LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Luis Ventoso, a cuchillo contra Susana Díaz: «Su sentido de Estado le ha durado tres telediarios»

"El papelón de la presidenta andaluza en este arranque de año 2016 ha sido fino"

Luis Ventoso, a cuchillo contra Susana Díaz: "Su sentido de Estado le ha durado tres telediarios"
Susana Díaz. EP

El sí de la presidenta andaluza, Susana Díaz, a Pedro Sánchez para que el PSOE logre el acercamiento a Podemos y al resto de fuerzas de carácter separatista conforma el punto caliente de las tribunas de opinión de la prensa de papel de este 9 de enero de 2016.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso. El articulista obsequia con una buena somanta de palos literarios a la señora Díaz por haber ido de farol en torno a las líneas rojas que no debía traspasar el PSOE:

Si Susana Díaz me vendiese un coche usado, saldría zumbando al concesionario de al lado a buscar algo más fiable. Su todavía corto periplo por la primera línea permite ir calándola: palabras razonables y solemnes, expresadas con un tono grave y muy sentido; ínfulas de gran esperanza blanca, que va a tomar el mando para devolver al achacoso PSOE a la cordura centrista… Y al final, envainada por todo lo alto, cornetín de retirada y una más en la inanidad del post-zapaterismo.

Su papelón en este arranque de año ha sido fino. Primero sale a escena como garante de la sensatez institucional, advirtiendo con razón a Sánchez de que con su calamitoso resultado no puede pretender gobernar con Podemos. Incluso se pone rufa y amaga con convocar el congreso del partido, dando a entender que planea descabalgarlo. Pero ayer se desinfla y sale a apoyar que Pedro el Luso negocie con Podemos, en una sopa de letras que incluso exigirá el pasteleo con los separatistas.

Añade que:

Para hacer decoroso su giro, Susana advierte, con esa solemnización de lo obvio que es marca de la casa, que la unidad de España será sagrada en las negociaciones. ¡Solo faltaba! El PSOE, aunque esté hecho un cromo, es todavía un partido constitucionalista y el que más tiempo ha gobernado. Pero el problema real del susanismo y el sanchismo es mucho más grave y sencillo: una espectacular falta de ideas. Carecen de una alternativa económica. Todo se reduce a sobadísimas frases hechas que no significan nada («España necesita un Gobierno progresista») y a un enojado y faltón «no a Rajoy», el presidente que se ha cargado nuestra democracia y nuestros servicios sociales (latiguillo que jamás se concreta con datos). Se soslaya además un detalle: cuando gobernó, el PSOE se plegó al catecismo alemán, privó de pagas a los funcionarios, congeló las pensiones y -acertadamente- fijó un techo constitucional de gasto.

En política, como en la ciencia de laboratorio, todo lo que se puede hacer al final acaba haciéndose. Sánchez, que sería Einstein si su ego se transmutase en neuronas, va a intentar a toda costa dormir en La Moncloa, con Podemos y con quien haga falta. Si ya gobiernan con Iglesias en ayuntamientos y comunidades, si fueron socios del BNG y ERC en Galicia y Cataluña, ¿se van a poner escrupulosos ahora con Podemos? No. Pero será su dulce suicidio. Aliarse con Podemos supone aceptar el intervencionismo, la aversión al mundo de los negocios, una política fiscal abrasiva para los que se esfuerzan, el descontrol del gasto público y abrir grietas en la unidad de España. El PSOE se alejará de lo que intentó ser cuando nadaba en votos, un partido socialdemócrata europeo. Pero si la cosa va de izquierda cañera, el electorado preferirá la versión original: Podemos. Iglesias, mucho más inteligente que Sánchez, aspira a laminar y sustituir al PSOE.

Y sentencia:

Dar el plácet a Rajoy arrostraba riesgos para el PSOE ante sus votantes más ideologizados. Pero cortejar a Podemos, Susana, es tirarse de cabeza al Guadalquivir desde las almenas de la Torre del Oro. Qué planazo el de Pedro el Portugués, sacrificando a su mayor gloria la estabilidad de su país. Ay, Susana. Ay, Felipe… el que siempre calla justo cuando toca hablar.

Juan Manuel de Prada le dedica una columna a Pedro Sánchez de la que el líder socialista aún debe estar recuperándose. Le arrea por la izquierda, por la derecha, por arriba y por abajo:

Decía Unamuno, uno de los más grandes lusófilos de nuestra literatura, que la lengua portuguesa es como un «castellano sin huesos»; y que el encanto que nos produce se debe a que, escuchándola, creemos oír «los frescos balbuceos infantiles» de nuestra lengua castellana. Pedro Sánchez, el hombre más invertebrado e infantil de nuestra política, se ha ido a Lisboa, para averiguar cómo se las arregló António Costa, el primer ministro portugués, para encaramarse al poder, después de perder las elecciones. Hay un no sé qué enternecedor en este viaje a Portugal de Sánchez, que ya no sueña como los socialistas antañones con la federación ibérica, sino con los váteres de lujo que Zapatero mandó instalar en La Moncloa. Sánchez quiere probar a toda costa esos váteres de lujo, que tal vez imagine con chorritos perfumados, y peregrina a Lisboa, como los devotos peregrinan a Fátima, para hacer rogativas por el milagro.

Recuerda que:

Unamuno también nos advertía que la dulzura y melancolía portuguesas son el rebozo de otras pasiones más turbulentas: «La blandura, la meiguice portuguesa, no está sino en la superficie; rascadla y encontraréis una violencia plebeya que llegará a asustaros». A esta violencia plebeya del portugués, tan rebozadita de dulzuras, la llamaba Pessoa, más finamente, «desmesura»; y la distinguía de la desmesura típicamente española, que es externa y palabrera, afirmando que es una desmesura sobre todo interior y sentimental, erizada de tristezas y ensoñaciones que nacen de la conciencia de frustración. Tal vez Sánchez, el hombre que quiere sentar a toda costa sus posaderas en los váteres de La Moncloa, haya viajado a Portugal porque su blandura exterior, ese aire de político invertebrado e infantil, esconda bajo la superficie la violencia plebeya de la que hablaba Unamuno, que sublimada da lugar al fado, pero que cuando estalla puede acabar en el regicidio del último rey romántico de Europa, como ocurrió allá en 1908. Sánchez, sin embargo, es un demócrata como la copa de un pino; y aunque esconda una violencia plebeya y una desmesura que asustan, no quiere alcanzar su sueño de sentar las posaderas con regicidios, sino con aritmética parlamentaria, que es como se resuelven en tiempos de doña Democracia las violencias plebeyas.

Acaba vaticinando que:

Sánchez será recordado como el tipo que, después de hundir a su partido, quiso salvarse del naufragio encaramándose al palo mayor. Sus conmilitones están que echan las muelas y lloriquean por las esquinas, considerándolo la mayor desgracia que les ha caído encima en sus casi ciento cincuenta años de historia. Pero a Sánchez no le basta con ser desgracia partidista y haber hundido a los socialistas; quiere ser desgracia nacional y hundir a España entera, encaramado en los váteres de La Moncloa. Para hallar el modo rocambolesco de hacerlo, que le exigirá un rebozo de dulzuras impostadas y melosas con los mozos de Podemos, se ha ido a Portugal, como antaño, en épocas de gloria, se iban los teólogos españoles, a sacar brillo a los dogmas y a intercambiar predicaciones con sus colegas de Évora y Lisboa. Sólo que, en aquellas épocas de gloria, los teólogos españoles se asomaban al océano Atlántico, teatro de las hazañas portuguesas, y se quedaban extasiados, contemplándolo; y algunos hasta se morían allí y allí eran enterrados, como Francisco Suárez y fray Luis de Granada. Pero aquellos eran espíritus patricios y pacíficos; a la violencia plebeya de Sánchez el océano Atlántico sólo le parecerá un jacuzzi gigante y le inspirará el deseo de mojarse los pies en la orilla, para aliviarse los juanetes. Y, al mojárselos, pensará lúbricamente (¡ah, la erótica del poder!) en las sales de baño que se guardan en los váteres de La Moncloa.

Salvador Sostres, acreditado conocedor de la realidad catalana, dice con contundencia que el sueño de los independentistas ha quedado finiquitado:

El sueño de la mayoría independentista ha muerto, la superioridad moral, y democrática, del soberanismo ha demostrado ser falsa y la realidad se ha impuesto en Cataluña del modo más miserable y bajo, que es por la izquierda. ¡Y lo que te rondaré, morena! Rajoy tenía razón y era mejor no hacer nada. Aznar tenía razón y Cataluña iba a romperse antes que España. La ensoñación soberanista no tiene para pagar el billete del autobús, y Mas insiste en su vanidad sin límites, en su arrogancia, en su instinto de poder inextinguible, pero la repetición de las elecciones parece ya inevitable. No ha sido la CUP, ni Esquerra, ni siquiera la idea como tal de la independencia. Ha sido la debilidad mental de un pueblo que tiene más sueños que capacidad de sacrificio; han sido unos intelectuales de Convergència que ninguna idea portentosa han inspirado, y el sentimiento desorganizado de un pueblo demasiado caótico que parece haber olvidado que sin técnica no hay esperanza.

Y precisa que:

No ha muerto la independencia, ha muerto el independentismo. No ha muerto la épica de los pueblos que quieren ser libres. Ha muerto Mas y su cortejo fúnebre. Ha muerto una arrogancia sin motivos para sostenerla, ha muerto una ideación basada en demasiadas cobardías para ser viable.

Hay un cadáver tendido en el suelo, y es el de Mas intentando avergonzar a España, acusándola de ser poco democrática. Hay un cadáver muerto y sentenciado, que es el del catalanismo, creyéndose mejor y mayoritario, mientras el orden, la jerarquía y el progreso le han vencido, derrotándole.

En El Mundo, Rafael Moyano hace historia de cómo en su medio se discutió abiertamente si incluir o no en la portada el primer indicio de la corrupción de Iñaki Urdangarín, esposo de la Infanta Cristina, allá por el 2006. A la vista está, pasados los años, está claro que en el diario acertaron de pleno:

Titular: El PSOE denuncia supuestos pagos irregulares del Gobierno balear a Iñaki Urdangarin. Subtítulo: Dice que un acto de cuatro días costó 1,2 millones de euros: ‘Ni siquiera Ronaldinho cobra tanto’. Esta noticia estaba en la portada de EL MUNDO del 17 de febrero de 2006. La firmaban Eduardo Colom y Esteban Urreiztieta y no era una exclusiva, era la información sobre una denuncia hecha por el diputado socialista balear Antoni Diéguez en una rueda de prensa celebrada en Palma. En el texto se podía leer, además, que los socialistas amenazaban con exigir la creación de una comisión de investigación para aclarar el destino de esos fondos.

Dice que:

Recuerdo la reunión para elaborar esa portada y que, como ponente de los asuntos nacionales, había incluido en la relación de temas del día esta información que implicaba a un miembro de la intocable Familia Real. La cuestión que se planteaba era que esa noticia sólo merecía la distinción de estar entre las destacadas del día si el nombre del yerno del Rey, a la sazón presidente del Instituto Nóos, aparecía en el titular. Tras el habitual debate tenso y bronco que conlleva la jerarquización de las noticias en ese gran escaparate que es la primera página de un periódico, se decidió que ocupara el segundo lugar del ránking diario, por debajo del que explicaba la Euforia de Batasuna e Ibarretxe ante los indicios de negociación con ETA. No, nos quedamos cortos. De hecho, fuimos el único medio nacional que lo publicamos.

Diez años después de aquel pequeño brote, gran parte de los personajes relacionados con lo que los jueces decidirán ahora si era una trama, se sientan en el banquillo. Sobre la tierra removida por el PSOE, tratamos de escarbar durante años, pero no conseguimos rascar bola. Sí lo hizo el juez Castro cuando encontró material suficiente para abrir una pieza separada sobre Nóos dentro del proceso Palma Arena. A partir de ahí las investigaciones judiciales y periodísticas fluyeron hasta desembocar en la imputación de Urdangarin a finales de 2011 y de la Infanta Cristina en 2014.

Y asegura que:

Aunque estemos curados de espanto y nos acostumbremos a todo, es muy gordo lo que se juzga a partir del lunes en Palma. Hace una década era impensable ver a un yerno del Rey en un titular inculpatorio y pasado mañana la imagen del día va a ser la de una Infanta de España sentada en el banquillo acusada de un delito contra la Hacienda Pública, o sea, de engañar al Estado. Junto a ella, su marido, que se enfrenta a la petición de 20 años de cárcel por ocho delitos, un ex presidente autonómico, directores generales, un ex vicealcalde… y así hasta 18 implicados. Si se le aplica la doctrina Botín, como han pedido sus abogados, el paso de la Infanta por el banquillo será fugaz, pero también será menos creíble una inocencia no juzgada.

Diego Torres, el ex socio que no está dispuesto a tragarse el marrón, se descuelga ahora con un libro, La verdad sobre el caso Nóos, porque dice que morderse la lengua le ha perjudicado. En él revela un correo de un periodista amigo a Urdangarin: «He podido reunir a las personas que en el diario EL MUNDO pensaron que ‘denunciar’ a Iñaki Urdangarin era ‘periodismo de investigación’ (…). Creo que no seguirán tocando las narices, salvo en algún suelto. Con las reservas propias del caso, creo que la batalla está ganada y, sobre todo, neutralizada». Algo falló en sus cálculos.

Lucía Méndez aprovecha su tribuna sabatina para colarnos que se ha comprado un libro sobre Kant. Al menos no es como Pablo Iglesias y Albert Rivera y da pruebas acreditadas de que no sólo ha pagado por la obra en cuestión, sino que también se la ha leído:

Subiendo las escaleras de una librería en busca de libros-regalo e inspiración, me topé de repente con un folio pegado en la pared que decía: «Rivera, Iglesias… lean a Kant, por favor». En el estante descansaban varios libros del filósofo -libritos más bien-a modo casi de tentación prohibida. Una forma original de apelar a la lectura a través de la actualidad política.

Parece que hace un siglo, pero no han pasado ni dos meses desde aquel debate electoral Rivera-Iglesias -era cuando iban de cómplices- en el que Kant acabó haciéndose viral. Como si fuera un gatito. Albert Rivera confesó ante el público universitario que no había leído al filósofo alemán y Pablo Iglesias se confundió al citar el título de su obra Crítica de la razón pura. No sé si ambos líderes habrán acabado leyendo a Kant en su descompresión electoral navideña, pero yo metí en la cesta uno de los libros que había en el estante. Me pareció conveniente para desintoxicarme de las bobadas -tan variadas como los bombones- que tengo la obligación de leer como periodista. Es un libro de pocas páginas, un pequeño ensayo perdido en la ingente obra del pensador y recuperado por Alianza Editorial con un título sugestivo y prometedor: Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime. Para personas con prisa.

Señala que:

Casualmente, Kant dedica uno de los capítulos a la descripción de las naciones según sus tesis sobre las características de lo bello y lo sublime. Siendo lo sublime grande, trágico y oscuro, mientras que lo bello es pequeño, alegre y sereno. Así nos describía el filósofo en el siglo XVIII. «Los españoles son los que se distinguen entre los demás por el sentimiento de lo sublime. (…) Sublime de la clase terrible que se inclina un poco hacia lo extravagante». Aún no había estallado la polémica de la Cabalgata de Madrid y Kant ya lo había clavado.

Añade Kant otras pequeñas reflexiones resumidas que tienen su aquel en este preciso momento nacional. «El español tiene un alma orgullosa y más sentimiento para las acciones grandes que para las bellas artes. Hay poco de una benevolencia bondadosa y suave, muchas veces es duro y fácilmente hasta cruel. En el sentimiento del honor en el español se encuentra altivez. El altivo está lleno de prerrogativas falsamente imaginadas, su presentación es ceremoniosa y altisonante». Ustedes dirán.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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