LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Alfonso Rojo: «No es de recibo que ZP se parapete al estilo Iglesias y diga que Venezuela es una democracia»

"El Gorila Rojo II es un tramposo de la variante peligrosa"

Alfonso Rojo: "No es de recibo que ZP se parapete al estilo Iglesias y diga que Venezuela es una democracia"
José Luis Rodríguez Zapatero.

Este 6 de diciembre de 2015 los columnistas de la prensa de papel se toman un cierto relax electoral. No todos, evidentemente, porque es la cuestión fundamental que les va a tener ocupados hasta el 20 de diciembre de 2015 y hasta más allá de las campanadas que den paso al año 2016.

En esta jornada también se mira hacia Venezuela donde hoy hay elecciones. Justo el día en que nosotros celebramos el 37 aniversario del nacimiento de nuestra Carta Magna, tal vez pueda caer de una vez por todas el chavismo en la patria caribeña. Este asunto es analizado por algunos articulistas este 6 de diciembre de 2015.

Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo, que pone de vuelta y media a Zapatero por ir a hacerle el caldo gordo al sátrapa de Nicolás Maduro:

No es de recibo. No puedes aterrizar en la Venezuela chavista, la que encarcela políticos, tirotea estudiantes, tortura discrepantes y condena a la población a la miseria, y decir pimpante que estás allí para ayudar con «responsabilidad y prudencia» a la democracia, respetando la soberanía del país. Ni ir encantado a ver al tirano horas después de que amenace con abrir las puertas del infierno si pierde hoy las elecciones y mientras se dedica a insultar al presidente del Gobierno de España. De Zapatero no podíamos esperar un gesto grande al estilo Felipe González, pero sí unas palabras de apoyo a Leopoldo López, quien desde casi dos años se marchita en un calabozo por el único delito de disentir en voz alta. Un líder que se precie no se puede parapetar, al estilo Pablo Iglesias, Monedero, Errejón y compañía, en la excusa podemita de que Venezuela es una democracia y Maduro ha sido elegido en las urnas.

Señala que:

El Gorila Rojo II es un tramposo de la variante peligrosa. Lo ves embutido en su chándal de poliéster tricolor, soltando memeces del tipo «¡Go home, Rajoy!» y aquí algunos se ríen, pero no tiene gracia alguna. Controla el Ejército, la Corte Suprema y el Congreso. En la Administración del Estado sólo pueden trabajar sus secuaces y la Policía sólo se nutre de chavistas. Ha prohibido a más de 300 líderes opositores presentarse como candidatos. Ha transformado las milicias bolivarianas, integradas por facinerosos de porra y pistola, en una rama de las Fuerzas Armadas y ha cerrado los medios de comunicación que no se alineaban con él.

Sentencia que:

Este domingo volverá a hacer trampas, y a menos que la victoria de la oposición sea tan abrumadora como vaticinan las encuestas,alterará electrónica mente los resultados y manipular á los re cuentos. Nada podemos esperar de la OEA o de la ONU, pero el mundo civilizado no puede ponerse de canto, como ha hecho la última década, cegado por mezquinos intereses comerciales. Nuestra sociedad no deja morir de hambre a los menesterosos, no tolera la brutalización de las mujeres, no acepta que se explote a los niños, no encarcela a los disidentes, asesina rivales políticos o apalea periodistas.En eso, somos como Francia, Alemania, Gran Bretaña o Italia. No como la Nicaragua de Ortega, la Bolivia de Morales, la Cuba de Fidel, el Irán de los ayatolás o la Venezuela de Maduro. El Gorila Rojo II no será de los que pierdan los comicios y acepte el resultado educadamente. No tiene un pase y ZP tampoco.

Antonio Burgos, en ABC, tiene claro cuál es el objetivo que tienen en común PSOE, Ciudadanos y Podemos: echar como sea al PP y a Mariano Rajoy de las instituciones. Lo de tener un programa electoral lo dejan para después:

Leyendo las declaraciones de los partidos tras la última encuesta del CIS sobre lo que va a votar el personal en vísperas de las Pascuas, saco una consecuencia que no es un análisis político en Tertulianés, sino como una previsión meteorológica a ojo de buen cubero:

-¡Ofú, lo negro que viene por ahí para el PP! ¡No va a caer ná!

Análisis meteorológico del 20-D que me ha recordado la prosa precisa y hermosa del Catecismo Ripalda al rematar los diez mandamientos: «Todos estos mandamientos se encierran en dos: querer a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Lo he aplicado a las declaraciones de los barandas del PSOE, de Ciudadanos y de Podemos: «Todos estos programas electorales se encierran en uno: echar al PP de La Moncloa, como sea». En el mundo de la ciencia quedan grandes incógnitas que no ha habido hasta ahora premio Nobel que las haya podido resolver. En el mundo de la práctica política queda otra gran incógnita, la de unos españoles perplejos de los que nunca hablan los periódicos ni se mientan en los mítines: los votantes. La incógnita del votante español del 20-D, elija la papeleta que elija, es: «¿Qué van a hacer estos tíos con mi voto, Dios mío de mi alma»? (Bueno, esto de «Dios mío de mi alma» está ya medio prohibidete, como luego contaré). El problema de los indecisos no es a quién votar, sino qué puñetas van a hacer con mi voto: si con él van a echar a Rajoy o a qué guapo de camisa blanca van a beneficiar, si a Sánchez o a Rivera.

Apunta que:

Ante este pregonado Pacto de Perdedores ocurre ahora como en vísperas de las municipales. En ese laboratorio de la política española que desde 1812 es Cádiz, nadie creyó al Kichi cuando le preguntaron cuál era su programa y lo resumió en tres palabras: «Echar a Teófila». Y la echó. Con la impagable colaboración del PSOE, cuyos votos lo pusieron de alcalde, pero la echó. ¡Vamos que si la echó! Cambien la palabra «Teófila» por «Rajoy» y ahí tienen el Programa Común de PSOE, Ciudadanos y Podemos. Cómo será la cosa de estos tres partidos de los Candidatos de la Camisa Blanca que cuando Rajoy fue la otra noche Ancá Bertín verían que apareció en mangas de camisa blanca: disfrazado de Sánchez, de Rivera o de Iglesias. En la indumentaria sí que le metieron los llamados «partidos emergentes» una goleada que ni al jerezano en el futbolín.

Y concluye:

¿Será por echar? Hasta hemos echado a Jesús y a María de los adornos navideños y del sentido cristiano de la Navidad. Y los próximos que están al caer son los Reyes Magos. Un amigo me manda un WhatsApp de voz que le ha enviado su jefe y que les transcribo, porque es un símbolo bien claro de lo negro que viene por ahí para muchos valores y principios: «No te vas a creer lo que me ha pasado hoy, de lo que me he enterado. En el colegio de mi niña no van a venir los Reyes Magos, porque por lo visto los moretes se han quejado y dicen que no pueden hacer la figura religiosa de los Reyes Magos. Estoy indignado, y mira que no llevo a mi niña a Religión, pero estoy indignado. Así que ya sabes, dile a tu amigo Burgos que haga un articulito para que publique esto. ¡Qué vergüenza! Si quiere tu amigo, le digo el nombre del colegio. Pero, vamos, ocurre en todos los colegios de Andalucía. Van a quitar también la Semana Santa, para que lo sepáis, adiós, un abrazo».

Ignacio Camacho destaca un aspecto importante, que los partidos que quieran hacer la reforma constitucional, es decir Podemos, PSOE o Ciudadanos se van a ver con un serio problema, que el PP tendrá un tercio de diputados a partir del 20 de diciembre de 2015 con los que puede bloquear cualquier intento de modificar nuestra Carta Magna:

Todos los años por el mes de diciembre, como los gitanos de Melquíades acudían a Macondo por el de marzo, la cuestión de la reforma constitucional vuelve a la opinión pública «con grande alboroto de pitos y timbales». En esta ocasión es la campaña electoral la que propicia un debate que puede convertir las próximas Cortes en constituyentes más o menos declaradas. Descartado por falta de respaldo el proyecto de nueva planta de Podemos, la revisión parcial de la Carta Magna se perfila como aspecto clave no sólo del fondo de la próxima legislatura sino acaso también de las negociaciones inmediatas para la formación de mayorías de Gobierno.

Ocurre sin embargo que las propuestas son difusas y están poco acabadas. Ciudadanos, que será fuerza determinante en cualquier acuerdo, apunta a las diputaciones, a la circunscripción electoral y al Senado. El PSOE, al modelo territorial y a algunos derechos sociales. Los nacionalistas, a la autodeterminación o al confederalismo. Podemos, a todo lo que pueda colar para aproximar España a un Estado de corte bolivariano. Y el PP… no apunta a ningún lado. No se opone pero no propone: lo suyo es un tal vez, un depende, un ya veremos. En ningún caso tomará la iniciativa; puro marianismo.

Recuerda que:

Sólo que los populares van a tener la carta marcada. Si no se descalabran en las urnas serán el único partido que cuente con minoría de bloqueo: 117 escaños, el mínimo para frenar cualquier reforma de los títulos principales, los que exigen procedimiento agravado. Eso los convertiría en factor clave, sin cuyo visto bueno no se podrán alterar los aspectos esenciales; un colchón político notable para asentar su tradicional posición de cautela. Sin prisa ni interés por abordar la cuestión, y con la llave del consenso en su bolsillo, Rajoy esperará; de él no va a salir el primer movimiento.

Sin embargo, de su disponibilidad para aceptar propuestas dependerán sus posibilidades de reelección, porque cualquier alianza de investidura se negociará con la Constitución sobre la mesa, y no sólo para jurarla sino para cambiarla. De tal modo que la legislatura va a necesitar constituir dos mayorías: una para gobernar y otra, mucho más amplia y transversal, para redactar el nuevo marco jurídico. El vigente alcanzó más del ochenta por ciento de respaldo; nadie sensato se conformaría con menos.

Y dice que:

Eso son 280 diputados. En una previsión razonable, con las encuestas por delante, los que pueden sumar PP, PSOE y Ciudadanos. Cálculo tranquilizador; con ese bloque las aportaciones de la extrema izquierda y el nacionalismo tendrían que pasar un filtro de moderación inapelable. Si las matemáticas cuadran, quedará el calendario, que implica disolución de Cortes antes del referéndum. Y eso vuelve a vincular el asunto al pacto de gobierno y a su duración. Es decir, a la cuestión del poder, que en política es siempre lo que se discute primero.

En El Mundo, su director, David Jiménez, dedica su tribuna dominical a hablar sobre las promesas electorales con las que bombardean estos días a los ciudadanos los partidos políticos:

Si, como decía John McCarthy, sólo hay una cosa más perjudicial que un político que olvida sus promesas electorales, y es uno que trata de cumplirlas, en España estamos de suerte. Son tantas las ofertas electorales que nos llegan estos días, y tan evidente el oportunismo de muchas de ellas, que es difícil no compartir el cinismo del difunto profesor de la Universidad de Standford y concluir que la mayoría se anuncian sin ninguna intención de hacerlas realidad.

El incumplimiento de la promesa electoral es directamente proporcional a la falta de memoria política y conciencia crítica de una sociedad. En Estados Unidos, por ejemplo, los candidatos se andan con mucho cuidado a la hora de proponer compromisos fiscales desde que George Bush (padre) pidiera que leyeran sus labios -«no habrá nuevos impuestos»-, y después se desdijera. Perdió la reelección. En otros países existe la costumbre de exigir las compensaciones electorales por adelantado. El ex primer ministro de Tailandia, Thaksin Shinawatra, solía presentarse en los mítines de aldeas del norte del país con vacas y sacos de arroz. «Las promesas no llenan el estómago», decían los indecisos al comprometer su voto para el cacique.

Apunta que:

Los españoles somos un electorado mucho más dócil. No solemos reclamar los términos del contrato que los políticos firman en sus programas electorales. Nos quejamos mucho de sus incumplimientos, para luego volver a votarles con esa fidelidad militante -¿hasta qué punto la romperán los nuevos partidos?- que en España sólo se concede a los partidos políticos y a los equipos de fútbol. Y, así, el político le ha ido perdiendo el respeto al votante como lo haría un comerciante tramposo con una clientela que nunca reclama la garantía.

Ni siquiera se trata de esperar que las promesas se cumplan siempre, que ya sabemos que no es posible, sino de que exista esa intención de honrarlas que transmitía Adolfo Suárez con su «puedo prometer y prometo…» del cierre de campaña del 77. Prometió, entre otras cosas, poner los intereses nacionales por encima de los suyos y lo hizo hasta el día de su despedida, cuando llegó a la conclusión de que su dimisión era más beneficiosa para el país «que mi permanencia en la Presidencia». Sí, hubo un tiempo en el que algo así podía ocurrir en España.

Recuerda que:

Quizá porque ese concepto de responsabilidad política se ha perdido, y muchos lo añoran, se ha convertido en tradición arrimarse al legado de Suárez cada vez que se acercan elecciones generales. Esta semana teníamos a un buen número de políticos reivindicando su nombre y haciéndose selfies junto a la estatua del líder de la Transición en Ávila. La escena tiene el inconveniente de que nos recuerda más las diferencias de la clase política actual con Suárez que sus similitudes.

Finaliza que:

Al final, que los políticos se tomen en serio sus compromisos depende de su honestidad, pero más aún de que se enfrenten a una ciudadanía exigente. Si fuéramos otro tipo de electorado, uno que no asume que los programas están para incumplirlos, que decía Enrique Tierno Galván, la televisión pública hace tiempo que habría dejado de ser manipulada por el partido que gobierna, el Consejo General del Poder Judicial se elegiría con menor intervención política y el Senado sería una cámara útil, en vez del cementerio dorado de fieles militantes del partido. Si defraudar las expectativas electorales tuviera consecuencias, nuestros escolares serían bilingües hace ya tiempo, no habría lista de espera en los hospitales y la inversión en ciencia sería la que corresponde a un país desarrollado. Si nuestros políticos estuvieran hechos de la misma pasta que Suárez, ese espejo en el que dicen mirarse, repetirían aquello de «puedo prometer y prometo». Y después, si no cumplieran, se enfrentarían al coste político de haber fallado a los ciudadanos.

En La Vanguardia, Pilar Rahola se muestra muy escéptica con los partidos tradicionales y emergentes. Asegura que no proponen nada nuevo, que siguen anquilosados en gestos y estructuras del pasado:

Si, como apuntaba ayer, lo nuevo tiende a viejo, lo viejo ni les cuento. Lo peor de esta campaña, y con ella del mapa político español, es justamente su vejez, su poca capacidad de regenerar estructuras, renovar planteamientos y, en definitiva, cambiar un paradigma caduco.

¿Cómo es posible que tantos años después de la dictadura, los esquemas se hayan perpetuado más allá de la lógica del cambio? Porque, si los nuevos partidos repiten gramáticas viejas, los de siempre las tienen solidificadas en el ADN, como un mantra inacabable.

Subraya que:

Observemos el PP de Rajoy o el PSOE de Pedro Sánchez, ambos tan parecidos a sus predecesores que parecen clónicos unos de los otros, sin capacidad de reinventarse, sin proyecto seductor que plantee un nuevo tiempo para una nueva ciudadanía, sin otro recurso que el propio del binomio conservador/progre y tiro porque me toca. Es evidente que los dos grandes del bipartidismo español están a ambos lados de la ideología, aunque se peleen denodadamente por el espacio central. Y por ende, es también evidente que no son lo mismo, salvo casos excepcionales como la sagrada unidad de España. Porque, y dicho entre paréntesis, en ese punto no hay dos orillas, ni bipartidismo, ni proyectos diversos, hay una España una, con un PP que fuerza la ley, atropella y destroza todo a su paso, y un PSOE convertido en tonto útil. Son las dos caras de una misma e intransigente moneda. Pero más allá de ser acólitos de la religión unificadora, sus diferencias ideológicas son indiscutibles. Y, sin embargo, cuánto se parecen en su incapacidad para renovarse.

Remata que:

Ese es el desesperante quid del panorama político español, que todo es un gran ritornello donde se cruzan las puyas conocidas, se practica el «y tú más» y se engorda al hámster para que continue rodando sin ir a ningún lugar. España no tiene proyecto, más allá de perpetuarse eternamente, y por ello vive de persistentes simulacros. Observado con lupa el dueto PP/PSOE, es imposible encontrar una sola iniciativa realmente renovadora, que pretenda cambiar las estructuras podridas de la democracia; ni una sola que aspire a solidificar una democracia integral. Ni tan sólo se plantean cambiar la naturaleza de sus propios partidos, convertidos en máquinas de poder e influencia, cuyo objetivo final es la propia supervivencia. Todo es tan viejo, tan caduco, tan decimonónico, que incluso cuando se opta por enviar a los líderes a hacer el número en la televisión, acaban pareciendo las maracas de Machín intentando versionar a Kiss.

Sumados los nuevos y los viejos, lo más sorprendente es que la suma es cero, porque ni uno solo tiene un gran proyecto de Estado, ni uno solo ahonda en las heridas más profundas de la democracia, y ni uno solo se sumerge en las aguas turbulentas del debate territorial. Es un gran teatrillo, con actores nuevos y un único guion: que todo se mueva pero nada cambie.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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