LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

José Julio Rodríguez, el ‘Tintín’ zapaterista que dice que la ley es un concepto discutible

Luis Ventoso remata al general podemita: "Es otra víctima de la viscosa dictadura del relativismo"

José Julio Rodríguez, el 'Tintín' zapaterista que dice que la ley es un concepto discutible
José Julio Rodríguez. EP

Prosiguen este 8 de noviembre de 2015 las coñas y las chanzas sobre el fichaje del ex Jemad José Julio Rodríguez por Podemos. No le cabe duda a los columnistas que opinan sobre el podemita de nuevo cuño que ha mamado sobradamente los principios inconsistentes del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso que está convencido de que este militar venía ya claramente contagiado de esa extraña habilidad de ZP para poner en solfa hasta los valores más sólidos de nuestra sociedad:

Al igual que la estupenda Isabel II, el viejo Papa Benedicto XVI sabía que conviene hablar solo lo justo, porque no se puede ser siempre sublime y porque la logorrea degenera en un ruido vistoso, pero evanescente. Ratzinger, un erudito de verdad, hablaba poco y sin chisposo salero latino, pero cuando lo hacía decía cosas importantes. Llegado anciano y frágil a la cátedra de Pedro, constató allí con dolor lo que ya conocía: que a diferencia de lo que piensan adanistas televisivos como Iglesias y Rivera, el hombre es un ser fallido tras su caída primigenia, un pecador imperfecto que debe esforzarse con denuedo para no resbalar desde el alambre del bien. Benedicto abrió un poco las cortinas palaciegas y vio que el mal se había incrustado en los resquicios de la burocracia vaticana. Peleó lo que pudo, pero, con un corazón enfermo y una carretada de años, el envite le quedaba largo. Más leal a la Iglesia que a su vanidad, tomó la valiente decisión de enclaustrarse en un convento, a rezar y escuchar a Mozart, para dejar que otro con mejor biología completase la limpieza. Allá sigue tras los muros, silente y sin interferir, en hermosa lección de humildad.

Explica que:

Aquel Papa científico centró su prédica en denunciar el relativismo de nuestra era. Como todo sabio auténtico, lo explicaba de manera diáfana: «Se va constituyendo una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja AL igual que la estupenda Isabel II, el viejo Papa Benedicto XVI sabía que conviene hablar solo lo justo, porque no se puede ser siempre sublime y porque la logorrea degenera en un ruido vistoso, pero evanescente. Ratzinger, un erudito de verdad, hablaba poco y sin chisposo salero latino, pero cuando lo hacía decía cosas importantes. Llegado anciano y frágil a la cátedra de Pedro, constató allí con dolor lo que ya conocía: que a diferencia de lo que piensan adanistas televisivos como Iglesias y Rivera, el hombre es un ser fallido tras su caída primigenia, un pecador imperfecto que debe esforzarse con denuedo para no resbalar desde el alambre del bien. Benedicto abrió un poco las cortinas palaciegas y vio que el mal se había incrustado en los resquicios de la burocracia vaticana. Peleó lo que pudo, pero, con un corazón enfermo y una carretada de años, el envite le quedaba largo. Más leal a la Iglesia que a su vanidad, tomó la valiente decisión de enclaustrarse en un convento, a rezar y escuchar a Mozart, para dejar que otro con mejor biología completase la limpieza. Allá sigue tras los muros, silente y sin interferir, en hermosa lección de humildad.

Aquel Papa científico centró su prédica en denunciar el relativismo de nuestra era. Como todo sabio auténtico, lo explicaba de manera diáfana: «Se va constituyendo una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como única medida al propio yo y sus apetencias». Curioso: pocas frases resumen mejor el pulso de España.

Recuerda que:

En 2008, Zapatero nombró ministra de Defensa a Carme Chacón, de 37 años y embarazada de siete meses, una política de nivel medio, cuya máxima relación con lo castrense es que tal vez habría visto «Apocalypse Now» en el cine. Por supuesto, tras aquella decisión no había más móvil que un gesto efectista en pro de la igualdad de sexos. Chacón posee una cualidad útil en la vida, un altísimo concepto de sí misma. Cabría aplicarle lo de los entrenadores argentinos: conviene ficharlos al precio que cuestan y venderlos por lo que ellos creen que cuestan. Lógicamente, no sabía ni lo que era el fusil Cetme con el que tantos hicimos la mili. Pero, para sosiego de todos, a su lado estaba un gran militar, el Jefe del Estado Mayor, el general Julio Rodríguez. Alto y sereno, barbado ya antes de la epidemia hípster y con aire de personaje de Tintín, formadísimo y políglota. Aquel general de uniforme azul parecía un punto de agarre para un país con un presidente atolondrado, que aseguraba que «España es un concepto discutido y discutible».

Y concluye que:

El artículo 8 de la Constitución reza que «las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y su ordenamiento constitucional». Eso prometió el general Rodríguez, como todo militar. Pero ahora, antes de pasar a la Reserva, ficha por Podemos y proclama que la ley es un concepto discutible y que en lugar de respetar y hacer respetar la Constitución hay que dialogar. El Gobierno, cumpliendo su deber, lo ha sancionado, para espanto de la prensa global y otras luminarias.

Rodríguez. Exgeneral. Otra víctima de la viscosa dictadura del relativismo.

Antonio Burgos se mofa de los fichajes de Podemos y, con mucha ironía saludable, le propone nuevas incorporaciones a ‘Coleta Morada’. Pasen y lean:

Niño, antes que caigan moscas y de seguir, dale bien a la tecla «on» del Modo Ironía, que se vea bien, pues luego hay quien se lo toma al pie de la letra, y no entienden estos cachondeítos en La Condomina marca de la casa, con lo que se pillan unos cabreos horrorosos, y no está España como para mosquearse todavía más de lo que ya estamos con el separatismo catalino y el artículo 155 de la Constitución, que en paz descansa (y parece que va a seguir descansando).

Y ya que hemos puesto «descansando», añadamos: «¡Aaar… mas». Porque esto, como no podía ser de otra manera, va sobre el que antes fue Jemad y que como es quien tiene más pinta de Madelman de todas nuestras queridas, admiradas y respetadas FF.AA., ora vestido de general de cuatro estrellas, ora en traje de faena para montarse en un avión a darse una vueltecita por la muralla real de Afganistán, ora con el que los paisanos llamamos uniforme de camuflaje y los que profesan la noble vocación de las armas nombran «de árido»… Pues como este era el más Madelman que encontró el de la coleta violeta, pues por eso lo anunció (y él, encantado) como candidato por no sé dónde. Saltándose a la torera, obviamente, las Reales Ordenanzas. Estamos en la taurina España goyesca de la suerte del salto de la garrocha. ¿No hay gobiernos autonómicos separatistas que se saltan a la garrocha la Constitución y la cuelgan luego en el baño para limpiarse con las hojas de su articulado y No Passsa Nada? ¿Pues qué más da saltarse la RR.OO. para las FF.AA.? En este caso no a la garrocha, sino salto en paracaídas, ya que es del Aire el gachó.

Apunta que:

Por la boca muere el pez y la palma Podemos. Por adelantarse con la candidatura del rojo del Jemad que dejó huir a los piratas asaltantes del «Alakrana» (eso sí, después de soltar nueve millones del ala de todos nosotros) les han chafado a estos señores de la coleta, de Carmena, del gaditano Kichi y demás ralea el plan tan bonito que tenían: hacer la candidatura del Podemos Cañí: lo más España que se despacha. Ya tenían al militar. En conversaciones estaban con el cura, y con el torero. Un militar, un cura, un torero, ¿habrá España más España que la candidatura Podemos Cañí que preparaban y que se la han cargado por irse de la lengua antes de tiempo?

Y remata:

Pero había más. Iba también una monja. Lástima que la monja Jartible esté ya cogida por los separatistas, pero tenían apalabrada otra también resultona y argentina. Por descontado que iba un bailarín. Yo creo que Farruquito, ¿les parece poco? Y un cantaor. Manolo Gerena, que tiene muchos trienios devengados en estas cuestiones del rojerío por tientos. No faltaba un cantautor, con guitarra de reglamento y coñazo de letra de protesta. Iban un trincón de la SGAE y un «chef» de los que la tele ha puesto tan de moda y que, siempre de luto riguroso, ponen unas raciones así de chicas en unos platos cuadrados así de grandes y al final te pegan con la factura una estocá que se llevan siempre el premio de San Isidro.

Con el Podemos Cañí iban el Bardem de turno y un señorito rojo de Jerez. Algo así como la Duquesa Roja de Sanlúcar, pero en plan Sherry y a caballo. Señorito completamente tieso, por descontado, pero con apellidos largos, sonando a bodega comprada por las multinacionales. No me lo tomen muy en serio, pero creo que iba también Almodóvar. Y Rossi de Palma para no ser menos. Iban todos los rojos ricos potricos que tienen una Sicav para apalear sus millones. Iba un futbolista. De la Roja, claro. Y un jinete olímpico. Iba todo lo que entendemos por la España más Cañí, odiable y odiosa. ¿Belén Esteban, dice usted? Era la única que faltaba, qué pena. Como a la muchacha le ha dado por la Constitución, por la Corona, por la unidad de España, por la propiedad privada y por esas tonterías fachas…

Ignacio Camacho habla sobre las propuestas de Ciudadanos. Con alguna crítica más o menos taimada, en general aplaude el documento presentado por el partido de Albert Rivera en Cádiz:

En la política española nadie es nada si no lleva en el bolsillo un proyecto de reforma constitucional, como esos irreductibles capillitas sevillanos que guardan escrito un pregón de Semana Santa por si se da el improbable caso de que los llamen a pronunciarlo. El furor adanista por una nueva Transición ha empujado a todos los partidos a redactar su propio proyecto constituyente con la esperanza de llevarlo adelante en la próxima legislatura, aun a sabiendas de que la Constitución sólo se puede reformar por consenso, es decir, mediante una síntesis posibilista de las ideas de (casi) todos. El único político de relieve que no tiene en el cajón su correspondiente borrador es Rajoy, al menos que se sepa, pero si se da la ocasión cuenta con una legión de juristas y abogados del Estado; y en el más inopinado de los supuestos siempre puede pedir prestado el que conserva en su portafolios el diletante ministro Margallo.

Precisa que:

En este mainstream o corriente dominante de neoconstitucionalismo, Albert Rivera ha querido darle carácter fundacional a la presentación de su programa reformista en el muy simbólico escenario de Cádiz, cuna histórica de un esperanzador liberalismo del que casi siempre se olvida lo poco que duró. El de Ciudadanos es un plan ambicioso que pretende suprimir el Senado, las diputaciones y el Consejo del Poder Judicial, cerrar el modelo autonómico impidiendo la cesión de más competencias y establecer una nueva ley electoral más proporcional y tal vez por ello menos estable. Una reforma intensa en la arquitectura del Estado cuyo mayor punto débil acaso sea la contradicción entre su intención de despolitizar la justicia y la propuesta de que el presidente del Supremo, dotado de nuevas funciones decisorias, sea elegido por el Congreso de los Diputados. En todo caso se trata de un proyecto de largo alcance, inspirado por un afán regeneracionista de las instituciones que conecta con los deseos de buena parte de la nueva sociedad española. Un interesante punto de partida para el debate.

Finaliza asegurando que:

Lo que otorga, sin embargo, importancia determinante al diseño de C’s es la expectativa crucial del partido que lo propone, llamado a ejercer el papel clave de la futura conformación de mayorías de gobierno. Es decir, que en el Parlamento fraccionado que va a surgir en diciembre, una porción significativa de esas ideas va a constituir el pliego de condiciones para la investidura del próximo presidente. Visto desde esta perspectiva, el documento de Cádiz se erige en cierto modo en programa de base de la inminente legislatura. Conviene no perderlo, pues, de vista; tendrá que decantarse en acuerdos más amplios y desde luego en revisiones más pensadas pero de ese papel va a salir el patrón de una España de nueva planta, construida sobre la preexistente, cuya principal característica debería ser que resulte al menos tan eficaz y duradera como la antigua.

David Jiménez, director de El Mundo, dedica su columna a analizar cómo hemos evolucionado en estas últimas décadas, aunque, evidentemente, quedan cuestiones esenciales por resolver y eso sólo se hará con el apoyo de todos y no con separatismos egoístas y de mercadillo barato:

El fotógrafo Eugene Smith no escogió Deleitosa para retratar la pobreza y el aislamiento de España porque fuera el lugar más pobre y aislado -los había peores-, sino porque el pueblo reflejaba la media de cómo vivían los españoles entonces. La crónica de la revista Life de 1951 destacaba que los habitantes de la localidad extremeña nunca habían visto un tren, el correo llegaba en burro, el teléfono más cercano estaba a 20 kilómetros y la única bañera pertenecía al médico local. «Deleitosa vive entre la pobreza y la fe», decía el texto que acompañaba fotografías icónicas como la del velatorio de Juan Larra, uno de los vecinos.

Que ese país se haya convertido en pocas décadas en la decimocuarta economía del mundo -llegó a ser la novena-, con un índice de alfabetización del 98% y la segunda mayor esperanza de vida del mundo, es un logro del que a los españoles nos cuesta sentirnos orgullosos. Uno de los grandes protagonistas de la política de los últimos años me incluía el otro día entre quienes carecen de la perspectiva necesaria para valorar lo conseguido.

Mi interlocutor no era, precisamente, fan de esta página. Me reprochaba el reiterado tono negativo de mis artículos y lo que veía como diagnósticos simplistas sobre lo que no funciona en nuestro país: las listas cerradas y la endogamia de unos partidos políticos que ahuyentan el talento, la corrupción rampante que tan caro nos ha costado -ahí está la factura que nos han dejado los políticos-banqueros de las cajas de ahorros-, nuestro obsoleto sistema educativo o la incapacidad de dejar atrás el sectarismo de las dos Españas. Y, por supuesto, la manida meritocracia, que de tanto resaltar su inexistencia, se te está poniendo difícil «explicar que tú hayas llegado a director de EL MUNDO». ¡Auch!

Señala que:

Hay un renovado empuje por reivindicar los logros de España que no busca la comparación con otros países que van mejor que el nuestro, sino con el país que fuimos hasta hace bien poco. ¿Que nuestros escolares están por detrás de los finlandeses en casi todas las materias? ¿Nuestras instituciones más débiles que las británicas? ¿Nuestros medios de comunicación, como decía The New York Times esta semana, lejos de los estadounidenses en libertad de prensa? Algo tendrá que ver que hace unas décadas estuviéramos matándonos en una guerra, que Franco sólo lleve muerto 40 años -lo hemos resucitado en nuestro dominical Papel para preguntarnos qué pensaría de la España actual- y que nuestra democracia esté, en términos históricos, en la infancia.

La flagelación constante a la que nos sometemos los españoles puede resultar exagerada, pero tiene su sentido como medida de prevención para un país que, habiendo dejado pasar tantos trenes, necesita mantenerse despierto si no quiere perder el próximo. En realidad ese tren ya está pasando delante de nuestras narices, en forma de una Revolución Digital que está transformando cómo hacemos negocios, compramos, nos relacionarnos, entretenemos, informamos, aprendemos o vivimos. Si algo nos dice la historia es que se va a producir una nueva selección natural que llevará a unos países a aprovechar la oportunidad y a otros a malgastarla. ¿Vamos a ser otra vez de los segundos, empleando nuestras energías en independentismos egoístas o reavivando viejas afrentas que hicieron posible la España que retrató Eugene Smith en Deleitosa?

Y remacha que:

Al volver al pueblo cacereño, 65 años después, nuestro fotógrafo Carlos García Pozo se ha encontrado un lugar muy diferente al que describió Life. Ya no es ese sitio «donde la vida ha avanzado poco desde tiempos medievales». La industria cárnica ha traído prosperidad y sus habitantes juegan al pádel en tardes donde todo parece haber cambiado, salvo «las tradiciones que nos hacen españoles y el transcurrir de la vida». Viendo las imágenes de Smith y García Pozo pensé que mi postura y la de mi compañero de tertulia del otro día no eran tan incompatibles, después de todo: uno puede sentirse orgulloso de la España que hemos dejado atrás e inconformista con la que tenemos.

En El País, Manuel Vicent pone el dedo en la llaga y no está tan convencido de que en Cataluña se pueda acabar como Sarajevo y pone un curioso ejemplo que todo el mundo va a entender sobradamente:

Una palabra fatídica, que nadie se atreve a pronunciar, sobrevuela el espacio de toda Cataluña. Hasta ahora el proceso independentista, de uno y otro lado, ha sido enmascarado bajo insinuantes circunloquios y metáforas. Choque de trenes, viaje a ninguna parte, rebelión programada, golpe de Estado, huida hacia adelante, fractura social, aplicación del artículo 155 de la Constitución, defensa de la unidad de España, desobediencia civil, acción judicial, reacción proporcionada, pacto nacional, motín al borde del abismo, desfile de la Guardia Civil por la Diagonal, supresión de la autonomía de Cataluña, lealtad democrática, se acabó la broma, desconexión con España, monopolio de la violencia en poder del Estado. ¿Qué pasará?

Destaca que:

En medio de esta deliberada confusión metafórica, una palabra fatídica revolotea como un cuervo sobre la aventura soberanista. Está en la mente de todos, pero nadie, ni el presidente del Gobierno, ni el político más rudo, ni el comentarista más exacerbado se atreven a pronunciarla abiertamente. Vamos, por Dios, España es un país europeo civilizado. Eso que usted piensa y no dice, aunque haya sucedido en otros países también muy civilizados, no, eso en Cataluña no va a pasar.

Y sentencia:

No obstante puede que exista todavía ese catalán pactista, lleno de buen sentido, burgués, inteligente y educado que al oír durante la sobremesa al mediodía proclamar en el Parlament la República Catalana sea capaz de pronunciar la palabra fatídica, ¡Sarajevo!, y se le atragante la sopa de estrellitas que estaba tomando. En Sarajevo, después de haber realizado unas modélicas olimpiadas de invierno en 1984, ejemplo de convivencia feliz, como sucedió en Cataluña en 1992, vecinos servio-bosnios, que una semana antes se pedían el perejil o un poco de sal, sin saber la razón, comenzaron a sacarse unos a otros los ojos con un tenedor.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído