LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Pedro Sánchez, un indigente intelectual lleno de topicazos y palabras huecas

Luis Ventoso: "Con todo el respeto al líder socialista, menos espejo y más lecturas"

Pedro Sánchez, un indigente intelectual lleno de topicazos y palabras huecas
Pedro Sánchez en Onda Cero. Onda Cero.

Sí, ya sólo queda un día para que por fin se celebren las elecciones catalanas. El 27 de septiembre de 2015 toda España estará expectante de lo que salga de las urnas.

Mientras, este 26 de septiembre de 2015 toca jornada de reflexión (como si alguien no tuviera claro lo que va a votar a estas alturas), pero los columnistas de la prensa de papel siguen opinando sobre Cataluña y también ya poniendo el foco en los comicios generales del próximo 13 o 20 de diciembre de 2015.

Uno de los líderes nacionales que no sale bien parado es el socialista Pedro Sánchez a quien Luis Ventoso, en ABC, reparte estopa por «indigente intelectual» y ser una fábrica de topacios y palabras huecas. O sea, un Zapatero 2.0.

Aunque me divierte más leer a Benjamin Black o a Cunqueiro y me desasnan más Tocqueville, J. H. Elliott o Albiac, siempre procuro tragarme las tribunas de prensa de nuestros políticos, aun sabedor de que muchas veces las cocinan negros arrendados. A diferencia de lo que ocurre en una declaración de pasillo o en el fragor de un mitin, donde no caben matices ni honduras, un artículo amplio permite exponer con orden y profundidad una forma de ver el mundo. En un ensayo, o en un gran discurso, es donde el político enseña la madera intelectual que lo conforma. Por eso me he leído con atención la tribuna de Pedro Sánchez en «El País», con sus propuestas para solucionar el conflicto desatado unilateralmente por el separatismo catalán.

El señor Sánchez, sin ganar siquiera las elecciones, puede ser en enero el próximo presidente, merced a una alianza con Iglesias (al que ya cortejan algunos medios que antes lo criticaban, no vaya a ser que en el futuro haya que pedirle algo). Tras leer su tribuna catalana, la hipótesis de Sánchez en La Moncloa me inquieta más. Como español que puede verse gobernado por él lamento decir que su ensayo refleja una apreciable indigencia intelectual, que llega al extremo de escribir una cosa y su contraria.

Subraya que:

Sánchez escribe que hay que reformar la Constitución para ofrecer «un proyecto de España común, plural y diversa». Pero eso ya existe: ¿no es plural y diverso un Estado con una de las mayores descentralizaciones del mundo, donde lo medular, sanidad, educación y justicia, dependen de la gestión autonómica? ¿No es diverso un Estado que consagra varias lenguas oficiales y tolera que en Cataluña una de ellas, el español, esté prohibido de facto en la educación? Sánchez critica la «recentralización del PP» como parte del problema. Otro topicazo hueco: ¿qué competencias se han retirado? Ninguna.

Y remacha de forma contundente:

Como solución, propone reconocer la «singularidad» catalana, por supuesto sin explicar cómo ni qué ocurre con los demás, que también somos singulares, algunos incluso más que Cataluña. Habla de limitar competencias y aclarar la financiación, lo cual es muy necesario, pero eso no exige manosear nuestra norma máxima, y menos con la nación amenazada. Por último, al tiempo que propone alzaprimar a Cataluña para premiar a unos sediciosos que ya nada aceptan de España, proclama que quedarían garantizados el «carácter equitativo y la solidaridad territorial». El círculo cuadrado: habrá un primusinterpares, pero seremos todos iguales.

Con todo el respeto: menos espejo y más lecturas, que esto no hay por dónde cogerlo.

Ignacio Camacho dedica su columna a los aprovechateguis que trataron de hacer campaña en contra del PP por la crisis del ébola. A pocos días para que se celebre el aniversario de la curación de la enfermera Teresa Romero, el exdirector del diario de Vocento deja a cada uno en su sitio: al PP por no saber comunicar los éxitos y a los de la progresía por su propaganda cainita:

Íbamos a morir todos. Las televisiones pasaban las horas y los días retransmitiendo en tiempo real la inminente llegada del apocalipsis. Se describían los síntomas y se impartían lecciones para ponerse los trajes anticontagio. Y en ese clima de ansiedad y de histeria colectiva, la izquierda organizó su eficaz ofensiva propagandística: Rajoy había traído el ébola a España. Por cuidar a un cura infectado en África. La confusión de la ministra Mato, su incompetencia para coordinar la crisis, ayudó a difundir el mantra de que el Gobierno era culpable. Las redes sociales convirtieron en mártir de la intolerancia gubernamental al perrito Excalibur, sacrificado en sumarísima decisión preventiva, y organizaron la réplica de un 13-M con una consigna infame: «Cuando muera Teresa, todos a Génova».

Recuerda que:

Pero Teresa, Teresa Romero, no murió. Se salvó o, mejor dicho, la salvó la sanidad pública española aliada con la imprescindible dosis de fármacos, de esfuerzo… y de suerte. Excalibur fue la única víctima de aquel caos bíblico en el que iba a perecer medio país. Todo eso ocurrió hace un año y ya está olvidado en la volátil memoria colectiva. Porque no hubo tragedia. Sólo un alarmismo desproporcionado y bastante oportunista.

El Gabinete tardó una semana en reconducir el desbarajuste inicial, pero salió triunfante de un envite en el que pudo quedar descalabrado. Declaró prioridad nacional el asunto, escuchó a expertos, puso orden facultativo y derramó recursos. Evitó la epidemia y no se atrevió siquiera a blasonar de ello, agarrotado y acomplejado por la ofensiva inicial de opinión pública que había evacuado sentencia anticipada. Salió del aprieto sin una pizca de triunfalismo. Nadie escuchó decir a nadie que el Gobierno había vencido al ébola. Más bien se pudieron oír, prestando un poco de atención, muchos suspiros de alivio.

Y destaca el ventajismo de una izquierda que, pasara lo que pasara, iba a cargar contra el Partido Popular porque es lo que está implícito en su ADN:

La izquierda cainita y extremista cambió entonces de discurso: a Teresa Romero la había curado la sanidad pública que el PP quería liquidar. Puro ventajismo; estaba preparada la campaña, la asonada populista, el escrache a las sedes, la revuelta callejera, la utilización desaprensiva del sufrimiento de la enferma y su presentida muerte. No hubo lugar; ni siquiera triunfaron los pleitos que la afectada emprendió tras el alta. Más bien quedaron de manifiesto suspicacias sobre su propia negligencia tras la infección, con peligro para terceras personas. El consejero bocazas que la trató con nula sensibilidad ha sido absuelto de injurias. Epidemiólogos del mundo entero y científicos de prestigiosas revistas han venido a estudiar el tratamiento y el desenlace. Y aquella presagiada hecatombe, aquel cataclismo inevitable, resultó un triunfo del sistema cuestionado.

Sólo fracasó, como de costumbre, la capacidad de comunicación del PP, que aún pasa como sobre ascuas por el recuerdo de su propio éxito.

En El Mundo, Enric González muestra su hartazgo con la campaña electoral catalana por su carga insoportable de falsedad y mezquindad:

Llegados a este punto del bucle, no sé ya si el lunes seré catalán y español, catalán pero no español, español pero no catalán o, tal vez, ninguna de las dos cosas. Esta campaña electoral ha alcanzado unos niveles de falsedad, demencia, estupidez y mezquindad nunca vistos, creo, desde 1975. Y eso es mucho decir.

Dejemos temporalmente este asunto hasta que se conozcan los resultados y fijémonos en algo importante: España. Es importante porque tiene que seguir funcionando. Incluso los independentistas hacen recaer sobre España el peso de responsabilidades tan esenciales como el pago de las pensiones y el pago de la deuda colectiva. No conviene de ningún modo, por tanto, que España se vaya al garete. Y, sin embargo, el riesgo existe. Más allá de lo que voten los catalanes, España está hecha un guiñapo. Cuando digo España lo hago como cuando el nacionalismo catalán dice Madrid: una abstracción que hace referencia a las instituciones y hasta cierto punto a las élites.

Apunta hacia el presidente del Gobierno al que acusa de pasividad en el conflicto del separatismo:

No puede ser que España tenga un presidente del Gobierno como Mariano Rajoy. No discuto, claro está, la legitimidad de la mayoría parlamentaria del PP, por más casos de corrupción en que se vea envuelto el partido. Lo terrible consiste en que el principal partido no pueda ofrecer a la sociedad un líder mejor que Mariano Ylaeuropea Rajoy, un hombre que se limitó a resistir en la oposición y que, llegado al Gobierno, decidió persistir en la estrategia. Si la pasividad de Rajoy ante la crisis catalana se debe a simple incompetencia, malo. Si se debe a un cálculo de intereses partidistas (la crisis catalana permite al PP presentarse como paladín de la unidad de España sin necesidad de hacer nada), peor, porque ello implicaría una deslealtad pavorosa hacia la ciudadanía. Ya, ya sé que la deslealtad de Artur Mas supera cualquier otra. Pero cabe la esperanza de que a Mas, según sean los resultados, se le pierda de vista muy pronto. A Rajoy habrá que soportarlo un rato largo.

Y lanza piedras contra el gobernador del Banco de España por mencionar la palabra corralito en referencia a Cataluña:

Tampoco puede ser, ya que estamos, que el gobernador de España hable alegremente de corralitos. El hombre que ocupa ese cargo, aunque pinte cada vez menos, ha de comportarse con un poco de sensatez.

El ministro Margallo dijo el otro día que le gustaría catalanizar España. Dudo que sea buena idea, considerando que en Cataluña el colapso de las instituciones es casi total. Pero, visto lo visto, puede que ocurra.

En El País, Manuel Jabois pone paños calientes sobre la escena del balcón del Ayuntamiento de Barcelona. Critica a los nacionalistas-separatistas, pero más que una bronca en toda regla parece un pellizco de monja ursulina:

Yo entiendo a Alfred Bosch. El vértigo que debe de producir estar en un balcón y pasar desapercibido. Un balcón también tiene un protocolo, unas exigencias: hay que satisfacer al pueblo, y el pueblo está ahora mismo en ese punto en que se deja satisfacer con gamberradas. Por eso aún mejor que Alfred Bosch entiendo a Mas, concretamente su postura: brazos cruzados, sonrisa condescendiente.

Añade que:

El nacionalismo, o las ruinas de lo que fue en su día el nacionalismo catalán y hoy es ya la sana independencia, se ha hecho con una sonrisa. Para ciertas misiones es tan importante la propaganda como la sonrisa: no hay una sin la otra. La sonrisa de Mas en el balcón ante la estelada es la sonrisa de Mas en el palco ante la pitada; es imposible disociarlas porque se ríe de lo mismo: la grieta feliz que ha provocado en la sociedad y lo conmovidos que están sus muchachos, que tanto les da sacar lo que sea en el balcón si con eso se alimenta un poco el espíritu de la patria.

Y concluye:

Hay algo más: ese pobre concejal del PP que, alarmado, saca la bandera española por aquello de la legalidad, un concepto puramente vintage ya. En ese balcón, ante esa rara afrenta de recordar que se representa a todo el mundo, se enfada Pisarello, un hombre al que le cuesta representarse a sí mismo, pero no hay novedades en la risa de Mas, que observa divertido el final de la obra. Para su proyecto es más prioritaria la incomodidad y jaleo de una bandera que la placidez y éxtasis de la otra. Consolidada la división, se irá a por los montaditos.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Lo más leído