Patxi López, a la derecha, de risotadas con uno de los actores de la mamarrachada cervantina.

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LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

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¿A qué botarate se le ocurrió la gansada y la charlotada cervantina en el Congreso?

Alfonso Rojo (La Razón) y Antonio Burgos (ABC) escriben este 24 de abril de 2016 dos demoledoras columnas sobre la payasada perpetrada en el hemiciclo

Juan Velarde, 24 de abril de 2016 a las 08:47

El grotesco espectáculo vivido en el Congreso de los Diputados el pasado 22 de abril de 2016 en nombre de los 400 años del fallecimiento del universal escritor español Miguel de Cervantes da pie este 24 de abril de 2016 a muchos columnistas de la prensa de papel para poner los puntos sobre las íes a quienes perpetraron esta mamarrachada:

Arrancamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo que pone de vuelta y media la gansada cervantina en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo

Es de coña. Para hacérselo mirar, porque encima se han quedado muy contentos con la gansada montada el pasado jueves en el Congreso para conmemorar el 400 aniversario de la muerte de Cervantes.

Y eso que Patxi López y compañía lo tenían fácil. Les hubiera bastado pedir que les tradujeran alguno de los programas de los actos que se celebran en Londres a propósito de William Shakespeare, fallecido también un 23 de abril de 1616. Cierto que el río Manzanares no es el Támesis y que Madrid no tiene el poso teatral de Londres, pero «Don Quijote» y su autor merecían algo más digno que la birria de la Carrera de San Jerónimo.

Apunta que:

No son los únicos botarates. A uno, que lleva dedicado al periodismo cuatro décadas y siempre sostuvo que no existe profesión mejor que esta, le produce urticaria echar un vistazo a los titulares y ver cosas como «Don Quijote conquista el Congreso de los Diputados» para describir el esperpento. ¿A alguien con dos dedos de frente le parece de recibo que un actor disfrazado de Cervantes se dedicara desde la tribuna a despotricar sobre puertas giratorias, papeles Panamá, investiduras frustradas y falta de acuerdos?

No estuvo Mariano Rajoy, pero en primera fila, con cara de embeleso y simulando divertirse mucho, aplaudían Pedro Sánchez, Albert Rivera, el ministro Méndez de Vigo y toda la tropa. No puede ser que todos crean que aquel circo era de recibo. El drama es que están obligados a aparentar lo contrario, como se sienten constreñidos a ir de ingeniosos cada vez que les apuntan con una cámara y los reporteros de los programas graciosos les preguntan una memez. En España, en aras de lo políticamente correcto, se ha impuesto la fiebre de lo trivial y se rechaza en masa el rito, la tradición y hasta la buena educación. Vale que te tuteen en las gasolineras, te maltraten en las ventanillas públicas, colegueen contigo las cajeras o los alumnos llamen «tío» al profesor, pero al menos en el Congreso o en instancias más altas podríamos guardar las formas.

Remacha que:

¿Se acuerdan del discurso de Don Juan Carlos el 2 de junio de 2014? A mí no se me olvidará jamás, pero tampoco se me borrará la impresión de que se hizo en un escenario, con una iluminación y en un formato más propio de un anuncio sobre los efectos de la tormenta primaveral en la cosecha de lúpulo hecho por un consejero de agricultura autonómico, que de la abdicación de un Rey de España.

En ABC, Antonio Burgos también se fija en el bochornoso espectáculo perpetrado en el Congreso de los Diputados arrastrado por el suelo la memoria de Cervantes:

Creía que con esta campaña contra la Fiesta, contra la presencia de niños en las plazas y con la prohibición de las corridas como símbolo de España habían desaparecido totalmente los festejos que solían cerrar las ferias, anunciados como «espectáculo cómico-taurino-musical» y conocidos como charlotadas. Charlotadas para solaz infantil. Con enanitos toreros, El Bombero y su Botones y la banda de El Empastre, gloria del toreo bufo de Rafael Dutrús «Llapisera», que tanta técnica e inspiración en la repentización ante los erales tenía que cuentan que en sus lances se inspiró Manuel Jiménez para inventar su chicuelina. Pero mire por dónde, el otro día resucitó la charlotada. Como hay corridas goyescas, y picassianas, y pinzonianas, algún genio del Congreso acarteló en sus escaños y en su tribuna la Charlotada Cervantina, como el más chuflesco y chusco modo de celebrar el 400 aniversario del Príncipe de los Ingenios.

¿Se imaginan que en la Cámara de los Comunes, o en la de los Lores, hubiesen los ingleses convocado una sesión bufonesca para conmemorar el 400 aniversario de Shakespeare, sacando a un actor en atuendo de época con una calavera, diciendo ante ella mamarrachadas hamletianas dirigidas a sus señorías? Pues eso ha ocurrido aquí. Donde con todo impudor les han puesto unas gafas como de Harold Lloyd a los broncíneos leones de las Cortes. Que como se enteren que fueron fundidos en Sevilla con los cañones tomados al enemigo de la morisma, los vuelven a «fundir de nuevo, como funden las campanas», que diríamos con verso de los Álvarez Quintero.

Se cuestiona lo siguiente:

¿A quién se le ha ocurrido la Charlotada Cervantina del Congreso? ¿Será que el mismo don Francisco Javier López, alias Pachi, que mandó quitar el Crucifijo de don Julián Besteiro, ha decidido entronizar a los titiriteros podemitas? ¿Cuánto nos ha costado la triste broma perpetrada en el que debía ser solemne y respetado templo de la soberanía popular? La compañía de la charlotada ¿ha hecho descuento por la cantidad de enanos toreros que había, no en el ruedo bailando «España Cañí», sino en los tendidos del hemiciclo, almacigados de enanos enemigos de España, de su Constitución, de su unidad y de su lengua?

Y sentencia:

Nuestra lengua... La llamada «lengua de Cervantes». El mejor homenaje que el Congreso podía haber dado a Cervantes hubiera sido impedir que te multen por usar su lengua en una parte constitucionalmente indisoluble de la Patria, cual Cataluña. Sí, mejor que meter los titiriteros hubiese sido hacer respetar las leyes sobre la constitucional Lengua de Cervantes, y no lo que ha ocurrido, coincidencia absolutamente lamentable. La Charlotada Cervantina ha coincidido con el aumento de las multas en una parte de España llamada Cataluña por usar allí la lengua de Cervantes. A los establecimientos que no usan el catalán, sino el cooficial español en sus rótulos exteriores, escaparates, ofertas o menús, les ha cascado multas por importe de 140.000 euros la Generalitat. Y en el mismo día de la Charlotada, quien viera la información del Tiempo en TVE contemplaría cómo la lengua de Cervantes era despreciada en los topónimos de los mapas, que mejor que fueran mudos en vez de llamar Lleida a Lérida, Donosti a San Sebastián, Iruña a Pamplona o Eivissa a Ibiza. Cervantes, al escribir ese Quijote cuyo monumento de la Plaza de España madrileña pretende quitar Carmena, no quería acordarse de cierto lugar de La Mancha. Igual me pasa a mí: prefiero no acordarme de este Congreso que celebra a Cervantes con una lamentable Charlotada, mientras no tiene el menor interés en defender el español y consiente la dictadura casi nazi de las otras lenguas peninsulares: «Habla la lengua del Imperio Catalán».

Juan Pablo Colmenarejo se fija en el frío saludo entre Sánchez y Rajoy en la entrega del Premio Cervantes, celebrado el 23 de abril de 2016 en Alcalá de Henares, y asegura que demuestra que todos estos meses han sido una pérdida de tiempo:

Se ha jugado una vuelta entera de la Liga de fútbol y ha cambiado la estación. Este ciclo político comenzó en invierno y va terminar con las hogueras que anuncian las vacaciones de verano. Ha transcurrido el tiempo suficiente como para afirmar que se da por perdido. Todavía en los corrillos tras la entrega del Cervantes hablaba o tal vez bromeaba, no puede ser en serio, el secretario general del PSOE de la formación de un Gobierno mientras en su partido cunde el desánimo porque el único objetivo para las próximas elecciones es mantener el resultado de diciembre. Más de uno tiene la factura preparada para presentarla al cobro de una vez porque el resultado socialista puede volver a ser el peor de su historia.

Señala que:

El frío y convencional saludo entre Rajoy y Sánchez en Alcalá de Henares certifica el final de una legislatura que sólo se evita si alguien se atreve a ponerse en manos del narcisismo desbordado del líder de Podemos, quien anda señalando con el dedo a periodistas y deshaciéndose en elogios con el siempre etarra Otegi. Con el acercamiento a Iglesias lleva jugando Sánchez desde el primer instante, dándole la espalda a la realidad de la gran coalición con el PP que hubiera permitido a España seguir manteniendo el ritmo de crecimiento del empleo y hacer las reformas necesarias para regenerar aquellas zonas del sistema necesitadas de renovación.

La carcajada del ministro De Guindos cuando sus colegas europeos le preguntaban por un acuerdo entre la derecha y la izquierda en España fue tan elocuente que resume la vida política de estos meses en España. De momento las encuestas no reflejan movimiento alguno en el panorama de diciembre, porque nadie va a rectificarse a sí mismo, dejando para los demás el cambio el voto. La oportunidad de la gran coalición volverá, por lo tanto, a presentarse en junio. Pero la manera en la que se relacionan Sánchez y Rajoy no presagia nada bueno para salir del bloqueo. El no permanente de Sánchez a Rajoy, el acuerdo socialista con Ciudadanos impuesto por los barones del PSOE y la irrupción bolivariana de Podemos deberían servir de lección para la próxima ocasión. A pesar de todo ello, en España se repite con demasiada frecuencia la feroz carga del Quijote contra los molinos de viento. Un hecho tan inútil como imposible. Ya se sabe que en España se embiste mucho más que se piensa. Nos gusta emplearnos a fondo en duelos tan bravucones como estériles. Toca darle una vuelta de nuevo a todo. Hay tiempo. Es lo que parece que nos sobra.

José María Carrascal pide en su tribuna que en las nuevas elecciones generales no se vote con rabia o, dicho de otra manera, que no se deposite la papeleta para ir en contra de un determinado partido, especialmente para no repetir el espectáculo vivido en estos meses desde el pasado 20 de diciembre de 2015:

Con nuevas elecciones casi seguras -seguro no hay nada en política- el 26 de junio, los partidos preparan la campaña y tantean los frentes. Tras el fracaso de su asalto al poder durante los últimos cuatro meses, la estrategia de la oposición se reduce a un ataque en tromba contra Rajoy. Que se retire, se eche a un lado o lo haga el partido por él. Eso despejaría el camino para un gobierno que abordase con posibilidades los muchos problemas que tiene España, dicen. ¿De verdad lo creen? ¿De verdad piensan que con la desaparición de Rajoy mantendríamos la recuperación económica, estabilizaríamos la política, resolveríamos el problema catalán, etc., etc.? Si lo piensan son más ingenuos o cínicos de lo que parecen. ¿No será que tratan de disimular su falta de alternativas y, sobre todo, su división interna?

Subraya que:

Pues, si se fijan, en todos ellos se aprecian notables grietas. El pulso entre Sánchez y los barones del PSOE está a la vista. En Podemos, sólo la férrea disciplina leninista impuesta por Iglesias ha logrado evitar el cisma, pero veremos cuánto dura si sigue cometiendo errores. Y Ciudadanos se alió con el centro-izquierda, lo que puede pasarle factura en el centro derecha. Lo único que les une es echar a Rajoy. Pero eso es demasiado poco para ganar unas elecciones. Se necesita un programa, y ellos no lo tienen. Mejor dicho, tienen media docena.

Más, cuando las verdaderas elecciones van a ser estas. Las del 20-D fueron las primarias, en las que votó la rabia, la indignación, el desencanto con tantas cosas y personas, al comprobar que no éramos tan ricos como nos creíamos y ver cuántos sinvergüenzas se habían aprovechado de ello. Pero ahora es distinto. Ahora hemos comprobado que votar sólo «contra» no resuelve nada, que hay que votar «por» algo. Los partidos emergentes tienen derecho a intentar sustituir a los tradicionales: Podemos al PSOE, Ciudadanos al PP. Pero en el envite todos nos jugamos cuanto tenemos, así que cuidado. No estoy diciendo que tengamos que votar con la nariz tapada ni lo menos malo, sino lo mejor entre lo que hay. He escrito más de una vez que Rajoy ha cometido errores, graves algunos de ellos, pero acertó en lo principal: evitar el rescate. Sin él, estaríamos en la bancarrota. Y el hambre es mala consejera. Ahora se trata de una segunda Transición, que debe corregir los errores cometidos en la primera. Algo que sólo puede hacerse como aquella: con el consenso de la inmensa mayoría, empezando por los aún dos grandes partidos. En un principio pensé que, llegados a este punto, Rajoy debía hacer lo prometido: una nueva oferta formal a Sánchez de entendimiento, aunque sólo fuera para poner en evidencia su tozuda negativa a entenderse con él. Hoy, ya no estoy tan seguro de que sería una buena idea. Sánchez está amortizado y, con la vista puesta en el 27-J, conviene no exacerbar las relaciones PP-PSOE.

Arcadi Espada exige una mayor reacción ante las afrentas de Podemos, no un simple abandono ante unas burlas a un compañero:

Habrás visto, y paladeado con tu acendrado refinamiento, el momento complutense de este jueves en que Pablo Iglesias, del partido Podemos, dijo: «Esto no es una rueda de prensa, esto es la Universidad». Así quiso zanjar la tímida y tan respetuosa objeción ("Lo siento, quizá no hemos entendido lo que querías decir") que le hizo una periodista, molesta por las ironías de primero de latín que Iglesias había vertido sobre el oficio, y molesta especialmente porque tomara a Álvaro Carvajal, que escribe de política en EL MUNDO, como diana arquetípica. La frase no tenía mayor sentido lógico, sino litúrgico: servía para que a los feligreses allí concentrados les subiera el habitual calorcillo de pertenencia. Y resumía con azarosa precisión uno de los mayores truquillos de Iglesias y del partido que dirige. Teniendo su clientela en una amplísima franja española de ignorantes y a frívolos, la recurrencia constante a la universidad y a su condición de profesor permite la elevación mistérica de su grey. La distancia entre Le Pen, Chávez, Trump y Pablo Iglesias ya quedó perfectamente medida por Bernard Shaw: "Un imbécil con cultura es un perfecto imbécil".

Aunque Shaw se habría estremecido de que se aplicara a este caso su frase. Cuando Iglesias se aventura por el historial de sus contraportadas, traten de Newton, Kant, Gramsci, el ordoliberalismo, Vázquez Montalbán o don Juan de Mairena, su vis cómica se manifiesta en plenitud. Era sublime verle la otra tarde divagar sin avergonzarse sobre el psicoanálisis, sin tener ni la más remota conciencia de su definitivo carácter de pseudociencia, más visible y pintoresca que nunca su condición de chamán. Es verdad que nos queda nuestro vibrante Federico, antiguo cofrade en Barcelona de aquella legión freudomarxista. Pero lo que yo daría porque reviviera Alberto Cardín y a la luz del recuerdo de Diwan, revista armada del movimiento, se encarara con este maestrillo chocarrero que compra sus ideas en el mismo hangar que sus camisas.

Contrapone que:

Sin embargo, hay una lucha en la que Iglesias está venciendo y es la que mantiene con la prensa. Casi es ocioso subrayar hasta qué punto las televisiones facilitaron su asentamiento y cómo encontraron en sus indigentes y apocalípticas opiniones, cebadas por la crisis, una extraordinaria oportunidad de negocio. Sobre el asunto todo ha sido dicho ya en 1992, la magnífica serie de Alessandro Fabbri. Ahora, el incidente de la universidad es otra victoria más en la larga lucha. Lo es, en primer lugar, por la reacción generalizada de los medios. El contenido real de lo que Iglesias dijo es de una vulgaridad inane. Cuántas veces no se habrá levantado la loca de la sala al final de cualquier coloquio sobre medios y habrá dicho, «oiga, pero a ver si me va a intentar convencer usted de que los periodistas escriben al dictado de la verdad y no de sus jefes. ¡Que yo no soy tonta!» No es una objeción aceptable que una cosa sea la loca de la sala y otra el líder de un partido político, porque la gran novedad, precisamente, es que son ya lo mismo.

Sin embargo, Iglesias tiene todo el derecho a hacer de loca. Y tiene derecho a ironizar sobre los periodistas en abstracto y también sobre un periodista en concreto. Estaríamos frescos. Un hombre que, salvado Évole, ha insultado a todo el mundo; que ha llegado incluso a insultarme gravemente a mí mismo, llamóme reaccionario, oh là là, él, cuya presencia en el centro de la vida española es ya de por sí un insulto, y se le va a prohibir ahora, en razón de no sé qué dispensa eclesiástico-democrática, que haga bromas sarracenas del tipo arquetipo que tantas mañanas pincha en el periódico, con su seca descripción de hechos, la pueril burbuja donde está instalado.

Asegura que:

Tiene todo el derecho a hacerlas, y los periodistas y sus representantes gremiales habrían de controlar sus hipérboles. Decir que las burlas básicas de Iglesias son un peligro para la democracia es insultante para la democracia. Pero es que, además, revela una notable incomprensión de su propósito principal. En vez de describir la viciosa fantasía sobre el próximo establecimiento en España de la tiranía chavista, convendría ver en las maniobras de Iglesias el remedo de una clásica intención del populismo, que va desde Le Pen a Trump y pasa por tu querido Chomsky de las Cartas de Lexington, que consiste en echar a la gente contra los medios para intentar que sean percibidos como la clave de bóveda de la oligarquía. Ese discurso falaz y exitoso, que ignora que los medios son en sí mismos un campo de batalla donde se reproducen con resultados inciertos todas las luchas sociales, éticas y estéticas, se ve hoy abonado por la emergencia de las redes asociales, el presunto contrapoder del contrapoder periodístico. El discurso del partido Podemos contra los medios solo busca reforzar el monstruoso ego del tumulto y la propia posición del chamán, tumulto él mismo, su partido y sus franquicias, ergo donde el tumulto prioritariamente se reconoce.

Y apunta que:

Lamentablemente, la reacción de los medios refuerza esa estrategia. Trump no es el probable candidato de los republicanos a pesar de los ataques de la cadena Fox, sino también, y particularmente, por esos ataques. El asunto no tiene una resolución sencilla. Si solo se tratara de la dignidad herida del periodismo, bastaría con un poco de bálsamo bebé en las zonas sensibles y el excipiente de aquel Joubert que recordaba cómo los jóvenes son la primera necesidad y el primer peligro del periodismo. Recuerda, liberada: «...al ser para ellos cualquier pensamiento (incluso el más vulgar) una novedad y un descubrimiento, de buena fe lo realzan mediante la expresión; y gracias a su edad escriben bien lo que poco merece escribirse bien.» Pero no es solo la dignidad, sino también el negocio. La basura podémica atrae a millones de moscas usuarias que pican, clican, y se van, y esa inflamación parece la única posibilidad de las compañías de noticias de recuperar los antiguos volúmenes de beneficio.

El periodismo tiene serios problemas objetivos a la hora de retar al populismo con el desdén. Y esa es la única disculpa que tienen los periodistas que la otra tarde no respondieron a Iglesias con el desdén que la circunstancia requería. Su insólito abandono colectivo de la sala revela, no solo una reacción que da por buena la zurrapa psicoanalítica del chamán, sino también un incumplimiento de un importante mandato del oficio, que es el de salir sentimentalmente aliviado de casa.



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