LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho deja retratado a Artur Mas: «Su andrajosa impostura de heroico libertador es posible porque sabe que cuenta con crédito»

"Debe de haber cundido en Cataluña una suerte de epidemia moral e intelectual cuyos efectos impiden a la mitad de los ciudadanos apreciar la zafia superchería nacionalista"

Ignacio Camacho deja retratado a Artur Mas: "Su andrajosa impostura de heroico libertador es posible porque sabe que cuenta con crédito"
Artur Mas, saliendo del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. EP

Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat de Cataluña, ocupa gran parte de las columnas de opinión de la prensa de papel de este 16 de octubre de 2015 tras la enésima patochada protagonizada con su declaración ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. La caterva de 400 alcaldes separatistas y miles de ciudadanos que jalearon al rupturista a las puertas de la sede judicial ha inspirado a los articulistas a darle cera de la buena.

Ignacio Camacho, en ABC, lo compara con un Moisés andrajoso que se las viene a dar de libertador. Un mamarracho, dicho en castellano llano:

Debe de haber cundido en Cataluña una suerte de epidemia moral e intelectual cuyos efectos impiden a la mitad de los ciudadanos apreciar la zafia superchería nacionalista. El virus del victimismo se ha generalizado hasta envolver como una cápsula siniestra todo atisbo de discernimiento lógico en la vida pública. En el interior de esa burbuja el soberanismo vive una realidad virtual construida con la propaganda; una psicología deformada que trastorna los conceptos elementales de la política y del Derecho para encajarlos en su realidad hemipléjica.

Sólo así, desde la premisa de una profunda alienación, puede entenderse que decenas de alcaldes y altos cargos instrumenten una algarada coactiva contra los tribunales de un Estado bajo la escenografía simbólica de un acto de rebeldía democrática. Y que lo hagan con el consenso de la opinión pública, adoctrinada sin pausa ni aliento por el enorme aparato mediático oficialista. La creación de este universo paralelo es el gran éxito del nacionalismo, que ha logrado confinar a una significativa parte de la sociedad catalana en las coordenadas ficticias de un estado mental transferido, de un marco flotante de pensamiento enajenado.

Detalla que

Los elementos esenciales de ese paradigma inventado, de esa ficción supersticiosa, estaban presentes en la crecida desafiante y retórica de Artur Mas ante el juzgado: mesianismo, mitología y martirologio. Impregnados, eso sí, del aura mediocre de un personaje que de Moisés a Companys no para de buscar referencias grandilocuentes que realcen su natural vulgaridad política. Cualquier comunidad madura arrinconaría con desprecio a un dirigente que la ofendiese con manipulación tan zafia. Sin embargo el mensaje victimista y falaz del president cuenta con una complicidad social que manifiesta alarmantes síntomas de desvarío. Y no sólo entre el envenenado bloque secesionista, irreductible a toda evidencia de su parcialidad sesgada; líderes de influencia con aparente equilibrio racional consideran inconveniente o inoportuno que un ciudadano español sea interrogado en un tribunal por presunta desobediencia a la Justicia. Porque eso es, sostienen, un modo de «fabricar independentistas».

Y apunta que los ciudadanos también tienen su cuota de responsabilidad en este caos en el que está sumida Cataluña:

Aparte el hecho claro de que los independentistas los fabrica a toda máquina la eficaz factoría de manipulación del régimen, esta medrosa superstición testimonia la hegemonía del nacionalismo incluso entre sus adversarios, sometidos a un apocamiento pusilánime. El discurso redentorista de Mas, su andrajosa impostura de heroico libertador, es posible porque su autor sabe que cuenta con crédito. Porque previamente ha creado la atmósfera de desistimiento intelectual necesaria para que triunfe su patraña. Porque bajo las luces de la sociedad de la comunicación existe, como en el drama de Buero, una colectividad encerrada en la ardiente oscuridad de su ceguera voluntaria.

Hermann Tertsch considera que debajo de toda la farándula separatista montada el 15 de octubre de 2015 con motivo de la declaración de Artur Mas, la jornada se puede calificar como buena porque el presidente en funciones de la Generalitat ya ha visto que sus incumplimientos legales le van a acarrear algún que otro problema:

Por mucho que se empeñe Artur Mas en escenificar épica de baratija con una multitud de mantenidos y privilegiados ante los juzgados. Por mucho que se nos vaya al barranco de Montjuic a revelar su autoengaño y equipararse a otro golpista, responsable aquel de graves crímenes, pero al fin y al cabo un combatiente que mató y se jugó la vida. Por mucho que se den solemnidades impostadas y tediosas recopilaciones de cánticos de falsa resistencia entonadas por una legión de personajes apeados de sus coches oficiales y demás beneficiarios del dinero público. Ayer fue día que no debió darse. Porque a ninguna gran nación como la española le puede dejar indiferente el desamor de parte de la misma. Por artificial que haya sido la generación del mismo. Por interesada e hipócrita que sea su ofensiva. Pero también debo decir que creo que el de ayer fue un gran día.

Subraya que:

Desde ayer Mas sabe que está a punto de convertirse uno de los primeros en sufrir algún inconveniente por saltarse la ley desde que comenzó a hacerlo. Desde que decidió huir hacia adelante. Hasta ahora, incomprensiblemente, nadie ha pagado daños. No ha habido ni un damnificado por las tropelías cometidas a lo largo de tres años. Todo ha sido gratis en esta grotesca carrera de la cúpula del régimen nacionalista por ganarse la impunidad de su corrupción económica en una colosal apuesta de ruptura total del marco legal de España. Hasta ayer. El Gobierno de la Nación ha ignorado, por el patológico miedo al conflicto de su presidente, una operación sediciosa que ha contratado, pagado, licitado, transferido dinero y conspirado para partir España en dos. La organización de este golpe de Estado se ha producido ante las cámaras y retransmitida en directo mientras en Madrid se cuestionaba absurdamente la seriedad de las intenciones delictivas de la Generalitat, el Gobierno regional y primera institución ejecutiva en esas cuatro provincias españolas.

Eso sí, no olvida toda la panoplia desplegada ante las puertas del TSJC:

El día de ayer fue un día de vergüenza y escándalo por la agresión a la Justicia y a la ley por parte del separatismo catalán. Pero no más que otros. Y extraordinario solo en el despliegue operístico -o quizás tan solo zarzuelero- de las protestas. Porque las graves agresiones al Estado se suceden desde hace tiempo. Si el día de ayer fue realmente distinto por algo es porque se les acaba a todos el tan manido recurso de mirar hacia otra parte e intentar convencerse de que nada va a pasar. Está ya muy claro el delito de quienes ya han anunciado que van a romper España si se les permite. Ahora deben preocuparse todos. Incluidos quienes también delinquirán si no lo impiden. La escenificación del desafío se ha consumado. Ahora el Estado no tiene más opción que imponerse. Y poner fin a esta situación.

Y exige la inhabilitación urgente del personaje en cuestión:

La inhabilitación de Artur Mas debería producirse de forma urgente. Y muchas otras si resulta necesario. Aquellos que quieran seguirle en el órdago deben comprobar de forma contundente que ayer acabó el tiempo en el que atentar contra la ley generaba ventajas y prebendas. Por España y por toda Europa tras el día de ayer solo hay un mensaje para el separatismo: que por las malas nadie puede ni podrá con el Estado de Derecho y la democracia. Serán derrotados y pagarán penalmente su atentado contra el bien común que nos dimos más de 40 millones de españoles y no nos van a arrebatar dos millones de fanáticos más o menos subvencionados. Si una minoría quiere partir en dos España, violentamente y en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de los españoles, va a necesitar mucho más que los coros de esos pancistas y mantenidos comisionistas que escuchamos ayer.

Salvador Sostres, por su parte, le recomienda a Artur Mas un poquito más de cultura, por ejemplo empezando por coger un libro de Historia:

Folclore de Mas haciéndose el héroe en el «Parlament», con ese ridículo saludo del número 4 con la mano derecha y el brazo alzado. Todos los caudillos tuvieron su grotesco saludo, y si al «president» le molesta que le comparen con lo que pasó, que lea Historia y que deje de tan calamitosamente parecerse al más sórdido pasado, ya no de España sino de Europa. Folclore de los alcaldes con su vara de mando, folclore indigno de su cargo. Folclore de la turba a la puerta de los juzgados, esa turba que también se ofende si la comparan pero que tan inevitable resulta asociarla a las marchas de exaltados que todo lo pisotearon hasta llevárselo por delante. También en Cataluña la Historia se repite, pero en clave de folclore. Folclore comparado: entonces era turba desesperada, y aquí está ociosa, y puede permitirse no trabajar un jueves por la mañana.

Apunta que:

Si Mas hubiera querido de verdad desafiar al Estado, no se habría presentado ayer al juzgado. Si la llamada desconexión fuera en serio, de la justicia española es de lo primero que habría desconectado. Un exaltado siempre es grotesco pero solo se puede tomar en serio cuando paga el precio, y ni Mas celebró el 9 de noviembre el prometido referendo, ni mucho menos se ha adentrado ahora por los caminos de la desobediencia que la CUP le reclamó la semana pasada en su conferencia de prensa, de modo que del patriotismo del que tanto presume sigue sin dar ninguna muestra concreta.

Parte de Cataluña se ha especializado en el simulacro, en la ilusión de ser una potencia trabajando cada día menos, en la degradación de todos los niveles de la vida pública, con un desprecio a la Justicia que a la larga solo puede desembocar en el caos.

Y concreta que:

El país de eficacia y orden en el que sueñan los independentistas de centro derecha sería, en cualquier caso, imposible, pero sobre todo si depende de la CUP, de Esquerra, y de una Convergència cada vez más izquierdista, hasta el punto de que la más probable sucesora de Mas es su actual vicepresidenta, Neus Munté, exsindicalista, y de quien la CUP ya ha dicho que podrían votar su investidura.

Hay una Cataluña folclórica que como ha perdido el contacto con la realidad, cree que ya no existe. Y cuando llegue al límite y la Ley con todas sus consecuencias se aplique, entonces dirá que es fascismo.

En El Mundo, Federico Jiménez Losantos cuenta cómo fue la fiesta del magnate Jaume Roures y el invitado especial que tuvo, Pablo Iglesias:

Pablo Inglesias no puede ir a la Fiesta Nacional del 12 de Octubre porque tiene que trabajar durísimamente en defensa de los intereses de la gente. De su gente, se entiende: a los okupas de Patio Maravillas, la banda de enemigos de la propiedad privada acaudillada por el antisemita Zapata -ya saben, el del chiste: cómo caben cinco millones de judíos en un 600, en el cenicero, ja, ja-, el Ayuntamiento de Madrid okupado por Podemos gracias al PSOE -fue el PP el que ganó las elecciones- les ofrece varios edificios singulares donde alojarse con luz y demás gastos pagados para que elijan. Pero Inmobiliarias Iglesias no va al Parlamento Europeo, cuando va llega tarde y a los actos del 12 de Octubre no fue porque estaba ocupadísimo, dicen, defendiendo a la gente.

Apunta con ironía:

¿A qué gente? ¿Al antisemita Zapata, a la asaltacapillas Maestre, al guillotinador Soto, al hirsuto hacendista Sánchez Mato, que, tras su feliz experiencia hundiendo empresas ERE que ERE, aspira a que la deuda de Madrid sea declarada bono basura? También, pero además y sobre todo a la gente necesitada como Jaume Roures, el multimillonario comunista para el que, con Barroso y demás, creó Zapatero la Sexta, el otro de Al Jazeera, el plutócrata instalado en la dictadura de Qatar, el dueño de Mediapro, el que a través de Liquid Media controla La sexta noche, Al rojo vivo y otras exquisiteces rojísimas, el que creó Público y tras regalar un domingo Elcapital a los espantados lectores, lo cerró.

Y remacha:

Pero Roures, solidario separatista catalán, celebró su cumpleaños en un palacete de la Castellana, cerca del lugar que no quiso pisar Pablo para no enlodar sus oídos con la «cutre pachanga fachosa» (así llamó al Himno Nacional escribiendo de baloncesto en rebelión.org) y a esa fiesta sí acudió Iglesias con su socio Monedero. Bastó que el nuevo Jesús del Gran Telepoder juntara sus labios de níspero y silbara bajito para que le dejaran presumir, como a Colón en Barcelona, de indígenas al pesto e ideólogos cangrejo. A la fiesta de Roures, el que quiere encalomarle a precio de oro la Copa de Europa a Telefónica y exhibe musculito político, sí fue Pablo. Pero es que la cena la servía el Celler de Can Roca, nada que ver con la cutrez del vino español tras la ofrenda a los Caídos y el desfile militar. ¡Vas a comparar! Una es gente; otra, gentuza.

Por su parte, Raúl del Pozo se centra en la crisis instalada en el seno del Partido Popular:

La política, la rama del espectáculo de la máquina del poder, es una boca rota; para escribir estos días es mejor hablar con una musa del palacio de Leviatán que del Olimpo. Es lo que yo suelo hacer. Recurro a esta dama misteriosa, a la señora X, un enigma en el laberinto entre los tapices, para que me aclare la desbandada, el barullo o el descalzaperros del PP. «No me gusta eso de descalzaperros», me advierte. Le pregunto por la dimisión a Arantza Quiroga, la espantada de Cayetana Álvarez de Toledo y la escandalera por las declaraciones incendiarias del «supervillano» Cristóbal Montoro a Jorge Bustos. Como en el Ártico, asistimos al fin de la glaciación de los partidos y la primera consideración que me hago es que en el PP han llegado a creer que las rubias con glamour, al estilo Alfred Hitchcock, son un peligro.

«¿Hay descalzaperros en el PP?», insisto. Ella alega: «Los típicos en los días que se hacen las listas. No hay una verdadera crisis de partido. Crisis las de Pedro Sánchez, que en cada lugar monta una gestora y mira cómo le ha salido la gestora de Madrid». Sigo con las indagaciones: «¿Qué pasa con Arantza Quiroga y Cayetana Álvarez de Toledo?». «Lo de Cayetana estaba cantado. Lo de la Quiroga no tiene más recorrido. He llegado a pensar que en España no se puede hacer política con las rubias. Por eso Albert Rivera las elige morenas».

E insiste en las preguntas:

«¿Qué te parece la Constitución que tiene Margallo en la caja fuerte?». «Todo el mundo sabe que Margallo tiene una Constitución en una caja fuerte. Pues como si tuviera el rosario de su madre. ¿Qué quiere darle a los nacionalistas catalanes? Pero si los nacionalistas lo que quieren es la independencia». Insisto: «Margallo, ¿no es muy amigo de Mariano Rajoy?». «Sí, ¿y qué? -responde- Margallo es muy brillante, muy hablador, pero como ha dicho Montoro, es rehén de su propia brillantez; la política no se hace a base de ocurrencias. El que marca la política es Rajoy y ya ha dicho que la reforma de la Constitución no estará en el programa electoral. También Garicano es un político de lindezas y golpes. Un día se levanta y dice que hay que frenar las inversiones en el AVE porque son muy costosas, pero da la casualidad que a la gente le gusta el AVE».

«¿Qué ha pasado con las declaraciones de Montoro?», pregunto. Replica la dama misteriosa: «Montoro es un tipo que habla poco y cuando habla la organiza. Pero es un hombre de partido, no hay con él ningún problema. Ha sido el lamento del cabrón de un gran ministro que ha salvado a España de la quiebra. Y tiene razón: aun siendo de derechas no le gusta al Ibex. Le fastidia que vengan a hablar de ‘economía sin alma’después de que en esta legislatura haya tragado más que un buzo».

Y concluye que pese a lo que pueda parecer, Montoro es intocable:

En la alta dirección del PP nadie censura a Montoro; según ellos, es el san cristobalón del milagro, no el que bebía el aceite de Santa María. Hay una frase que refleja el ambiente en torno al ministro: «Yo no te censuro, aunque hablas mal, obras bien».

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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