LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho vaticina el papel del general de Podemos: «Liquidará la Constitución que defendió como militar»

"Para Pablo Iglesias una milicia de confianza constituye la premisa angular de un buen bolivariano"

Ignacio Camacho vaticina el papel del general de Podemos: "Liquidará la Constitución que defendió como militar"
José Julio Rodríguez. EP

El fichaje estrambótico del taciturno exjefe del Estado Mayor de la Defensa, José Julio Rodríguez, por Podemos tiene este 6 de noviembre de 2015 muchas reacciones en las columnas de opinión de la prensa de papel. Prácticamente el grito es unánime, este general viene a hacerle el trabajo sucio a la pandilla del desaliñado Pablo Iglesias, dinamitar la Constitución.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con la tribuna más acertada, la de Ignacio Camacho, que no sólo pone de vuelta y media a este militroncho meditabundo hasta la médula, sino que su nombramiento como Jemad en tiempos de Zapatero pone bien a las claras que el expresidente ya tenía aires podemitas aunque él no lo supiera:

Zapatero era de Podemos, pero no lo sabía. Acaso todavía hoy siga sin saberlo, o sin asumirlo, a pesar de sus claros síntomas de sintonía ideológica. Pero casi todo lo que Podemos defiende o postula estaba de manera embrionaria en la síntesis del zapaterismo como variante adolescente de la izquierda postsocialdemócrata; muy especialmente el cuestionamiento de la Transición como mito de referencia del sistema democrático español y el retorno memorial a la legitimidad republicana. El 15-M era una destilación zapaterista formulada, paradójicamente, contra el ZP pragmático que las circunstancias le obligaron a ser al final. El presidente de 2004 habría suscrito o visto con simpatía la mayoría de las proposiciones de la Puerta del Sol, y tal vez hasta se hubiese presentado en su acampada. Sus mandatos estuvieron, hasta la epifanía de mayo de 2010, impregnados del espíritu de ruptura que acabó cuajando en torno a Pablo Iglesias y su grupo universitario. En el fondo siempre pareció soñar con una especie de nuevo proceso constituyente que clausurase bajo su liderazgo las bases del régimen.

Explica que:

Es desde esta perspectiva como cabe entender el fichaje por Podemos de quien fuera jefe del Estado Mayor del Ejército en la última legislatura socialista. El sonriente Mago de la Moncloa era famoso por sus iluminadas dotes para la selección de personal: reclutaba sus colaboradores con una contrastada intuición para lo estrambótico. El general José Julio Rodríguez era el hombre perfecto para dirigir las Fuerzas Armadas a las órdenes de un autoproclamado pacifista que había retirado a las tropas de Irak y nombró ministra de Defensa a Carmen Chacón para que presidiese embarazada los desfiles. Su acción de armas más célebre consistió en dejar marchar con el rescate recién cobrado -y pagado por el Estado, faltaría más- a unos piratas africanos que habían secuestrado un barco; todavía tiemblan de rabia los militares que esperaron con el dedo en el gatillo unas órdenes que jamás llegaron. Rodríguez prometió defender como soldado la Constitución que ahora quiere liquidar como político. Pero en realidad, considerando quién lo nombró y por qué, no es él quien se ha movido de sitio.

Y concluye que el fichaje del militar cumple punto por punto el manual para ser un buen bolivariano:

Son piezas que encajan. Mientras el PSOE actual busca el camino de retorno a la socialdemocracia, la izquierda que Zapatero aglutinó desemboca de manera natural en el proyecto radical del podemismo. No se trata de asteroides políticos de órbita extraviada sino de un proceso fluido de continuidad ideológica en el que el mayor desubicado quizá sea aún el expresidente, atrapado como Al Pacino por su pasado contradictorio de precursor en lucha con sus propias percepciones. Pablo Iglesias embalsa con pragmatismo ese río que busca cauce. La incorporación de un jefe militar es la guinda de su verdadero designio: una milicia de confianza constituye la premisa angular de un buen bolivariano.

David Gistau apunta, no sin cierta ironía, que el fichaje del militar almibarado por Podemos se debe a una cuestión de táctica electoral. Antes incorporabas a un intelectual y enseguida florecían los apoyos como setas. En cambio, ahora, tener a un artista en las filas implica cierto rechazo:

No sé si alguien se dio cuenta de que esto iba a suceder ni si alguien puede explicarlo ahora que sucedió. Pero, en la gran discusión nacional contemporánea, resulta que el intelectual y el artista comprometido ya no son complementos de vestuario útiles para el hombre público. No legitiman como antes. No expiden salvoconductos de la inteligencia. La sociedad está harta de ellos e incluso recela de la pureza moral de sus intenciones y de sus «Yo acuso». Están gastados como sacerdotes laicos que ungen a los elegidos. El de los abajofirmantes es un oficio casi tan extinguido como el de los luthiers. La figura, además, ha sido destruida por las versiones autoparódicas que nos regañan aun careciendo de dos dedos de frente. De hecho, Pdr Schz trató el otro día de organizar un acto de aclamación intelectual como los gloriosos del tiempo de la ceja y lo que le salió fue una tristeza residual, con gente que parecía haber ido por las croquetas de después, y que por poco no anticipó ahí mismo su velatorio profesional previsto para diciembre.

Recuerda que:

Mientras tanto, la figura que garantiza prestigio e infalibilidad moral resulta ser la del militar. El mismo personaje que se pasó buena parte del posfranquismo recluido en un ámbito de culpa y clandestinidad tan feroz que en la sensibilidad colectiva de la izquierda prosperó la aberración según la cual la presencia de un uniforme mitigaba el dramatismo de un atentado de ETA. Sólo la experiencia del felipismo en el poder y en el sufrimiento compartido creó por fin lazos de empatía que habían quedado aún más bloqueados después de que los carros de combate salieran a la calle en el 81. Hasta llegar a este momento español en el que la crisis ha arrasado la reputación de casi todos los estamentos públicos, con escasas excepciones, entre las cuales está el militar. Tanto es así que, si un partido de extrema izquierda pretende mejorar sus perspectivas, su empaque y su honorabilidad, ya no ficha a un intelectual de los que estuvieron en los sótanos de la DGS ni a un artista con los dedos amarillentos de tanto fumar el Gauloises de Camus. Ficha a un general. Como antes el PSOE a una comandante que traía adosada a Irene Lozano como el falso Pujol de «Desafío total».

Y remacha:

Ya han sido suficientemente desmenuzadas las posibles contradicciones entre un credo militar y la ideología de Podemos, ya se trate de la versión original o de la camuflada. Lo que uno pretendía hacer notar es esta novedad política por la cual el mero anuncio del nombre de un general mejora las expectativas de un partido y hace que sea tomado más en serio como posible gestor del Estado. De este nuevo peso específico del militar en la vida pública da fe un hecho: fue anunciarse el nombre de José Julio Rodríguez, y al instante se habían movilizado los adversarios para aplastarlo con relatos de antiheroísmo y conductas gregarias. Eso sólo ocurre cuando se detectan enemigos poderosos. Con los otros, la costumbre es desdén o mofa.

Ignacio Ruiz Quintano sugiere que el fichaje del general Rodríguez por Podemos es un paso adelante de Pablo Iglesias para intentar cautivar el voto de los catalanes de cara a las generales del 20 de diciembre de 2015:

Rodríguez, un ex jefe del Estado Mayor del Ejército, se ha hecho berenjena (el morado es color intachablemente republicano) para «enamorar a Cataluña» (?), la región sin ley, aunque con un Estatuto que dobla en artículos a la Constitución de Corea del Norte, cuyo jefe, por cierto, acaba de fusilar a su ministro de Defensa por haberse dormido en un discurso.

Igual que Flóper buscaba galácticos para su Madrid, Pablemos busca donjuanes para su Doña Inés, que es Cataluña, donde nunca faltan monjas, y quiere que su ministro de Defensa sea Rodríguez, el hombre que tomó militarmente Barajas («¡estado de alarma!») cuando los controladores estaban haciéndole pasar un mal rato a Pepiño Blanco para coger el vuelo a Santiago.

¡Pablemos y Rodríguez! ¡George Washington y Alexander Hamilton!

Apunta que:

Los yanquis veían a Washington y a Hamilton de uniforme y pensaban en la dictadura militar, porque Hamilton les recordaba a Julio César. Aquí, en cambio, ve uno a Pablemos y a Rodríguez de paisano… y sale corriendo.

-Hay que ir a Cataluña con una propuesta que dé afecto, paciencia y diálogo -dice Rodríguez. Ni Pitito. Con Carmena en Madrid dando bolilla («empatía») a los «psicokillers» y Rodríguez en Barcelona dando afecto a los golpistas, el Puente Aéreo va a ser una sauna socialista.

Y concluye:

Rodríguez no tiene buena cara. Parece una piola de sufrimiento. Es lo que tiene leer, en lugar de a Clausewitz, a Cotarelo, fisonómicamente mezcla de Wyoming y el comisario Conesa, catedrático de cabecera de Pablemos: «Cumplo con mi deber defendiendo una idea de nación de base federal y voluntaria, apuntalada en el reconocimiento del derecho de secesión», escribe Cotarelo en «La desnacionalización de España».
Con semejante programa, ¿para qué necesitaría Pablemos de un ministro de Defensa?

-¿Quién iba a pensar que estábamos haciendo la mayor guerra de la historia contra un puñado de lelos? -dejó caer, lloroso, el ayudante de Galbraith durante el interrogatorio a los jefazos nazis.

En El Mundo, Santiago González saca a relucir la ‘hazaña’ del general podemita con el ‘caso Alakrana’ y como dejó escapar a vela llena y con un suculento botín a los piratas somalíes:

Anthony Quinn contaba un chiste sobre la indolencia de sus paisanos. Un mexicano contaba a un gringo que se alimentaba de los caracoles que pasaban a su lado. «Hoy he comido uno». «¿Tan pocos pasan?», preguntaba su interlocutor. «Como pasar, pasaron tres, pero dos se me escaparon».

Algo así fue lo que contó el entonces Jemad Julio Rodríguez en noviembre de 2009 en una descabellada rueda de prensa junto a la ministra Chacón, para explicar cómo la zodiac de unos piratas somalíes se le escapó a un helicóptero Seahawk de la Armada Española, 333 Km/hora, misiles de largo y corto alcance, ametralladora de 12,7 mm. etc.

Aquella historia absurda podría haber sido contada por la ministra, por el presidente Zapatero, o, si me permiten la ucronía, por Pedro Sánchez o Pablo Iglesias. Normal, la ignorancia. No por un general del Ejército del Aire que obligatoriamente ha estudiado Cinemática.

Destaca que:

El fichaje ha sido un golpe de efecto que roza la genialidad y hace verosímil la pretensión del sorpasso al PSOE. Mientras el pobre Snchz se pavoneaba con la comandante Cantera, va Iglesias y ficha a un teniente general. Parece inspirado en el chiste madrileño: «Por favor, ¿general Mola?», pregunta el forastero, y responde el castizo: «¿No va a molar siendo general? Pero mola más capitán general». Una hipótesis: seguramente el ex Jemad tanteó al PSOE, pero se desalentó cuando oyó a Pedro Sánchez decir que le sobraba el Ministerio de Defensa. Su cambio de alternativa es un acto de legítima defensa, si bien se mira.

Otro asunto es la cosa doctrinal. El teniente general Rodríguez recibió hace un par de años el premio Bernardo Vidal a los Valores Constitucionales y las Fuerzas Armadas y dijo: «Me parece tremendamente acertado hablar como dice el premio de valores constitucionales y Fuerzas Armadas. Siempre por este orden, siempre por delante los valores constitucionales». Y ahora se pone a las órdenes de un tipo que hace menos de un año reclamaba «un proceso constituyente para abrir el candado del 78». El candado del 78 era la Constitución, entienden la metáfora.

Y finaliza:

En aquellas fechas (17/11/14) P. I. anunció en la Ser un referéndum para que España decida soberanamente salir de la OTAN y romper el convenio de Defensa con EEUU: «Yo soy patriota y no me gusta que haya militares de otros países en territorio español». Hace cuatro días, la jefa de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez, tuiteaba, feliz e indocumentada: «Que nadie nos prohíba soñar con una Andalucía libre de bases militares estadounidenses». Ahora quieren convertir el Ejército en otro círculo de Podemos, donde los militares voten a sus jefes y las acciones en el exterior.

No perdamos la esperanza. Sus posiciones ideológicas son extraordinariamente adaptativas e Iglesias ya ha dicho que le gusta mucho este Papa. Aún tiene tiempo para fichar a Sistach, arzobispo saliente de Barcelona, para reforzar la lista de Catalunya Sí que es Pot y explicar antes de las elecciones el nuevo punto de vista de Podemos ante el Concordato.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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