LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Alfonso Ussía acribilla a Pablo Iglesias: «Cuando una persona que no está capacitada para meditar, no dice más que chorradas»

"El líder de Podemos no considera oportuno asistir a la recepción Real porque su presencia es más útil en la defensa de la justicia social"

Alfonso Ussía acribilla a Pablo Iglesias: "Cuando una persona que no está capacitada para meditar, no dice más que chorradas"
Pablo Iglesias. Cuatro

Mucho artículo este 12 de octubre de 2015, Día de la Hispanidad, referido a la unidad de España y a lo que supone esta fecha para nuestro país. También hay espacio para criticar a aquellos políticos a los que le sigue dando alergia pronunciarse a favor de ser español y que no dudan en hacer feos como Pablo Iglesias y su excusa insostenible para no acudir dentro de una horas a la recepción ofrecida por Felipe VI.

Precisamente, sobre esta cuestión habla claro y directo Alfonso Ussía en La Razón:

En la escala de los tontos, y como dirían los tenistas, en su «top ten», destacan el «Tonto con balcones a la calle» y el «Tonto con bandera republicana», muy de las preferencias de Antonio Burgos. Para mí, el tonto más tonto de todos los tontos es el «Tonto soy ciudadano del mundo», que en España abunda, sin olvidar al «Tonto del problema palestino», muy común también en nuestra piel de toro. Con los cursis, desde que los definiera de forma magistral el gran político de la Restauración don Francisco Silvela en su opúsculo «La Filocalia», sucede lo mismo que con los tontos.

Subraya que:

Que nuevas subespecies se han encaramado a lo más alto de la cursilería, dejando a los de antaño en el estrato medio de la clasificación general. La cursilería acostumbra a ser cortés. La excesiva cortesía es un punto de partida hacia la cursilería en su grado menor, el incipiente. Pero no se habían dado casos de cursilerías groseras, hasta que el gran cursi de España, Pablo Iglesias, se ha hecho con el liderazgo de la cursilería y la grosería simultáneamente.

La Casa del Rey, en nombre del Rey, invitó a Pablo Iglesias a la recepción en el Palacio Real posterior al desfile del Día de la Hispanidad. Y la respuesta de Pablo Iglesias ha sido negativa. No considera oportuno asistir a la recepción Real porque «su presencia es más útil en la defensa de la justicia social». Es decir, que Pablo Iglesias está entregado las veinticuatro horas del día a la defensa de la justicia social, ardua labor que le impide perder una hora en recepciones institucionales. No obstante, cuando en lugar de saludar al Rey por educación, el Rey suma al saludo un sobre con un premio económico donado por una entidad bancaria, gozo que ya ha experimentado Pablo Iglesias, el hombre se olvida de la defensa de la justicia social y se presenta en el acto con la finalidad de recoger el cheque.

Apunta que:

La innecesariedad es la madre del cordero en eso de la cursilería. Y también la pedantería y el fervor por la imagen y la apariencia. La contestación a la Casa Real de Pablo Iglesias no responde a un impulso momentáneo de sinceridad. En tal caso hubiera contestado con un lacónico «No podré asistir», o incluso «mis ideas condicionan mi presencia en la Recepción del Rey». Pero lo de la defensa de la justicia social es tan cursi, tan grosero y tan necio que sólo puede ser consecuencia de una profunda meditación. Cuando una persona que no está capacitada para meditar o reflexionar con hondura se dedica a la profunda meditación, no dice más que chorradas.

Como la número dos del PSOE por Madrid, Meritxell Batet, que nos regala un nuevo concepto de la nación. Meritxell Batet ha vivido muy cómoda en el nacionalismo catalán desde el PSC, y es lógico que su aterrizaje en Madrid con el número dos de la lista encabezada por el imprevisible Pedro Sánchez, le haya desencuadernado los conceptos, fundamentalmente el de la nación, que en el caso que nos ocupa, es España. «Mi concepto de nación depende del contexto». Es decir, que tiene una idea clarísima de lo que es España siempre que el contexto se lo autorice o permita.

Porque no es la nación lo importante, sino el contexto por el que transcurre en un momento dado, y Meritxell ha decidido que mientras sea la número dos del PSOE por Madrid, el contexto es favorable, lo cual nos demuestra que no sólo baila con las piernas y los brazos, sino también con el más absoluto descaro, también inmerso en la cursilería.

Y remacha que:

Pero me quedo con la excusa, y vuelvo a Pablo Iglesias. No me gusta cenar fuera de casa. Amanezco temprano, y tenía que excusarme por no asistir a una cena que tendrá lugar el próximo jueves. «No podré asistir, lamentándolo mucho, porque mi presencia es más útil en la defensa de la justicia social».

Y si no se lo creen, es su problema. Gracias por la idea, inconmensurable cursi.

El economista Daniel Lacalle le da un repaso de lo lindo a los populistas y sus fracasadas políticas económicas. Pone ejemplos como los de Venezuela o Corea del Norte. Esperemos que dentro de unos meses no tenga que incluir en sus reflexiones a España.

El Fondo Monetario Internacional estima que la economía venezolana será la que más decrezca del mundo en 2015. La receta populista que contó con el aplauso y asesoría de los líderes de Podemos, que consideraban a Venezuela un ejemplo para España, ha resultado ser uno de los fracasos más sonados de las políticas económicas del mundo. La inflación estimada alcanza el 168 por ciento. Pero si usamos el índice de pérdida de poder adquisitivo de Hanke, es del 615%.

El desabastecimiento alcanza al 90%, y el salario mínimo es menos de 12 dólares al mes, uno de los más bajos del mundo después de Cuba. Lo peor de la política monetaria salvaje de devaluar y generar inflación es que, además, Venezuela ha dilapidado una década de altos precios del petróleo y su enorme riqueza con el intervencionismo más brutal. Se han expropiado más de 1.500 empresas. Pues bien, el 90% de ellas están en pérdidas, han quebrado o no producen ni un 50% de lo que hacían antes de la intervención. Una economía que no solo no ha reducido su dependencia del petróleo sino que en la época del chavismo ha hundido los sectores industriales y exportadores y además han convertido a la petrolera estatal en una de las más ineficientes del planeta, de la que se extraen más de 12.000 millones de dólares para subvenciones políticas.

Detalla que:

Si analizamos el crecimiento y reducción de pobreza desde la llegada de Hugo Chávez y con Nicolás Maduro, países como Chile, Perú o Colombia han conseguido cotas mucho mayores de bienestar para la población sin lanzar a la economía a la hiperinflación.

Y advierte sin ambages que:

Lo peor de llevar a cabo estas políticas es que es imposible revertirlas rápidamente. La destrucción del tejido productivo y la ruptura de relaciones comerciales con el mundo no se solucionan en poco tiempo, ni el asalto a la propiedad privada y al imperio de la Ley. Venezuela es uno de los 15 países más corruptos del mundo, según Transparency International. La oposición o cualquier nuevo gobierno se enfrentará a años para reconstruir lo que se ha roto en estos pasados. Venezuela debe servirnos de ejemplo ante las llamadas a romper con las mínimas reglas de la economía. Y debemos hacer todo lo posible para que no se apliquen los mismas medidas, porque luego los populistas nunca admiten sus errores. Culpan al enemigo exterior y recomiendan repetir.

Ignacio Camacho expone en su artículo en ABC que España, cada vez que llega el Día de la Hispanidad, parece una nación irresoluta, a medio construir y con unos cimientos más bien débiles:

Acaso el principal problema de España sea la eterna duda interior sobre sí misma; sobre su identidad, sobre su ser, sobre su propia naturaleza como nación pese a que esa existencia lleva varios siglos anclada tenazmente en la Historia. En ese debate estéril, por lo general establecido sobre premisas del pasado, se evapora gran parte de la energía colectiva necesaria para proyectar el futuro. La España del siglo XXI vive aún condicionada por las heridas del XX, por los viejos conflictos de legitimidades y prejuicios que parecían clausurados en el consenso constitucional y cuyos demonios nos empeñamos en desenterrar los españoles como si una obsesión retroactiva nos empujase a arrepentirnos de nuestro mejor éxito. Por alguna maldita razón España parece siempre un país sin terminar, a medio construir o a medio deshacer, envuelto en la sempiterna discusión sobre su naturaleza, lastrado por una congénita incapacidad para la autoestima y el acuerdo.

Pone el dedo en llaga asegurando que continuamente se está poniendo en solfa la unidad interna:

A esa endémica debilidad, a ese cuestionamiento perpetuo de la cohesión interna, se ha unido en los últimos tiempos efecto de un triunfante relato nihilista surgido de los escombros de la crisis, una visión pesimista y destructiva del hecho nacional tan exagerada y trivial como la del peor triunfalismo. Esta narrativa del fracaso, elaborada desde un sesgado ventajismo, ha aprovechado el manifiesto desgaste de la estructura institucional y la sensación ciudadana de desamparo para asentar un discurso de demolición camuflada de regeneracionismo. Se trata de un artificio retórico oportunista basado en confundir la ineficiencia de un modelo administrativo extenuado con el agotamiento del proyecto de convivencia política. Su objetivo es el de un designio ideológico de ruptura cristalizado en dos grandes vectores: de un lado el impulso derribista del sistema de libertades del 78, despectivamente llamado régimen, y de otro el fraccionamiento territorial que fija mediante la mitología de la secesión un horizonte escapista, un plan de fuga.

Y lanza un aviso a navegantes:

El peligro de la situación es grave porque la fatiga de los materiales constitucionales coincide con el cansancio de un pueblo moralmente desarticulado por el retroceso del bienestar. Es el contexto clásico para las pérdidas de rumbo y la búsqueda desesperada de soluciones radicales. El progresivo declive de la celebración del 12 de octubre como fiesta unitaria es el testimonio de ese clímax crítico de desencuentro en el que el liderazgo de la renovada Corona intenta inyectar la dosis imprescindible de hálito constructivo. Pero sin el concurso de una clase dirigente leal con sus propias responsabilidades no habrá modo de evitar el extravío del modelo de concordia plural ni el decaimiento de los vínculos representativos y hasta sentimentales que lo han sostenido. La estabilidad de una nación sólo puede vertebrarse a través de la consistencia de su Estado.

En El Mundo, Federico Jiménez Losantos saca a relucir la esquizofrenia del PSC con respecto a España y el concepto de nación. No deja títere con cabeza:

La entrevista de Leyre Iglesias a Meritxell Batet, número dos de Pedro Sánchez por Madrid, es la perfecta demostración de por qué el PSOE no tiene remedio mientras no rompa con el PSC. Y por qué el PSC debería desaparecer por simple decoro intelectual y por un mínimo sentido de supervivencia por parte de la Izquierda en España. Y no la llamo española porque mientras el PSC mande en el PSOE, al partido de Redondo Terreros, Leguina o Paco Vázquez, que, con Enrique Múgica entre el público, defendieron brillantemente la idea nacional española en el reciente acto de Libres e Iguales del Ateneo, la verdad, le sobra la E.

Dice Meritxell que el significado de Nación «depende del contexto». Se abona a la idea de España de José Luis Rodríguez Zapatero, «concepto discutido y discutible» o, por decirlo en versión 2.0, «contextualizable». Pero el Estatuto catalán, que, aunque de tapadillo, proclama la soberanía de Cataluña en detrimento de la del pueblo Español, no le parece discutible ni contextualizable.

Como toda la farándula del PSC -Carmen Chacón, Manuela de Madre y demás- que se presentó en las Cortes asegurando que con el Estatuto se acabaría el separatismo, Batet ha olvidado esa engañifa; y, como buena nacionalista, dice que estuvo muy bien votarlo.

Dice que:

Alfonso Guerra en público y todos los líderes históricos del PSOE en privado reconocen que aquel empeño de ZP, respaldado por PRISA, en aprobar un Estatuto que nadie quería y que estaba abocado a la revisión del Tribunal Constitucional, nos ha llevado a la crisis actual. Meritxell, no. Dice que lo malo fue «la campaña del Partido Popular contra Cataluña». Leyre precisa: «contra el Estatuto». Y Meritxell insiste: «Contra Cataluña». Es mentira: fue contra el Estatuto. Pero para los nacionalistas, Cataluña son sólo ellos. Ni García Albiol ni Inés Arrimadas. Cataluña es Meritxell.

¿Se imagina alguien un debate televisivo Inés-Meritxell sobre las multas del Gobierno de José Montilla a los tenderos que rotulan en español? ¿Y sobre eso de que Andalucía será una nación «si los andaluces lo votan»? ¿Es que todo le parece votable a Meritxell?

Y remacha de esta guisa:

¿Con qué cara le diría a Inés que Cataluña tiene «dos lenguas españolas», si desde que hace 20 años empezó su carrera con Narcís Serra, ella se ha dedicado a perseguir la de todos los españoles, la de la E del PSOE, cuyo número dos lastra por Madrid? A Pedro Sánchez lo perderá el mericontext.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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