COLUMNAS A LA SOMBRA DE AGOSTO

Hermann Tertsch sacude a los socialistas: «Parecen monosabios ayudando a los picadores separatistas»

"Los monosabios socialistas han decidido que los catalanes no son españoles normales como los andaluces o castellanos"

Hermann Tertsch sacude a los socialistas: "Parecen monosabios ayudando a los picadores separatistas"
Pedro Sánchez y Artur Mas.

Variedad de temas en las columnas de este 11 de agosto de 2015. Desde las acometidas de los anticuarios, que parece que no conocen la existencia de algo que se llama tribunal de justicia para hacer oficiales sus reivindicaciones, al complejo en Cataluña de PP, PSOE o Ciudadanos a denominarse «españolistas» o la penúltima ocurrencia de los socialistas de Pedro Sánchez, la de decir que hay que tratar a Cataluña de forma y manera diferencial.

Arrancamos en ABC con Hermann Tertsch, quien se fija, precisamente, en la cuestión catalana y en el peculiar análisis que realiza el PSOE:

Resulta que el PSOE tiene sabios. Nadie lo hubiera dicho viendo cómo le va. Pero sí, los tiene y han sobresaltado nuestra somnolencia agosteña. Nos dicen los sabios del PSOE que el problema de Cataluña tiene fácil solución. Porque se debe a que no hacemos honor y gala a todo lo singulares que son. Resulta que todo este drama del desafío al Estado de Derecho, de los preparativos avanzados de la sedición, del gasto de dinero público en generar desafección de la Constitución y a España, la coordinación entre separatistas y ultraizquierdistas con los cargos públicos de la Generalidad de Cataluña para un golpe de Estado, todo es un déficit de atención. Es culpa nuestra. No hacemos caso a Cataluña y así empujamos a sus representantes al delito y crimen de Estado. A esta conclusión ha llegado el equipo de sabios socialistas al que pagan por su sesudo reflexionar.

Añade que:

Los sabios del PSOE parecen aprender historia de los historiadores catalanes Josep Fontana o Norbert Bilbeny. Representan el delirio actual del proceso nacionalista catalán. Muy parecido a las ensoñaciones teutónicas del nazismo. Pero lo que alarma es que los sabios llegan a conclusiones parecidas a los dos mamarrachos. Y parezcan monosabios, que ayudan a picadores separatistas de mala intención. Aunque se pronuncien con más pudor y mesura.

Los monosabios socialistas han decidido que los catalanes son especiales en una comunidad de destino muy especial. No son españoles normales como los andaluces o castellanos, como los gallegos o asturianos o cántabros, ni siquiera como los vascos. Por eso la Constitución española no será justa, dicen, mientras no haga mención expresa a lo muy especiales que son los catalanes y a todos los tratos especiales que requiere su especial carácter, calidad y naturaleza. Con un añadido sobre lo agradecidos que están los españoles vulgares de poder compartir al menos esa vaga techumbre constitucional con gentes tan principales como los catalanes. Por eso han de tener un estatus especial del desigual. Así tolerarán una laxa relación con los otros españoles, iguales entre sí en su carácter menor.

Y pone un ejemplo histórico que acabo desencadenando la Primera Guerre Mundial:

Estas federaciones asimétricas, alego humildemente, son mal asunto. Miren el ejemplo de Hungría en el Imperio austrohúngaro. Tras el aplastamiento de la revolución de 1848 volvió el orden, la convivencia y prosperidad a todo el Imperio KuK. Salvo a Hungría, donde nobles y burgueses, ahítos de chovinismo, no dejaron de presionar a Viena para lograr un trato y estatus especial en el Imperio. Para sentirse cómodos. En 1867, Francisco José I cometió el peor error de sus 68 años en el trono, que fue aceptar el llamado Ausgleich, que convertía a Hungría en un reino prácticamente autónomo dentro del Imperio. Los efectos fueron devastadores. Budapest comenzó a aplastar a sus minorías, que habían gozado de la protección de Viena. Destruyó el respeto mutuo entre la casa austriaca y los pueblos eslavos. Impuso la inmersión y la supremacía del húngaro y lo húngaro en sus territorios. Destruido el concepto de igualdad incondicional de todos los ciudadanos y territorios, se dispararon los enfrentamientos y los agravios y odios hacia Viena. El desprecio a la ley que consagraba la desigualdad del Ausgleich se convirtió en desprecio a toda ley emanada de Viena y destruyó la restante lealtad al Imperio.

Y remacha:

Aquí, dar rango constitucional al trato privilegiado a Cataluña dinamitaría respeto, cohesión y lealtad al Estado, promovería revisión de fronteras

Ignacio Camacho se centra en las polémicas generadas por los antitaurinos, pero también exige cambios a los que manejan el negocio del toreo:

La fiesta de los toros contemporánea tiene dos problemas: la intransigencia de los antitaurinos… y la negligencia de los taurinos. Los primeros se han venido arriba en su furor prohibicionista con la crecida radical en ayuntamientos y autonomías; tienen a la fiesta como un emblema del viejo régimen y aspiran a erradicarla del imaginario de su refundación mitológica. Los segundos han encontrado en la yihad (Andrés Calamaro dixit) adversaria una coartada bajo la que esconder una crisis de modelo de negocio que lleva tiempo amenazando desde dentro la supervivencia de la lidia. La ofensiva de los activistas en este «verano peligroso» ha levantado la evidencia de una debilidad estructural en un espectáculo que se puede estrangular retirando subvenciones porque no ha encontrado la manera de sobrevivir por sí mismo.

Critica las subvenciones a las que se ha acostumbrado el sector, pero exige a esos mismos que tiran con bala contra las ayudas oficiales que hagan igual cuando ese dinero le va a los cineastas de cámara:

Por mucho que el sectarismo antitaurino hostigue a toreros y aficionados con escraches intimidatorios inexplicablemente consentidos por las autoridades -y por cierto con un espontaneísmo de salón cuyos valientes adalides no se atreven a saltar al ruedo con el toro vivo-, la verdadera amenaza contra los festejos está en la supresión de las inyecciones económicas institucionales. Hay demasiadas corridas que dependen del proteccionismo oficial y el sector tiene dificultades para autofinanciarse porque se ha acomodado en esa rutina. La fiesta necesita defenderse del ataque ideológico tanto como de su propia inercia; sus profesionales tienen que hallar el modo de interesar a un público declinante y hacerlo pasar por taquilla presencial o televisada. En caso contrario sus enemigos siempre podrán alegar que los ciudadanos que no son aficionados no tienen por qué pagarla… aunque les retrate la hipocresía de solicitar un cine y un teatro subvencionados.

Y remacha que más que el negocio del toreo, lo que está verdaderamente en juego es el respeto a la libertad:

En lo tocante a la libertad, sin embargo, sí se echa en falta una autoridad que actúe para preservarla. El actual absentismo ante el acoso extremista, cada vez más cimarrón, resulta inaceptable; basta pensar qué sucedería si grupos integristas irrumpiesen a la brava en funciones de teatro. Pero el mundo del toro no puede autoengañarse en el victimismo ante la nueva inquisición populista. Que nadie se equivoque de burladero: el bien a proteger es la libertad, no el negocio.

Edurne Uriarte se refiere al problema que tienen los partidos en Cataluña como PP, PSOE o Ciudadanos a autodenominarse «españolistas».

Ni siquiera Xavier García Albiol quiere utilizarla, y eso que nos encontramos ante el político con menos complejos que ha surgido en los últimos tiempos en Cataluña, la mejor decisión de Rajoy y del PP, y seguramente el único líder que puede resucitar al PP catalán. Pero ni Albiol quiere pronunciar «españolista». En una de sus últimas entrevistas, ha apelado a la necesidad de consenso entre las «fuerzas no independentistas». La idea del consenso es estupenda, el problema está en la palabra, mejor dicho, en la no palabra, en los «no independentistas». La palabra, que está maldita, no aparece. Y como no hay palabra, tampoco hay identidad, no la hay pública, reconocida, defendida, digna, deseable, emulable. Está oculta, escondida, vergonzante, es poco presentable, es peligrosa.

E indica que:

Estamos donde estábamos en el País Vasco hace quince, veinte años. Cuando otros dos líderes igual de desacomplejados y diferentes como García Albiol, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo, tampoco osaron pasar de aquella palabra sin contenido que era «constitucionalista». También entonces, los partidos españolistas, PP y PSOE, eran los partidos «no nacionalistas», los partidos de la identidad negativa, lo que, en política como en la vida, equivale a los partidos sin identidad. Acabaron llamándolos «constitucionalistas», un concepto políticamente espantoso que permitía al menos evitar el No de los «no nacionalistas». Para seguir sin identidad y con una supuesto concepto elegante y progresista, pero completamente ridículo. Como si se nos ocurre, por ejemplo, llamar «legalistas» a PP y Ciudadanos en Cataluña.

Y habla de los ‘motivos’ que llevan a los partidos a escapar de esa etiqueta de «españolistas»

Pero si tampoco Jaime Mayor y Nicolás Redondo, dos hombres con una capacidad de innovación y ruptura que aún sorprende más con el paso del tiempo, sobre todo, cuando vemos el PSOE actual, fueron capaces de ir más allá del horror aquel de «los constitucionalistas» fue porque estaban completamente solos. Como ahora García Albiol. Y me refiero a la política, y, sobre todo, al mundo intelectual. Del PSOE de Sánchez y del PSC, sobran las reflexiones, la palabra «españolista» les produce alergia, les suena a franquista. Y Ciudadanos está demasiado pendiente de parecer moderno y progresista como para hacer alardes de españolidad y revoluciones conceptuales de este calibre.

En El Mundo, Carlos Cuesta habla sobre la reforma constitucional y Cataluña:

Rajoy acepta hablar de reforma constitucional. Y las trompetas del pacto fiscal con Cataluña vuelven a sonar en el PSOE, por mucho que lo niegue Antonio Hernando. Rajoy afirma que no será para contentar a los independentistas. Y el PSOE no oculta que busca un mejor encaje de Cataluña en el resto de España. Dos reformas distintas que proceden de un problema: el incumplimiento sistemático de la Generalitat de las exigencias de control de gasto y deuda y su permanente desafío a la autoridad y unidad estatal.

Se pregunta si sería capaz el PP de avanzar hacia un modelo federal que haga que cada CCAA tenga que ser más responsable de sus gastos

No es una cuestión de gustos. Es muy posible que no le quede otra. Autonomías y ayuntamientos han recibido desde 2012 un importe de 211.000 millones en planes de rescate adicionales al sistema de financiación. Cifra que debería ser reingresada al Estado, pero que la Generalitat y los nuevos gobiernos socialistas soportados por Podemos no tienen gran deseo de devolver. Algo que convierte el actual esquema de financiación en un polvorín.

Ésa es la causa de los movimientos que observamos estos días. Uno, el del PP, en la dirección de un modelo que asigne de forma permanente unos impuestos a cada CCAA. Posiblemente buena parte de los tributos no ligados directamente a la competencia empresarial. Con un fin: que cada territorio pueda gastar en la medida de la recaudación de esos impuestos en su región, especialmente, del IRPF. Y que, a partir de ahí, el exceso de gasto pase a ser un problema autonómico y no nacional, algo que exigiría mitigar el principio constitucional de asistencia del Estado Central.

Y apunta directamente a los socialistas:

Pero el PSOE no parece estar por esa solución. De hecho, pese a haber hablado tanto de federalismo, parece haberse quedado más con el calificativo que añadía: «Asimétrico». Por una sola cuestión: no quiere perder el eje de alianza con los nacionalistas y por ello prefiere un sistema que garantice una ganancia mayor de recursos para los separatistas catalanes. Y es ahí donde surge la idea del pacto fiscal: un intento de imitar el modelo de concierto vasco pero, eso sí, sin tener en cuenta que si el cupo ha podido ser subsanado por el resto de CCAA es porque el País Vasco supone el 6% de la economía, no el 18% de Cataluña: su salida del sistema de solidaridad quebraría el sistema de ayudas a las autonomías con menores recursos.

Ése es el contexto de un problema: el desafío nacionalista. Un problema de graves consecuencias, difícil solución y que, por desgracia, se ha abordado siempre desde el cortoplacismo político.

En La Razón, Abel Hernández le da otro toque de atención a Pedro Sánchez:

Pedro Sánchez no consigue controlar los desvaríos nacionalistas del socialismo catalán. Parecía que con la purga última tras el falso referéndum y el encargo a Miquel Iceta de hacerse con las riendas el PSC empezaba a dejar de ser un quebradero de cabeza en Ferraz. Vana ilusión. Ha bastado un nuevo empujón de los secesionistas para que aflore de nuevo el alma catalanista. Los concejales socialistas en importantes ayuntamientos como Tarrasa o Castelldefels no han tenido inconveniente en votar a favor de la independencia de Cataluña. Y lo que es aún más preocupante: Iceta se ofrece a gobernar con ERC, el impulsor principal de la secesión, y a apuntalar a Colau y Podemos en el Ayuntamiento de Barcelona, como si la funesta experiencia del tripartito, madre de todos estos males, no fuera ya bastante.

Y recuerda todos los desaguisados cometidos por socialistas anteriores:

¡Ay el pobre Maragall, desenmascarado por Pepe Bono en sus memorias! ¡Ay el andaluz y servicial Montilla! ¡Ay el talante de Zapatero cuando la reforma del Estatuto! ¡Ay el error de Felipe González de suprimir el recurso previo de inconstitucionalidad! ¡Ay el papel complaciente del PSOE en todo este endiablado enredo! Es comprensible el cabreo de Sánchez y su demostración de impotencia por más metros de bandera española que exhiba. Pero el error socialista de fondo, que da pie y fomenta estos graves desajustes internos, es su arcaica concepción federalista de España, que el partido asume como dogma de fe, de forma acrítica y sin concretar su alcance. Hoy nadie sabe en qué consiste la reforma federal de la Constitución que propone el PSOE.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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