LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Luis Ventoso, a cuchillo contra Pedro Sánchez: «¿Por qué se la pega? Entre otras cosas por regalar alcaldías a populistas sectarios e incompetentes»

"Encaja la caída al tercer puesto del CIS como Mourinho, enfurruñado y echándole la culpa al árbitro"

Luis Ventoso, a cuchillo contra Pedro Sánchez: "¿Por qué se la pega? Entre otras cosas por regalar alcaldías a populistas sectarios e incompetentes"
Pedro Sánchez, líder del PSOE.

Ya están en danza los actores de este gran teatro electoral con 15 funciones por delante hasta el 20 de diciembre de 2015 cuando, a partir de las 8 de la noche, se cierren los colegios y el escenario se abra en varios en los que celebrar alegrías y dramas.

Lo que hagan nuestros políticos en estas dos semanas infernales será el tema central de los articulistas de la prensa de papel y este 5 de diciembre de 2015, víspera de la Constitución Española, no iba a ser una excepción:

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso que pone de vuelta y media al líder del PSOE, Pedro Sánchez, al que le augura un futuro bastante negro y lo contrapone con ese político que va subiendo como la espuma en los sondeos, Albert Rivera:

Riverita, que habla de cine, es guapetón, carece de pasado y defiende con elocuencia principios del más básico sentido común, tiene muchas posibilidades de sumir al profesor Sánchez en el desdoro del tercer puesto. Mi amigo Tomás, que es más joven e inteligente que yo y por eso lo escucho siempre con las orejas abiertas, me lo explicaba ayer así: «Rivera tiene una idea-fuerza imbatible: una paisana que entre en Urgencias en un hospital de Badajoz debe ser igual a una de Hernani, Badalona o Tudela. Gusta a la gente joven ex-PSOE y en el barrio de Salamanca gana una calle cada día». En efecto. Defiende lo mismo que el PP, pero sin el baldón de la corrupción, porque no ha gestionado ni un parking, y adereza su pócima con unas gotas de progresismo-Nenuco, que le granjean buena entrada con los votantes zurdos.

Apunta que:

¿Y cómo encaja Sánchez las malas noticias demoscópicas, su caída al tercer puesto? Pues como Mourinho, enfurruñado y echándole la culpa al árbitro: ¡el CIS se ha dejado manipular por el luciferino marianismo! En Sevilla, la Sultana del Sur ya prepara las maletas y Sánchez debería ir metiendo sus cosas de Ferraz en unas cajas mientras medita sobre por qué se hundió el PSOE, que es sencillo: ha titubeado sobre la unidad de España, demostró una lesiva incompetencia contable con el atolondrado Zapatero, carece de ideas económicas nuevas y les ha tocado la zanfoña a millones de españoles regalando las alcaldías de sus ciudades a unos populistas incompetentes y sectarios que no habían ganado en las urnas.

Es un error muy de déspota ilustrado despreciar la sabiduría del pueblo. Pero la peña no se chupa el dedo. Cuando la capital de España está en manos de una señora excéntrica, que no hace nada productivo y sale a chorradilla diaria -la última, que los niños recojan colillas-, los ciudadanos saben que es Sánchez quien la mantiene ahí. Cuando el PSOE recupera la bandera española para buscar votos in extremis, los votantes saben que ese partido apoya a independentistas en ayuntamientos catalanes y que en lugar de defender sin fisuras la unidad de España la ha dañado con una empanada llamada federalismo asimétrico, cuyos ingredientes no conoce ni el que la horneó en Ferraz.

Sentencia que:

Cuando la economía española está todavía cogida con pinzas y existe el riesgo cierto de que el mundo entre en una segunda crisis global, cuesta entregar la caja a un partido que dice cada tarde una cosa distinta sobre la legislación laboral y cuya única propuesta económica nítida es freírnos a impuestos. Para completar el inventario, añádase que el talante de Sánchez no ayuda, pese al porte apolíneo, pues camina con la arrogancia del campeón sin haber ganado nada y se le va escapando a ratos un carácter revirado (que en los bares ya resumen con un adjetivo coloquial que acaba en «cete»). ¿Volverá el PSOE? Difícil mientras no vuelva a parecerse a España.

Juan Manuel de Prada critica ese ascenso de políticos que han forjado su carrera en los platós de televisión:

Desde hace algunos años veníamos observando cómo nuestros políticos habían convertido las tertulietas televisivas en palestras desde las cuales propalaban sus demagogias, en un esfuerzo por ganarse las simpatías de los votantes. Muchos políticos de las últimas hornadas se han dado a conocer en la televisión, donde sus rabadanes los enviaban, por telegénicos o simplemente por caraduras, a soltar las paparruchas más grimosas, que sin embargo aprendieron a soltar con mucha convicción y prosopopeya, como loritos orgullosos de su labia. Este fenómeno del político convertido en estrella o asteroide televisivo alcanza su apoteosis con Ciudadanos, que más propiamente debería llamarse Tertulianos, puesto que todas sus «cabezas de cartel» están recolectadas en los platós televisivos. Aunque la amnesia es una de las afecciones más comunes de las sociedades masificadas, no podemos olvidar que Albert Rivera se curtió en tertulias en las que soltaba siempre las machadas que los televidentes querían escuchar, para llevarse el gato al agua; y, más listo que el hambre, entendió que una sociedad de teleadictos estaba madura para votar en unas elecciones como vota en Gran Hermano, eligiendo el rostro más telegénico o simpático. De la noche a la mañana, las tertulias televisivas se convirtieron en la principal cantera de la política nacional.

Añade que:

Ahora esta tendencia se agudiza con el cambio de género televisivo de los candidatos, que de la tertulieta se han pasado al reality. Para encandilar a las masas ya no basta con soltar paparruchas más o menos acaloradas y demagógicas en un plató; ahora es preciso dejarse filmar jugando al futbolín o friendo un huevo. Las masas han sido adiestradas para regocijarse con entretenimientos plebeyos; y necesitan comprobar que los tipos a los que van a votar llevan una vida igual de mema y mazorral que la suya. Las masas ya no cultivan el afán de emulación que busca contemplarse en el espejo de la virtud, como ocurría en las sociedades jerárquicas. En las sociedades democráticas, la envidia ha sido elevada -como afirmaba Unamuno- a «virtud cívica»; y el político, para hacerse perdonar por el vulgo, debe mostrarse tan vulgar como él mismo.

Naturalmente, esto no se reconoce crudamente, sino que se dice eufemísticamente que el político debe ser hombre llano y accesible (o sea, sin elevación alguna); pero lo que se quiere es que sea un hombre vulgar, y que su vulgaridad sea exhibida en un reality, para regocijo de las masas, que así se consuelan de la suya. Naturalmente, una vulgaridad viejuna y cohibida, al estilo de Rajoy, gusta menos que una vulgaridad juvenil y desenfadada, al estilo de Rivera, porque la vulgaridad de las masas se alimenta de «ilusiones»; y no hay ilusión más consoladora que la de una eterna juventud, que nos alivia la vida sin alicientes y espanta el fantasma de la muerte. En este sentido, tiene más razón que un santo Rivera cuando afirma que Ciudadanos es el partido político que más ilusión genera.

Y concluye que:

Este tránsito de la tertulia al reality como instrumento de proselitismo político nos sirve también para entender mejor la evolución de la demagogia. Antes, para engañar a las masas se requerían siquiera las dotes del sofista, del vendedor de crecepelos, del charlatán barullero que disfraza con mucho aspaviento su falta de sustancia. Para engañarlas hoy no hace falta disfrazar la insustancialidad, sino que se puede exhibir orgullosamente, mientras se fríe un huevo o se juega a un futbolín, en la certeza de que provocará un instantáneo movimiento de adhesión en las masas.

En El Mundo, Enric González habla sobre lo que puede ser la investidura de Mariano Rajoy como presidente de Gobierno. Lo compara con lo que está sucediendo en Cataluña con Artur Mas y las CUP:

Falta mucho aún para las elecciones. Digan lo que digan los sondeos, en las próximas semanas podría producirse algún acontecimiento sensacional, alguna catástrofe imprevista que diera un revolcón a las tendencias. Me refiero, por ejemplo, a que Bertín Osborne lanzara una proclama a favor de tal o cual partido, en cuyo caso los beneficiarios tendrían prácticamente asegurada una mayoría absoluta.

De momento, lo único que resulta diáfano es la extinción del debate. Hace ya años que se le perdió de vista en las Cortes y no cabe esperar su regreso. Los líderes políticos no debaten. Prefieren ofrecer espectáculo, entretenimiento e intimidades ñoñas en espacios televisivos. Pero, como sabemos en Cataluña, existe un más allá. Existen números circenses mucho más escalofriantes, bochornosos, moral y económicamente ruinosos, y, sin embargo, tan adictivos como esos programas de televisión que generan vergüenza ajena y no podemos dejar de mirar. Son los números de porno-trapecio previos al pacto de investidura.

Le llama la atención que:

¿Se han fijado en lo de Mas, ese señor de derechas, con la CUP? Menos a un número de burlesque tapándose las partes púdicas con un abanico estelado, y ya veremos si no cae también eso, los anarcoindepes le han sometido a unas vejaciones tan terribles como hilarantes. Ahora imaginemos lo que tendrá que sufrir Mariano Rajoy para conseguir los votos de Ciudadanos. El asunto promete. Albert Rivera ya ha asegurado que no votará a Rajoy, igual que Antonio Baños aseguró que no votaría a Mas.

Y apunta que:

Con unos programas tan distintos, la sadonegociación puede salir de aúpa. Por ejemplo, cuando Rivera le exija no bajar los impuestos y Rajoy, humillado, tenga que hacer lo que hizo ya por su cuenta en esta legislatura. Bueno, no es el mejor ejemplo. ¿Y cuando Rivera se ponga duro y le exija a Rajoy que se olvide de negociaciones con los independentistas catalanes? Ay, tampoco. En la corrupción sí le puede arrastrar por el fango. Aunque, de hecho, el partido cuyos cajeros siempre resultan malhechores sin escrúpulos, el PP, se presenta como «impulsor de un auténtico y genuino proceso de regeneración de la vida política» y dice que nadie ha sufrido tanto por la corrupción como ellos, los populares. Si cuela ante los electores, ¿por qué no va a colar ante Rivera?

En fin, déjenlo. Estaba confundido. Salvo proclama de Bertín, esto puede resultar bastante previsible y aburrido.

Rafael Moyano destaca que tanto Mariano Rajoy como Albert Rivera se lo van a tener que currar de lo lindo si quieren convertirse en herederos de la forma de hacer política de Adolfo Suárez:

«Vota centro, vota Suárez, vota libertad. La vía segura a la democracia». Con este himno, compuesto por Juan Pardo, autor de éxito en una España convulsa, se plantó Unión de Centro Democrático en la primera campaña electoral de la Democracia. UCD, que no era otra cosa que Adolfo Suárez. Fue el 15 de junio de 1977, 18 meses después de la muerte del caudillo. Las ganó, pero sin mayoría absoluta. Pasados 40 años, Adolfo Suárez sigue encarnando el espíritu de la centralidad. En los codazos que se dan Rajoy y Rivera por ocupar ese espacio -todos los escaños que pierde el PP en la encuesta del CIS son los que consigue Ciudadanos- ambos han reivindicado en este inicio de campaña su figura. Paradojas, camino de la segunda transición resulta que nos miramos en el espejo del muñidor de la primera para marcar el camino.

En su primer acto Rivera se declaró heredero legítimo del proyecto común de Suárez y pidió a los ciudadanos que «les vuelvan a brillar los ojos». Quizás como le brillaban a aquel presidente embaucador. Rajoy, en su guerra abierta contra el que ya es su principal enemigo preelectoral -ya veremos si postelectoral- se fue ayer a Ávila a arrebatarle el centro. En la ciudad natal del ex presidente y de la mano de su hijo, el líder del PP proclamó: «Yo quiero reivindicar esa forma de hacer política».

Y recuerda que:

Del 41% de votantes que aún tiene dudas, una gran mayoría deshojan la margarita entre estos dos partidos. Estamos, cierto es, ante una de las campañas más reñidas, de esas que se dirimen por un buen gesto o por una metedura de pata. Cuando Suárez consiguió convocar elecciones, los españoles ya habían dictaminado sobre él: o le odiaban o le querían. Tenían elementos de juicio. En el año escaso que transcurrió entre su nombramiento a dedo por el Rey hasta la cita en las urnas elaboró su proyecto de reforma política que arrasó en referéndum; promulgó la amnistía; autorizó los sindicatos; acabó con el yugo y las flechas y, como remate, legalizó el PC. Poca falta le hacía una campaña. En su último discurso sólo tuvo que recordar lo que había hecho y, con la solvencia que le otorgaban los hechos, aplicó la fórmula que le preparó Fernando Ónega para hacer creíble su programa: «Puedo prometer y prometo». A Rajoy y Rivera les hará falta una fórmula más milagrosa para ganarse el centro.

Lucía Méndez destaca el valor que tiene para Mariano Rajoy su vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. Para la jefa de opinión de El Mundo, no es nada descabellado verla como posible presidenta en la próxima legislatura:

El presidente del Gobierno ha convertido a su vicepresidenta en la comidilla de su partido, de otros partidos y de la campaña electoral del PP. Mariano Rajoy descargó en los últimos cuatro años una parte importante de sus responsabilidades en Soraya Sáenz de Santamaría -«eso háblalo con Soraya»- y en coherencia la ha enviado también a las farolas de Madrid y al debate de Atresmedia. Y lo ha hecho de una manera natural. Nadie se imagina a Clinton, Hollande, Renzi o Cameron enviando a un subordinado a representarles en un debate presidencial. Sin embargo, Rajoy considera que pedirle a su número dos que hable como si fuera él mismo es lo normal. Puro sentido común, que diría él. Política creativa, en realidad. Un caso extraordinario de doble personalidad en La Moncloa. Mariano Rajoy es Soraya Sáenz de Santamaría y Soraya Sáenz de Santamaría es Mariano Rajoy.

Intercambiables. Ella misma da hoy en Yo Dona las claves de esta simbiosis. «Al presidente le gusta trabajar rodeado de mujeres. Sabe que al final no le decimos nunca que no, no le ponemos pegas, ni le llamamos tantas veces sobre el mismo tema. Si nos hace un encargo, lo ejecutamos y luego rendimos cuentas. Yo lo veo muy cómodo con nosotras».

Más claro, agua. Es muy natural la comodidad de Rajoy con Soraya. Hace todo lo que le manda normalmente sin rechistar, es muy aplicada, no molesta, no llama a deshoras, no pone pegas, no filtra nada. Un chollo.

Dice que:

El último encargo que le ha hecho es medirse ante las cámaras de televisión con los otros tres candidatos a presidente. Él no puede ir. No tiene ganas de aparecer al lado de tres jóvenes que se tutean y se llaman por sus nombres de pila. Podría haber hecho un esfuerzo, pero para eso ya tiene a Soraya, que hace más juego con la generación de Sánchez, Iglesias y Rivera. Si ella lo hace bien, igual le cae algún voto joven que sumar al de los jubilados del dominó. El encargo de Rajoy ha disparado las lenguas sucesorias. Lo tenemos. El presidente ha posado su dedo sobre la vicepresidenta para sustituirle al frente del PP o incluso del Gobierno en el caso de que Ciudadanos pida su cabeza después de las elecciones.

Como argumento de ficción no está mal. Permite llenar páginas, tertulias, sobremesas y entretiene a amigos y adversarios de ella. La realidad puede ser más prosaica. Soraya se ha limitado a aceptar el último encargo de su jefe. Ni Rajoy ha abierto su sucesión -menudo es él- ni ella tiene el respaldo necesario del PP para ser su líder. Si lo quiere, tendrá que buscarlo. Cuando sea. Ni Atresmedia, ni Mediaset, ni Prisa, ni Vocento, ni Unidad Editorial, ni el Ibex, ni la prensa alemana pueden elegir al futuro líder del PP. Salvo que Rajoy diga otra cosa, ahora que está tan creativo.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA
Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído