OPINIÓN / REPASANDO COLUMNAS

Sostres exime a la Infanta Cristina porque las esposas no tienen que saber de dónde sale el parné de sus maridos

Si al rey se le puede llamar "hijoputa", ¿por qué los futbolistas van a estar más protegidos frente al insulto?, se pregunta Ussía

Jaime González pide la renuncia de la infanta Cristina para contentar a las clientas de las pollerías

Mientras remuevo el café en la taza, recuerdo la anécdota famosa de César González- Ruano, nuevo maldito por mor de la memoria histórica, de que quiso causar un escándalo en el Ateneo de Madrid despotricando de Cervantes, y sólo consiguió un suelto en un periódico titulado «Al señor González no le gusta Cervantes».

Este pensamiento tan poco mañanero me lo ha causado la lectura de la columna de Salvador Sostres (El Mundo). El orondo escritor catalán está empeñado en hacerse un nombre o un hombre como sea: saliendo en Crónicas Marcianas, siendo biógrafo de Jordi Pujol, convirtiéndose en españolista, insultando a los parados y los sindicalistas, y ahora defendiendo a la infanta Cristina de Borbón.

Reconozco que el primer párrafo hizo que se me derramase el café de la risa que me causó.

Las esposas no tienen por qué saber de dónde sale el dinero de sus maridos, y viceversa. Las explicaciones las da el servicio. Todos nos beneficiamos del dinero de nuestra mujer o esposo. Y somos un matrimonio, no la Policía.

Luego equipara en inocencia a la infanta Cristina y a Ana Mato.

No podemos seguir el rastro de cada euro con el que se nos invita a cenar o se nos hace un regalo. ¿De qué es culpable Cristina? ¿Y Ana Mato? Las esposas de todos los condenados por corrupción o por defraudar a Hacienda tendrían que ser también acusadas. ¿Dónde ponemos el límite?

La justicia ejemplarizante es lo contrario a la Justicia. Que Cristina se salve por ser Cristina es igual de censurable que Cristina sea condenada por ser Cristina. La fianza que se le reclama es un intolerable guiño a la turba. Se empieza acusando a alguien por ser hermana del Rey y acabas ardiendo por brujería.

Y dice que los delitos económicos no pueden castigarse como homicidios:

Que a Iñaki y su socio les pidan 20 años de cárcel también me parece exagerado. Los delitos económicos no pueden compararse a los homicidios. La Justicia no se puede dedicar a dar carnaza a la masa envalentonada.

Ni Iñaki ha asaltado el tren de Glasgow ni Cristina o Mato tienen que saber cómo se pagó una piruleta o un viaje, ni es sensato pedirles que devuelvan el dinero. Que se lo reclamen a sus esposos es lo razonable. Puede que Iñaki hiciera de más y de menos, pero no creo que hablara de dinero con su santa, ningún caballero lo hace.

Concluye convirtiendo en literatura los razonamientos jurídicos del fiscal Horrach:

La civilización tiene que prevalecer. La Justicia no es un estado de ánimo. Las esposas no tienen por qué saber. Un hombre paga y calla.

A Sostres sólo le falta recurrir al argumento del orador Hipérides para salvar a Friné de la condena a muerte. (Vaya a Wikipedia, amigo lector, que le aseguro que va a echar unas carcajadas.)

LOSANTOS SE PREGUNTA SI EL BARÇA PODRÁ INSULTAR A LOS ESPAÑOLES

Si Sostres nos deja la columna más extravagante del día, Alfonso Ussía escribe en La Razón la más lógica, sobre el repentino puritanismo que recorre los campos de fútbol.

En una sociedad en la que el Tribunal Supremo ha amparado como expresión inmersa en la libertad de opinión llamar al Rey «hijoputa», es complicado pretender que los futbolistas sean objeto de una protección que al Rey se le niega.

Impecable, ¿verdad? Por cierto, enhorabuena a Ussía. Su diario dio ayer la VII Edición de los premios que llevan su nombre. ¡Dieciséis páginas dedica Paco Marhuenda al acontecimiento, más que al aniversario de la caída del muro de Berlín!

Aunque Jiménez Losantos, que regresó ayer a esRadio, escribe una columna sobre el fiscal Horrach al que pone de vuelta y media, ya que se considera insultado por su insultado, es más interesante el primer párrafo, donde se pregunta si de la persecución de los gritos racistas y violentos en los campos de fútbol se van a dejar impunes los nacionalistas, o sea al Barça.

Dicen que van a echar de los estadios de fútbol a los que insulten al rival. Naturalmente, sólo en el caso de que el rival sea el Barça, club al que pertenece el boixo noi de Rajoy, ese Secretario de Estado para el Deporte tan azulgrana que se llama Cardenal y que escribió una carta al BOE de Cebrián asegurando que el Barça y sus internacionales separatistas son los que mejor defienden la Marca España.

Por eso en su estadio se celebran aquelarres antiespañoles desde hace más de treinta años; para ser precisos, desde la Crida de 1981 que terminó en secuestros y atentados por defender el derecho a poder estudiar en español en Cataluña hasta los permanentes alardes separatistas y de odio a España y a todo lo español perpetrados en los últimos años, antes y después del minuto 17.14. Por ejemplo, el mapa del anchlusss de Baleares, Comunidad Valenciana y Aragón, como meras piezas de los Països Catalans, instalado en el círculo central del Nou Camp.

URDANGARÍN SE PERDIÓ POR CULPA DE LOS JESUITAS DE ESADE

Sigamos con el lío del matrimonio Urdangarín-Borbón. ¡Cuánto columnista y plumilla ha pasado de defensor del honor de los duques de Lugo a pedir que se les encierre en la Bastilla! Si yo fuese director de un periódico haría recopilar las columnas de hace un par de años.

En una columna similar a la de Sostres en desvaríos, Mariángel Alcázar (La Vanguardia) reivindica a Jaime de Marichalar y atribuye la corrupción de Urdangarín a los jesuitas de ESADE.

El duque de Palma entró en la Zarzuela y, además de a la infanta, se ganó al rey Juan Carlos y también al príncipe Felipe, a quienes se parecía en su amor al deporte y, también, en su aspecto físico. Nada que ver con Jaime de Marichalar, a quien algún día se le hará justicia, y que fue en algunas ocasiones objeto de chanza dentro incluso de la real familia. Iñaki era perfecto, tan alto y rubio como todos ellos. Ese mimetismo le perdió, creyó de verdad que era alguien por sí mismo.

Algún día alguien explicará cómo la escuela de negocios Esade pudo recomendarle como mentor, guía y maestro a Diego Torres, que trató a Urdangarin como la gallina de oro que este creía ser y, sobre todo, por qué no saltaron las alarmas en la Zarzuela. Un viento a favor por el que Urdangarin se dejó llevar, crecido en su ego y por dar uso a una mano más grande que él mismo.

Jaime González (ABC) pide la renuncia de la infanta a sus derechos con el argumento que tanto molesta a Sostres de satisfacer el apetito de las masas.

En la pollería o en la tienda de frutos secos, el pueblo expone sus razonamientos jurídicos con esa lógica aplastante que consiste en convertir el hecho probado del matrimonio entre Iñaki Urdangarín y la Infanta Cristina en una relación causa-efecto que justificaría plenamente la culpabilidad de la hermana del Rey.

De ahí que la Infanta Cristina tenga la obligación de renunciar a sus derechos dinásticos. Llámenlo sentido común, responsabilidad institucional, patriotismo o simple cumplimiento de las leyes del mercado. Doña Cristina ya no es un «referente de ejemplaridad», requisito indispensable para que la Monarquía se perciba en la pollería como algo cercano.

Pese a todo, Ignacio Camacho (ABC) suspira aliviado, porque el asunto está saliendo mejor de lo que esperaba, porque no afecta ya a la jefatura del Estado.

La única operación institucional que ha salido bien en España en los últimos años ha sido la abdicación del Rey. Una demostración de que los saltos al vacío, por arriesgados que parezcan, pueden tener éxito si se ejecutan con celeridad, contundencia y determinación suficientes. El relevo-exprés de junio ha difuminado el desgaste de la Corona, la ha insertado en la corriente de renovación generacional de moda en las élites españolas y la ha alejado de la amenaza de desestabilización que suponía el escándalo Urdangarín, sin duda el factor esencial en la reciente crisis de la Monarquía. Con Don Juan Carlos en el despacho principal de La Zarzuela, los pliegos de acusaciones del caso Nóos se habrían convertido en una bomba bajo el trono; ahora siguen siendo material mediático y social explosivo, pero va a detonar con la carga política desactivada.

Victoria Prego (El Mundo) no es tan optimista como Camacho, ya que en su opinión la Justicia va a quedar desprestigiada por las testarudez de Cristina de Borbón.

sólo por lo que atañe al destino de la Infanta, el prestigio de la Justicia va a salir irremediablemente dañado. Ésta será una de las muchas consecuencias indeseables de la inmensa irresponsabilidad cometida por ella al acompañar tan inseparablemente a su marido por el alegre camino del delito con pretensiones de impunidad.

PALO A SERGIO MARTÍN… POR SUS ENTREVISTAS A JERARCAS DE ERC

Otro linchado, aunque éste sin motivo legal, es el periodista Sergio Martín por hacer preguntas molestas al ‘padrecito de los pueblos’, digo al camarada Pablo. Desde Londres, Luis Ventoso (ABC) sale en su defensa, aunque reconoce que no aprueba su labor profesional.

Un preámbulo aclaratorio: quien suscribe no forma parte del club de fans del periodista Sergio Martín, director y presentador del Canal 24 horas. Como director de un informativo de la televisión pública «española», creo que en su tertulia nocturna ha dado muchísima más cancha de la debida al separatismo catalán.

¿Una entrevista dura? No. Más bien un discurso duro el de Iglesias. Aunque componga una estudiada carita de mesías doliente, cuide la telegenia y lleve coleta y camisa remangada, si un político se engalana con todo tipo de utopías y eslóganes vacuos el deber del periodista profesional es situarlo ante sus contradicciones, para hacer aflorar la verdad del personaje. ¿Ofensivas las preguntas? A muchos lo que nos ofendía era ver desfilar por aquel estudio a Junqueras, Tardá, Pere Macías… falseando datos y dando un mitin contra la unidad de España mientras Martin sonreía encantado de la vida y no se le ocurría una sola pregunta de réplica. Curiosamente, las arengas separatistas en la televisión pública «española» no llamaban la atención del brioso Consejo.

Las columnas de hoy de los veteranos Raúl del Pozo y Pablo Sebastián repiten ideas ya expresadas por ellos o por otros miembros de la tribu opinadora.

Ignacio Camacho se encontró hace unos días a un alto cargo del Gobierno en el Prado y Raúl del Pozo (El Mundo) nos cuenta que ha hablado con un amigo periodista que trabaja en Moncloa, que le confirma que la cúpula del PP calcula ganar las elecciones gracias al miedo.

Según mi amigo, confían en que el voto oculto sea mayor que el que indican las encuestas. A la ahora de la verdad, saldrán a votar al PP para evitar que el país caiga en manos de una izquierda heterodoxa. El miedo al caos es lo que les va a salvar.

Sebastián (Republica.com), a través de Marcello, repite que el Régimen, bestia sin rostro, forzó la abdicación de Juan Carlos I.

El Régimen, o El Imperio, contraataca y pretende reconducir su difícil situación y para ello no se ha de parar en barras ni en obstáculos por altos que eran y relucían. Si había que sacrificar al Rey Juan Carlos I, víctima de sus abusos, amores tardíos y posibles responsabilidades -por más que fueran ‘inviolables’ ante la ley- El Régimen o, dicho de otra manera, la misteriosa cúpula del poder, forzaba con guante de seda la abdicación del monarca en favor de su hijo el Rey Felipe VI.

José Oneto (Republica.com) se preocupa por la suerte del juez Pablo Ruz (del que recuerdo que Nacho Escolar escribió que era sumiso al PP) después de haber provocado la dimisión de Ana Mato.

Después de ese auto era evidente que el Gobierno, que tiene mayoría en el Consejo General del Poder Judicial, iba a intentar por todos los medios, quitarse de en medio al juez Ruz. No quería más experimentos como los que llevó a cabo el exministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, con el tema del extesorero Luis Bárcenas. Lo curioso de esta larga historia que supone un notable desgaste para el Gobierno, para el nuevo ministro de Justicia Rafael Catalá, para el Consejo General del Poder Judicial y, sobre todo, para el propio Mariano Rajoy, es que estaba cantada, y que en todo caso, que queda aplazada hasta Marzo, en plena campaña electoral…

CARRASCAL EXPLICA LA FORMACIÓN PROFESIONAL ALEMANA

Por fortuna, hay varias columnas que hablan de asuntos no sé si más populares, pero al menos sí más interesantes.

José María Carrascal explica en ABC cómo funciona la formación profesional en Alemania, estudios que aquí, donde somos tan listos, se han despreciado desde la época de los tecnócratas del Opus Dei en el franquismo.

Una columna no me permite entrar a fondo en el tema, pero sí apuntar los principales fallos de nuestro sistema educativo, desde los dos países donde he pasado la mayor parte de mi vida, Alemania y Estados Unidos.

De entrada, el descuido de la Formación Profesional, clave para la industria de un país. La mitad de los bachilleres alemanes la eligen, sin el menor demérito para ellos o sus familias. Un baumeister (maestro de obras) tiene la categoría de arquitecto, como los meisters de cualquier ramo, cuyo título solo se logra tras ser aprendiz y oficial, con exámenes teóricos y prácticos rigurosos, más el final de maestría, imprescindible para abrir un negocio. Ferdinand Porsche, creador del mítico Volkswagen y del coche deportivo con su nombre, era un maestro mecánico. Mientras, aquí, la Formación Profesional sigue siendo la cenicienta de la enseñanza, pese a haber millones de titulados universitarios en paro.

El Senado de EEUU ha colgado un retrato del general español Bernardo de Gálvez, que ayudó a los rebeldes de las Trece Colonias a ganar la independencia. En un artículo que describe la vida de este militar andaluz, Pedro Fernández Barbadillo (Libertaddigital.com) compara su recuperación con la de la figura de Blas de Lezo.

La estatua a Lezo en Madrid y el retrato de Gálvez en el Congreso de EEUU han sido iniciativas de diversos ciudadanos españoles, mientras la Armada española y la Embajada en Washington estaban ocupadas en otros asuntos que suponemos eran más importantes. La salvación de España, como en 1808, dependerá del pueblo, no de las instituciones ni de quienes viven de ellas.

Más cercano en el tiempo, Joaquín Luna (La Vanguardia) reivindica a Carlos Barral, que contribuyó a convertir a Barcelona en el centro del mundo editorial en castellano.

Este viernes se cumplen 25 años del fallecimiento de Carlos Barral, cuya figura es un cero a la izquierda para la Cataluña oficial, absorta en la resurrección de cuantos episodios, personajes y mindundis ayuden a sustentar la teoría de que España es una mierda de país que nunca nos mereció.

A mí tampoco me caía bien aquel señor con barba que se paseaba por las calles de Calafell descalzo y en bañador negro, minúsculo, marcando con el paso erguido cierto desprecio por la destrucción de su particular paraíso, gentileza de la incipiente clase media y la entente constructores-ediles locales (una destrucción ajena a Madrid).

Que Carlos Barral le cayera mal a un chaval de clase media y a la Catalunya de la cultureta -la de entonces y la de hoy- es lo de menos: he aquí una figura principal en el panorama cultural de España, Cataluña y Barcelona de la segunda mitad del siglo XX. Gracias a espíritus como el suyo, los españoles admiraban aquella capitalidad moral e intelectual de Barcelona, donde el editor Barral creó tantos y tantos autores, tanta literatura.

El País publica una interesante tribuna del profesor mexicano Tomás Pérez Viejo, en la que encuentro esta crítica a la fiebre federalista del PSOE con el argumento rotundo de que no contentará a los nacionalistas.

El principal partido de la oposición, el PSOE, ha optado por la que ha sido la respuesta habitual de la izquierda española desde el momento de la Transición, la de más autonomía, que en estos momentos parece concretarse en una reforma constitucional de tipo federal. Propuesta (…) que no solo no soluciona el problema sino que lo agrava todavía más. Un Gobierno de la Generalitat en manos nacionalistas, con más competencias de las que tiene en estos momentos y con más recursos para llevar a cabo su proyecto de construcción nacional, no parece el mejor camino para el mantenimiento de Estado-nación español, si es este el objetivo que se persigue.

En comparación con este artículo, la columna del catedrático Francesc de Carreras se gana el premio a la columna ridícula del día, al pretender que salga de una vez de la estación el tren de la reforma constitucional. ¿Por qué? Porque es la hora, por nada más.

Pero puede haber consenso en la necesidad de la reforma y en las materias a las que debe afectar. A partir de ahí todo es empezar: el consenso sobre las soluciones es el punto de llegada, no el de partida. Una comisión compuesta por expertos y políticos, o el mismo Consejo de Estado, deberían poner manos a la obra para ir detectando problemas, acercando posiciones, buscando alternativas. Dar vueltas a las cosas en un clima reposado, fuera de la escandalera mediática. Discretamente, preparando borradores, estableciendo criterios fundamentales. Como se sabe, el roce hace el cariño.

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Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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