LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Alfonso Rojo: «Si Rajoy hubiese sacado ocho millones de votos, no estaríamos haciendo cábalas sobre las majaderías de Pablo Iglesias»

"Si Pedro Sánchez se la pega, el líder del PP tendrá la oportunidad de envidar"

Alfonso Rojo: "Si Rajoy hubiese sacado ocho millones de votos, no estaríamos haciendo cábalas sobre las majaderías de Pablo Iglesias"
Mariano Rajoy (PP). David Mudarra.

Entre las negociaciones para conseguir un acuerdo de Gobierno para esta incipiente legislatura y el bochornoso espectáculo proetarra que dieron los dos titiriteros del barrio madrileño de Tetuán la tarde del 5 de febrero de 2016, con la anuencia de Manuela Carmena, la alcaldesa, y la concejal de Cultura, Celia Máyer, las columnas de opinión de la prensa de papel están más que entretenidas.

Comenzamos en La Razón y lo hacemos con Alfonso Rojo, que tiene muy claro que de haber sacado sólo unos pocos votos más Mariano Rajoy, ahora no tendríamos que estar tolerando al chantajista de Pablo Iglesias poniendo condiciones aquí y allá como si el fuese quien realmente hubiese ganado las elecciones. La verdad es que el chico tiene complejo de creerse el último refresco del desierto:

Se les olvidó uno. Quizá porque no vivieron en España, pero si lo hubieran hecho, seguro que santo Tomás de Aquino o el papa Gregorio hubieran añadido a la gula, la avaricia, la lujuria y el resto de pecados capitales un octavo: la ingratitud. A estas alturas y dejando a un lado la crueldad gratuita, no se me ocurre vicio mayor que el desagradecimiento, algo tan común como habitual en política.

Precisa que:

Hace unos meses, en uno de los desayunos con periodistas que montaban en La Moncloa con la vista puesta en las elecciones generales, se lo comenté a Mariano Rajoy, después de que nos explicara sin alharacas la ingente tarea realizada durante cuatro años para sacar al país del marasmo en que nos dejó el insensato Zapatero. Le pregunté si no temía que a la hora de la verdad, por bien que dejara las cifras económicas, le ocurriera como a Winston Churchill, que exigió a los británicos «sangre, sudor y lágrimas» y al que sus conciudadanos, exactamente 59 días después de ganar la II Guerra Mundial y cargarse a Hitler, le endiñaron la derrota electoral más apabullante que nunca ha sufrido un líder conservador. Rajoy se limitó a encoger levemente los hombros, pero estoy seguro de que estos días, escuchando las pavadas que sueltan algunos sobre él, se habrá acordado de Churchill.

Añade que:

No debe de haber para un político que se precie satisfacción mayor que defender lo que piensa y que encima le voten en masa los electores. Es indudable que Rajoy ha hecho lo que creía que debía hacer, sin concesiones estériles al populismo o con cálculos cicateros destinados a quedar bien con la parroquia. También que ganó las elecciones el 20-D y con considerable ventaja sobre sus rivales. Su drama y quizá también el nuestro, es que las cifras no cuadran. Si en lugar de 7.215.530 votos hubiera cosechado ocho millones, a estas alturas no estaríamos haciendo cábalas sobre cada majadería que suelta Pablo Iglesias o escudriñando los pestañeos de Pedro Sánchez.

Pero las cosas son como son y no tiene sentido amargarse contra lo que no puedes cambiar. Hay que jugar con las cartas que tienes en la mano y en el caso de Rajoy, su oportunidad de envidar llegará en un mes, si el líder del PSOE se la pega. Será entonces cuando empezará de verdad la negociación y veremos si entre las bazas que juega, como barrunto, está ofrecer por sorpresa su propia cabeza y salvar al PP.

Juan Pablo Colmenarejo, en ABC, sacude de lo lindo a la «chekista» de Celia Máyer tras permitir el bochornoso espectáculo de los titiriteros del barrio de Tetuán ensalzando a ETA:

Cuando se constituyó el Ayuntamiento de Madrid tras las elecciones de mayo del 15, la alcaldesa Carmena, a quien Podemos usa como títere de mutuo acuerdo, entregó la concejalía de Kultura al autor de unos textos vejatorios con las víctimas del terrorismo. El premio de consolación para el concejal Zapata fue la gestión del familiar barrio del Pilar, donde entre otras cosas se empeña en cerrar el centro de mayores. Después de Zapata tenemos en el sillón K a la concejal Celia Mayer, formada en el combate okupa y dedicada al derribo de monolitos y placas de escritores declarados sospechosos, bien por desconocimiento, bien por gen revolucionario y chekista. Que en Madrid no tengamos un Gobierno municipal moderado se lo debemos a Pedro Sánchez, quien habita plácido en otro municipio rico y acomodado que gobierna el PP.

Subraya que;

El secretario general del PSOE empezó a invertir en su proyecto personal de presidente del gobierno dejando las principales de ciudades de España en manos de Podemos y sus asociados de los movimientos de okupación. Algún día, tal vez en sus memorias, Antonio Miguel Carmona contará a la opinión pública lo que piensa de aquella jornada en la que entregó el poder a quienes tienen como primer objetivo la destrucción del partido al que tanto dice querer el excandidato a alcalde. Carmona pudo ser primer edil y no fue, aunque para ello tenía los votos del PP y Ciudadanos a su disposición. Que Celia Mayer contrate a una compañía de titiriteros enaltecedores del terrorismo de ETA, capaces de representar para niños de tres a seis años una violación, la crucifixión de una monja o el ahorcamiento de un juez y que después se lave las manos cortando la cabeza de dos colaboradores externos del ayuntamiento genera perplejidad en muchos, pero regocijo en los demás. Lo que antes era un ejercicio marginal ahora es de poder.

Y recuerda todos los antecedentes:

Los Reyes Magos, las calles del pasado, los coches diésel y los insultos o vejaciones de los títeres manifiestan, como dice Felipe González, un leninismo-chavista que aprovechó la crisis de 2008 para meterse hasta el tuétano en la vida cotidiana, embelesando a muchos votantes con la solución fácil al problema difícil. Cuando en Podemos hablan del Gobierno de la gente muestran el proyecto de partido único, y en todas y cada una de las decisiones hay un paso más para poner en cuestión cualquiera de los valores y principios de la democracia liberal a la que quieren derribar. Escribir con K la palabra cultura no es una gracia. Es una política.

Ángel Expósito va a saco contra el chantaje de los separatistas al que tienen sometido a un PSOE que será capaz de vender su alma al diablo por una parcelita o un sillón en La Moncloa:

Es una más de tantas paradojas que trae consigo nuestra joven democracia. Llevamos cuarenta años soportando gili… sandeces inconcebibles en cualquier país de Europa, excepto Grecia, Portugal y aquí. (Tiembla Merkel… ¡menudo eje!). En España, ahora, es progresista pactar con antisistemas, pseudorrevolucionarios, comunistas disimulados y neonórdicos exbolivarianos. Pero lo peor es que en España, desde hace cuarenta años, es progresista pactar, ceder y reír las gracias a los nacionalismos. Y cuanto más excluyentes sean… más nos bajamos los «progre-pantalones».

Insiste en que:

¿Alguien se imagina esto en Francia, Alemania o Italia? Del «agrupémonos todos en lucha final» hemos pasado a pactar con la CUP, a pagar a Batasuna (o como se llamen) en el Congreso y a aguantar los escupitajos del independentismo catalán. «Cosas haréis que nos helarán la sangre», lloró doña Pilar, la madre de Joseba Pagazaurtundua, hace trece años. Pues en esas seguimos… y a peor.

Y sentencia:

Ya vale, hombre, ya vale. Lecciones de egoísmo e insolidaridad… muchas. Pero de progresía e igualdad… ni media. Los nacionalismos son la prehistoria. La globalización existe. Y mientras tanto, andamos aquí como paletos, mirándonos el ombligo, cediendo y cediendo… y a la vez, nuestros socios y nuestros competidores a mil por hora, pensando que somos unos catetos sin remedio. Muy progresistas, eso sí, pero muy catetos.

Pedro Sánchez ayer con el PNV y Rajoy con Albiol. Ingenuamente pensé que tras las pasadas elecciones dejaríamos de depender de los nacionalismos excluyentes. Otra vez me equivoqué. No hacemos más que mejorar.

Antonio Burgos resalta el odio que hay hacia Mariano Rajoy y considera que no es más que la semilla sembrada por la medianía mediocre de Zapatero:

Me parece que la frase es del olvidado José María de Areilza, el que todos creíamos que Don Juan Carlos iba a nombrar presidente del Gobierno tras la muerte de Franco y resulta que puso a Suárez. La frase es que el Rey Don Juan Carlos fue «el motor del cambio» que nos llevó a la Transición, tras el desmontaje de la dictadura con el haraquiri del Régimen, y a una democracia constitucional. Ahora a muchos se les llena la boca diciendo que quieren una Segunda Transición, que no será una transición de segunda: ni de tercera siquiera. Si el Rey fue «el motor del cambio» en la Transición, ¿quién y cómo va a ser el motor de la pretendida Segunda Transición? ¿Motor a gasolina o diesel? ¿O eléctrico, como esos coches tan silenciosos que se te echan encima en los pasos de cebra y, como no los oyes, te atropellan sin que se oiga una mosca?

Pues nada de eso. Aparte del Rey, el motor del cambio fue entonces la concordia, la reconciliación nacional, la puesta en práctica de las tres famosas P de don Manuel Azaña en su discurso de Barcelona del 18 de julio de 1938, en pleno fregado de la guerra: «Paz, piedad, perdón». El símbolo fueron aquellas Cortes Españolas de Franco transformadas en Congreso de los Diputados, con La Pasionaria en la mesa de edad y Fraga y sus siete magníficos «ninots indultats» del franquismo en los escaños, y Torcuato Fernández-Miranda en la presidencia, haciendo encaje de bolillos para consolidar la democracia y las libertades.

Asegura que:

Este cambio que pretenden ahora tiene un motor muy distinto a aquella concordia nacional de la Transición: es el odio. Todo lo contrario a las tres palabras de reconciliación de Azaña. De paz, nada: leña al mono, y más si es de la derecha, ¡so facha! De perdón, ni mijita: hay que culpar a Rajoy de los recortes, del paro, de la deuda y de la muerte de Paquirri en Pozoblanco si se tercia. ¿Y perdón, dice usted? Aquí no se perdona nada. Aquí, por ejemplo, no se le perdona a Rajoy que haya sido tan buen economista como mal vendedor de sus aciertos, y que nos haya sacado del borde del precipicio del rescate en el naufragio a que ZP llevó a nuestra economía, negando la crisis y gastándose en rotondas el dinero que no había. Si el Rey fue el motor de aquel cambio de la concordia, ZP ha sido el impulsor de este clima guerracivilista de odio que a algunos no nos da miedo: nos da pánico. Podemos es un producto de ZP más que de la corrupción del bipartidismo.

Recuerda que:

De todos los odios desenterrados en España, de la reconstrucción de los dos bandos de la guerra, hay algo que no alcanzo a comprender y que necesitaría no un equipo de psicólogos, como cuando ocurre una gran tragedia y acuden para consolar a las familias de las víctimas. Hace falta un batallón de psiquiatras que nos expliquen el cómo y el por qué de muchas actitudes. Por ejemplo, por qué Rajoy ha tenido tanto miedo a ejercer su mayoría absoluta y a derogar nada más llegar a La Moncloa el entramado de las Leyes del Odio que promulgó ZP.

Aquellos odios han traído los presentes de las negociaciones para la investidura. No me explico por qué hay ese odio nacional de todos al PP y ese odio personalizado y hasta tuneado que le tiene Sánchez a Rajoy. A Sánchez, en el mareo de la perdiz para disimular que está a papitos con Iglesias, no se le cae de la boca decir que no le pone el veto a nadie. ¿Por qué entonces se lo puso al PP y se negó a hablar con Rajoy desde el primer momento? ¿Por qué ese odio, personal e intransferible? ¿Y por qué, entre los perrofláuticos institucionalizados, entre la Castuza cobrando ya como Casta, ese odio no sólo a Rajoy, sino también a Ciudadanos? Estos mal llamados días de negociaciones están llenos de frases de este tipo: «Yo con ese señor no voy ni a coger moneditas de cinco euros». No he visto más visceralidad que en la política española en estos oscuros días, de los que algunos habrán de arrepentirse. ¿Cuándo? Cuando esto deje de ser España y sea una sucursal de Venezuela berrenda en Irán. Por ese camino vamos, con tanto odio.

En El Mundo, David Jiménez habla sobre las siete vidas de Pedro Sánchez:

No había terminado Pedro Sánchez de anunciar que había hecho historia en la noche electoral, tras obtener los peores resultados de un líder socialista, y los tertulianos ya hacían porras sobre su defenestración, su número de teléfono empezaba a ser tachado de las agendas del poder y en las redacciones preparábamos su esquela política. Que un mes y medio después el candidato del PSOE esté en posición de convertirse en el próximo presidente confirma que, siendo éste un país donde los políticos disfrutan de una esperanza de vida profesional inversamente proporcional al mérito, no se les puede enterrar sin haber comprobado su pulso una séptima vez.

Sánchez ha llegado hasta aquí tras un intercambio de papeles que será estudiado en las facultades de política, asignatura de Estrategias Incomprensibles. Porque mientras el candidato socialista perdía las elecciones y se comportaba como si las hubiera ganado, Mariano Rajoy actuaba como si las hubiera perdido, a pesar de haberlas ganado. El resultado es un presidente relegado al papel de segundón, a la espera de que sus rivales políticos decidan su destino.

Dice que:

Pedro Sánchez ha sido subestimado por todo el mundo menos por él mismo desde que se convirtió en el secretario general del PSOE gracias a que «pasaba por ahí», según la definición que esta semana me confiaba un miembro destacado del partido. No sabemos mucho de sus ideas o su visión de país, pero se nos ha ido revelando el carácter temerario de quien se tira a la piscina primero y comprueba si hay agua después. Hay veces que uno tiene la sensación de que, cuando sonríe en las ruedas de prensa, el líder socialista lo hace preguntándose cómo es posible que esté en semejante posición.

Lo que no se le puede negar a Sánchez es el arrojo de avanzar ignorando el ruido a su alrededor, sin importar de dónde venga. Pasa de las instrucciones del patriarca Felipe González, responde con órdagos a los puñales que le lanzan desde dentro del partido y dice estar dispuesto a llevarse de compañero de viaje a Albert Rivera o Pablo Iglesias, como si los proyectos para el país de sus potenciales socios tuvieran algo que ver. Pero incluso quienes no daban un duro por el líder socialista empiezan a admitir que quizá haya una estrategia detrás de sus movimientos. «Voy en serio [a intentar ser presidente]», dice él. Y ya no se escuchan risas de fondo.

El problema de ‘El Renacido’ aspirante socialista, dado por muerto antes de tiempo como el personaje de DiCaprio en la última película de González Iñárritu, es que las mismas matemáticas que le han puesto el premio gordo a tiro pueden llevárselo por delante, y con él a su partido. Los ‘populares’ nunca se abstendrán para hacerle presidente con Ciudadanos, menos aún siendo la alternativa una segunda vuelta electoral con la que Rajoy sueña redimirse y seguir bloqueando cualquier renovación interna. Los barones tampoco dejan a Sánchez gobernar debiendo favores a partidos separatistas, que es sabido siempre vuelven para cobrarlos. Y el horizonte de tener que sentarse en el consejo de los viernes con un vicepresidente que busca la destrucción de tu partido, y varios ministros cuyo modelo económico ideal es una mezcla entre Venezuela y Grecia, no se antoja apetecible. «Vamos a nuevas elecciones», se escucha en los cuarteles generales de los partidos. Quizá, pero no sin antes alargar el teatro unos meses más y aumentar la percepción exterior de lo que nosotros sabemos hace tiempo. No somos un país serio.

Y concluye:

Hay otra opción, más improbable pero mejor para España: que no triunfen ni la pasividad de Mariano Rajoy ni la temeridad de Pedro Sánchez y que ambos se aparten para dejar que sean otros dirigentes de sus partidos quienes lideren un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos para regenerar la vida pública, transformar el país desde la educación y reforzar con medidas urgentes una recuperación económica todavía frágil.

El problema es que estamos ante dos supervivientes con escasa predisposición para el altruismo político y que, a pesar de tener personalidades opuestas, comparten la misma determinación por agotar hasta el último suspiro la vida política que les queda.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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