LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Arcadi Espada, sin frenos contra Pablo Iglesias: «Su partido nació para asaltar el cielo y se ha estrellado contra el puto suelo»

Ignacio Camacho: "El Tribunal Constitucional le puede haber hecho un favor a Artur Mas si este conserva aún algo de discernimiento"

Arcadi Espada, sin frenos contra Pablo Iglesias: "Su partido nació para asaltar el cielo y se ha estrellado contra el puto suelo"
Pablo Iglesias, melancólico.

La decisión del Tribunal Constitucional de declarar ilegal la proclama independentista del Parlamento catalán es el principal tema que aparece este 3 de diciembre de 2015 en las tribuna de opinión de la prensa de papel. Ya nadie tiene dudas del evidente ridículo hecho por Artur Mas, el presidente catalán en funciones, y su panda de mariachis.

Pero también hay tiempo para fijarse, por ejemplo, en los debates preelectorales de estos días y como, poco a poco, a algunos se les va viendo el cartón…y la trampa de sus propuestas.

Arrancamos en El Mundo y lo hacemos con Arcadi Espada que tiene claro de inicio que la campaña va a ser un duelo de uno contra dos. Por un lado, Mariano Rajoy, por el otro el ticket Rivera-Iglesias. A Pedro Sánchez, ni lo considera:

La campaña está muy animada. Hay una confrontación durísima entre la nueva y la vieja política. Por un lado está el presidente Rajoy, que juega a garrafina en un rincón del Hogar del Jubilado. Al que entra va diciéndole: «¿Qué se ofrece?». Por el otro hay dos jóvenes, que atienden en la barra del Tío Cuco, y que incluso al que no entra le espetan «¡Hola, chicos!». Cuando no «Holi». Puede que algún lector advierta que hay un error y que falta uno. No hay error.

Las personas de mi edad y condición están sometidas a una decisión difícil. A mí me reciben con el «Qué se ofrece» y veo la botella de Tío Pepe sudando al lado de la cafetera. Y lo peor es que ya sé que todo acabará con el atroz «Buen provecho». Pero la otra hipótesis es harto complicada, igualmente. Cuando saltarines y bronceados por la luna led me reciben al grito de «¡Hi, guys!» me parece bien y tal, pero yo no soy gay. Por el momento.

Subraya que:

Las dificultades prosiguen luego del saludo inicial. Del viejo Rajoy cabría esperar sobre todo autoridad. Viene de un mundo donde las jerarquías aún eran nítidas, siglo XX, ¡cambalache! Sus votantes no solo pueden perdonarle que desprecie el acostarse con niños; es que muchos de ellos se sentirán orgullosos de que todo un presidente del Gobierno (parece increíble, pero aún hay gente que dice «todo un presidente del Gobierno») rehúya participar en ceremonias pueriles. Pero es difícil que acepten que «todo un presidente» (eufemismo, al fin, de «todo un hombre») se comporte como un animalito manso y chamberlain y no haya sido capaz de meter en cintura al desleal presidente de la Generalidad. Al viejo Rajoy y a sus desprecios le faltan surcos de verdad en la cara.

Y le mete dos buenas andanadas a Podemos y Ciudadanos:

De los muchachos se transige con sus saludos de waterpolo y ese vigilante desaliño indumentario, tan propio de adolescentes. Pero se exige novedad. Lo peor que le puede pasar al votante de C’s o Podéis no es que corra un riesgo, sino que no lo corra. No sorprende que las actuales propuestas políticas concretas del partido de Pablo Iglesias sean de una vacua ramplonería. Era un partido que nacido para asaltar los cielos ha acabado estrellándose en el puto suelo. Más preocupantes son, en cambio, los problemas de C’s para vincular realidad y novedad. Su líder en Cataluña ha ofrecido un pacto a los separatistas si abandonan su propensión a la ilegalidad. Y el problema no es que la princesa Arrimadas salga rana sino que reincida en el desconocimiento secular del carácter escorpión.

Pero sobre esta crisis española ya habló Gramsci: lo viejo no acaba de nacer y lo nuevo no acaba de morir.

Ignacio Camacho asegura en ABC que en Cataluña son muchos empresarios independentistas los que prefieren quedarse sin ruptura con España antes de que los de las CUP lideren el proceso:

El Tribunal Constitucional le puede haber hecho un favor a Artur Mas si este conserva aún algo de discernimiento para aprovecharlo. Con su resolución exprés sobre la declaración de independencia, un dirigente que no hubiese perdido todas las luces intentaría volver a la casilla de salida, tal como le reclaman sus partidarios menos fundamentalistas. El órdago del Parlamento, forzado por los anarcosecesionistas de la CUP y jaleado por los talibanes del soberanismo en un calentón de arrogancia, ha terminado por separar a Convergència de la burguesía nacionalista, asustada de haber ido demasiado lejos y demasiado pronto. El dinero huye de los conflictos y la actitud firme del Estado ha resultado en ese sentido disuasoria. Los catalanistas que votaron y apoyaron a Junts pel Sí para consolidar una posición de fuerza desde la que arrancar más márgenes de autogobierno se han descolgado ante la amenaza cierta de medidas de excepción; querían tensión pero les espanta la ruptura. Hasta el empresariado más soberanista tiembla de pensar que el prusés lo puede dejar en manos de ERC y la amalgama revolucionaria de los sandalios.

Apunta que:

La tozuda realidad está imponiendo su evidencia. Cataluña está política y económicamente bloqueada como consecuencia del delirio mitológico de la emancipación; su marca de solidez pierde prestigio y el empeño separatista ha topado con una tardía pero contundente resistencia. Cualquier salida, si la hay, pasa por la retirada del desafío de secesión, y cuanto más tarde será más problemática. Con este Gobierno o con el siguiente, el nacionalismo tendrá que deponer su rebelión antiespañola y volver a buscar un cauce de legalidad que en cualquier caso supone la renuncia a la ruptura. Cuanto más lejos vaya más le costará volver. Está perdiendo cohesión y Convergencia, por mucho que se rebautice con un disfraz nominal, ya no lidera a las clases medias ni es el partido-guía que estructuraba a la sociedad. Ha perdido incluso la relevancia dentro del bloque soberanista, incapaz de articular una mayoría de gobierno. Entre sus votantes cunde el escepticismo, una sensación de estancamiento, de fracaso.

Y concluye:

La desobediencia, proclamada con presunción jactanciosa, ya no es una opción; el propio Parlament se ha humillado restándole importancia en el recurso que el TC ha desoído con desdén jurídico. Era de boquilla, dijeron, una especie de broma en papel timbrado. Lo que no parece una broma es la voluntad del Estado de no consentir pulsos de autoridad. Mas, abochornado también por el desprecio de las CUP, no tiene otro remedio que buscar una fórmula de reconducir su quimera. No le va a resultar fácil porque la política exigirá víctimas, paganos del desvarío. Y más difícil aún será borrar la frustración sociológica del chasco. Pero es lo malo de las fantasías ensimismadas: que en algún momento se tiene que producir el desengaño.

Isabel San Sebastián aprovecha para decir no sólo que romper España es inconstitucional, sino que también reclama al Tribunal Constitucional que busque hueco para que considere ilegal la reforma de la ley del aborto:

Tan obviamente opuesta al espíritu y la letra de nuestra Carta Magna era la proclama independentista lanzada por el Parlamento catalán que la noticia no ha sido tanto el fallo del TC ante el recurso planteado por el Gobierno o la unanimidad alcanzada por sus señorías cuanto la prisa que se han dado estas en pronunciarlo: tres semanas. Una celeridad nunca vista.

Romper España es inconstitucional. Lo suponíamos hasta quienes no somos juristas de reconocido prestigio, antes de que lo dijera una sentencia. Romper España unilateralmente desde una de las comunidades autónomas que la integran constituye una pretensión inasumible e intolerable para el Estado de Derecho por la sencilla razón de que «la soberanía de la Nación, que reside en el pueblo español, conlleva necesariamente su unidad». Eso dice el tribunal y, antes que él, la lógica.

Añade que:

Romper España desgajando de ella Cataluña es un acto de sedición, que ha de ser combatido por todos los medios legales, no porque los partidarios de llevarlo a cabo carezcan de una mayoría suficiente en las urnas autonómicas, como alegan con vehemencia algunos autoproclamados demócratas. Tampoco porque tal ruptura conlleve o deje de conllevar la separación de la Unión Europea, como también se argumentó durante la campaña autonómica. Lo es porque España no se parcela ni se divide sin el consentimiento expreso de todos sus propietarios, que somos el conjunto de los españoles vivos y también, de alguna manera, los que aún están por venir y los que ya se marcharon. España representa más que la suma de sus diecisiete autonomías actuales consideradas una a una y desde luego mucho más que la voluntad coyuntural de una fracción de sus habitantes inferior al diez por ciento del total.

Romper España es un acto demasiado trascendente e irreparable como para dejarlo en manos de Mas, Junqueras y Baños. En palabras de Andrés Ollero, ponente de este jarro de agua fría sobre los delirios del trío en cuestión, «un acto del parlamento y del gobierno de la comunidad autónoma de atribuciones inherentes a la soberanía superiores a las que derivan de la autonomía reconocida por la Constitución a las nacionalidades que integran la Nación española». En román paladino, una usurpación pura y dura del derecho a decidir que nos pertenece a todos. Un robo en grado de frustración. Un golpe de Estado fallido.

Finaliza asegurando que:

Bueno será que a partir de ahora los partidos defensores de la unidad en el marco legal vigente se centren en ese argumento, dejando a los separatistas y sus socios las disgresiones al uso sobre porcentajes de voto susceptibles de legitimar la pretendida autodeterminación, porque mientras el sistema educativo y los medios de comunicación oficiales sigan bajo su control ese porcentaje irá aumentando inexorablemente hasta alcanzar la cifra crítica. Esto no es cuestión de mayorías más o menos cualificadas, sino de propiedad y soberanía. Cuanto antes lo tengamos todos claro, antes abandonarán los sediciosos la esperanza de doblegar nuestra determinación poniendo punto final a cinco siglos de Historia.

El Tribunal Constitucional ha cumplido con su obligación en un plazo de tiempo récord, respondiendo a la gravedad de la situación creada por un desafío abierto a la Nación. Tal vez ahora encuentren un rato sus señorías para leerse el recurso referido a la ley del Aborto y decidir, cinco años después, si los concebidos no nacidos tienen derecho a esperar que alguien proteja sus vidas.

En El País, Rubén Amón critica la entrevista que el presidente Mariano Rajoy concedió en TVE a Bertín Osborne:

No había forma de que Mariano Rajoy se marchara de casa de Bertín Osborne. Se hizo fuerte en el sofá el presidente. Debió confortarle la hospitalidad, el cariño, la devoción de las preguntas. Debió sentirse el presidente impresionado en el confort de un simulacro de entrevista.

Porque no fue una entrevista. Fue un homenaje en cuyo transcurso Bertín Osborne inventó el género de la pregunta mullida, acolchada. Y donde sobreactuó con sus carcajadas -«como la pasemos…»- para convencernos de que Mariano Rajoy es un tipo campechano, simpaticón, «la pera», como él mismo diría, tratando ambos de distraernos de la evidencia: estaban perpetrando al alimón un mayúsculo ceremonial de propaganda. Y lo hacían apenas unas horas antes de inaugurarse oficialmente la campaña electoral.

Rajoy la ha concebido a su medida y a su antojo. Elude el contraste con los candidatos y amaña o coloniza la televisión pública para someternos a su hagiografía. Y a su geografía también, pues no hubo pueblo, aldea ni villorrio de España que el presidente dejara de nombrar chez Osborne.

Recalca que:

Parecía Rajoy un viajante, un vendedor de enciclopedias y de obviedades. Llegó a concederse un exabrupto -«coño»-, pero fue su anfitrión quien abusó de las palabrotas para exagerar el colegueo, despertar la audiencia del letargo y trivializar la ofrenda. Una hora de campaña electoral sin resistencia ni apreturas que Bertín Osborne resolvió, por si hubiera dudas, con una declaración inequívoca: «Eres un tipo estupendo, un centrista».

La única dialéctica se produjo en el futbolín, aunque allí también abochornaron las alegorías sexuales de Bertín -en plan «a ver si la meto»- y ganó el presidente. O el presi, como Osborne «osó» llamarlo antes de despedirlo con aspavientos. Y de despedirnos a los televidentes con un bonito, lírico, sentido discurso en off, más que nada para repasar el mensaje subliminal del programa -España está en unas manos inmejorables- y para recordarnos que Mariano Rajoy es «un fenómeno».

Finaliza diciendo que:

Y debe de serlo realmente. No porque su álbum de fotos, desglosado desde la infancia hasta la plenitud, diera la sensación de una vida apasionante ni de un tipo complejo, sino porque el presidente ha puesto la televisión pública a su servicio y a su dictado para ganar las elecciones en el hogar del pensionista y perseverar en una campaña onanista, autocomplaciente.

El único atisbo de autocrítica se produjo entre interrogaciones. «Bertín, dime la verdad: ¿Tú crees que soy un tipo tan aburrido como dicen?», preguntó el invitado. Y el anfitrión, mirando el reloj de soslayo, o conteniendo el bostezo -esta es una elucubración personal-, reaccionó con vasallaje asegurando que «todo lo contrario».

Finalmente, en La Vanguardia, Fernando Onega predice que la tormenta desatada en Cataluña con la independencia va para largo:

La expresión tormenta perfecta fue popularizada por una película basada en hechos reales: los sufridos por pescadores de pez espada sorprendidos por la conjunción de dos grandes borrascas, una de aire frío continental y otra de aire caliente en la isla de Sable. El choque o la fusión de ambas provocó grandes desgracias. Producida la película hace quince años, la expresión se aplica a la suma de circunstancias negativas que son capaces de arruinar a un país o de crear situaciones de máxima tensión. Hoy se puede aplicar perfectamente a la situación de Catalunya. Hay dos grandes temporales que están permanentemente a punto de chocar: la provocada por la Catalunya soberanista y su impulso de desconexión y la provocada por las respuestas del Estado en el plano económico y en el plano legal.

Señala que:

El retrato de desperfectos ya visibles dice lo siguiente: que es la mayor tormenta perfecta que hemos conocido y con menos posibilidades de amainar. Estos son sus ingredientes, al margen del gran choque entre los vendavales catalanes y los rayos del poder del Estado: se judicializan las relaciones con un Tribunal Constitucional que a toda velocidad anula la declaración soberanista y un MasColell que quiere llevar al Tribunal Supremo el pago a proveedores; se apela a la dignidad nacional de Catalunya para denunciar el trato económico; se vive en la incertidumbre política prolongada por la CUP, que se resiste a investir a Artur Mas como presidente de la Generalitat; se publican datos alarmantes de fuga de empresas a otras comunidades como consecuencia del incierto futuro político…

Judicialización, desconfianza, quiebra de la igualdad territorial, agravios imaginados o provocados, incertidumbre política, crisis económica, comunicación entre poderes a base de denuncias en la prensa y en las instituciones, Parlament paralizado. Y todo, coronado por la pulsión de la República Catalana y la ruptura con el Estado español. Difícilmente se puede recordar un periodo más complejo y en la peor de las circunstancias, que es la sensación -sólo la sensación-de vacío de poder.

Y entiende que:

Hay quien deposita todas las esperanzas en el poder taumatúrgico de las elecciones: de las generales del próximo día 20 y la repetición de las autonómicas, que es el último debate planteado. Este cronista no tiene esa seguridad. Gane quien gane el día 20, no se ve ninguna candidatura con un proyecto novedoso para Catalunya. Incluso la vía socialista de cambio constitucional hacia el federalismo sólo suscita la confianza del 27 por ciento de los ciudadanos, según el último barómetro del CEO. Y convocar elecciones autonómicas quizá signifique prolongar todavía más la tempestad, porque repetir urnas siempre tuvo el riesgo de repetir resultados. De hecho, la última encuesta de este diario apenas ofrece variaciones sobre la votación del 27 de septiembre. Conclusión: hay tormenta para rato. Preparen los salvavidas.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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