LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho desmonta a los del ‘No a la Guerra’: «El izquierdismo escrache está deseando un pretexto para agitar el espantajo de la derecha mataniños»

"Rajoy se ha petrificado en el simbólico descansillo dispuesto a abrasar a los adversarios en su propia impaciencia, aun al precio de irritar a los socios internacionales"

Ignacio Camacho desmonta a los del 'No a la Guerra': "El izquierdismo escrache está deseando un pretexto para agitar el espantajo de la derecha mataniños"
Carlos Bardem, Willy Toledo, Dani Mateo y Gerardo Pisarello. laSexta

¡Vaya palito que se han llevado los del ‘No a la guerra’ o, como se hacen llamar ahora, ‘En mi nombre no’! La convocatoria del 28 de noviembre de 2015 no llevó ni a la décima parte de manifestantes de antaño. Ese fracaso ha dado pie a varios columnistas a hablar este 29 de noviembre de 2015 sobre la supuesta marcha pacifista, que en realidad no es más que un acto electoralista en contra del Gobierno de Rajoy.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho, que tiene claro que toda esa caterva de organizadores y respaldadores de la manifestación antibélica están babeando para que el Ejecutivo decida apoyar a Francia y así sacar sus viejas y vetustas pancartas:

Con sus ocho apellidos gallegos anda Rajoy plantado en el rellano de la escalera de la guerra en Siria, silbando con cara de palo para que nadie sepa si la sube o la baja. Arriba le aguarda la socialdemocracia deseosa de que se implique en la coalición bélica para poder echárselo en cara, y abajo está la izquierda del pacifismo preventivo reunida ya en torno a sus tradicionales aunque algo desvaídas pancartas. Más que nunca el presidente se muestra estos días fiel a su estereotipo inmovilista; si hay algo a lo que esté acostumbrado es a esperar -sus críticos más ácidos sostienen que en realidad es su única forma de abordar los problemas- y esta vez tiene la coartada de que le van a reprochar cualquier decisión que tome, incluida la de no hacer nada.

Sostiene que:

En un país normal, entendiendo por normalidad el estándar político europeo, el Gobierno habría fijado postura sin dilación y la oposición lo secundaría con responsabilidad de Estado. Francia reclama ayuda ante una sangrienta agresión y cualquier aliado está moralmente obligado a prestársela. Pero España sentó once años atrás, en ocasión parecida, un precedente de enfrentamiento social ante el que Rajoy, que recibió en su culo aquella patada de descontento contra Aznar, salió escarmentado. Aunque las circunstancias objetivas sean diferentes, el izquierdismo de escrache muestra idénticas intenciones torticeras de asaltar la calle. El menor movimiento militar servirá de pretexto para agitar el espantajo de la derecha mataniños y con las urnas a la vista no parece plausible la hipótesis de contar con el acuerdo del PSOE, que pese a haber propuesto en enero el pacto antiyihadista se mueve ahora en él con la remolona renuencia de un perrito arrastrado. Con todos los partidos buscando la manera de marcar diferencias, el único consenso posible es el de esta expectativa inerte. Que además cuadra con el estilo marianista, esa clase de estática pasividad capaz de hacer de la procrastinación un método de trabajo.

Y concluye:

Experto en parar el reloj, en establecer tiempos muertos y compases dilatorios de desesperante demora, Rajoy se ha petrificado en el simbólico descansillo dispuesto a abrasar a los adversarios en su propia impaciencia, aun al precio de irritar a los socios internacionales que le empiezan a urgir una respuesta. Aviados van unos y otros: se trata del mismo hombre que se cruzó de brazos cuando media Europa le apremiaba el rescate de una prima de riesgo sobrecalentada. Al final tuvo que actuar Mario Draghi desde Fráncfort porque en Madrid no había más consigna que la de dejar que se enfriara sola. Esa es su táctica y su estrategia: quedarse quieto, pura ataraxia, mientras todo se mueve a su alrededor hasta que alguien derrapa o se pasa de frenada. La guerra puede empezar sin él; no tiene ninguna prisa por participar y a poco que aguante esta vez igual se decide cuando esté terminada.

Juan Pablo Colmenarejo también tiene claras cuáles son las intenciones de estos iluminados y sectarios del ‘No a la guerra’, volver a formar algaradas para echar del Gobierno al PP. Eso es lo único que les importa. Los demás, pura paja dialéctica:

Los que han desempolvado las pancartas del «No a la Guerra» cumplen con estricta marcialidad los términos de la nostalgia, que se resumen en la frase de «cualquier tiempo pasado fue mejor». No hay invasión a la que hacer frente, ni Gobierno al que echar la culpa de un atentado terrorista, pero insisten en repetir la fórmula que pusieron en práctica en medio de la conmoción de aquellos días de marzo de 2004. Son los nuevos nostálgicos, que echan de menos poder llamar asesinos a sus gobernantes obligando a tomar partido a todos aquellos que contemplan, con estupor, cómo un ametrallamiento masivo en las calles de París es motivo de discusión, como si fuera un partido de fútbol con dos bandos por igual. Pero esta vez es distinto y tienen más difícil lo de agitar y propagar.

Recalca que:

Como reconoce uno de los convocantes a las concentraciones, el insultador profesional y desconocido actor Alberto San Juan, ha acudido menos gente porque «la situación es más compleja». La guerra de Siria es una matanza sin cuartel desde hace cuatro años, con medio millón de muertos. Un todos contra todos en el que Rusia, Irán o Turquía se empujan para coger sitio. Pero, además, tampoco está Aznar, aunque le recuerdan obsesivamente; ni Felipe González, a quien le pitan los oídos al escuchar de nuevo el añejo OTAN no, bases fuera. El avispero yihadista no necesita de humos para ser sacudido. Nosotros no somos culpables de su odio. Nadie quiere guerras, y no es uno más demócrata que el otro por pregonarlo con una escarapela en el pecho.

Finaliza diciendo que:

El pacto antiyihadista permite a Rajoy dar las respuestas oportunas a las demandas de Francia y de nuestros aliados, dejando a un lado el pasacalles de los que buscan quitar la legitimidad al Gobierno como hicieron entonces. Añoran el pásalo. Y necesitan gritar contra otra guerra en la calle para volver a echar al PP.

Luis Ventoso apunta directamente a Pedro Sánchez y sus principios de goma. Un día pide suprimir el ministerio de Defensa y al siguiente pide a Rajoy que se una en la coalición con Francia para luchar contra el terrorismo yihadista:

Desde la lucha contra el nazismo, Estados Unidos ha sido siempre quien le ha sacado las castañas del fuego a Occidente y ha preservado sus libertades. Pero ahora el patrullero mundial que nos hacía el trabajo sucio ha decidido permanecer acantonado en su comisaría y los europeos corremos como pollos sin cabeza, incapaces de cerrar una estrategia firme e inmediata contra un terrorismo psicótico que florece a solo tres horas de avión de Roma. Obama, un cantamañanas en Oriente Medio, proclama con sus gastados trucos oratorios que hay que acabar con Estado Islámico, pero no impulsa una acción decidida. Al fin y al cabo, es el presidente que firmó la atolondrada retirada de Irak, simiente del caos actual, y además sabe que las arcas estadounidenses ya no dan para ejercer la gendarmería mundial. En 2003, George Bush aterrizó en el portaaviones Abraham Lincoln disfrazado de piloto para proclamar la victoria en Irak. Hoy el avispero está más agitado que nunca, tras una intervención que costó a Estados Unidos 816.000 millones de dólares (a los que hay que sumar 490.000 de la campaña de Afganistán). Guerras a crédito, con intereses que pesan como una losa, que ni la primera potencia puede asumir.

Subraya que:

Toda persona con conciencia y un dedo de frente desea que se extirpe de inmediato a EI, cantera de genocidas y una peste para sus propios vecinos. Hollande, que ha sido un presidente muy flojito, se ha puesto al frente de la misión diplomática para armar una coalición que liquide a Daesh. Era su deber tras la herida de Francia, pero los resultados no llegan. El gran Barack sigue en su escapismo dialéctico y no pondrá ni botas ni más dólares. El Reino Unido todavía no ha votado si bombardea en Siria y el tema ya rompe al laborismo, incluso existen opositores en filas de Cameron. Renzi vio a Hollande, pero se escaqueó alegando que ya hay muchos soldados italianos por ahí. Merkel envía unos aviones de vigilancia, pero tampoco baja a la refriega. Rusia bombardea a quién no toca, en vez de a Daesh, y Turquía mantiene un turbio doble juego. Con este panorama, ¿quién debe ponerse en vanguardia del ataque? Pues Mariano I el Conquistador, al que partidos y medios que fueron paladines del «No a la guerra» apremian -con evidente afán electoralista- para que sume a España a una coalición que todavía no existe. Destaca una vez más por sus principios de goma el señor Sánchez: ha pasado de sopesar suprimir Defensa a exigir al Gobierno que se moje ya en la guerra, pero no aclara la posición del PSOE.

Sentencia que:

Como sucede siempre en España, se soslaya además toda consideración económica (estar en Afganistán era necesario, pero costó 3.500 millones). España debe luchar contra Daesh, por supuesto, pero explicando lo que supone para un país cuya deuda pública ronda el 100% del PIB y dentro de un plan concreto, detallado y ganador. Enviar doce cazas para quedar bien a 20 días de unas elecciones solo sirve para que los que hoy reclaman acción a Rajoy monten un nuevo «No a la Guerra», el clavo ardiendo que buscan el PSOE y su prensa global cuando todo indica que Rivera los hundirá en la tercera plaza. ¿Combatir contra Daesh? Sí, pero en serio y cuando toque.

David Jiménez, director de El Mundo, critica en su carta dominical la poca seriedad que existe en España con los debates electorales. Subraya que es lo de siempre, que si con fulanito no debato, que sólo deseo un cara a cara con menganito o que determinados temas se pacta no sacarlos a la luz como arma arrojadiza:

Si les describiera un país donde el Gobierno maniobra para despedir a periodistas incómodos, impone tertulianos en programas de radio y televisión y presiona a los directivos de medios de comunicación para evitar las críticas, pensarían que hablo de una república bananera. Ocurre en España. El mismo país donde el reparto de las nuevas licencias de televisión se hace a pocas semanas de las elecciones generales, en un intento de condicionar la línea editorial de las cadenas. El mismo, también, donde televisiones públicas pagadas por todos se utilizan como gabinetes de prensa particulares, al servicio de gobiernos que se quejan de que no les llega para educación o sanidad, pero no tienen problema en derrochar en propaganda.

Los cuatro últimos años han supuesto un grave deterioro de la libertad de los medios de comunicación en España y no sólo en Cataluña, el caso más bochornoso. El Gobierno de Mariano Rajoy ha demostrado no comprender la relación entre prensa y poder en democracia. En sus primeros tres años de legislatura, cuando impuso las medidas económicas más duras, las que más explicaciones exigían, eligió el apagón informativo, las ruedas de prensa detrás del plasma -sin preguntas- y una presión intolerable para condicionar a los medios.

Apunta que:

Quizá por ello suena tanto a impostura este súbito acercamiento preelectoral hacia la prensa, en el que nuestros políticos bailan en televisión, conceden entrevistas de sofá, cocinan y nos cuentan más de lo que quisiéramos saber de ellos, todo en horario de máxima audiencia y mínima profundidad.

Cierta banalización, entrevistas ligeras y visitas a programas de entretenimiento son parte del juego electoral en otros países, incluido Estados Unidos. La diferencia es que allí los candidatos se someten también a las preguntas de los entrevistadores más incómodos y debaten ante la ciudadanía con transparencia. Nuestro presidente planea visitas a los hogares televisivos de Bertín Osborne -en este caso literalmente- y María Teresa Campos, encuentra tiempo para comentar el fútbol en la COPE, y cuando llega la hora de debatir en serio envía a su vicepresidenta, que viene a ser como si el líder de una banda mandara al batería a cantar en su lugar. Debates sí, ha dicho Rajoy: encorsetados, facilitos y con Pedro Sánchez como único contrincante, no vayamos a tener un susto.

Remacha que:

Puede que desde el punto de vista de la estrategia electoral tenga sentido jugar sólo los partidos que uno considera que puede ganar, pero tiene el inconveniente de que ofrece una preocupante imagen de falta de coraje político -si es el mejor candidato, ¿por qué no evidenciarlo ante toda España?- y aumenta la brecha entre la vieja política y los líderes de los nuevos partidos, Albert Rivera y Pablo Iglesias, que el viernes debatían en directo, sin preguntas amañadas ni restricciones.

Rajoy se ha reservado para Sánchez en lo que será su oportunidad de lanzar las preguntas con las que Reagan hundió la reelección de Jimmy Carter en la campaña de 1980 -¿Estáis mejor que hace cuatro años? ¿Es más fácil salir y comprar cosas en las tiendas que hace cuatro años? ¿Hay más o menos paro que hace cuatro años?-, confiado en que la respuesta de los electores sea que sí. El problema es que, al hacerlo en un formato plano y poco transparente, dejando fuera las nuevas realidades políticas que han emergido durante su presidencia, es posible que a los ciudadanos les surjan algunas preguntas adicionales. ¿Se ha dado cuenta el presidente de que el país quiere y aspira a un cambio que va más allá de las cifras macroeconómicas? ¿Quiere Rajoy hacer de España un país más moderno, donde la política se debata de forma abierta? ¿Cree en una prensa y una televisión independientes? ¿Tiene intención de satisfacer los anhelos de regeneración que han impulsado a los partidos con lo que ahora se niega a debatir? Si los espectadores responden que no, es posible que el disgusto electoral del próximo 20 de diciembre sea mayor del que predicen las encuestas.

En La Razón, Alfonso Rojo resalta el patriotismo de los franceses tras los atentados yihadistas y como en España, a día de hoy, esas muestras serían imposibles de encontrar:

Siempre me han dado envidia. Hasta ganaban el Campeonato del Mundo de fútbol.

Y lo hacían con jugadores de origen africano, antillano y hasta asiático, pero todos franceses, que se enlazaban por los hombros antes de iniciar el encuentro y cantaban La Marsellesa, sin fallar una nota o extraviar una estrofa.Todavía recuerdo una tarde en el Parque de los Príncipes, en la fase final de un torneo mundial de rugby, al público puesto en pie, entonando al unísono eso de «Allons enfants de la patrie… Le jour de gloire est arrivé!» y percibir cómo el himno electrizaba a los jugadores y les hacía intentar lo imposible, contra los gigantones neozelandeses.

Destaca que:

En esa y en otras ocasiones, transido por la emoción y los celos, se me pasaba siempre por alto el estribillo. Ese que dice: «¿No oís bramar por las campiñas a esos feroces soldados? Pues vienen a degollar a nuestros hijos y a nuestras esposas. ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! Marchemos, marchemos, que una sangre impura empape nuestros surcos». Pues les ha llegado el momento de marchar. Esa Francia, donde el todo siempre ha sido más importante que las partes, la de la bandera tricolor que todos respetan, la del 14 de Julio y la alegría de vivir, se enfrenta a la hora de la verdad.

Y añade que:

Y lo está haciendo con grandeza. No se han arrugado en el momento de la verdad, ni puesto el acento en lo que les separa, sino en lo que les une y sobre todo en el enemigo común. El mensaje de Hollande desde los Inválidos no deja resquicio a la duda: «Francia no busca contener al Estado Islámico sino de destruirlo». Y coherente con lo que se propone, ha pedido a los diputados de todos los colores que prologuen tres meses el estado de emergencia, se apresten a endurecer la leyes y le respalden a la hora de urdir una gran coalición internacional contra el terrorismo yihadista, para lo cual ya cuenta con Rusia. Aquí, una respuesta como la de Francia sería imposible. No sólo porque nuestro presupuesto de Defensa sea nueve veces más pequeño que el de los franceses.

El drama, lo que de verdad nos impediría reaccionar con la grandeza de los galos, es que volverían a surgir como hongos los que con la excusa de la paz y la boca llena de palabras como «diálogo» y «comprensión», echarían a otros españoles la culpa de la tragedia y se olvidarían de los asesinos.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído