó y a sus capataces.

A CARRERAS LE DA MIEDO TANTO CATALÁN OBEDIENTE AL ‘GOVERN’

Paso a los análisis de la votación. A Francesc de Carreras (El País) le asusta que casi dos millones de catalanes obedezcan sin rechistar al Govern y a Carmen Forcadell.

Por fin llegó el gran día. Artur Mas decidió hace casi un año que ayer se votaría y se ha votado. La Generalitat ha ganado la partida al Estado.

Desde el 6 de octubre de 1934, nunca Cataluña se había parecido tanto a una república bananera. El Estado de derecho ha sido derrotado, el espectáculo que se ha dado al resto del mundo ha sido alucinante, los periodistas que nos han visitado esta última semana no daban crédito a lo que veían ni entendían nada de esta confusa situación. Pero Mas ha ganado a Rajoy, es decir, la arbitrariedad ha ganado a la ley, porque los independentistas -o los que, sin serlo, les dan soporte al ir a votar- siguen siendo un bloque compacto dispuesto a seguir adelante, sea cual sea el resultado dado que lo importante es la participación.

La situación de Cataluña es grave porque hay alrededor de dos millones de ciudadanos, más o menos un tercio de la población, que siguen ciegamente a un Gobierno y a unos partidos que ignoran los procedimientos democráticos para conseguir sus objetivos. El consenso democrático se ha roto, la deslealtad es la regla. El peligro está en que por ahí sigan las autoridades catalanas.

Arcadi Espada (El Mundo) llama cabezón a Rajoy.

Frecuentemente, y desde que el presidente Mas convocó el 9 de noviembre, el presidente Rajoy se negó a responder a la pregunta: «Qué hará usted si el presidente Mas decide sacar las urnas a la calle.» Yo, como otros cientos, también se lo pregunté un mediodía en La Moncloa. Su respuesta parecía sincera y cerraba casi por completo la posibilidad de la repregunta. Su respuesta era: «No me cabe en la cabeza que el presidente Mas no cumpla la ley». Pues ya le cabe. Durante este aciago domingo español el presidente Rajoy ha debido de sufrir una terminante ampliación de cabeza.

Bromas aparte, la frase más contundente del 10 de noviembre aparece en su columna: España y Cataluña «parecen ser dos naciones sin Estado las que de tú a tú negocian».

La verificada humillación al Estado complacerá, sin duda, al nacionalismo, pero traerá innobles consecuencias a la democracia española. Entre ellas una nueva cota de desafección de una ciudadanía ya muy castigada por la pérdida de confianza entre los ciudadanos y sus representantes. En este sentido, el 9 de noviembre supone una forma de corrupción moral y política del sistema extremadamente dañina.

La única estrategia visible del presidente Rajoy era la ley y su fracaso es constatable y de largo alcance: entre la desafección generada estará la de muchos votantes y militantes del Partido Popular. Tampoco los partidarios de alguna presunta tercera vía pueden sentirse reconfortados. Es improbable que algún pacto duradero y profundo pueda alcanzarse a partir del quebranto de la ley y de su exhibición jactanciosa. Aunque bien es verdad que en algún sentido puede haber habido un acercamiento: ya parecen ser dos naciones sin Estado las que de tú a tú negocian.

Santiago González (El Mundo) concluye que ayer no hubo Estado en Cataluña. ¿Sólo ayer, Santiago?

El reto al Estado se consumó ayer, qué importa el porcentaje de participación ni el de votos afirmativos. Sacaron las urnas, emplearon locales públicos, movilizaron a 6.992 mossos y a 7.000 funcionarios, amén de gastar en todo ello una cantidad de dinero que se niegan a detallar.

Sólo UPyD, cinco diputados, se ha ocupado de denunciar a Mas (dos veces, la primera hace más de un mes), pidiendo la suspensión cautelar del 9-N. La Fiscalía y los jueces pensaron ayer que a buenas horas, sin sospechar que las medidas se pueden tomar antes de que fueran desproporcionadas.

Ayer no hubo Estado en Cataluña. A partir de hoy seguirán exigiendo referéndum, pero con su poquito de cachondeo y su sonrisita diferencial. Urkullu y los suyos han visto que sí se puede y se han puesto a la cola. «Así es como termina el mundo», escribió Elliot, «no con una explosión / sino con un suspiro». El Estado fue ayer esa cosa con plumas que no era la esperanza de Emily Dickinson ni el sobrino de Woody Allen. Ibarretxe y Zapatero, qué par de estadistas.

Federico Jiménez Losantos (El Mundo) asegura que el 9-N ha sido más letal para la nación española que el Desastre de 1898. Una corrección: Federico confunde el lugar del hundimiento de la flota del almirante Cervera, que fue Santiago de Cuba, con La Habana.

Unos jueces, interpretando adecuadamente la deserción del Gobierno, dijeron ayer a la Fiscalía que no retiraban las urnas en que se escenificaba la independencia de Cataluña y la ruptura de España porque «sería una medida desproporcionada». Cierto. Lo proporcionado a la traición del Ejecutivo es la prevaricación del Judicial. Sólo falta -pero en eso está ya Soraya Cebrián de Santamaría- que el Legislativo vote la abolición de la soberanía nacional. Debe de ser la primera vez en que España cae derrotada porque no la dejan combatir. Esto sí que es Desastre y no el del 98.

Pablo Sebastián (Republica.com) espera acciones legales contra Mas. Ay, Pablo, siéntate a esperar.

En el palacio de la Moncloa el presidente Rajoy parece estar satisfecho con lo ocurrido por más que se haya violentado la legalidad ante sus narices y su inmovilismo que, en cierta manera y por omisión, lo hace cómplice de la situación. Pero Rajoy pensará que de esa manera se ha evitado el choque de trenes institucional y el enfrentamiento abierto ente nacionalismo español y el catalán, y que ahora se inicia un tiempo nuevo de reflexión para ver si se puede reconducir la situación.

En conclusión, y a la espera de los resultados y de las acciones legales que de todo esto se deriven y en contra de lo que piensan en los gobiernos de Rajoy y de Mas, todos han perdido en lugar de ganar. Y de manera especial España porque en esta ocasión el Gobierno ha consentido que se viole la ley y la Constitución. Y ese es un precedente que traerá sus consecuencias más tarde o más temprano y que nos conducirá a un futuro incierto para la unidad nacional.

LOS ALABARDEROS DE RAJOY: MARHUENDA, GISTAU Y SOSTRES

El 14 de abril de 1931, Alfonso XIII no tuvo siquiera un pelotón de alabarderos  que le defendiesen a él y a su familia de las turbas republicanas. Todos abandonaron al rey, empezando por los cortesanos que le habían acompañado al tiro al pichón o en sus correrías sexuales. A Mariano Rajoy, más afortunado que Alfonso XIII, le quedan, por ahora, tres defensores: el cortesano Marhuenda, Salvador Sostres y David Gistau. Qué tres miembros para el Batallón de La Moncloa.

El director de La Razón parece contagiado del hieratismo de su antiguo jefe cuando Rajoy era ministro en los Gobiernos de Aznar y Marhuenda su jefe de gabinete.

No hubo ninguna sorpresa. Los independentistas mostraron el alcance de su fuerza en la actual coyuntura y tras más de dos años de agitación partidista permanente con el apoyo de los recursos del gobierno catalán y los medios de comunicación que controla. El nivel de participación era esperable y los nacionalistas lo consideran que es una victoria de Artur Mas y exigen que el Gobierno de España negocie. No creo que nadie se pueda sentir sorprendido ante los comentarios laudatorios de los nacionalistas, tanto radicales como moderados, a su líder.

No hay que hacer demasiado caso a ese gesto de Mas asumiendo la responsabilidad de lo sucedido para erigirse en un héroe o martir cuando realmente conduce a Cataluña a un escenario penoso.

Y cierra su columna-valeriana con un elogio al «rigor» del Gobierno.

Tras este simulacro estéril y a pesar del fervor de los amigos de Mas al considerarlo una victoria personal suya, ya que están preocupados por el auge de ERC y Junqueras, el Gobierno tiene que seguir en su línea de rigor y prudencia en defensa de la Constitución y de la España plural.

Sostres, que, como Rajoy, dijo que no se iba a votar en Cataluña, ahora dice que sí, que se votó, pero que no pasa nada, que fue una fiesta de cumpleaños.

Aunque recibiera críticas por ello, el Gobierno hizo bien en no reaccionar a la pachanga, porque le habría dado la credibilidad que no tiene. El 9 de noviembre ha pasado y a los que todavía hoy estén excitados ya se les pasará la resaca. El Estado no puede comparecer en cada fiesta de cumpleaños y el presidente Rajoy no puede dar rango institucional a cada butifarrada saliendo a comentarla.

Otro domingo en Cataluña. La sangre no llegó al río, Mas sigue estando en su callejón sin salida, quien continúa gobernando España es Rajoy y no los puristas; y a pesar de los anunciados apocalipsis, la Tierra hoy todavía gira.

Y David Gistau (ABC), que está perdiendo la rebelión de la juventud a chorros (¿le invitará a almorzar Carmen Martínez Castro?), repite el argumento de Sostres: el Estado está para cosas serias.

El falso referéndum tiene para Mas la importancia de que puede ufanarse, aunque sea en precario, de cumplir la promesa comprometida en términos mesiánicos con la mitad de su sociedad. Esto le permite alcanzar un logro que en la política como en la selva es fudamental: el de la supervivencia para un día más, que será en el que arranque el tránsito hacia las elecciones locales.

el arquetipo total que maneja el nacionalismo quedó desmentido, una vez más, por los millones que dedicaron el domingo a otros menesteres porque no se sintieron acuciados, como sí lo habrían estado en un referéndum auténtico, para impedir con su voto un destino disolvente para Cataluña.

También faltó el Estado que, consciente de la liviandad jurídica de cuanto ocurría, consideró que cualquier intervención sería desproporcionada. E incluso serviría para alimentar el fatalismo con nuevos mitos represivos. Como la Cataluña no independentista, también el Estado se ha reservado para jornadas serias.

EL CATALANISMO ‘MODERADO’ QUIERE LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA

A quienes creen que es posible y hasta conveniente el pacto entre Madrid y Barcelona les aconsejo la lectura de dos columnas, que prueban que el catalanismo ‘moderado’ ha incorporado la destrucción de España a su proyecto político.

Pero M. Dolores Garcia (La Vanguardia) subraya que Convergencia ya está al completo por la secesión. Entonces, ¿para qué negociar y reformar la Constitución?

Entre Mas y Junqueras se está disputando una sorda batalla por la credibilidad en el ámbito del independentismo y el 9-N ha impulsado al president en esa pugna. Pero lo más importante es que el desarrollo de la votación de ayer ha avalado su forma de avanzar en el proceso soberanista. Convergència también quiere llegar al estadio de la independencia. A estas alturas, eso empieza a estar claro, aunque aún no se haya plasmado oficialmente en un programa electoral. Pero Mas desea hacerlo paso a paso -partido a partido, diría Guardiola-, intentando ensanchar la base de apoyos recurriendo a un discurso de radicalidad democrática que entronca a las mil maravillas con el descontento actual hacia el sistema y, sobre todo, sin asustar a la parte de la población que no desea dar el paso de la secesión.

La carta que Mas enviará a Rajoy para emplazarle al diálogo forma parte de esa estrategia de cargarse de razones ante los catalanes. La organización del 9-N ha sido un ejemplo redondo de la manera como el president va combinando el enfrentamiento con el Gobierno central con la reclamación del derecho a votar sin apelar a una ruptura radical ni a la desobediencia airada. Rajoy, y su incapacidad para afrontar la situación, ha sido el gran aliado de Mas en esta empresa. Pasado el 9-N habrá que ver si sigue siéndolo o da la sorpresa.

José María Marco (La Razón) explica que para un millón largo de catalanes su felicidad requiere «acabar con la nación española»:

Ayer los nacionalistas mostraron a cuántos catalanes han logrado convencer de que España no es digna de la Cataluña nacionalista. Por eso, otro efecto de la «macroencuesta» festiva es corroborar el cambio de percepción que se ha producido con respecto a Cataluña en el resto de España. Hace tiempo, Cataluña era percibida como una zona -o un país- desarrollado, moderno. Ahora es percibida como una sociedad cuya afirmación identitaria requiere acabar con la nación española. Las consecuencias de esta realidad todavía reciente se irán viendo de aquí en adelante. No serán buenas para nadie, y menos que nada para Cataluña. Mostrar el desprecio tan a las claras tiene un coste, que será muy alto.

Empezar a rectificar este gigantesco disparate requerirá un esfuerzo comparable a la desidia y a la dejadez con que se ha tratado el asunto durante décadas. No se hará nada serio, ni benéfico, mientras los dirigentes españoles sigan sin querer darse cuenta del significado de su nacionalidad y de las responsabilidades políticas que han aceptado al representar a la nación española.

ISABEL SAN SEBASTIÁN RESPONDE AL SUPREMO

Cierro esta crónica con otro asunto, también lamentable: la absolución por el Supremo del periodista progresista José María Calleja por los insultos que le dedicó a Isabel San Sebastián. Ésta le escribe en ABC al magistrado ponente de la sentencia una carta en la que dice lo siguiente entre otras cosas.

Dice Su Señoría, en una sentencia que el Tribunal Supremo ha difundido a través de los medios antes de comunicárnosla a las partes, que la expresión «tú has estado callada, engordando a ETA con tu silencio», referida a mi persona, «tiene amparo en el ámbito constitucionalmente protegido de la libertad de expresión…».

Ese «estar callada», Señoría, me ha expulsado de la tierra de mis padres y reportado quince años de amenazas. Once años de privación de libertad de movimientos, permanentemente acompañada de escoltas impuestos y pagados por el Ministerio del Interior. Otros tantos de miradas de temor en los rostros de mis seres queridos, de pesadillas, de ruegos de que «lo dejara» alternados con valerosos gestos de apoyo en circunstancias terriblemente difíciles.

Si confiara tanto en la independencia del Poder que Su Señoría encarna como en la mía propia, la indignación y la impotencia que ahora siento se verían agravadas por la duda de haberme equivocado de bando y perdido miserablemente el tiempo, mientras otros, más «prudentes», se alineaban con los tiempos manteniéndose al margen de esta peligrosa disputa o apostando por el apaciguamiento.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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