LA CLAVE DEL DÍA

Ante la destrucción de CiU, El País toma partido por Unió y Duran Lleida

La Vanguardia reprocha a Artur Mas que divida a la sociedad catalana y quiera convertir el 27-S en un plebiscito sobre su persona

Ante la destrucción de CiU, El País toma partido por Unió y Duran Lleida
Antoni Duran

El Mundo afirma que Mas "se ha vuelto imprevisible, lo cual le hace doblemente peligroso" para todos

Uno de los pilares de la política española desde la Transición ha sido la coalición, después convertida en federación, de los dos partidos de centro-derecha del catalanismo, la Convergència Democràtica de Jordi Pujol y la Unió sucesora de la Lliga Regionalista.

Esa federación se ha roto por presión de Artur Mas y su ‘procés’ constituyente. En el referéndum que celebraron los militantes de Unió para decidir la postura del partido, la Generalitat, por medio de TV3 y los demás medios de comunicación que controla, se volcó en apoyar a los partidarios de abrazarse a Mas, pero éstos perdieron.

Los tres consejeros que Unió mantiene en el Govern catalán se retirarán proximamente, aunque los diputados del pequeño partido mantendrán el respaldo a Mas.

Los cinco principales periódicos reprochan en sus editoriales a Mas la ruptura de CiU. El País es el que más lejos lleva su apoyo a Unió y a su líder, Josep Antoni Duran Lleida, aunque no le cita. Pone al partido como modelo de responsabilidad y le insta a «levantar la bandera del catalanismo moderado, integrador y dialogante».

La Vanguardia del conde de Godó sigue con su línea de nadar y guardar la ropa, pero recrimina a Artur Mas que «el sueño de la unidad» de la sociedad catalana en torno a la idea de la independencia esté dando paso a «la pesadilla de la desunión», junto con la «implosión de los partidos» establecidos: tras el PSC, Convergència.

El Mundo califica a Mas de «imprevisible» y «peligroso». Y ABC echa en cara a Unió «su incoherencia» en estos años de imposición del separatismo desde las instituciones.

EL PAÍS

La acción trituradora de Artur Mas alcanza ya a su Gobierno, hasta destruir la federación de Convergència con Unió fundada como coalición electoral hace 37 años. Hasta ahora afectaba solo al sistema de partidos, fragmentados uno detrás de otro por la acción divisiva del plan independentista. A tres meses de la cita electoral anticipada del 27 de septiembre, al presidente catalán le dimiten los tres consejeros de Unió en respuesta al ultimátum formulado desde Convergència para que se sometan a su hoja de ruta.

La decisión de Unió es impecable. Ante la presión para que adopte una línea que no es la suya, el partido democristiano sale del Gobierno, aunque a la vez asegura responsablemente la estabilidad parlamentaria. Todo lo contrario de los empujones que prodiga Artur Mas desde Convergència, donde la escalada independentista es fruto del decisionismo presidencial en vez del funcionamiento regular de un partido que se propone refundar sin ni siquiera convocar un congreso extraordinario o consultar a sus militantes.

La crisis tiene virtudes clarificadoras y se produce antes de que Convergència consume su separación de Unió, el partido coherente que no se ha movido en sus posiciones. Mas podrá componer ahora un gabinete volcado al activismo independentista y Unió, levantar la bandera del catalanismo moderado, integrador y dialogante que quiere incrementar el autogobierno y resolver el contencioso a través del pacto y del respeto al Estado de derecho.

LA VANGUARDIA

La ruptura de CiU no es una buena noticia, porque agudiza los vaivenes que sufre la política catalana en los últimos tiempos. Y no lo es porque divide y priva de referente al grupo central de la sociedad catalana, durante largos años fiel sostén de CiU, ahora a menudo desconcertado y forzado a reposicionarse.

Los grandes países europeos resurgieron tras la Segunda Guerra Mundial con sistemas políticos de fuerte componente bipartidista. Tres decenios después, España abrazó también este régimen y practicó la alternancia entre conservadores y socialistas. Pero las recientes turbulencias globales han alterado tal orden. Debido a la crisis económica y a la creciente desigualdad, se ha superpuesto en España, sobre el mencionado eje izquierda-derecha, el eje que enfrenta a los defensores del orden institucional (y a los reformistas confiados en la posibilidad de higienizarlo) con quienes desean subvertirlo, a veces desde los extremos del arco político. Y en Cataluña actúa sobre ambos ejes, además, el eje nacional, que se ha revelado decisivo en el rediseño del mapa político.

La causa nacional tuvo antaño intensidades diversas, que sabían convivir bajo un mismo techo. Pero a partir de las peticiones catalanas de mayor autogobierno y mejor trato fiscal, y tras el Onze de Setembre del 2012, esa convivencia se ha enrarecido, según se alimentaba una corriente que aspira a aglutinar a todos los catalanes rumbo a la independencia. Sin embargo, ese sueño de unidad está dando paso a la pesadilla de la desunión. Y, al tiempo, a la implosión de los partidos que antes admitían pluralidad y matices. El número de percances es elevado, y anuncia el cambio del tablero político.

EL MUNDO

Mas quiere convertir estos comicios en un plebiscito, ya que ya ha anunciado que se presentará encabezando una lista abierta que incorpore a intelectuales, empresarios e independientes y con un único punto en su programa: la proclamación unilateral de la independencia si el Estado no negocia.

Parece cada día más claro que Artur Mas está tomando una deriva autoritaria que le empuja a adoptar las decisiones sin contar con los dirigentes de su partido y siempre en nombre de un pueblo catalán al que ha usurpado la identidad con fines electoralistas. Veremos si Mas se atreve finalmente con el órdago que supone convocar unas elecciones en las que corre el riesgo de seguir perdiendo apoyos. El líder de Convergència se ha vuelto imprevisible, lo cual le hace doblemente peligroso.

ABC

Ahora es digno de elogio que Unió retire a sus tres consejeros del Ejecutivo de Mas para no respaldar el plan suicida de CDC hacia una declaración unilateral de independencia. Pero Unió ha sido víctima de su incoherencia. Nunca ejerció fuerza suficiente para hacer entrar en razón al sector más radical de Convergencia. Y cuando lo ha intentado, era tarde. La deriva de Mas, el culpable de este cisma, es demoledora para Cataluña y para su partido.

Jordi Pujol, el «padre» político de Mas, es hoy una caricatura corrompida de sí mismo y los sondeos para CiU son desoladores. Nada ha aprendido Convergencia de cómo resolvió el PNV el fracaso del desafío soberanista de Ibarretxe. Mas ha tocado fondo.

LA RAZÓN

Nada mejor que esta ruptura para escenificar que los independentistas no están dispuestos al diálogo ni a soluciones de consenso. Duran Lleida ha dado por terminado este viaje en el momento en que Mas ha cerrado todas las puertas a que la federación siguiera representado la centralidad en Cataluña. Por otra parte, el anuncio de que Convergència (de nuevo será la CDC fundada por Pujol) aspira a concurrir a las elecciones plebiscitarias del 27 de septiembre como parte de una coalición (inspirada en el modelo de Ada Colau y Bcomú), con notables independentistas, no ha dejado margen a Duran.

Esta ruptura supone sin duda un cambio sustancial en el mapa político catalán, pues muy probablemente obligue a la ya anunciada refundación de CDC como un partido o movimiento que aspire a tener la hegemonía independentista. Duran no podía ofrecerse a un juego que supondría una quiebra de la radicalización de la sociedad catalana.

Autor

Pedro F. Barbadillo

Es un intelectual que desde siempre ha querido formar parte del mundo de la comunicación y a él ha dedicado su vida profesional y parte de su vida privada.

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