LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Luis Ventoso atiza de lo lindo a Albert Rivera: «Su candidez viene a ser como tratar una tuberculosis con un Red Bull»

"El bizarro presidente de los 90 diputados dedica sus días a mirarse en el espejo en vez de pensar en España"

Luis Ventoso atiza de lo lindo a Albert Rivera: "Su candidez viene a ser como tratar una tuberculosis con un Red Bull"
Albert Rivera. EP

El acuerdo entre Pedro Sánchez (PSOE) y Albert Rivera (Ciudadanos) para la investidura y posterior Gobierno del primero ocupa y preocupa este 25 de febrero de 2016 a los principales columnistas de la prensa de papel.

Pocos creen en la efectividad del mismo y hablan más del efectismo que tiene de cara a sus fieles, a su electorado.Además, sabiendo que las cuentas no salen ni para atrás, puesto que socialistas y naranjas sólo suman 130 y la mayoría absoluta está en 176, tampoco se descarta la vuelta de Podemos a pesar de la pataleta del 24 de febrero de 2016 donde optaron, hay quien dice impostadamente, de la mesa de negociación con el PSOE por dejar plantado a Iglesias.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso que le suelta hostias como panes al PP, al PSOE y a Ciudadanos:

La jefatura del PP continúa en su limbo, sin asumir que la ética también comporta una estética. Pese a aplicarse golpes de pecho expiatorios, persevera en algo tan engorroso como mantener a Barberá en su escaño-spa del Senado, cuando todo su equipo desfila por los calabozos. Por su parte, Sánchez, el presidente de los 90 escaños, el paladín del «tiempo nuevo», protege como su líder en Galicia a un tipo al que juzgan por algo tan grosero como trincar un piso a cambio de favores urbanísticos. Sin duda falta una última mano de lejía. Pero, apartándome de la opinión general, no creo que la corrupción sea el mayor problema español, debido a que la Policía y los jueces la están atajando y a que el Gobierno sacó adelante en la pasada legislatura 70 medidas que dificultan las alegres chorizadas de antaño (normas de limpieza que Sánchez no apoyó por mero sectarismo). Mirando a España con afecto y desapasionamiento, creo que sus problemas más graves son otros.

Y los enumera

-Una profunda crisis de valores, que minimiza la importancia del esfuerzo particular y la responsabilidad personal, que se diluyen en la masa y el Estado. A ello se une un desprecio absurdo por las potencialidades del propio país, inoculado en gran medida por el insólito modelo televisivo que diseñó el PP. Ese pesimismo apocalíptico puede convertirse en una profecía autoincumplida.

-El separatismo, que va a más, no a menos. Con un plan en curso en Cataluña para proceder a la demolición de la nación.

-La losa de la deuda de las administraciones, que hace dudosa la viabilidad del estupendo sistema de salud y del modelo de pensiones que disfrutamos. Todo agravado por un horizonte demográfico pavoroso (deberíamos rezar para que viniesen oleadas de inmigrantes).

-La necesidad de captar más capital e inversión internacional. Esa es, por ejemplo, la fórmula de la prosperidad del Reino Unido (amén de su seguridad jurídica).

-Una Justicia exasperantemente lenta, a veces hasta el ridículo, y mal dotada.

-Un país que continúa sin engancharse en serio a la ciencia y la innovación. Nuestro último Nobel en ciencias, Severo Ochoa, data de ¡1959! (y en Estados Unidos). Desde entonces, cero patatero.

-Una educación superior que no es competitiva a nivel internacional, como acredita cada ranking. Los países mejor formados son a la larga los más exitosos, y España continúa con hitos de fracaso escolar y una universidad alérgica a la autocrítica y encantada de haberse conocido.

-La recaída en el sectarismo y el odio ideológico, aniquilando el pacto de concordia de 1978. El centro-derecha ya no es un adversario, es un enemigo apestado.

Concluye:

¿Qué respuestas tiene para todo esto Sánchez, el bizarro presidente de los 90 diputados? Ninguna. Dedica sus días a mirarse en el espejo en lugar de pensar en España. En cuanto a las medidas que le ha impuesto Rivera, que ha aceptado sin estudiarlas y solo por salvar su ego, parecen tan correctas como menores. Lo de nuestro cándido Albert viene a ser como tratar una tuberculosis con un Red Bull.

Isabel San Sebastián no da por muerto el llamado Frente Popular, es decir que Podemos y sus satélites aún pueden hacerle una última y más que tentadora oferta a Pedro Sánchez:

El acuerdo alcanzado entre Ciudadanos y el PSOE reúne todas las características de lo que los expertos denominan una apuesta «win-win»; esto es, comporta únicamente ventajas y pocos o ningún inconveniente a sus firmantes. Cosa completamente distinta es que resulte útil en aras de formar un gobierno.

Para Pedro Sánchez el documento consensuado con la formación naranja supone ganar un tiempo precioso, consolidarse en el liderazgo del Partido Socialista, sortear el trance de la célebre «consulta a las bases» con una pregunta lo suficientemente ambigua como para avalar este o cualquier otro pacto que pueda suscribirse en el futuro y por último, aunque no menos importante, afianzar la posición de sus siglas en caso de que el próximo mes de junio se repitan las elecciones. Albert Rivera, a su vez, consigue imponer el ochenta por ciento de su programa, incluida la congelación de impuestos a los trabajadores y la defensa de una España unida de ciudadanos iguales, con cuarenta escaños frente a noventa; demuestra su capacidad de diálogo y concertación en respuesta a la demanda inequívoca expresada por los españoles en las urnas, ocupa la centralidad del terreno político, escorando al PP hacia la derecha, y conjura, al menos en el corto plazo, la amenaza extremista de Podemos. No es irrelevante a efectos de imagen y «venta» al propio electorado que, al explicar ayer el contenido de lo acordado, él lo hiciera en positivo (pacto por la educación, el empleo, etc.) mientras Sánchez se empeñaba en demostrar que iban a demoler todo lo legislado por el PP. En términos de táctica estamos ante una jugada muy hábil que resulta claramente insuficiente, empero, al pasar de la teoría a la aritmética. Los números siguen sin cuadrar. La investidura está en el aire. ¿Y ahora qué?

Dice que:

Me malicio que toda esta puesta en escena tiene mucho de teatral y muy poco de sincero, especialmente en lo que atañe al PSOE. Sánchez no quiere pasar a la Historia por sus elevados principios, sino gobernar. Quiere alcanzar La Moncloa e instalarse en ella, para lo cual necesita la abstención de Rajoy, que no va a conseguir, o el respaldo de Pablo Iglesias. Este tampoco se molesta en ocultar su apetito de poder, motivo por el cual no ha roto la baraja de la «negociación a cuatro», tal como anunció que haría si su «novio» y Rivera decidían compartir cama. El Frente Popular no ha muerto. Ni siquiera está gravemente herido. La dinámica de lo sucedido en España en los últimos meses, especialmente tras las autonómicas, lleva a pensar que acabará cuajando «in extremis» cuando falten horas para que se disuelvan las Cortes y se convoquen nuevos comicios, invocando precisamente como pretexto la imposibilidad de articular cualquier otra fórmula por la estrategia de bloqueo del PP. Nos venderán un gobierno «de cambio progresista». Harán encajar el producto en el traje elástico de la consulta confeccionado a medida. Y a Ciudadanos le dirán algo así como «lo intentamos, pero no salió».

Y remata señalando que Rivera tendrá que medir mucho ese primer incumplimiento electoral:

Rivera es consciente de ese riesgo. No se engaña ni se deja engañar, sino que ha hecho de la necesidad virtud y negociando de tú a tú con quien tenía el mandato del Rey de formar gobierno, que era Sánchez, tras la negativa de Rajoy a intentarlo siquiera. Las encuestas premian esa disposición a mediar en el empeño de conseguir una gran coalición de partidos constitucionalistas y él ha aprovechado sus cartas. Ahora bien, si finalmente vota «sí» a la primera investidura de Sánchez, habiendo repetido hasta la saciedad que en el mejor de los casos se abstendría, va a tener que explicárselo muy bien a sus votantes. Inclumplir la propia palabra a las primeras de cambio sin un motivo de peso puede resultar letal para un partido tan joven.

Por su parte, Jaime González también cree que el acuerdo entre Ciudadanos y PSOE vale para lo que vale, una mera escenificación en la que también entra Podemos:

Íñigo Errejón, que cada vez se parece más a Milhouse Van Houten, el mejor amigo de Bart Simpson, dedicó ayer casi una hora a explicar por qué Podemos no apoyará la investidura de Pedro Sánchez. Tras el solemne acuerdo entre el PSOE y Ciudadanos, Errejón podría haberse limitado a decirle a Sánchez lo que le dijo Groucho Marx al mozo que trataba de desafiar, a empujones, las leyes de la física: ¿y no sería más fácil que en lugar de intentar meter mi baúl en el camarote metiera mi camarote dentro del baúl?

El baúl del pacto entre Sánchez y Rivera no cabe en el camarote de Podemos ni desalojando del mismo a la joven que buscaba a su tía Micaela, de manera que siguiendo con «Una noche en la Ópera» habrá que convenir que el espectáculo político recuerda mucho a aquello de «la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte». Y como dijo Groucho, tras leer un montón de cláusulas: «¡Todavía queda más de medio metro!».

Añade que:

Si el más de medio metro de cláusulas que aún quedan pendientes para que se resuelva el entuerto sigue el mismo guión que hasta el momento, lo que vendrá tras la eventual investidura fallida de Sánchez será un derroche de papel. El secretario general del PSOE, lejos de intentar cumplir el mandato del Rey para la formación de Gobierno, ha utilizado su tiempo para afianzar su liderazgo en el partido. Uno, llevado de su proverbial candidez, creía que, cuando el Monarca encargaba a un candidato lograr más «síes» que «noes» en el Parlamento, tenía que esforzarse en lograr los apoyos suficientes, pero hete aquí que Sánchez ha aprovechado la designación real para lograr más «síes» que «noes» en el Comité Federal socialista.

Y sentencia:

El acuerdo con Ciudadanos es de consumo interno. Sánchez se reafirma ante los barones y Rivera se erige en bisagra perfecta, pero el baúl sigue sin entrar en el camarote.

«¿Tienen ternero de leche? Pues exprímalo y tráigame la leche en un vaso», le dijo Groucho al mozo. En esas estamos: exprimiendo el ternero de la gobernabilidad de España. Y como no puede dar leche por una cuestión de género, el vaso sigue vacío, mientras Milhouse Van Houten (Íñigo Errejón) le espeta a Sánchez lo mismo que Marx (el bueno): «Y en cuanto a usted, señora Claypool, retiro mi proposición de matrimonio…»

En El Mundo, Antonio Lucas entiende que ninguno de los cuatro principales líderes políticos de España, Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera; están sabiendo perder o aceptar el mandato de los electores:

En uno de sus poemas Elizabeth Bishop dejó este hallazgo: «’El arte de perder se domina fácilmente;/ hay tantas cosas decididas a extraviarse/ que su pérdida no es ningún desastre’». Conviene leer a ciertos poetas para confirmar que el mundo ya está inventado. La estrategia de Sánchez y Rivera (dos rotos para un solo siete) es lo que parece: papel mojado. Todas las palabras que se barajan en su correduría de pactos son perfectamente inexactas. Y aún con este panorama cabe pensar que las elecciones no las han perdido ellos, sino que las sigue perdiendo Rajoy, un político muy inferior al que ya era hace mes y medio. El arte de perder es el más exigente porque no tiene enmienda.

Apunta que:

Conviene saber retirarse de un sólo gesto, y no como esos hombres lluviosos que no paran de descargar su derrota en el tiempo. [Esto vale para todos]. El paripé de la politica española y sus ruedas de prensa delatan una soberbia sublime que en verdad esconde una afasia muy honda. La mejor política es la que obliga a hablar menos porque las cosas quedan claras (y la aguja de las brújulas en su sitio). A lo que asistimos es a una falta piadosa de imaginación, de cintura, de vocación y de voluntad. Las risas las empezamos ya a poner nosotros.

Y se reafirma en que:

Este ‘West Side Story’ está quedando tan rana como era previsible. No vamos a ver boda porque todo apunta a que repetiremos la petición de mano en nuevas elecciones. La semana próxima pinta en el Congreso a gatillazo elemental. Incluso a despecho. La impotencia de ser veraces les está enclavijando a todos en el fracaso. Y su fracaso es el nuestro, con lo que eso espanta. Nunca un cambio de agujas ha costado tanto. Al final la vieja y la nueva política resultarán siamesas, por aburridas, por confusas. A los candidatos les sobra solemnidad. Menos a Rajoy, que le sobra pereza. Empezar de cero se parece cada vez más a seguir igual. No queda mucho para que los pactadores recurran a Robe Iniesta (el de Extremoduro): «’No me hagas fracasar./ No me preguntes: ¿dónde vas?/ sigue tú solo inventando el cuento’». Pues eso, saber perder.

Arcadi Espada ve el panorama político de una tonalidad gris negruzca:

No creo que los medios trajeran la democracia a España. Pero la salvaron el 23 de febrero de 1981. El golpe se jugó en los medios y los golpistas lo perdieron. Impresiona en retrospectiva su error. Los golpistas solo utilizaron los medios para pasarse la hermosa consigna: «Cuando florezcan los almendros». Como dar hoy un golpe sin twitter. Ni uno solo de los españoles salió a la calle a rodear el Congreso de los Diputados o el Miquelete de Milans del Bosch. Estaban pendientes del partido. Lo ganaron gentes como Pedro Francisco Martín, Mariano Revilla, Manuel Pérez Barriopedro, José María García, Victoria Prego, Iñaki Gabilondo y Juan Luis Cebrián. Una vez ganado, los ciudadanos salieron a la calle para festejar el éxito que habían conseguido por delegación. Salvo en Cataluña donde ya empezaba a notarse la ausencia de la especie.

Recuerda que:

Si un golpe de Estado podía solventarse en los medios no iba a pasar nada distinto con las crisis sucesivas de la democracia. Es muy probable que la partida decisiva que iba a apartar por primera vez a Mariano Rajoy del gobierno también se jugara allí. El Partido Popular cometió en la gestión informativa del 11-M casi tantos errores como los golpistas de 23-F. No mintió, pero dejó que otros mintieran. Y el primero, Alfredo Pérez Rubalcaba que dio el golpe de salida de aquella cacerolada repulsiva: «Queremos un gobierno que no nos mienta».

Más que ninguna otra, la tercera crisis democrática, resultante de la crisis económica global, se jugó y se ganó en los platós de televisión. Otra vez la derecha reaccionó mal y tarde. Las televisiones compraron una larga serie ficcional, basada en ‘1992’, que tanto éxito había tenido en la Italia de Di Pietro y Berlusconi. Se trató, como entonces, de poner en circulación la palabra alemana ‘Schadenfreude’, ese vengativo calorcillo que se siente cuando al otro le va mal. La más alta concentración de ‘Schadenfreude’ se alcanzó aquella tarde en que a Rato le aplastaron el cogote. Pero los laboratorios televisivos son tan peligrosos como los médicos: un virus salió al aire y ha mutado en el tercer partido político de España.

Y finaliza:

A veces soy algo injusto con Pedro Sánchez. No le voy a quitar la parte de su infausto mérito en la imposibilidad de una gran coalición española. Pero hay una imposibilidad previa y más tajante. La vi ayer con nitidez donde Ana Rosa cuando presentaron una infografía que mostraba el peso aritmético de cada coalición: al aparecer los 253 diputados de la ‘Grosse Koalition’ el ‘share’ casi tocó el suelo. Uf. La Gorda no es sexy.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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