LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho retrata a Pedro Sánchez: «Está exultante con su optimismo tardozapaterista arrinconando al PP»

"Si saca adelante la investidura, desactivará a los insurgentes del PSOE y encerrará a Susana Díaz en su latifundio andaluz"

Ignacio Camacho retrata a Pedro Sánchez: "Está exultante con su optimismo tardozapaterista arrinconando al PP"
Pedro Sánchez. EP

No podía ser de otra manera. Este 4 de febrero de 2016 los columnistas de la prensa de papel siguen pendientes de la futura investidura de Pedro Sánchez y de cómo el líder socialista intenta por todos los medios convertir su pésimo resultado en el más provechoso de toda la historia del PSOE y, al mismo tiempo, resucitar el cordón sanitario de antaño contra el PP.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho que ve en el líder socialista la reencarnación de Zapatero por eso del optimismo exacerbado y por tener en el punto de mira a Mariano Rajoy:

Está exultante. Con un optimismo tardozapaterista, Sánchez va cumpliendo el plan que trazó en mayo, o antes, y que vislumbró con claridad la noche del 20-D, cuando sus adversarios internos se lamentaban del descalabro. Una alianza multipartita contra el PP, un Gobierno derogatorio. A base de tenerse fe ha logrado torear a los críticos de su partido, aislar a Rajoy y sacar petróleo de una derrota histórica. Ha utilizado a Ciudadanos para colocar a Patxi López al frente de las Cortes y se dispone a volverlo a usar en otra envolvente contra el marianismo. Su vía de negociación está clara desde el principio: Podemos, IU y los nacionalistas, pero antes necesita un poco de postureo con C’s para darse una pátina de moderantismo. Sabe que un acuerdo con Rivera no suma mayoría útil sin la colaboración de los populares; sin embargo necesita fingir una aproximación centrista para legitimarse en sustitución de la investidura-linchamiento a la que ha renunciado el presidente en funciones. Después de haberle dado diecisiete calabazas al PP todavía lo veremos culpar a la intransigencia de la derecha de empujarle en brazos de los radicales.

Señala que:

Así las cosas, ha nombrado un equipo negociador con personas de estricta confianza y restos de la vieja guardia del rubalcabismo. La misión de ese grupo de gente sensata consiste en lograr que los posibles socios tengan cuidado con lo que piden porque el jefe se lo puede dar. Sánchez quiere la Presidencia y si es preciso ofrecerá a cambio el poder. Su objetivo no es armar una coalición, sino amontonar votos favorables. El Gabinete que pueda formar estará obligado a negociar cada día consigo mismo su propia supervivencia, pero eso debe ser pan comido para un hombre que lleva año y medio haciéndolo entre sus filas. De momento ha logrado que los barones y la baronesa se aparten y lo dejen hacer, bien es cierto que confiados (como Rajoy) en que se estrelle. Está convencido de que se va a salir con la suya; sólo recela de Pablo Iglesias, que tiene en su mano arruinarle el sueño. Ambos se presionarán mutuamente con la responsabilidad de una eventual repetición de las elecciones. Un duelo de egos.

Y destaca que:

Ese proyecto tan aleatorio, lleno de carambolas políticas, es el fruto de una arriscada voluntad de sobrevivir a cualquier precio. Si lo saca adelante desactivará a los insurgentes del PSOE y encerrará a Susana Díaz en su latifundio andaluz. Aún guarda una baza de última hora: presentarse a la investidura sin un acuerdo cerrado, al menos oficialmente, para sortear la consulta a las bases, que sólo votarían algo parecido a una declaración de intenciones. Díaz rezongará, pero no podrá oponerse. Tanto ella como Rajoy dependen ahora, quién se lo iba a decir, de Iglesias. El líder de la coleta puede eliminar dos adversarios de una tacada. Y ganar tiempo de sobra para rodarse en el poder antes de ir a por el tercero.

Isabel San Sebastián es consciente de que la oportunidad que tienen Pedro Sánchez y Pablo Iglesias de mandar en España es única y no van a dejarla escapar:

España ha quedado relegada al olvido, incluso a los efectos de romperla. Lo que se ha puesto en marcha oficialmente desde el martes es una lucha descarnada por el poder, en la que algunos de los contendientes se juegan, además, la supervivencia. Una pugna por ver cuántas y qué poltronas ocupa quién. O sea, justo lo contrario de lo que afirman los dos protagonistas de este guión frente-populista cuyo desenlace está escrito. Aquí lo de menos van a ser las políticas, supeditadas de antemano a intereses personales y partidistas. Parafraseando a Pilar Ruiz, vamos a ver cosas que nos helarán la sangre. Más aún de las que ya hemos visto.

Precisa que:

Las líneas rojas trazadas por unos y por otros al comienzo de este proceso ya han empezado a desdibujarse. De la mesa negociadora ha desaparecido como por arte de magia el derecho de autodeterminación que exigía el líder de Podemos para sentarse, tanto como el veto a los separatistas presuntamente impuesto por el comité federal socialista. El candidato del PSOE anuncia que hablará con todo el mundo. ¿Quién va a impedirle aceptar una abstención de los independentistas catalanes y un voto favorable del PNV, al que incomprensiblemente nadie considera a estas alturas enemigo de la unidad nacional, por más que nunca haya mostrado lealtad a la Nación española ni a la Constitución del 78? La verdadera partida se juega entre Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. Si ellos dos llegan a un acuerdo, el «gobierno del cambio» (eufemismo al uso para denominar un frente de izquierdas sostenido por nacionalistas radicales encantados de lidiar con un Ejecutivo débil) será una realidad en pocas semanas. Y la consecución de ese entendimiento no va a depender de ideas para rebajar la deuda pública o programas educativos, sino de quién ostenta la Vicepresidencia y el control de la televisión pública, quién la cartera de Interior y quién la que maneja el Presupuesto. Lo demás será puro teatro de cara a la galería.

La alternativa que algunos barajan son elecciones anticipadas, para las que falta quorum. Esos comicios tendrían como único beneficiario al PP, hoy por hoy derrotado pese a su condición de ganador, lo que lleva a pensar que representan una posibilidad remota. Sánchez sabe que no llegaría vivo a esas urnas, dada la cantidad de «compañero/as» ansiosos por derribarle de su frágil pedestal, y el PSOE es consciente de que Podemos cargaría todo el peso de una oportunidad desaprovechada sobre las siglas del puño y la rosa, con efectos letales para su candidatura. Incluso el astuto Iglesias olfatea el peligro inherente a devolver la palabra al electorado y arriesgarse a topar con un bloque de centro-derecha reforzado en su composición. Es improbable que lo asuma. Sánchez y él comprenden que no tendrán otra ocasión como esta y no piensan dejarla escapar.

Y sentencia que:

El único capacitado para impedir este pacto mortal es Mariano Rajoy, que podría articular una amplia mayoría alternativa en torno a propuestas reformistas de progreso real, sacrificando su cabeza y la primogenitura de su partido. Eso significaría abstenerse para permitir gobernar al hombre que le llamó «indecente», con 32 diputados menos que los conseguidos por la gaviota y el respaldo condicionado de Ciudadanos. Un duro golpe para su orgullo, a cambio del cual salvaría a millones de españoles de lo que nos espera en manos de los podemitas. Sería injusto desde su punto de vista, aunque beneficiaría al conjunto. Constituiría el precio a pagar por haber permitido que las cosas llegaran hasta donde han llegado, tras cuatro avisos desoídos, partiendo como partió de un poder casi absoluto. Escribo en condicional. No lo hará.

Gabriel Albiac dice que Errejón e Iglesias le recuerdan a personajes de un pasado turbio y totalitario que dejó tras de sí millones de muertos:

En la foto ambos ríen. No les faltan motivos. A su espalda, retratos de parlamentarias antiguallas, animales del pasado, cosa ya preterida. Porque estos jóvenes joviales son el mundo nuevo, cantarín rostro de las «juventudes» cuya misión providencial será trocar el Parlamento en trampolín para el salto (mortal) a los cielos. Allá por los años treinta, hace ahora no mucho menos de un siglo, «la juventud del mundo» era etiqueta con la cual a sí mismos se identificaban dos ejércitos paralelos, fraternales a veces, mutuamente homicidas al fin, y los dos parapetados en ese modernismo político extremo que fue la postulación de un Estado Totalizante: Komintern, de un lado; del otro, NSDAP alemán: los que se proclamaban únicas verdaderas fuerzas de progreso y futuro que sacudieran las adormecidas sociedades burguesas del viejo continente.

Detalla que:

De los dos que ríen en la foto ahora, no mucho menos de un siglo después, hay uno que enarbola un libro. El lector de periódicos no demasiado miope puede identificar su título: Teoría del partisano. ¿Qué mejor etiqueta, pensará, que la de «partisano», para estos ángeles exterminadores de la vieja política, del viejo mundo? El lector pulido por las bibliotecas no necesita aguzar aún más la vista para saber el nombre de su autor: Carl Schmitt. Y el nombre pone, en el memoria de cualquier hombre mínimamente letrado del siglo XX, un malestar oscuro. Carl Schmitt: el más grande de los juristas que pusieron las bases del Estado hitleriano en la Alemania de los años treinta.

En 1962, cuando dictó las dos conferencias que componen la Teoría del partisano, Carl Schmitt era un proscrito para todas las universidades civilizadas. Así que prosiguió su carrera académica, truncada por la derrota de Hitler, en los únicos auditorios disponibles para una piltrafa nazi con talento: las universidades franquistas. Navarra y Zaragoza fueron las plataformas desde las cuales el rencoroso sabio hitleriano saludó como «un imperativo moral» la anhelada revancha sobre las potencias que impusieron su superioridad militar para romper el sueño totalitario de Alemania. «Los hombres que emplean aquellos medios contra otros hombres se ven obligados a destruir también moralmente a otros hombres… Hay que declarar a la parte contraria, en su totalidad, como criminal e inhumana, como un desvalor absoluto… Hasta la destrucción de toda vida que no merece vivir».

E insiste:

No era nueva la tesis de Schmitt. La había inaugurado en un trabajo de 1932, que llamaba a construir el arquetipo del «enemigo» (exterminable) como única garantía de la identificación entre pueblo y líder. Treinta años y varias decenas de millones de muertos después, Schmitt seguía teniendo de sí mismo un envidiable buen concepto. A fin de cuentas, proclama al final de esta Teoría del partisano, «el teórico no puede hacer más que mantener las nociones y llamar a las cosas por su nombre». Auschwitz no altera su pulso. Porque, «cuando se lucha con criminalizaciones del adversario bélico en su totalidad, cuando la guerra se hace civil, y se lucha entre enemigos de clase, cuando su objetivo principal es la eliminación del gobierno del Estado enemigo, entonces la explosiva fuerza revolucionara de la criminalización del enemigo provoca que el partisano se convierta en verdadero héroe de guerra».

Ríen los dos discípulos. Y puede que haya quien, al ver esa foto, en lo de «partisano» crea leer lirismos de elegía roja. Y sí, es elegía. De camisa parda. De eso ríen Errejón e Iglesias.

En El Mundo, Arcadi Espada apuesta a una nueva convocatoria de elecciones después de que Sánchez no logre reunir la mayoría suficiente para poder gobernar:

Pedro Sánchez abrió el miércoles la campaña de las próximas elecciones, que serán dentro de poco o dentro de muy poco. Sus posibilidades de formar gobierno son reducidas, porque cuenta con apreciables enemigos: el PP, el partido Podemos y el PSOE. Pero, aun venciéndolos, nunca gobernará realmente, porque ni tiene una mayoría propia ni aliados fiables.

Apunta que:

Un gobierno Sánchez (en el nombre ya se advierte el exceso) sería corto, líquido y escandaloso. De estar interesado por el Gobierno de la cosa pública habría aceptado la gran coalición con PP y C’s y la clara posibilidad de ser vicepresidente y de convertirse en cuatro años en un líder sólido. Sin embargo, su anunciada disposición a formar Gobierno va a permitirle encarar mejor la próxima campaña electoral. Va a decirle a los españoles que él lo intentó, por responsabilidad y sentido del deber, pero que no quiso transigir con la ruptura de la unidad de España ni gobernar con un partido corrupto. La maniobra le sitúa en el centro del debate y la luz que recibe ensombrece la posibilidad de que los socialistas opten por otro candidato. Si de modo semimilagroso el partido Podemos renunciara al ejercicio del derecho de autodeterminación y permitiera un gobierno de la izquierda, el beneficio para Sánchez también sería evidente al haber quebrado la primera condición de gobierno que Iglesias puso.

Y concluye que:

A la campaña (inmediata o inminente) que se avecina, Rajoy va a acudir debilitado, si es que acude. La posibilidad de que Sánchez, en el forcejeo negociador o en una investidura frustrada, le culpe de no permitir con su abstención un Gobierno razonable tiene mala réplica. Es verdad que Rajoy sacó más diputados que nadie, pero su negativa a la investidura rebaja inevitablemente su legitimidad y exhibe su vulnerabilidad principal: la evidencia de que un acuerdo entre PSOE y C’s tiene mayor margen de maniobra parlamentaria que un acuerdo entre PP y C’s. Hasta el 21 de diciembre, Sánchez lo perdió todo. El grave error táctico de Rajoy y la irrisoria fatuidad de Iglesias lo han colocado en un mejor lugar. El Rey ha encargado Gobierno a un hombre que ahora no tiene la mayoría. Pero él solo piensa en la próxima.

Luis María Anson entiende que Sánchez está frito por pactar con el radical de Pablo Iglesias, pero que también puede salirle bien el plan B, pacto con Ciudadanos y abstención del PP:

El Frente Progresista, lanzado al vuelo desde el campanario de Pedro Sánchez tras el 20-D, sumó 11.643.375 votos. Una hipotética alianza de centro derecha entre el Partido Popular y Ciudadanos, 10.716.293, casi un millón menos. Mariano Rajoy encabezó el partido más votado pero no ganó las elecciones. El Frente Progresista, es decir, eufemismos aparte, el Frente Popular, formado por los socialistas del PSOE y los comunistas de Podemos e IU, a pesar de conseguir 923.133 votos más que el centro derecha, tiene dos diputados menos que la eventual -y dificilísima- alianza entre PP y Ciudadanos. Sánchez, para alcanzar la Presidencia en segunda votación con su Frente Progresista, necesita los escaños del PSOE, de Podemos e IU, más los del PNV y la abstención al menos de ERC.

Aclara que:

Estados Unidos tiene poderosos intereses económicos y, sobre todo, militares en España. La Europa unida, regida por Merkel, desea que España se mantenga en el equilibrio y la moderación. Rechazan la posibilidad de que el socialismo vire a babor y se radicalice en las sentinas de Podemos. Redoblarán ahora sus presiones para que Rajoy facilite, con la abstención del PP, un Gobierno fruto del entendimiento entre el PSOE y Ciudadanos.

Eso significa que, en la hipótesis de una sesión de investidura de Pedro Sánchez apoyado por el PSOE y Ciudadanos, la abstención del PP daría la victoria al líder socialista, en segunda vuelta, por 130 votos a favor y un máximo de 97 en contra. Rajoy salvaría la cara, escudado en la razón de Estado, la extrema izquierda quedaría chasqueada y Sánchez se zafaría del acoso de los barones de su partido.

Y remarca que:

Al líder socialista lo que le gusta de verdad, sin embargo, es el plan A, el Frente Popular, aunque eso suponga mantener una arisca negociación con Iglesias y alcanzar acuerdos con el PNV, amén la abstención de ERC. Si no le queda otro remedio, Sánchez renunciaría a la tiza que tanto le gusta y aceptaría el plan B de su estrategia bifronte, es decir, el acuerdo con Cs y la abstención del PP. Rivera, que se quedó en 40 diputados en lugar de los 65 previstos, está jugando en el centro del campo con innegable habilidad como lo hizo para la constitución de la mesa del Congreso. Rajoy permanece como siempre impenetrable, tal vez porque no tiene nada que penetrar.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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