Niega que su fulminante cese se deba a razones políticas

Confesiones de Casimiro García-Abadillo, destituido como director de El Mundo: «Los hechos son como son; mi muerte está en haber pretendido la subsistencia del papel»

Casimiro García-Abadillo (Ciudad Real, 1957), destituido fulminantemente como director de El Mundo tras 15 meses en el cargo —Las claves de la crisis en El Mundo y de cómo 15 meses después de echar a Pedrojota, Galiano defenestra a Casimiro para poner al corresponsal David Jiménez— se despide de los lectores del diario y de sus compañeros en una carta dominical.

Por su interés, reproducimos a continuación el texto, titulado El Mundo me dio la vida, pero hay vida después de la muerte.

HOJA DE RUTA DEL DIRECTOR

EL MUNDO me dio la vida, pero hay vida después de la muerte

Por CASIMIRO GARCÍA- ABADILLO

Dirigir EL MUNDO es una de las mejores cosas que me han sucedido. En este periódico, compuesto por un magnífico grupo de profesionales, se respira libertad. Sería difícil relatar la historia reciente de España sin mencionar a este irredento periódico, iconoclasta y empeñado siempre en contar la verdad a sus lectores. Quince meses maravillosos quedan atrás, pero el barco, con un nuevo capitán sigue adelante ¿Las razones del relevo? Aparentemente, al menos, he sido víctima de la digitalización. Haré todo lo posible para que David Jiménez tenga éxito y para que el gran buque del que toma el timón no zozobre ni se deje engatusar por cantos de sirena.

Han sido 15 meses trepidantes, como lo ha sido la vida política española. Hemos vivido la abdicación de un Rey, la caída de Rubalcaba, la ascensión de Podemos, la irrupción casi como una esperanza de Ciudadanos, un referéndum farsa en Cataluña y, sobre todo, la sensación de que un modelo, el que parió la Transición, bendita Transición, se agota. No sólo es el fin del bipartidismo, es algo mucho más profundo: el ¡basta ya! a una manera de hacer política que concebía el poder como la ocupación de las instituciones, que no dejaba margen a la disidencia y que orillaba a los ciudadanos entre elección y elección.

Hay una demanda generalizada, intensa, que se palpa en la calle, de más democracia, mayor participación en los asuntos públicos, más honestidad en los representantes de los ciudadanos que, como siempre ha sucedido, viene desde abajo y abanderan los jóvenes. Una generación que ha vuelto a la política de la mano de la necesidad, de la falta de futuro y de las redes sociales, de internet.

En EL MUNDO se respira libertad; en estos 15 meses lo prioritario, siempre, ha sido la información

Cuando me hice cargo de la dirección de EL MUNDO, a finales de enero de 2014, me marqué una hoja de ruta (y decidí llamar así a mi artículo dominical) como un compromiso conmigo mismo, con la redacción y, sobre todo, con los lectores.

Es bueno marcarse un camino, para no perderse y saber, pasado un tiempo, qué tramo se ha recorrido y cuánto nos queda para llegar a la meta.

El pasado jueves, cuando comuniqué a la redacción del periódico que iba a dejar de ser director, hice un repaso del decálogo que me propuse como objetivo en mi primera Hoja de Ruta. Pues bien, puedo decir, con satisfacción, que he mantenido el rumbo a pesar de las dificultades. Del cumplimiento del primero de estos 10 mandamientos es de lo que me siento más orgulloso: «Situar la información siempre por encima de los intereses de grupos políticos y económicos».

Los que esperaban que el periódico iba a ser más dócil con el poder tras la salida de Pedro J. Ramírez se equivocaron. Y ésa, creo yo, es la principal función de un director de periódico: saber mantener la independencia incluso ante las más fuertes presiones.

La épica de mi destitución sería haber pretendido la subsistencia del papel en un mundo digital

Más allá del debate sobre el soporte de papel o el digital (ya dije en aquella primera Hoja de Ruta que el papel será en un próximo futuro «minoritario y destinado a públicos específicos»), lo esencial, aquí y ahora, es la relevancia de los PERIÓDICOS para un sistema democrático y, más aún, en un momento de cambio de ciclo como el que estamos viviendo, en el que las tentaciones de recortar la libertad de información están a la orden del día, como prueba el debate que pretendió abrir el ministro de Justicia, Rafael Catalá, al proponer multar a los medios que publiquen filtraciones de sumarios declarados secretos, lo que implicaría, en un país como el nuestro, en el que una buena parte de los políticos están sometidos a procesos por corrupción, privar a los ciudadanos de su derecho a la información (establecido en el artículo 20 de la Constitución) justamente en asuntos esenciales que afectan a la limpieza de la vida pública.

Los grandes medios atravesamos por una situación difícil. Las fuertes caídas de publicidad y difusión han dejado tiritando la libertad de prensa. No es causal que haya sido el periódico que más decididamente ha luchado contra la corrupción el que ha sufrido dos destituciones de sus directores en menos de año y medio.

Dirigir un periódico es tan difícil como estimulante. Requiere tener muy buenas fuentes de información, mantener una posición editorial clara sobre los grandes debates del país y manejar los hilos de un equipo humano muy profesional y de gran personalidad.

He tenido el enorme privilegio de trabajar con algunos de los mejores periodistas de España. He tendido un grupo directivo a mi lado que lo ha dado todo por EL MUNDO. Por ello, a pesar de que éste no sea el momento más feliz de mi vida, me siento reconfortado. Sí y mil veces sí, he de decirles a todos que ha valido la pena.

Cuando les hablaba el jueves a los miembros de la redacción veía sus caras expectantes: «¿Qué más nos puede pasar?», parecían estar diciendo. Victoria, Lucía, Mari Ángeles, Marisa, Carmen, Amelia, Rafa, Juan, Agustín, Iñaki, Fernando, Vicente, Joaquín, Pablo, Manolo, Carlos, Esteban… No quiero olvidarme de nadie, porque estaban todos.

A los lectores y a los redactores de EL MUNDO quiero decirles que nos queda mucho camino por recorrer. Quiero y os pido que confiéis en David, el nuevo capitán de esta nave maravillosa que ha surcado por los mares más bravíos y siempre ha salido airosa.

El viernes en mi despacho le dije a David que bastaba con contagiarse del ambiente de la redacción para compensar los sinsabores que seguramente le aguardan. Pero teniendo una tripulación así no hay que temer las galernas.

Tenemos por delante unos meses que van a cambiar España. Las elecciones municipales y autonómicas, los comicios catalanes y las generales del mes de noviembre van a configurar un nuevo mapa político que requerirá de pactos y que nos abocará seguramente a una reforma constitucional. En 2015 comienza, se quiera o no, la segunda transición y vivirla como periodista es algo que yo, desde luego, no me voy a perder por nada del mundo.

He recibido en estos días cientos de mensajes y cartas de mucha gente importante, de muchos periodistas y también, claro, de muchos amigos. Os doy a todos las gracias por vuestras muestras de solidaridad y apoyo.

Me gustaría haber sido tan buen director como algunos decís, pero sí os aseguro que he hecho todo lo posible por preservar la esencia de este maravilloso periódico, su espíritu indómito.

Algunos elucubran con las causas de fondo de mi destitución. Maniobras políticas, etcétera. Los hechos son como son. Y, según se me ha explicado, lo que se buscaba era un «perfil digital», así que puedo decir que la épica de mi muerte está en haber pretendido la subsistencia del papel.

Como me decía uno de los sms, «hay vida después de la muerte». Morir sería dejar de escribir y eso no pasará mientras me quede un soplo de vida. Hasta pronto.

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