LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho: «A Mariano Rajoy lo han agredido dos veces en 48 horas: una de palabra y otra de obra»

Luis Ventoso: "España se va a dormir añorando algo que ya no sabe ni cómo se llama: la buena educación"

Ignacio Camacho: "A Mariano Rajoy lo han agredido dos veces en 48 horas: una de palabra y otra de obra"
Mariano Rajoy, minutos después de recibir el puñetazo de un joven de 17 años. EP

La bestial agresión sufrida en Pontevedra el 16 de diciembre de 2015 por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando hacía el clásico paseo de campaña electoral está destacada en algunas de las columnas de la prensa de papel de este 17 de diciembre de 2015.

Arrancamos en ABC, donde Ignacio Camacho afirma que al presidente del Gobierno le han agredido dos veces en 48 horas, primero verbalmente en el cara a cara con Pedro Sánchez y después físicamente con el puñetazo que en Pontevedra le propinó un facineroso sujeto menor de edad.

A Mariano Rajoy lo han agredido dos veces en 48 horas: una de palabra y otra de obra. No se sabe si fue peor el puñetazo de Pontevedra o los gritos de «bravo, bravo» con que algunos torcidos espectadores jalearon la fechoría premeditada del exaltado. Pero el suceso acentúa la sensación de inquietud que se ha apoderado del presidente y de su entorno desde el lunes. La euforia de la primera semana de campaña ha desaparecido tras el debate, sustituida por un desasosiego de tinte pesimista. Su propia expresión ha cambiado para dar paso a signos de malestar, de perplejidad ante un ambiente que de repente parece haberle perdido el respeto.

Asegura que:

Rajoy no va a exagerar la agresión ni a sobreactuar con ella; su naturaleza no es victimista. Le preocupa más que la ofensa de Pedro Sánchez, deliberada, táctica, estudiada, haya torcido su campaña. Él mismo debe saber que no reaccionó bien el lunes; podía y debía haber dejado en evidencia a su oponente agrandando su error con una respuesta despectiva y elegante que lo descalificara. Al modo de los judokas, aprovechar la embestida del adversario para desequilibrarlo. En vez de eso se dejó arrastrar por el instinto -un hombre tan poco sensible al descontrol de las emociones- y la emprendió a trompadas. Se le escapó la oportunidad de ganar el debate y a duras penas lo empató a base de fajarse en el barro. Salió no sólo dolido, sino desconcertado, quizá también descontento consigo mismo. La unánime repercusión negativa de la bronca ha arruinado su percepción optimista, y el ataque de ayer es más que un incidente: es el síntoma de un problema peligroso. La animosidad contra él se ha desparramado hasta cristalizar en violencia directa.

Y sentencia que:

Tal vez sea el propio Sánchez el que más lamente ahora el giro de los acontecimientos. No existe ninguna relación de causa-efecto entre su acometida verbal y la física del joven radical gallego, pero en cierta medida él despenalizó moralmente la agresión al utilizarla como argumento. Aquello de los vientos y las tempestades. De forma inconsciente pero también irresponsable contribuyó a calentar un clima de agresividad en el que cualquier tarado puede construirse una diana. Esta consecuencia no estaba en el ánimo del candidato socialista, obcecado por acorralar al rival, pero un hombre que aspira a presidir el Gobierno ha de quedar a salvo de la inconsciencia, saber que no todo vale y, sobre todo, ejercer un liderazgo impecable.

El mayor reproche de la afrenta de Sánchez es, de hecho, la mentecata embriaguez moral del agresor pontevedrés, que en su calenturienta estupidez se ha sentido lo bastante respaldado para celebrar autosatisfecho su minuto de fama: qué censura podría merecer sacudirle un mamporro a un político indecente. Por eso las gafas rotas de Rajoy simbolizan la desolación de una democracia escarnecida por la pérdida de la civilidad y la nobleza.

Luis Ventoso señala de que el puñetazo a Rajoy no es otra cosa más que haber dignificado en su momento los escarches y resume en seis fases cómo se puede llegar a lo del 16 de diciembre de 2015, es decir agredir impunemente a alguien, aunque ese alguien sea alguien de la talla del presidente del Gobierno de España:

Toma 1: Esta mañana subí al metro en la hora del éxodo a las oficinas de cristal. El trayecto era largo y aquel vagón parecía una circunspecta melé de rugby. Cuando una chica con aire paquistaní se levantó para bajarse, me lancé casi en plancha al asiento libre. Dos paradas después entraron unos sesentones japoneses arrastrando maletas. El hombre sentado a mi lado, un cincuentón inglés flaco y desastrado, con pinta de marinero en tierra y delatoras venillas dipsómanas en la napia, se irguió como impelido por un resorte e hizo un gesto a los nipones. El tipo se había percatado de que una mujer se apoyaba en unas muletas y le cedió su sitio en un rasgo de urbanidad elemental. La verdad: me sentí un cafre clavado en mi asiento.

Toma 2: Durante años frecuentamos un restaurante tabernario en un puerto coruñés, que bordaba el pescado. El saludo de bienvenida era un gruñido, te arrojaban la carta del menú como si estuviesen cabreados con ella y nunca escuché un simple «gracias» tras abonar la receta (siempre respetable). Pagar porque te maltraten. Un día decidimos no volver jamás, derrotados por la mala educación.

Añade otros dos pasos más:

Toma 3: En la mesilla de algunas personas reposan los ensayos de Montaigne. Antes de dormir lo leen unos minutos, como un tónico para las mugres del alma. El 28 de febrero de 1571, a los 38 años, el señor Michel de Montaigne, hasta las meninges del gran mundo, se retiró a su torre circular de Aquitania para hablar consigo mismo. El fruto de aquella meditación nos sigue encantando cinco siglos después, por su inteligencia, su tolerancia… y porque Montaigne es un anfitrión fabuloso: en la torre de su mente siempre impera una insoslayable buena educación.

Toma 4: George Bryan, apodado el Bello Brummell, fue el mayor dandy de la Inglaterra de comienzos del XIX, un esteta pasado de rosca que dedicaba cinco horas a emperifollarse. Brummell dejó sin embargo esta sensata máxima: «El verdadero elegante no se hace notar». El gentleman sabe que la cordialidad es su forma de respirar y su máxima social consiste en que quienes lo rodean se sientan bien. La buena educación.

Y concluye:

Toma 5: El hombre mayor de la barba cana llega a aquel plató, salido de un episodio setentero de «Star Trek», y observa a su contendiente con la displicencia de quien ya lo da por fracasado. El hombre más joven, extremadamente tenso, se lanza a una cascada de acusaciones, no siempre verídicas, y acaba incurriendo en el puro insulto. Ofendido gratuitamente en su honra, el hombre mayor replica con otra descalificación. El moderador silba. La audiencia se pone colorada. España se va a dormir añorando algo que ya no sabe ni cómo se llama: la buena educación.

Toma 6: El candidato Rajoy pasea por las calles de su ciudad, la tranquila y residencial Pontevedra. Un chaval se acerca a traición y le propina desde un costado un fuerte puñetazo en la cara, que lo deja aturdido y sin gafas. Una España que ha tolerado los «escraches», que legitima el odio y el acoso al adversario político, un país que ha inventado las televisiones de combate y la máxima de que la ley solo debe cumplirse si te gusta. La mala educación. Umbral ya de la barbarie.

Mayte Alcaraz recuerda que la agresión al presidente Rajoy no es más que un paso más a lo que ya avanzaron los dirigentes de Podemos con sus exabruptos hacia el político del PP:

«Solo faltaba que viéramos entrar en un coche de la Policía al presidente del Gobierno. No sería de extrañar» (Pablo Iglesias). «Estamos en manos de una mafia. Estamos ante un Gobierno corrupto» (Pablo Iglesias). «Usted es un traidor a la patria» (Pablo Iglesias).

Valgan tres ejemplos para refrescar la memoria a Pablo Iglesias sobre los exabruptos que le dedicó al presidente del Gobierno cuando -no hace tanto- despachaba su asalto a los cielos a guantazos. Ahora que parece haberse tragado al padre Ángel, reconviniendo a Mariano Rajoy y a Pedro Sánchez por el tono de su debate del lunes, no estaría de más que repasara las sonoras faltas de respeto con las que él y su amigo Juan Carlos Monedero se hicieron oír en la nueva democracia televisada, exactamente cuando se empezó a j… España, con permiso de Vargas Llosa.

Dice que:

Conste que a mí me cae muy bien el líder de Podemos. He debatido con él en televisión y suele ser persona educada y respetuosa… con los que tiene delante. Pero la condición de caballero la perdía cuando no estaba presente el objeto de sus palabras. Y su lengua chapoteaba en cianuro cuando el destinatario de su censura era un señor del PP que decidió durante largos meses no dar la réplica. Pontevedrés, para más señas.

A los dos cofundadores de Podemos les he escuchado depositar sobre los riñones de Rajoy hasta la muerte de los desahuciados en lo peor de la crisis. Le han llamado dictador, totalitario, antidemócrata, corrupto y cuantas lindezas servían para exprimir en beneficio propio el limón de la comprensible angustia ciudadana y, de paso, llevar la curva de audiencia en algunas televisiones a cotas de «Gran Hermano».

Y recuerda que:

Devotos ambos de la máxima tan española de que «mejor que sobre a que falte», Iglesias y Monedero atizaron en el paladar a Rajoy y con las energías restantes enterraron a IU, hasta que comprobaron que con un millón largo de votos en el Parlamento Europeo lo difícil estaba hecho y solo restaba dirigir las balas contra el PSOE. Es entonces cuando los líderes populistas desollaron a Pedro Sánchez, llamándole «irrelevante», «inane» y otras lindezas, para acabar humillándole en el debate a cuatro, en el que Iglesias le recordó que «no mandaba ni en su partido». Sin olvidar la gracia tan desafortunada de Monedero sobre los hábitos de Albert Rivera, que han llevado al exdirigente de Podemos a responder ante los tribunales.

Nada que ver todo lo expuesto, por descontado, con la agresión a manos de un energúmeno que sufrió ayer el presidente del Gobierno cuando paseaba por Pontevedra. Pero convengamos todos en que la convivencia política y el aconsejable respeto por el contrincante se han deteriorado de forma alarmante en los últimos años, emitiendo mensajes a la sociedad poco edificantes. Por eso Iglesias tiene razón: las de Sánchez no son formas. Pero las suyas tampoco.

Lucía Méndez, en El Mundo, dice que pese a la agresión sufrida por Rajoy, esta ha sido de las campañas electorales más tranquilas de las últimas que se han celebrado en España

A esta campaña ya le estaban sobrando los días. Y el de ayer sobró definitivamente. Un chaval de 17 años, a quien estoy segura de que sus padres han intentado educar bien sin éxito, quiso tener sus quince minutos de gloria. Uno de esos muchachos conflictivos que un mal día se escapan a la influencia del padre y de la madre, y entonces un manto de desgracia cae sobre toda la familia. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? La desgracia final de esa familia sucedió ayer por la tarde en Pontevedra, cuando el chico -haciendo gala de sangre fría- se acercó al presidente del Gobierno y le dio un brutal puñetazo en la mejilla. Después regaló a las cámaras la señal de la victoria dedicada seguramente a sus colegas. ¿A que habéis flipado? El chaval, casi de la edad del hijo mayor de Mariano Rajoy, ha puesto el punto final -de forma abrupta y lamentable- a la campaña de las elecciones más importantes de este país desde la Transición.

Las imágenes de la agresión -que infortunadamente pasarán a la Historia porque no hay precedentes- han producido un escalofrío de solidaridad con el presidente del Gobierno en todos los españoles de bien. Voten lo que voten. Y así tiene que ser, porque España ha sufrido en los últimos años una crisis bestial con una indignación serena, casi estoica, sin apenas episodios de violencia en las calles.

Apunta que:

La reacción del presidente-candidato agredido fue impecable en su normalidad. Podía haberse ido al hotel o haber vuelto a La Moncloa, pero siguió paseando por Pontevedra. Y una hora después se presentó sin sus gafas pero con semblante relajado en un mitin en La Coruña sin hacer referencia al episodio que acababa de sufrir. Impecable fue también el comportamiento de los candidatos de todos los demás partidos, sin excepción, solidarizándose con Rajoy y condenando la agresión.

Impecable fue la contención del PP. Por fortuna, las voces del PP que se salieron del tiesto -vinculando directamente la agresión protagonizada por un chaval conflictivo con las acusaciones de Pedro Sánchez en el cara a cara televisivo del lunes- son irrelevantes. Tan irrelevantes y dignos de olvido como los energúmenos que justificaron a esa joya de crío en las redes sociales.

Y añade que:

Diga lo que diga quien lo diga, esta campaña electoral a la que le quedan horas ha sido de las más sosegadas y tranquilas que se recuerdan. Y quien sostenga lo contrario es que no tiene memoria, ni histórica ni de la hemeroteca. Tal vez alguien tenga la tentación de hacer cálculos sobre si la agresión puede llenar las urnas de votos para el PP. Lo dejo para otros. Me da vergüenza sólo pensarlo.

Manuel Jabois recuerda que esta agresión al presidente supone otra pesadilla como la que sufrió cuando el hundimiento del Prestige:

En el círculo cercano de Mariano Rajoy ha hecho fortuna una frase que dice que él siempre quiso ser expresidente del Gobierno. La cita tiene que ver con el regreso a la vida tranquila de Pontevedra, y hacerlo con el reconocimiento de los vecinos. «Que lo paren cuando vaya al café del Blanco y Negro, cuando da el paseo por las Palmeras, cuando llega al baile del Casino», comenta un amigo suyo. Como presidente a Rajoy lo paran demasiado; de hecho, en invierno frecuenta más Sanxenxo, en donde hay menos gente, que Pontevedra.

Hace dos veranos, un rumor lo situó abandonando la playa de Silgar, un domingo de llenazo, tras ser abucheado e insultado por los bañistas. Ni eso ocurrió, ni los bañistas de la playa de Silgar, por generalizar, son el target más hostil a las políticas de Rajoy. En realidad ni en Pontevedra ni en Sanxenxo, salvo alguna ocasión aislada (en el puerto deportivo un vecino le abroncó por subir los impuestos), tuvo Rajoy problemas. En su ciudad, en las elecciones municipales, lo que hacen sus vecinos es darle la espalda clamorosamente: lleva gobernada por los nacionalistas desde 1999. En las generales, la mayoría vota al Partido Popular.

Recalca que:

Tras el puñetazo de ayer, su primera preocupación, según los cargos del PP local que le acompañaban, fue recuperar las gafas, algo que no pudo hacer. Pidió tranquilidad a los agentes de la policía y siguió la ruta callejera que tenía prevista. Desechó acercarse al hospital Domínguez, que estaba al lado, para subirse al coche y emprender rumbo a A Coruña. En medio de la autopista, el coche paró en un área de servicio para que se pudiese poner hielo en la cara.

Rajoy suele recordar que su peor experiencia política fue la catástrofe del Prestige. Aznar le encargó la gestión y le envió a Galicia, en una de las misiones que pesó a la hora de nombrarle sucesor. El desgaste político lo llevó bien: las manifestaciones, la presión, los desmentidos de los técnicos y las burlas en los medios de comunicación (aquellos «hilillos de plastilina»). Lo que acusó de forma extraordinaria fue que por primera vez fue acosado en la esfera personal con su familia presente. Ocurrió paseando en O Grove, junto a su mujer y su primer hijo, que entonces tenía cuatro años, cuando fue insultado y acosado por la calle. Le sucedió alguna vez más en aquellas fechas, también en su tierra.

Finaliza asegurando que:

El puñetazo de ayer, que casi lo tumba en el suelo, convierte su ciudad en el escenario de otra de sus peores experiencias personales en política. Lo que peor va a llevar, según sus amigos, es que su mujer y sus hijos vean la agresión.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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