LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Salvador Sostres despelleja a Manuela Carmena: «Se hace la vergonzante solidaria cuando su política es la que crea indigencia»

"Que personajes tan culpables como los dirigentes de la extrema izquierda se atrevan, encima, a hacer la comedia de fotografiarse repartiendo bollos es un escarnio a los 'clochards'""

Salvador Sostres despelleja a Manuela Carmena: "Se hace la vergonzante solidaria cuando su política es la que crea indigencia"
Manuela Carmena. EP

Variedad de temas este 26 de diciembre de 2015 en las columnas de opinión de la prensa de papel. Con un panorama poselectoral como el que quedó tras el 20 de diciembre de 2015, los articulistas tienen tajo de sobra. Además, también dan su punto de vista sobre lo que les pareció el discurso del rey Felipe VI o sobre la cena solidaria ofrecida por el Padre Ángel, aunque fuese la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, la que quisiera anotarse el tanto.

Precisamente, sobre esta última cuestión se marca una excelente tribuna en ABC Salvador Sostres en la que deja a la primera edil de Madrid de vuelta y media. Y no es para menos:

El populismo izquierdista de ir a comer con los pobres constituye en primer lugar una clamorosa apropiación de su comida, y sobre todo un acto de cinismo, porque son precisamente las ideas que la señora Carmena encarna y representa las que históricamente han causado las mayores hambrunas y las miserias más desoladoras. No hace falta -ni ningún bien- que la alcaldesa de Madrid insista en su demencial postureo de la pobrecita, pues todos sabemos que es una señora rica, con una vida desahogada y bienestante.

Señala que:

Si de verdad quiere ayudar a los pobres, que renuncie a la alcaldía en favor de quien ganó las elecciones; o que se vuelva ella misma de derechas, partidaria de la economía de mercado, y aplique a Madrid los principios del capitalismo y del liberalismo que vuelven prósperas a las personas y a las ciudades. La extrema izquierda es el cáncer de cualquier sociedad: ya sea de una nación estructurada, que acabará devastada si sucumbe al drama de la economía planificada; o de cualquier pueblo que, desesperado, cometa el terrible error de lanzarse a los brazos de estas teorías lamentables y totalitarias. Que personajes tan culpables como los dirigentes de la extrema izquierda se atrevan, encima, a hacer la comedia de fotografiarse repartiendo bollos es un escarnio a los «clochards» que ellos mismos han causado y un insólito insulto a nuestra inteligencia.

Y concluye:

Si los ricos todo lo aprovechamos del pato, desde las plumas hasta el foie, la izquierda todo lo aprovecha de los pobres: su ingenuidad, su hambre, su resentimiento, su propaganda, e incluso su navideño plato de plástico, como Carmena el día 24, haciéndose vergonzosamente la solidaria cuando son ella y los suyos quienes fabrican la indigencia con su ideología de muerte y de miseria.

Ignacio Camacho resalta del discurso de Felipe VI los elogios que hace sobre España y los logros que se han conseguido en estos últimos años:

La primera noticia del discurso real de Nochebuena no estuvo en que el Jefe del Estado pidiese, con énfasis y reiteración, un diálogo político generoso de miras. Esa es su única función posible en el marco constitucional, máxime tras unas elecciones de resultado borroso o indeciso. Tampoco en la omisión relativa de la corrupción a veinte días del probable juicio a su hermana. No; lo que más llamaba la atención en la charla del Palacio fue el largo exordio sobre las virtudes de un país que parece haber dejado de apreciarse a sí mismo, como si renegase de su proyecto histórico. El éxito del relato nihilista de la crisis ha mermado tanto la autoestima nacional que, durante un buen rato, Felipe VI pareció actualizar el adagio de Dürrenmatt sobre la tristeza de unos tiempos en que es menester luchar por lo evidente: el Rey de España hablando bien de España.

Apunta que:

Esta reivindicación elemental de autoconfianza se ha hecho sin embargo necesaria ante la extensión de un clima hiperbólico de pesimismo social. Bajo el bombardeo de una insistente prédica ventajista muchos españoles han dado en creer que vivimos en una nación colapsada, institucionalmente destruida, de soberanía dudosa y con un Estado sin estándares democráticos y sin mecanismos de bienestar. Esta psicología depresiva ha debilitado la cohesión y permitido el crecimiento de proyectos rupturistas y de fuga ante los que el Rey tuvo que resaltar -ahora se abusa de la expresión «poner en valor»- la existencia de fortalezas contundentes, de motivos de orgullo y de leyes suficientes para ordenar la convivencia. El sistema tiene averías y necesita reformas a las que el Monarca guiñó con el verbo «adecuar», pero no está finiquitado ni en saldo. España no es un chicharro.

Y asegura que:

La otra revelación que contenía el discurso navideño hace referencia al papel del propio Monarca en el proceso de configuración de mayorías de Gobierno. Felipe se mostró claro al respecto: el poder de decisión corresponde a las Cortes y sólo a ellas. No habrá ingeniería interpretativa en La Zarzuela. La Corona no va a entrar en el debate ni tiene margen para ello. Su titular pretende abordar la fase de consultas con palmaria neutralidad y no está dispuesto a comprometerla acercándose a las rayas constitucionales; desea huir del estilo intervencionista porque entiende que su reinado se mueve en condiciones distintas a las del de su padre. Son los partidos del Parlamento los que tienen que articular soluciones y dejar que él se limite a refrendarlas. Su máxima contribución consiste en la llamada exhaustiva al diálogo, pero no le alcanzan las funciones ni siquiera para organizarlo. La resolución del veredicto electoral es un asunto de las Cámaras y el único arbitraje que le toca al Rey es el de aplicar el reglamento. Empezando por su misma posición: se lo tienen que dar hecho.

Juan Manuel de Prada no deja títere con cabeza ante la mamarrachada de las reinas magas. Señala que no es sino otro paso más de esta caterva de indocumentados que vienen a ensuciar la Historia con sus dedos:

Agustín de Foxá, en un grandioso y escalofriante poema, tiene una visión premonitoria de la «horda cargada de intemperie/ fumando en un balcón de Reyes Magos». Hoy, a diferencia de hace ochenta años, estos «piratas de nocturnas voces» no pueden todavía -¡pero todo se andará!- «tirar en un solar la carne/ que abrigaron la madre, las hermanas,/ para llenar de hormigas una boca/ que bebió dulce leche y tibios besos». Pero, mientras llega ese momento, necesitan seguir haciendo lo único que saben hacer, que es romper «todo lo tierno/ en sus dedos sin pasado». Y en ese afán de destrucción, esta horda manchada, descompuesta y verde no podía dejar indemne la cabalgata de los Reyes Magos.

Remarca que:

Podían haber montado tranquilamente, que para eso son los putos amos de este Madrid desgreñado, una cabalgata en honor a Baba Yaga, la bruja que comía niños vivos, en la que desfilasen las magas Circe, Medea y Morgana, que fueron hijas y hermanas de reyes. Pero no les basta con introducir novedades infernales; necesitan también profanar las tradiciones celestiales, necesitan violar los cándidos secretos, necesitan profanar la inocencia de los niños y de los que en estos días quieren volver a ser como niños, porque saben que la niñez acerca a Dios, porque saben que quienes son como niños pueden entrar (¡horror máximo!) en el Reino de los cielos. Por eso, en lugar de montar una cabalgata en honor a sus demonios y demonias tutelares prefieren envilecer y pervertir la cabalgata de los Reyes Magos, arrojando su vómito bilioso sobre los añicos de nuestras tradiciones familiares, españolas y católicas.

Saben -aunque no hayan leído a Saint-Exupéry-que sólo las tradiciones, al vincular al hombre a su familia, a su patria y a su religión, lo protegen contra el abismo del espacio y contra la erosión del tiempo. Saben que, una vez perdido el arraigo de las tradiciones que fijan nuestra genealogía espiritual, nos convertimos en zascandiles arrojados al basurero de la Historia. Saben que las tradiciones, al crear lazos entre los hombres, forman pueblos fuertes, inexpugnables al saqueo material y moral; y, como nos quieren hechos papilla, necesitan arrasar nuestras tradiciones, para convertirnos en masa cretinizada, en chusma, en rebaño, en piara, porque allí donde se corrompen las tradiciones sólo afloran personalidades flojas y mostrencas. Pero, en lugar de abolir por decreto y de forma abrupta nuestras tradiciones (por temor a que el expolio repentino nos empuje a la rebelión), se divierten convirtiéndolas en sucedáneos paródicos, en caricaturas sórdidas y grotescas, embadurnándolas con el vómito bilioso de sus ideologías. Por eso nos meten una reina maga entre Melchor, Gaspar y Baltasar.

Remacha que:

Saben mejor que nadie el significado de los Reyes Magos, que vinieron desde Oriente para recordarnos que Cristo es hombre, que Cristo es Dios, que Cristo es Rey. Y saben que la devoción a los Reyes Magos, que antaño fueron venerados en toda la Cristiandad, se ha convertido, andando los siglos, en una enojosa y exasperante subsistencia hispánica. Saben que los españoles, aunque descristianizados, somos todavía el único pueblo que permanece, espontánea y ejemplarmente, fiel a los tres viajeros: a su estrella, a sus ofrendas, a su amor al Niño. Saben que esta liturgia popular es una supervivencia acérrima de nuestro genio nacional, que todavía no ha sido ahogado del todo por su vómito bilioso. Por eso necesitan ensuciarla con sus dedos sin pasado, por eso necesitan degradarla y convertirla en un adefesio, ya que todavía no pueden -¡pero todo se andará!- llenar de hormigas nuestras bocas.

Nicolás Redondo Terreros escribe en El Mundo una tribuna en la que aconseja que la formación del futuro Gobierno de España sea un juego a tres, como mínimo, y siempre con formaciones que crean en la estabilidad:

«El hombre más impío del mundo», el llamado en su tiempo «judío ateo», al que su obra Leibniz calificaba de horrible y espantosa, o no encontraba explicación a cómo un «hombre tan culto pudiera caer tan bajo»; ese hombre, Baruch Spinoza, verdadero padre de las bases de la modernidad que han inspirado los últimos tres siglos, decía, acertada y humildemente, en su Tratado Político: «Resulta, pues, que de todas las ciencias aplicadas, la política es aquella en que la teoría discrepa más de la práctica y nadie sería menos idóneo para regir una comunidad pública que los teóricos o filósofos». Esa primerísima afirmación no le impide arriesgarse a intentar -sabiendo que no «hay hombres sin defectos» y que los políticos se han inclinado a utilizar en ese mundo imperfecto más «el miedo que el razonamiento» y ahora más el halago que el análisis- definir «la doctrina que mejor puede coincidir con la práctica».

Coincido en la dificultad de acertar en cuestiones políticas desde fuera y coincido, sin embargo, en intentarlo continuamente abriendo caminos, la mayoría de las veces impracticables, proponiendo metas que sirvan de referencia a los políticos profesionales. Eso es lo que, olvidando con facilidad errores, hacemos algunos desde las tribunas que los periódicos, televisiones o radios nos ofrecen, porque siendo cierto lo dicho por el judío de origen peninsular, lo es también que la política es lo suficientemente importante como para dejarla sólo en manos de los políticos profesionales. En España el 20 de diciembre hemos tenido unas elecciones generales que muchos indicadores hacían suponer eran el prólogo de un tiempo político nuevo y complicado. Sin embargo, se han convertido en el introito de un periodo más confuso que complicado, más imposible que difícil y claramente amenazante más que incierto.

Recuerda que:

El Partido Popular no llega a los 125 escaños y el socialista no se acerca a los 100, pero los nuevos partidos quedan muy lejos de sustituirles, a pesar de su fuerte irrupción. La suma de los dos grandes partidos nacionales sobrepasa con creces los 200 diputados y la de los nuevos partidos supera ligeramente los 100, no se ha impuesto claramente lo nuevo y los partidos tradicionales han resistido con dificultades el intento político y mediático de ser sustituidos. Nos encontramos, por tanto, ante un escenario con cuatro protagonistas políticos nacionales y los de siempre esperando su oportunidad.

Eric Hobsbawn afirmaba: «Las palabras son testigos que a menudo hablan más alto que los documentos». De la noche electoral no es el resultado lo que más me ha preocupado -los españoles han dejado de una forma clara todas las soluciones en manos de los políticos-, han sido las palabras de cambio y de victoria de la izquierda o de la derecha, que me han hecho recordar aquellas palabras desanimadas, tristes, confirmatorias de la tragedia de Menéndez Pidal a Fidelino de Figueiredo comentando su libro Las dos Españas: «La mayor desgracia era, sin duda, la rudeza con que en ella se daba la división de derechas e izquierdas, las dos Españas, que Vd. sabe mejor que nadie, y ahora esa división se ha ahondado poniendo por medio un foso de sangre. ¿No habrá político que sepa allanar ese foso para fundar sobre él la tercera España, indivisa y concorde?». La carta de Pidal al portugués fue escrita durante la Guerra Civil. Tuvieron que pasar 40 años para que esa España de la mayoría, de izquierdas o derechas, fuera para todos, hasta para los que no creían en ella. Y ahora, cuando los ciudadanos han dejado en manos de los políticos la solución, empatando materialmente a los posibles contendientes, las palabras más necesarias por inteligentes son las del acuerdo entre diferentes, las del consenso, las de los denominadores comunes, aunque los mas intransigentes, de uno u otro lado, los más sectarios o los más interesados hagan bandera de facturas pendientes o de esperadas venganzas.

Dice que:

Durante 15 años he defendido la necesidad de fortalecer los consensos básicos de la sociedad española, los denominadores comunes en los que se debe y puede basar la convivencia democrática y pacífica de una sociedad occidental, con el fin de enfrentarnos a objetivos que trascienden la visión y las propias fuerzas de la izquierda o de la derecha. En esas andaba yo, en una soledad suavizada por creer firmemente lo que decía y con algunas amistades tan enriquecedoras como peligrosas, cuando algunos hostigadores y zelotes de una ortodoxia socialista tan petrificada como conservadora envidaron y dejaron atrás la necesidad de consensos para ir directamente a la propuesta de gobiernos de coalición entre la derecha y la izquierda, creyendo tranquilizar con estas propuestas mercantiles y sin base real los oídos de los poderosos. Volverán a tronar con énfasis los impostados, vestidos deprisa con los ropajes de la respetabilidad que da la defensa matemática de la gobernabilidad, de la estabilidad… Sabiendo que es imposible y si así no lo fuera sería inconveniente.

Pero vayamos a los actores principales, heridos pero no muertos. El PP ha tenido una reducción de su representación parlamentaria histórica pero ha ganado las elecciones con 30 diputados sobre el segundo partido. El PSOE ha conseguido rebajar el triste suelo de las elecciones pasadas pero se ha mantenido a distancia de quien le combate la hegemonía de la izquierda. Si hubiera una gran coalición, algo imposible en la cultura de la izquierda española, el PSOE se situaría para muchos años como un partido ancilar en la política española, unas veces con unos y otras con los contrarios, como ya sucede en ámbitos autonómicos y locales, poniendo en bandeja y en un corto periodo de tiempo su cabeza a disposición de Podemos. Pero si tuviera la tentación de elevar los acuerdos municipales y autonómicos con Podemos al ámbito nacional estaría consagrando la división en dos de España y podríamos recordar La rendición de Breda para imaginarnos cómo entregaría las llaves de la izquierda socialdemócrata a las huestes de Iglesias y compañía. Al error táctico sumarían el error histórico que es el que sería imperdonable para las generaciones futuras.

Insiste en que:

El PP, obligado y legitimado para tomar la iniciativa de formar gobierno, tiene que tener entre sus análisis aquel que les imponga, si no logra acuerdos básicos de gobierno, un mayor sacrificio que los impuestos por el interés o la rutina. Volvemos por tanto a la necesidad de situar la política por encima de las siglas. El PSOE tiene la penúltima oportunidad de hacer una refundación que llama a sus puertas con fuerza desde hace tiempo y volver a conectar con las capas más activas y transformadoras de la sociedad española y para eso necesita responsabilidad, moderación y probablemente la valentía de desdecirse de algunas de las políticas propuestas y de las palabras dichas. El PP tiene la oportunidad de demostrar su capacidad de pactos o su grandeza si le fuera imposible conseguirlos.

En ese juego el actor más importante, el que puede ayudar, en un sentido o en otro, pero siempre salvando el foso de la división y de la fractura, es el partido liderado por Albert Rivera. Están en condiciones de hacerse mayores, de convertirse en un actor fijo de la política española, pero para eso desde su origen de resistencia deben comprometerse y mancharse las mangas de la camisa. Pasados unos días de las elecciones sólo puedo expresar mi deseo de que el juego sea por lo menos a tres y con todos los que quieran estabilidad y un impulso reformador que mantenga viva la España dinámica y plural que en el año 1937 echaba de menos Pidal y hemos sabido construir desde la aprobación de la Constitución.

En El País, Juan José Millás, entre líneas y ascensores, viene a decir que él ya pondría de presidente a Pablo Iglesias:

Un ascensor en el que han coincidido nuestros líderes, eso es ahora mismo España. Pese a que el espacio es muy pequeño y tiene el oxígeno limitado, no se detiene en ningún sitio porque todos quieren que se detenga en el suyo. Lo que han logrado es que suba y baje a lo loco, como el estado de ánimo de un neurótico grave. Las paredes del ascensor son de cristal, de modo que los contribuyentes vemos desde la calle lo que ocurre en su interior. Nosotros viajamos también metafóricamente dentro de él, pero tampoco estamos dispuestos a bajarnos, no sé, en el sexto y subir andando hasta el séptimo. ¡Qué sacrificio! No es miedo a traicionarnos, que nos hemos traicionado mil veces a lo largo de la historia, sino mero sentido de la supervivencia. Somos expertos en sobrevivir muriendo.

Remarca que:

Significa que solo podría salvarnos un ocupante del ascensor con claustrofobia y al que no le importara dónde se abrieran las puertas con tal de escapar. Rajoy no cederá, está a gusto porque de lo que él padece es de agorafobia. Se ahoga en los espacios abiertos, de ahí el mote de Presidente Plasma. No contemos con ello, en fin. Pedro Sánchez es alto, lo que le permite respirar en una zona a la que no llegan las cabezas de los otros. Rivera se movería, pero tiene miedo a arrugarse la camisa o a que las cámaras capten el perfil que no le favorece. Queda Podemos, pero sin Podemos el ascensor se cuelga entre piso y piso porque los ascensores vienen siendo muy realistas, lo que les impide ir en dirección contraria a la de la historia. De hecho, si solo se les autoriza a marchar de abajo arriba, y no de derecha a izquierda, es porque ya sabemos hacia dónde irían. Y Garzón, con un millón de votos, fuera del ascensor. Pero con el agua al cuello.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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