LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Mensaje de Ignacio Camacho a los barones del PSOE: «No vale decir sólo en privado que Pedro Sánchez se ha vuelto loco»

"Sánchez sabe que no le van a dejar continuar al frente del partido si no se atornilla al poder"

Mensaje de Ignacio Camacho a los barones del PSOE: "No vale decir sólo en privado que Pedro Sánchez se ha vuelto loco"
Pedro Sánchez.

Sigue, como no podía ser de otra manera, las tribunas de opinión de la prensa de papel este 24 de enero de 2016 centradas en lo que sucedió el último día de consultas del Rey Felipe VI con los principales partidos, Podemos, PSOE y PP.

La decisión de Rajoy de pasarle la patata ardiendo a Pedro Sánchez hace que muchos columnistas aconsejen, ya no al líder del PSOE, sino a los barones de la formación, que dejen de estar lanzando mensajes por lo ‘bajini’ y le digan lo que sea a la cara del ‘guapo’.

Arrancamos en ABC y lo hacemos por segundo día consecutivo con Ignacio Camacho.Le exige a los barones socialistas que se oponen a ese acuerdo con Podemos que se lo digan a Sánchez mirándole a los ojos, y no en reuniones cuasi clandestinas:

Es la hora de los barones, sobre todo de la baronesa. Y de los referentes senatoriales del «Viejo Testamento». Si de verdad hay dirigentes del Partido Socialista que no quieren pactar con Podemos, que desconfían de ese abrazo suicida para la organización y para España, le tienen que dar una salida a Pedro Sánchez. No basta con que digan en privado que se ha vuelto loco o que se ha echado al monte: es preciso que le ayuden a regresar a la sensatez. Porque fueron ellos, y de manera señalada Susana Díaz, quienes al día siguiente de las elecciones colocaron al secretario general en una tesitura personal que lo empujaba a la huida hacia adelante. Al conspirar contra él y cuestionar su liderazgo le tapiaron todas las puertas excepto una, la única que no podían clausurar, que es por la que el candidato intenta colarse. Lo situaron ante una opción humana en la que nadie dudaría: volver como profesor asociado a una universidad o tratar de ser presidente del Gobierno.

Recuerda que:

Después de aquella fallida conjura de diciembre, en la que a Díaz le tembló el pulso al verse con menos apoyos de los que calculaba, Sánchez sabe que no le van a dejar continuar al frente del partido si no se atornilla al poder. No lo quieren como jefe de la oposición y están dispuestos, si hay nuevas elecciones, a promover una candidatura alternativa. No ve más que cuchillos a su alrededor y en esas circunstancias entiende que al menos Pablo Iglesias le ofrece una prórroga. Una presidencia nominal, simbólica, prestada, sin poderes reales, humillante y condescendiente -«la sonrisa del destino»-, sometida a un aplastante dicterio político, es más de lo que puede encontrar entre la desconfianza de sus correligionarios dispuestos a amortizarlo. Si permite que gobierne Rajoy, lo liquidarán a corto plazo. Si provoca un bloqueo que desemboque en las urnas, tratarán de que no sea candidato y en todo caso lo machacarán si vuelve a perder. Si no llega como presidente de la nación al próximo congreso federal, lo perderá. No tiene oportunidades. La oferta de Podemos es un insulto y una trampa, pero los suyos no le proponen ninguna.

Y señala que:

Con la fracasada ronda de consultas del Rey se ha acabado el tiempo del postureo. Hay que encontrar soluciones. Negociar con inteligencia, a varias bandas, con ajuste fino. Pero de todos los líderes envueltos en este monumental lío, Pedro Sánchez es el único que además tiene que negociar con su propio partido. La dirigencia del PSOE debe aclararse, emitir criterio. Sí o no a Podemos, sí o no al PP -esto parece claro que es no, aunque falta un matiz: ¿sí o no al PP sin Rajoy?-, sí o no a las elecciones. Y también sí o no a Sánchez. El partido que más tiempo ha gobernado España no puede someter el futuro de la nación al destino personal de un hombre. Y menos dándole a elegir entre subir al desván de los juguetes rotos y ser el próximo expresidente de su país.

Antonio Burgos habla sobre la decisión de Rajoy y el espantajo de Pablo Iglesias creyéndose la última Coca Cola en pleno desierto iraní:

Aportagayola, den por citado a Ortega y Gasset si digo que los toros son el mejor espejo de las Españas. Lo refiero por la aparente «espantá» de Rajoy y por un tal Iglesias, que se ha tirado de espontáneo y se ha nombrado a sí mismo ya, sin votación ni nada, vicepresidente del Gobierno «in pectore».

-Y ya puestos, en vez de vicepresidente, ¿por qué no se ha nombrado el tío directamente presidente, así como les gusta a todos estos totalitarios fascistones de la ultraizquierda, sin elecciones ni esas tonterías burguesas con las que hay que acabar, como en Venezuela? -Eso digo yo… Lo de Rajoy no es una «espantá». Sabiduría y retranca gallega se llama la figura. Total, si aunque fue la lista más votada, como es de derechas, sin mayoría absoluta le iban a dar un revolcón en la investidura, ¿a qué pasar ese mal trago? ¡Que se lo lleve otro! Cuando supe que la margarita (se llama mi amor) le había dicho «no» a Rajoy cuando deshojó la duda de la investidura, me acordé de que había aplicado la teoría de otro gran filósofo, también llamado Ortega, cual Gasset: Rafael Gómez Ortega, «El Gallo». Dijo El Gallo en circunstancias parejas a las de Rajoy en esta hora: «Las broncas se las lleva el viento, pero las cornás se las lleva uno…» Así que no ha habido hule para Rajoy en esa media plaza de toros que es el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Ruedo de España al que no le falta ni el reloj frente a la presidencia.

Asegura que el líder de Podemos pasar por ser un zarrapastroso:

Y vamos con el espontáneo, ese Iglesias que ya le tiene nombrado medio Gobierno a Sánchez. No me ha recordado a Ortega alguno, sino a un califa cordobés. El califa en quien he pensado no es del Toreo contra el que vota el ayuntamiento del PSOE en Córdoba, sino del antiguo PCE: Julio Anguita. Antes de empezar a marear el pájaro perdiz de los pactos, repetía siempre: «Programa, programa, programa». Este Iglesias que se presenta a ver al Rey con un atuendo zarrapastroso con el que no lo dejarían entrar en cualquier discoteca de medio pelo, dice algo más lamentable antes de sentarse a negociar nada. Y exigiendo: «Ministerio, ministerio, ministerio». La Castuza quiere sentar plaza de Casta. Este le ha cogido gusto a la cartera de Pseudo Loewe que le dieron como diputado. Y se ha puesto no sólo a quedarse con los ministerios del oso (y el madroño) antes de cazarlo, sino a inventarse carteras. En forma de cursilerías. Ni el más versado hablante de Tertulianés es capaz de inventar una cursilería como el Ministerio de la Plurinacionalidad. Aparte de que me recuerda al Ministerio de las Regiones donde Clavero se puso a servir el lamentable «café para todos» (origen y causa de los actuales males de la Unidad de la Patria), lo de la Plurinacionalidad es una Plurimamarrachá para contentar separatistas. Puestos así, montando su Gobierno Ikea, que invente también el Ministerio Multiusos, vulgo Ministerio de la Navaja Suiza, con lo cual, de camino, por lo helvético, pueden recochinearse con Bárcenas y con Pujol.

Y deja al ‘coletas’ retratado:

Me parece que la situación de la Patria está tan en grave peligro que una de dos: o traes al alcalde de Móstoles para que repita el llamamiento histórico, o te tomas a cachondeo a estos gachés, lo que es mejor para la salud y hago. Lo triste es que la izquierda sin ética se afirma en su superioridad moral cada vez más, y la derecha, cada vez con las orejas más gachas, aunque haya ganado las elecciones, pero nunca el poder si no saca mayoría absoluta. Para echar al PP, todo vale. Para traer a la izquierda, todo vale. Por no salir del toreo, a los pases con la muleta en la izquierda les llaman «naturales»: como si los dados con la derecha fuesen antinaturales. Pegados con la franela en la diestra son «derechazos». Que suena a boxeo. Vaya usted a saber si lo que Rajoy ha pegado no ha sido una «espantá», sino un derechazo en la mandíbula de cristal del partido con tan lamentables ansias de Ministerios, que vive de los mangazos que pega en Irán y en Venezuela.

Jon Juaristi trae a la memoria como en España hubo momentos en el que populares y socialistas se entendieron y pone dos ejemplos claros, ambos en el País Vasco:

Ante lo que parece definitiva ruptura del bloque constitucionalista, parece más sensato confiar en que el depositario de la soberanía arregle algo mediante nuevas elecciones -no todo, pero quizá lo suficiente para ir tirando un par de años- que dejarse arrastrar por la aversión mimética que se prodigan los dos partidos mayoritarios. En España no cabe pensar en grandes coaliciones patrióticas ni compromisos históricos entre el PSOE y el PP. Por otra parte, el sistema está tan dañado que cualquier combinación gubernamental imaginable entre las izquierdas y los nacionalistas lo arruinaría sin remisión. Entraríamos en un proceso (si tuviéramos la memoria que hay que tener y no la histórica, debería sonar a cosa conocida) cuyo único final previsible sería una constitución de izquierdas; es decir, una constitución contra la derecha, contra el centro y contra la unidad nacional. Ese tipo de constituciones en España aguantan entre tres y cinco años, y hasta ahora han terminado sin excepción en guerras civiles. No quiere decir que deba suceder lo mismo la próxima vez, pero, a mí, francamente, la experiencia conocida me disuadiría de volver a intentarlo.

Recalca que:

He afirmado que no cabe imaginar compromisos entre el PP y el PSOE para salvar el sistema (el actual sistema constitucional, por supuesto), pero, aunque parezca increíble en un tiempo en que el modelo municipal madrileño se ha impuesto en todo el ámbito de la nación, habría que recordar dos momentos todavía recientes en los que hubo conatos de acuerdo entre ambos partidos, al menos en una comunidad autónoma: la vasca. En abril de 2001, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros escenificaron en San Sebastián la voluntad de unir fuerzas contra ETA y el todavía entonces vigente Pacto de Estella si las inminentes elecciones autonómicas les dieran la mayoría suficiente para formar un gobierno de coalición. El segundo momento fue el del acuerdo de los populares vascos con el PSE-EE, en 2009, para investir como lehendakari al actual presidente del Congreso. Un apoyo que se prolongó incluso mientras el Gobierno de Patxi López se dedicaba a negociar con ETA a mayor gloria de ese gran estadista europeo -según Joseph Stiglitz- apellidado Rodríguez Zapatero.

Y apunta que:

Del acuerdo entre Basagoiti y López nada diré, porque desconozco sus pormenores. Pero tuve algún papel en la mediación para acercar posiciones entre Mayor Oreja y Redondo Terreros. El proyecto fracasó porque, inesperadamente, la izquierda abertzale traspasó parte de su voto al PNV. Lo justo para permitirle mantener la mayoría. Fue un traspaso bien planificado, porque la izquierda abertzale tiene el electorado más disciplinado de España: un rebaño, que no un cardumen sometido a quiebros aleatorios. Más incluso en aquella época, en la que los pastores todavía mataban a las ovejas disidentes. Aún hoy conserva la disciplina suficiente para montar masivas manifestaciones por la libertad de los presos de ETA mientras sus bases votan también masivamente a Podemos. Que ya existía un pacto entre Bildu y Podemos antes de las últimas elecciones generales y que ese pacto incluye tanto la amnistía de los etarras como la facilitación de un proceso soberanista a la catalana, es evidente a la luz de unos resultados electorales que muestran a las claras cómo la izquierda abertzale ha apoderado a los chavistas españoles para que la representen en las principales instituciones del Estado. Y de que el pacto entre una y otros haya tenido como escenario Maracaibo o Isla Margarita a expensas del pueblo venezolano, pudiendo haberlo montado en Carabanchel, qué quieren que les diga. Que vaya vida se pega la famélica legión.

En El Mundo, David Jiménez critica la táctica conservadora que, por otra parte, es la misma que lleva aplicando Mariano Rajoy desde que entró en política:

Quienes crean que los periódicos vivimos de las malas noticias pensarán que el martes tuvimos un buen día. Nuestra portada era especialmente deprimente, con la corrupción ocupando todo el espacio: desde el 3% de la cleptocracia catalana a los paraísos fiscales, y desde el escándalo Acuamed a la prostitución del circuito profesional de tenis, contaminado por las apuestas ilegales. Ya dice Andre Agassi en su autobiografía, quizá la mejor que haya escrito un atleta, que el tenis es un reflejo de la vida y de ahí que utilice su mismo lenguaje.

Love. Ventaja. Rotura. Muerte súbita.

La forma de jugar al tenis de cada uno suele ir ligada al carácter. El tramposo canta como mala la bola que ha entrado, el optimista apenas se lamenta si no pasa la red -cree que le irá mejor en el siguiente punto-, el temerario arriesga con golpes improbables y el conservador espera a que el rival falle, la estrategia con la que Mariano Rajoy ha sobrevivido a todo y a todos durante más de tres décadas de carrera política.

Rememora que:

Ya fuera para lograr su designación como sucesor de Aznar o en su empeño en continuar al frente del partido tras dos derrotas electorales ante Zapatero, en su forma de resistir el rescate o ante el desafío catalán, el presidente ha ganado y perdido despistando con su aparente quietud. Y así ha llegado hasta el partido definitivo: aferrado a la esperanza -otra forma de prolongar el tormento, según Nietzsche- de que el rival vuelva a fallar.

Por supuesto existe la posibilidad de que la izquierda no llegue a un acuerdo, Ciudadanos no entre en el juego, se convoquen nuevas elecciones y Rajoy se presente e incluso gane con algo más de margen. Pero en la casa de apuestas no hay grandes colas de gente poniendo su dinero en esa opción. Al evitar en el último momento la investidura, el presidente se ha ahorrado el mal trago de ser linchado políticamente en el Parlamento, pero a cambio ha dejado toda la iniciativa a rivales que le tienen las suficientes ganas al Partido Popular como para aparcar los principios por la causa común de desalojarlo de Moncloa.

Dice que:

Pase lo que pase, siempre quedará como otro de los misterios insondables que rodean a Rajoy por qué ha permanecido paralizado durante el mes que ha seguido a las elecciones, ignorando a quienes le decían que esta vez sí, o se movía o se enfrentaba a la soledad de la derrota. Cierto que sus posibilidades de éxito eran escasas y que Pedro Sánchez no le ha dado opciones, prefiriendo hacer guiños a partidos que abiertamente declaran su intención de romper España, pero el presidente ni siquiera ha dado la batalla para enfrentar al líder socialista ante sus contradicciones. ¿Dónde está su oferta con medidas concretas de regeneración y reformas? ¿Dónde la batería de propuestas que, recogiendo ideas de los programas de los partidos a quienes reclama su apoyo, pudiera mover posiciones o abrir grietas en esa negativa obstinada al pacto que mejor le vendría al país? ¿Dónde las reuniones con un Albert Rivera que, tras pagar el coste de su errático final de campaña, vuelve a demostrar su sentido de Estado?

Y sentencia:

No fue hasta el viernes, tras días de parálisis, que Rajoy anunció que preparaba una «oferta generosa» para Sánchez de cara a la investidura que después abortó. No se sorprendan si la noticia les pasó desapercibida. Para entonces Pablo Iglesias, el único candidato del que tenemos la certeza de que ha leído a Maquiavelo, ya le había robado la cartera a los demás, aprovechando la inacción de Rajoy y la debilidad temeraria de Sánchez para lanzar su «chantaje» al líder socialista: o me hacen presidente -¿alguien cree que sería otro el que mandara en ese eventual gobierno de izquierdas?- o que me sirvan unas nuevas elecciones en las que poder engullir los restos del PSOE.

El partido está pues abierto y, como en Match Point, la película de Woody Allen, la pelota ha golpeado la red y permanece suspendida en el aire, a la espera de caer en uno u otro lado de la cancha. «Con un poco de suerte pasa la red y ganas. O no lo hace, y pierdes», dice la voz en off, que bien podría ser la de un presidente que de nuevo espera ganar el partido sin subir a la red.

Fernando Sánchez Dragó considera que hemos llegado a un punto en el que toca hacer borrón y cuenta nueva con la política actual:

Opiniones apocalípticas de un apolítico independiente. Las opiniones se refieren a lo que está pasando; el apolítico soy yo; el independiente, también. Seré sucinto. Al fin y al cabo, a estas alturas de la función que el ajedrez de la política nos está ofreciendo, ¿qué más da?

Señala que:

1. La democracia ha tocado fondo o techo. Viene a ser lo mismo. Lo uno y lo otro señalan un punto final. Raros son los ámbitos, ya sean municipales, ya autonómicos, en los que los gobiernos respectivos reflejan la voluntad mayoritaria recogida en las urnas. Algo parecido, si un milagro no lo remedia, va a suceder en lo concerniente al conjunto de la nación.

2. En 1971 -ya era afinar- don Gonzalo Fernández de la Mora escribió el libro de filosofía política más clarividente de las cinco últimas décadas: El crepúsculo de las ideologías. Tras el ocaso viene la oscuridad y, en efecto, las ideologías se han ido al cementerio del populismo, la telecracia, las redes, los nacionalismos, los internacionalismos y los intereses económicos. Ya no hay ni izquierdas ni derechas. Las unas pueden juntarse o más bien arremolinarse con las otras -lo estamos viendo-, como lo hacen las churras con las merinas en los rebaños dirigidos por un mal pastor, en función no de las ideas o los programas, sino del arrimón al sol que más calienta.

Y aporta dos razones más:

3. Ese sol es el del poder, el del poder a todo trapo y como fin supremo, el del poder que puede ir o no unido al afán de enriquecimiento acompañado -no siempre- por esa moneda (nunca mejor dicho) de curso ilegal que es la corrupción. He tratado a muchos políticos, españoles y extranjeros, de izquierdas o de derechas, democráticos o dictatoriales, a lo largo de mi vida de escritor y también he venido a saber de otros al hilo del estudio de la historia. Los había mejores y peores, más torpes o más hábiles, más listos o más tontos, pero no he conocido a ninguno acicateado por la búsqueda del bien común. Lo único que los movía era lo que acabo de decir: el poder. En ese afán todos coincidían y coinciden, cualesquiera que fuese o sea su máscara ideológica y su extracción social. Vale la consideración para cuantos ahora mueven sus peones en el tablero de ajedrez que mencioné al principio.

4. Senza Governo funzionamo meglio, dicen los italianos. ¿Y si tuviesen razón?

Continuaré… O no.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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