LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Recadito de Jaime González a Carolina Bescansa: «El bebé no es un muñeco de feria ni una pancarta»

Raúl del Pozo: "No parece que los nuevos diputados hayan dejado el sectarismo junto a los paraguas"

Recadito de Jaime González a Carolina Bescansa: "El bebé no es un muñeco de feria ni una pancarta"
El bebé de Carolina Bescansa. EP

No hay sorpresas. Este 14 de enero de 2016, las columnas de opinión de la prensa de papel van todas en la misma línea, hablar largo y tendido del esperpento que se vivió el 13 de enero de 2016 en la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados en su undécima legislatura.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con su jefe de opinión, Jaime González, que se centra en el bebé de Carolina Bescansa, a la que afea que exhibiese a la criatura como si fuese poco menos que un mono de feria:

«Prometo acatar esta Constitución y trabajar para cambiarla. Por la soberanía del pueblo, por una España nueva… y porque mi madre, Carolina, me deje descansar». De este modo -si supiera hablar- habría tomado posesión de su cargo Diego Bescansa, el hijo de la diputada de Podemos que ayer se convirtió -muy a su pesar- en protagonista de la que debería de haber sido solemne sesión de apertura de la XI Legislatura. Y, ya puesto, podría haber añadido: «… y porque se respete mi derecho al entretenimiento, al esparcimiento y a las actividades recreativas propias de la edad» (artículo 31 de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño).

Dice que:

La criatura tiene una resistencia envidiable, impropia de un bebé de seis meses: baqueteado sin piedad durante más de cuatro horas, pasó por todas las manos de la bancada de Podemos, incluidas sus marcas de confluencia -En Comú Podem, En Marea, Compromís y otras hierbas de la izquierda-. Vaya por delante mi reconocimiento a su paciencia, su sacrificio ante la adversidad, su temple y su estoica manera de aguantar el insufrible sobeteo del que fue objeto sin que exhibiera un gesto de rechazo o hiciera amago de llorar. Y vaya por detrás un consejo a su madre: preserva a Diego de la polémica, no lo sitúes en el centro del debate, no lo conviertas en reclamo de nada ni de nadie, porque tienes un hijo que está para comérselo y no para ser devorado por los flashes y los «memes». No se lo merece.

Podemos ha prometido cumplir la Constitución por la «soberanía del pueblo», pero tú, Carolina, tienes que prometer que no volverás a llevar a Diego al Congreso de los Diputados, porque no es un muñeco de feria ni una pancarta, ni una proclama partidaria.

Concluye que:

Diego es un niño de seis meses que habría disfrutado como tal jugando en la guardería de la Cámara Baja, lejos del ruido que hacen los adultos. ¿Qué razón te movió a situarlo en primera línea, qué te llevó a exponerlo sin protección ni filtros? Si lo que pretendiste fue exhibirlo como símbolo de resistencia contra el machismo de una sociedad que discrimina a la mujer, habría qué preguntarle a los millones de mujeres que no tienen la suerte que tú tienes: un trabajo bien pagado con guardería incluida. Por lo demás, que la España nueva por la que ayer prometiste acatar la Constitución sea una España en la que quepamos todos. Y cada cual en su sitio: tú en el tuyo, yo en el mío y Diego rodeado de niños.

En El Mundo, Arcadi Espada denuncia que Bescansa usó sin rubor alguno a su bebé de objeto propagandístico:

La diputada Carolina Bescansa entró ayer en el hemiciclo con un niño a cuestas, diciendo que ella tenía toma y su Dieguito también, y sobre todo, ¡lo primero!, pidió a los fotógrafos que le pusieran el píxel al niño. Lo asombroso, según comprobé de inmediato en las webs noticiosas y comprobará hoy el lector en la inmensa mayoría de periódicos, es que le hicieron caso. Yo le habría dicho a la madre Bescansa que el niñito trajera el píxel puesto de casa, o que lo dejase en la guardería del Congreso, donde tienen algunos preciosos. O aún mejor: que no se preocupara la buena madre que el bebé no iba a tener el más mínimo interés fotográfico. Pero el periodismo transige porque casi todas las noticias, y las fotos muy especialmente, les vienen ya redactadas de fábrica.

Apunta que:

La diputada Bescansa utilizó a su hijo de objeto propagandístico, sin que eso tenga nada que ver con la leche que mamó el cagoncillo, sino sólo, y escuetamente, con la burda estrategia comunicativa del partido Podemos, sistemáticamente basada en lo que llamaré a partir de ahora el anecdotismo, y que consiste en la usurpación de la realidad a manos de la simpleza. Cuando miembros de ese partido acuden a ver al Rey Felipe y le regalan Juego de tronos (un folletín que han visto varias veces); o acuden a ver al presidente Rajoy y le regalan Juan de Mairena (un libro del que no han leído ni las tapas), se apoderan de la crónica de un modo que causa rubor. Ni el serial televisivo ni las lecciones del maestro Mairena tienen nada que ver con la circunstancia en que fueron usadas, por más que la irrisoria vanidad de los petimetres pretenda elevarlos al rango de metáforas. De igual modo, obviamente, que la obscena ceremonia láctea que organizó la diputada Bescansa nada tiene que ver con su toma de posesión como diputada.

Añade que:

Yo tendría interés en hablar seriamente de esas mujeres y hombres malcriados que como dice Elisabeth Badinter lo quieren todo: el poder y la teta; la luz y el píxel. También de la liga láctea y la mami chimpancé como modelo a seguir. Del Defensor del Menor, incluso, y sus labores. Pero la diputada Bescansa no lo merece. Lo que merece, sin más, es que el presidente Patxi López, en su primera medida de calado, le aplique la famosa jurisprudencia Celia Villalobos Candy-Crush y la sancione con 500 euros de multa por no estar al caso.

Para Victoria Prego, el espectáculo vivido en el Congreso de los Diputados fue todo un canto a la fiesta del pijama:

Pasada la primera jornada de fiesta infantil de cumpleaños, tendremos que volver a la realidad política y a sus incertidumbres. Porque lo que se vivió ayer puede que algunos que se las dan de originales e innovadores consideren que fue una demostración de los modos de la «nueva política», pero no fue sino la versión Hemiciclo de una de esas fiestas de pijamas que tanto gustan a los niños. Hubo diputados que venían a bordo de bicicletas, una charanga a las puertas, una diputada que exhibió a su bebé en el interior de la Cámara -vestido al más puro estilo ultraconservador, con sus dos lacitos de raso, que ya no se los ponen a sus hijos ni las más pijas del barrio de Salamanca- y con su carrito incluido.

Lamenta que:

Lástima que en el Congreso haya una guardería perfectamente equipada para ayudar a los diputados que necesiten acudir con sus niños. La señora Bescansa no dejó a su hijo en el centro infantil porque lo que quería era dar el golpe de efecto y convertirse ella y su criatura en uno de los centros de atención. Pero el corte reivindicativo tipo «reclamo medidas de conciliación familiar» se le chafó: en el Congreso ya existen esas medidas, así que la intención de la diputada de Podemos quedó al descubierto.

Y apunta que:

Pero no fue el suyo el único show que nos ofrecieron ayer sus flamantes señorías. También tuvimos un ramillete de promesas variadas a la hora de asumir los escaños. En ese momento el Congreso se convirtió en una sede de juegos florales, que para quien no lo recuerde eran unos espectáculos antiguos y extraordinariamente rancios que se celebraban en las primaveras franquistas. Más de uno se trajo su aportación por escrito, se ve que para que eso tan original, tan poético o tan reivindicativo que tenían que decir no perdiera impacto. Y tuvimos que soportar de todo. Fue para enrojecer el arrebato lírico de Errejón con ese «porque fueron, somos; porque somos, serán». Todo esto para prometer cumplir la Constitución. Pero lo más penoso fue esa apelación a que no hubiera «nunca más un país sin su gente ni sus pueblos». Se ve que se han creído que lo que ellos llaman «la gente», como si hubieran descubierto la pólvora, es algo distinto del pueblo soberano, de los ciudadanos, de los electores que les han puesto no sólo a ellos sino a todos los demás en el escaño. Fue una escena patética como la que ofrecían, hace ya muchos años, aquellos hombres que sus madres se empeñaban en vestir eternamente de niños y que iban con pantalones cortos pero enseñando una potente pelambrera. En fin, chicos, a la cama que mañana hay colegio.

Raúl del Pozo asegura que los podemitas y otras yerbas no han dejado el sectarismo junto al paragüero que hay a la entrada del Congreso de los Diputados:

Cuando estuvo en España, Théophile Gautier describió a los reyes como unos panaderos vestidos de fiesta y al Congreso de los Diputados como un siniestro caserón. «Es imposible -escribió- que dentro de ese edificio se pueda hacer ninguna cosa buena».

Ese palacio inaugurado en el año 1850 por la reina Isabel II abrió las puertas ayer para una legislatura que se vaticina convulsa y de gran dureza, en la que el Estado se juega su destino. Los de Podemos ya la han llamado la legislatura del búnker -incluyen al PP, al PSOE y a Ciudadanos- porque les han negado un triángulo de las Bermudas a sus mareas y los han dejado en el Senado sin silla donde poner sus jóvenes bullarengues.

Otros creen que ésta será la legislatura de las bicicletas, sin corbatas, sostenible y verde, con un Parlamento más plural y rejuvenecido. Es una novedad que el presidente del Congreso no sea, de momento, del mismo partido que la lista más votada, como solía. Esta novedad, dictada por la aritmética, recuerda levemente a la división de poderes, muy clara en Estados Unidos, donde el presidente de la Casa Blanca ni siquiera tiene silla en el Capitolio.

Rememora que:

Los indignados que hace años rodeaban el Congreso ya se sientan en el hemiciclo. «Dadme rebeldes, yo los convertiré en funcionarios del Estado», dicen los pesimistas, pero la presencia de los airados en el Hemiciclo es un avance democrático.

Es muy de políticos besar a los niños y viajar en bicicleta desde que la diseñó Leonardo Da Vinci (aunque hay dudas de que fuera así). Ayer llegaron en bici al gran teatro de San Jerónimo los diputados de Equo y también Juan Carlos Monedero. «Pregunté a la Policía -me explica- dónde se podía dejar la bici y me dijeron que en el patio, no. Tienen que acostumbrarse a nuevos modos. Ésta será una legislatura de bicicletas». «¿Cómo los chinos?», le pregunto. «No. Como los holandeses, los daneses, los europeos». Le pregunto que cómo ve la Legislatura: «Por ahora -responde- se comportan como actores que balbucean y dicen tonterías, porque carecen de obra dramática. Es patético ver a Pedro Sánchez, que ha pactado con el búnker la composición de la Mesa, negando lo evidente: que ha pactado con el PP y Ciudadanos».

Y sentencia:

No parece que los nuevos diputados hayan dejado el sectarismo junto a los paraguas. En los discursos y proclamas de los pasillos se repite el eco de los espectros, aquello que decía Marx: «La tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Se repite el desprecio que se profesan los políticos españoles del que habla Pío Baroja en su novela hasta hace poco inédita Los caprichos de la suerte. Cita el escritor vasco el epigrama de Voltaire: «El otro día al final de un valle/ una serpiente mordió a Jean Fréron/ ¿Qué piensa que pasó?/ Fue la serpiente la que reventó».

Esperemos que, además del templo de las leyes, el Congreso de los Diputados sea el diván de la nación, donde se suavicen los rencores.

En El País, una defensora del gesto de Carolina Bescansa, la articulista Luz Sánchez-Mellado:

Las que tenemos una edad hemos visto cosas que no creeríais, pipiolos. Cuando una gestó a sus hijas, a caballo entre el siglo XX y el XXI, que mira que es difícil parir a horcajadas entre dos milenios, se escondía el embarazo bajo burkas de camuflaje. Tu jefe ponía careto si pedías permiso para ir a clases de parto. Reclamar tus horas de lactancia era de marujas. Solicitar meses sin sueldo para criar al cachorro, un suicidio. Y estaba peor visto salir media hora antes para llevar al nene al dentista que ni aparecer por el curro por venir de un festival de house. Y eso que hablo del menos malo de los gremios para las mujeres.

Remarca que:

Un día, sin embargo, eso cambió para siempre. Desde entonces, he visto a orgullosas preñadas exhibir bombo a ídem y platillo. Oído a colegas ordeñarse -ñic, ñic, ñic- en el aseo entre entrevista y entrevista. Contemplado a señoras enchufarle la teta al mamón de tres años a pie derecho en la calle. Y escuchado, también, mandar a parir de nuevo a Soraya Sáenz de Santamaría y a Susana Díaz por no agotar sus bajas y dejar a sus niños abandonaditos con sus señores padres. En eso, admitámoslo, las peores somos nosotras. Ellos no osan soltar un gallo, no sea que les decapiten por machistas. Todo esto viene a cuento del aquelarre que se ha liado porque la madre de la patria Carolina Bescansa llevó a su bebé al Congreso habiendo guardería y pudiendo pagar quien se lo cuide. Le hemos caído encima. Que si qué vergüenza. Que si las cajeras -pobres cajeras, son como los politólogos; siempre hay una de guardia para explicárnoslo todo- no pueden hacer lo mismo. Que si es una sobreactuación para la foto. Pues claro.

Y acaba diciendo que:

Pero las fotos mueven el mundo, y esos gestos ya chirrían, pero aún no sobran. La noticia, hoy, sería ver a un señor con toda la barba con el crío a la chepa. ¿Quizá Pablo Iglesias? A este país no lo conoce ni la madre que lo parió, que dijo Alfonso Guerra, profeta en su escaño.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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