LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Gabriel Albiac masacra a Pedro Sánchez: «El nivel de conocimiento de este cuadragenario da vergüenza»

"Estamos bajo la amenaza de ser gobernados por una panda de criaturas de patio de colegio"

Gabriel Albiac masacra a Pedro Sánchez: "El nivel de conocimiento de este cuadragenario da vergüenza"
Pedro Sánchez y Antonio Hernando. EP

Sesión de investidura por arrobas. Esto es lo que todos ustedes, estimados lectores, hallarán en las columnas de opinión de la prensa de papel de este 3 de marzo de 2016, un día de pequeño oasis de grescas, broncas y demás zarandajas, antes de volver a debatir brevemente y proceder a la segunda votación del socialista Pedro Sánchez el próximo 4 de marzo de 2016 a eso de las 19:30 horas (minuto arriba, minuto abajo).

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Gabriel Albiac que considera que estamos a un paso de que aquí acaben gobernando inmaduros como Pedro Sánchez y su tropa que aún no se han percatado que la terca realidad ha despedazado sus sueños de alcanzar la presidencia del Gobierno. Al menos por el momento (HOT OR NOT: Una divertida herramienta para testear la seducción de políticos, periodistas, artistas, empresarios y otros ‘perlas’):

Al inicio de su intervención, el candidato Pedro Sánchez invocó a «los jóvenes de cuarenta años». Debió de ser un autohomenaje. Y yo lo entiendo: el narcisismo es la herida de los débiles. En este caso, el autohomenaje era certero: la edad mental del candidato no es la de un hombre adulto; ni siquiera, en rigor, la de un «joven»; hablar de pensamiento adolescente sería generoso.

En eso, al menos, no mintió el señor Sánchez. Ni engañó a todos aquellos -ciudadanos, diputados, Rey…- a los cuales le acusó Rajoy de tomar el pelo. No mintió. Se quedó corto: el bagaje de conocimientos de este cuadragenario no llega, desde luego, a los dieciocho años que la ley reconoce como edad adulta. Da vergüenza, si se quiere. Pero así son las cosas. Estamos bajo la amenaza de ser gobernados por una panda de criaturas de patio de colegio. No es nuevo. Sucedió ya con el gobierno de un alucinado, que fue aupado al poder por el más terrible de los atentados yihadistas en España. Con lo que aquí hemos visto, ya nada nos asombra. Zapatero fue un infantilista fúnebre para la supervivencia material y moral de los españoles. Pero podía uno retorcerse de la risa con sus cursis bobaditas. Sánchez, igual de infantil, es además aburrido.

Se pregunta por la madurez de algunos candidatos:

¿Cuándo se es de verdad adulto en una sociedad moderna, en la nuestra, por ejemplo? Administrativamente, a los dieciocho. Moral, esto es, intelectivamente, se es adulto cuando se alcanza la plenitud de plegar voluntades, anhelos y deseos propios al dictamen implacable del conocimiento. Un niño -aunque sea un niño «de cuarenta años»- fantaseará con que el capricho de su despótico deseo pueda conseguir que su salto desde la azotea paterna genere el grácil vuelo de gaviota que tanto le place. Un adulto calculará la contundencia del impacto sobre el asfalto y sus consecuencias. Y actuará en función de una aritmética, más o menos compleja, de costes y beneficios. Y, llegado el momento, establecerá con esas determinaciones la posibilidad de construir artefactos que reduzcan lo letal del impacto.

Sánchez expuso la exigencia de un capricho. No de un capricho medianamente elaborado: de «joven de cuarenta años». No, no un capricho. Una rabieta. Que ni siquiera se encubría bajo la red de verbalizaciones que camuflan, en los grandes embaucadores, la ausencia de un concepto. Daba pena. No por él: la estulticia personal es perdonable, lo es el infantilismo; eso son sólo patologías de la psique. Algunas, hasta tienen cura: bastan un poco de biblioteca o unas sencillas sesiones con un buen terapeuta. Daba pena. Por nosotros. Por un país cuyos representantes parlamentarios dan este nivel. Puede que no seamos un país de genios. Pero ni el menos sabio se merece ser representado por un tipo que dice tales tonterías.

Y considera que:

Tonterías. De «joven de cuarenta años», que ni siquiera se avergüenza de negarse la posibilidad de llegar a ser adulto. Con un contrincante así, un político sin más, normal, como Rajoy, lo tenía muy fácil. Lo destrozó en diez minutos. Pero destrozar así a un «joven de cuarenta» con edad mental de trece, que entona fervorosas cantinelas para «sacar del infierno» a España «la semana que viene», de la mano de los asalariados de Irán y Chávez que tan profundamente lo desprecian, no es algo que otorgue gloria. A nadie. Ni siquiera a aquel que está obligado a hacerlo. Y debe hacerlo. No fue un debate; fue una carnicería. Todo resultó un espejo. Sombrío y excesivo. De España.

Sánchez es ya un «joven» juguete roto. ¿Iglesias? En el parvulario.

Isabel San Sebastián hace un elogio de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, frente a quienes no supieron estar a la altura en el debate de investidura, es decir el resto de los líderes con ciertas opciones de poder gobernar en un determinado momento:

Albert Rivera encarnó ayer el sustantivo que recoge el espíritu de mis columnas: «Contrapunto». El líder de Ciudadanos enarboló un discurso en positivo, centrado en desgranar propuestas, y se convirtió en el contrapunto de un debate bronco, plagado de alusiones personales, agrio hasta el extremo del guerracivilismo cuando Pablo Iglesias tomó la palabra.

Rivera marcó la diferencia por múltiples motivos. Primero, porque al contrario que sus colegas habló mirándonos a los ojos en vez de leer un papel. Un signo inequívoco de que tiene interiorizado lo que dice y se lo cree. Segundo, porque rehuyó el cuerpo a cuerpo para apelar al consenso, reivindicar la Transición y hacer una lectura certera del mandato de las urnas: «Los españoles nos han dicho que todos vamos a tener que ceder». Tercero, porque destinó la práctica totalidad de su turno a detallar actuaciones concretas (apoyo a los autónomos, conciliación de la vida familiar y la laboral, innovación, I+D+I, «no machacar más a los españoles con nuevos impuestos», defensa de la unidad nacional, lucha contra la corrupción, apuesta nítida por Europa) en lugar de emplearlo en descalificar al adversario. No en vano citó a Churchill -«prefiero ser útil que importante»- y a Suárez, con aquello de que la vida te ofrece siempre dos opciones y hay que escoger la difícil renunciando a la más cómoda. Si un político se define en función de sus referentes, esos dos no constituyen un mal punto de partida.

Añade que:

La «naranja mecánica», en expresión de Iglesias, abogó abiertamente por un gobierno constitucionalista, para lo cual animó a Rajoy a facilitar la renovación de liderazgo en el PP. Minutos antes habíamos visto al líder podemita, transfigurado en Robespierre, convertir la tribuna en una barricada, desafiando a Sánchez a deshacer su «pacto a la medida de las oligarquías» y formar un Frente Popular con él y los separatistas. Una invitación que el socialista, de momento, rechaza, aunque resulta imposible saber si lo seguirá haciendo una vez que fracase esta vía.

Si algo quedó claro ayer es que el cortejo de Sánchez a Iglesias se basa en el amor verdadero, la ideología de izquierdas, mientras que su noviazgo actual con Rivera es una mera cuestión de interés. Lo que tiene con Rajoy, en cambio, es enemistad visceral, insalvable, de carácter personal, basada en rancios rencores, que le lleva a excesos absurdos como tildarle de «absolutista». Un sentimiento recíproco, por cierto, toda vez que el presidente en funciones no quiere ni puede ocultar el desprecio que le inspira el candidato socialista que osó decirle a la cara aquello de «usted no es decente». Ayer lo evidenció en su intervención con un discurso demoledor, a la altura de su contrastada talla parlamentaria, que entusiasmó a su bancada y probablemente a su electorado, aunque no contribuyó en nada a desbloquear el impasse que condena a la Nación a una inestabilidad peligrosa.

Y señala:

Rajoy y Sánchez se odian, es evidente. Son incompatibles de raíz. Permanecen estancados en el «y tú más» que ha marcado la historia negra de España. Se culpan mutuamente de todo. No salen de la aritmética interpretada en beneficio propio y clave de supervivencia. Dejan traslucir sin puerta de escape posible la dialéctica bipartidista gobierno-oposición, basada en mayorías absolutas, que las urnas liquidaron el pasado 20 de diciembre. Se han convertido en el principal obstáculo a la formación de un gobierno de gran coalición, más necesario hoy que nunca, aunque solo sea para frenar la amenaza de Podemos y sus socios independentistas. Aún están a tiempo de cerrarles el paso. España les pedirá cuentas.

Salvador Sostres considera que el pacto que le conviene a este país es el que conformarían populares, socialista, Ciudadanos y el PNV:

Pedro Sánchez intentó ayer aquello en lo que todos sabíamos que iba a fracasar. Una vez constatado que no va a poder tomar el atajo de gobernar sin el Partido Popular, su única opción es sentarse y pactar con los partidos razonables, y ahorrarle al país la inmensa pérdida de tiempo de unas nuevas elecciones, que además dejarían un resultado que igualmente haría inevitable la gran coalición, con el agravante de un PSOE todavía más debilitado, y más crecida la extrema izquierda populista y totalitaria, valgan los tres pleonasmos.

Apunta que:

Hay 250 diputados en el Congreso, entre el PP, Ciudadanos, los socialistas y el PNV, que son favorables a nuestro marco convivencial; que entienden y comparten el aseo fundamental, la propiedad privada y una idea de la libertad ligada a la responsabilidad. Por mucho que ayer se esforzaran en despreciarse y en subrayar sus diferencias, quedó claro que se parecen mucho más de lo que creen y constituyen la única alianza sólida y deseable. Que un país que ha sufrido siete años de una crisis terrible todavía cuente con más de dos tercios de diputados dentro del sistema es una oportunidad política y cívica que debemos aprovechar para continuar con las imprescindibles reformas y asegurar la recuperación económica. El Gobierno, compartido. La presidencia, para Rajoy, porque ha ganado las elecciones y no podemos rebajar la democracia a un mero trámite.

Y remata:

Sería una demostración de madurez intelectual comparable a la Transición. Si entonces superamos el franquismo, hoy frenaríamos al populismo, que no es lo mismo, pero es igual. El pacto tendría mucho de higienizante en esta España demasiado acostumbrada últimamente a la histeria y a la chabacanería.

Los que piensen que la amenaza totalitaria de Podemos no merece un esfuerzo de entendimiento, que se pidan un whisky Ardbeg y que lo vuelvan a pensar.

Arcadi Espada, en El Mundo, sale más que decepcionado con el comportamiento de Podemos y asegura que en la sesión de investidura del 2 de marzo de 2016 ha quedado retratado:

La crisis económica, el negocio mediático y el cíclico retorno de los populismos han convertido algo más de la cuarta parte del congreso de los diputados en un reducto de la palabra harapienta. El carácter de esa palabra no es una novedad estricta. Harapientos los ha habido siempre, y en su mayoría vinculados a las extremidades inferiores de los nacionalismos catalán y vasco. Pero el auge del partido Podemos ha incrementado de una manera notable su presencia numérica.

Dice que:

El debate de investidura dio ayer algunas conclusiones de interés. Pero ninguna como la necesidad de mantener a los harapientos al margen de los movimientos racionales de la política. Una persona, caso de Pablo Iglesias, que inicia su intervención en la cámara homenajeando políticamente a Salvador Puig Antich, un frívolo atracador de bancos al que despreciaba todo el antifranquismo y al que solo un régimen criminal como el de Franco pudo convertir en héroe, esa persona, Iglesias, digo, está incapacitado para llevar a cabo cualquier iniciativa política razonable: por su ignorancia y por su enajenación. La transición fue un proceso político ejemplar, pero, inevitablemente, dejó algún marginado: Iglesias es hoy el intérprete más significado de todos aquellos, como su propio padre, para los que la transición fue traición, Crispín.

Recuerda que:

Muchos países han de asumir la carga harapienta. Francia y el lepenismo. Italia y su Liga. América y la amenaza cada vez más creíble de Donald Trump. Mientras sea posible, es decir, mientras no pase lo que acaba de pasar en Polonia o en Cataluña, el frente de la razón ha de mostrarse implacable e imperturbable. Ni en el poder local ni en el autonómico ni en el estatal debería establecerse el menor pacto con ellos. La sociedad democrática no puede, ¡ni debe!, aspirar a eliminar el conflicto; pero es legítimo que trate de controlarlo.

Y sentencia:

Daba vergüenza democrática el escuchar ayer cómo el candidato Sánchez trataba de ganarse, en su primera intervención, el favor del partido Podemos, que una hora después, y en medio de grandes e incoherentes alaridos, su líder Iglesias rechazaría. Sin embargo, la investidura frustrada de Sánchez no habrá sido del todo inútil. Habrá permitido exhibir la imposibilidad de acuerdo alguno con el partido Podemos y su magma, y la urgente necesidad de revisar los vigentes. Y habrá dado sólidos argumentos a los ciudadanos para que en las próximas elecciones tomen decisiones basadas en un conocimiento de la realidad harapienta que no tenían antes del pasado 20 de diciembre. En ninguna segunda vuelta electoral se vota como en la primera.

Luis María Anson marca como favorito para presidir el PP y, posiblemente, ser un futuro presidente del Gobierno, a Pablo Casado:

Mariano Rajoy ha hecho una espléndida gestión económica. El déficit heredado no fue del 6%, como proclamaban Salgado y Zapatero, sino que rozaba los dos dígitos; el paro ascendía a galope tendido; la prima de riesgo escaló, en julio de 2012, los 638 puntos; entidades de gran relieve económico se sumaban a la petición de rescate; Bruselas contemplaba con alarma a España esgrimiendo el tridente agresivo de la troika. Rajoy se mantuvo firme, negoció con habilidad, tomó medidas impopulares, contuvo el acoso de los sindicatos y situó a España en el tren de cabeza de la Europa unida, el PIB creciendo y el paro bajando, con cifras superiores a las que esgrimen los grandes países de la Unión Europea. En su discurso de ayer, irónico y brillante, Rajoy subrayó todo esto para denunciar después el único objetivo real de Sánchez en las semanas poselectorales: su supervivencia personal.

El éxito económico se ha visto empañado en el cuatrienio Rajoy por la lenidad política. No se ha contenido el torrente de la corrupción; no se ha procedido a la reforma de la ley electoral, tampoco a la constitucional; se ha cerdeado con el terrorismo y sus víctimas; no se ha atajado la memoria histórica y la resurrección de las dos Españas; se ha mantenido una tórpida política con relación a Cataluña; se ha estimulado, en fin, la más absurda estrategia de comunicación, salvando canales de televisión hundidos para entregarlos a los radicales enemigos ideológicos, sin otro propósito que fragilizar al PSOE, ensalzando a Podemos. ¡Qué error, qué inmenso error!

Aclara que:

Del balance económico y político en la gestión de Mariano Rajoy se desprende que el presidente del Gobierno y también del PP, mantiene en sus manos las riendas de Génova y, aunque en privado se alzan muchas voces contra su permanencia, en público solo Isabel Benjumea, al frente de la Red Floridablanca, y José María Aznar han planteado un Congreso extraordinario para la regeneración del partido. En el caso poco probable de que Rajoy ponga los pies sobre la realidad y decida dar paso a gentes nuevas en el PP, dos son los nombres que gustan de forma especial a los militantes: Ana Pastor y Pablo Casado. Ana Pastor significa la continuidad moderada y prudente de la gestión del presidente. Se trata de una mujer discreta pero extraordinaria, fuera de los focos e imágenes virtuales, que rinde culto a la eficacia, a la honradez y a la lealtad. Cuenta con un ancho apoyo en las bases populares.

Y concluye:

El nombre emergente es el de Pablo Casado. Político que descarga día a día su estimulante equipaje universitario y político a pesar de la juventud, todavía no ha cumplido los cuarenta años, Pablo Casado es hombre de simpatía contagiosa, excelente comunicador, con las ideas muy claras. Sabe exponerlas sin tapujos ni veladuras. Representa para muchos la regeneración del PP, desde el respeto a lo mucho que el partido ha sumado en la democracia española. Nadie o casi nadie se atreve a decirlo pero en Casado está el sucesor que presentaría la cara más votable del centro derecha español. Apostar por él es apostar por el futuro, por un futuro de eficacia, de firmeza, de moderación y prudencia. Quienes conocen a fondo el Partido Popular, lo saben, aunque no se atrevan a decirlo en público por miedo a quedar excluidos de la foto.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído