LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho retrata a Pedro Sánchez: «No renuncia al sueño presidencial, aunque lo duerma sobre un saco de cal viva»

"Sánchez y los suyos van a hablar con Podemos, y mucho, de aquí a mayo"

Ignacio Camacho retrata a Pedro Sánchez: "No renuncia al sueño presidencial, aunque lo duerma sobre un saco de cal viva"
Pedro Sánchez.

Seguimos a vueltas con el gatillazo político de Pedro Sánchez que, seguramente, acabará aceptando el Viagra postelectoral que le ofrece Podemos para que pueda llegar a La Moncloa. Es lo que comúnmente se llama morir de placer porque los efectos secundarios que tendría ese pacto son de agárrate y no te menees.

Los articulistas de la prensa de papel analizan básicamente este 6 de marzo de 2016 qué se lo que puede suceder en las próximas semanas y también aprovechan para darle hasta en el DNI al podemita Pablo Iglesias por ser un payaso de tomo y lomo.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho que, a estas alturas, tiene claro que Pedro Sánchez no piensa renunciar al sueño de ser presidente con el apoyo de quienes le han humillado, ofendido y chuleado, es decir los de Podemos, esos mismos que han arremetido contra la historia viva del PSOE manchando de cal viva al mismísimo Felipe González:

Si Pedro Sánchez no estuviese dispuesto a negociar con Podemos, si ése no fuese su plan B para después de la investidura suicida, no se habría tragado la agresión destemplada, arrogante y provocadora de un Pablo Iglesias en su peor y más sobreactuada versión de matón de tertulia. La arremetida contra el pasado gonzalista, en el que el PSOE ancla su tradición más orgullosa, irritó sobremanera a todo el partido, pero más todavía el modo con que el candidato la soslayó para implorarle el voto con la mano tendida. Esa actitud achicada, ese apocamiento forzoso y humillante ante los repetidos desplantes del líder populista obedecía a la plena conciencia de una inmediata necesidad política. No la de obtener en la votación un apoyo que sabía denegado sino la de mantener abierta la línea de diálogo que, si no le conduce a la Moncloa, le garantice al menos la primogenitura socialista.

Añade que:

Sánchez y los suyos van a hablar con Podemos, y mucho, de aquí a mayo. La alianza de izquierdas era el plan inicial que le hizo calificar de «resultado histórico» una clamorosa derrota y le llevó a hacerse una foto en Lisboa. Las altaneras condiciones de Iglesias le han hecho comprender que el pacto es muy difícil, y a partir de esa evidencia cambió de objetivo: si no podía obtener la Presidencia trataría de atornillar al menos su propio liderazgo. Por eso se acogió a la oferta de Albert Rivera y aceptó someterse a un simulacro de investidura. El siguiente paso de la estrategia que ha ido improvisando consiste en dejar que corra el reloj que ha puesto en marcha; bien para que el vértigo preelectoral ablande la exigencia podemita o para, en el peor de los casos, llegar al final de la cuenta atrás como candidato virtual que nadie pueda cuestionar en su partido.

Y sentencia:

La decisión de conservar el acuerdo con C´s como base de negociación parece sugerir una apuesta por la segunda vía. Sánchez ya sabe que el chamán de la extrema izquierda se siente con fuerza para desafiarlo en unas nuevas elecciones, pero aun en esa desconfianza está dispuesto a mantener la negociación para no ceder el sitio que se ha ganado. Ni por asomo piensa en una aproximación al PP, la ensoñación con la que sigue ilusionándose la derecha sociológica. La presión que le importa no es la exterior sino la interna, y ésa se la quiere sacudir agarrándose a Iglesias siquiera como expectativa. Si a medida que pase el tiempo viese una oportunidad medio honorable de pactar, pactará, aunque sea en un giro de última hora que deje descolgado a Rivera. Su prioridad, no obstante, es prolongarse como candidato, afianzar la posición de relevancia que se ha procurado tras la espantada marianista.

Y sí: en caso de encontrar un resquicio de entendimiento, lo aprovechará. Obviará las ofensas, las chulerías, el menosprecio. No va a renunciar a su sueño presidencial. Aunque tenga que dormirlo sobre un saco de cal viva.

José María Carrascal atiza a Pedro Sánchez y Albert Rivera por creerse poco menos que la última Coca Cola del desierto o la última esperanza postelectoral. Los llama, y con todo motivo, críos e inmaduros políticos:

Creíamos que iba a ser una sesión de puro trámite, a fin de cuentas el resultado estaba cantado, y así empezó, entre risas y bromas, el vapuleo de Rajoy e Iglesias a Sánchez, que miraba desconcertado a un lado y a otro como diciendo «¿pero qué he hecho yo para merecer esto?». Alguna de las bofetadas aterrizó en la cara de su socio, que, como un niño, invocaba al Rey como hermano mayor que le defendiese. ¿Pero qué se creía esta pareja? ¿Aún no se ha enterado de que la política es guerra sin sangre? ¿Cómo podían imaginar que sus rivales, con más votos que ellos, iban a ayudarles a autoderrotarse? Eso sólo cabe en una mente infantil. La generosidad es muy poco corriente en política y, de haberla, hay que ganársela siendo generoso, cosa que ni Sánchez ni Rivera han sido. En realidad, han sido dos críos metidos en una pelea de mayores, y no quiero imaginármelos en Bruselas, frente a polacos, húngaros, griegos y demás, metiéndose bajo las faldas de mamá Merkel.

Apunta que:

Pero la segunda votación no fue de puro trámite pese a ese arranque jocoso. Fue importante por cómo terminó: con las distintas fuerzas políticas más distantes que nunca, dejando la impresión de que el principal enemigo de Sánchez es Iglesias, y el de Rivera, Rajoy. En vez de alianzas transversales, lo que tenemos son odios familiares, los más terribles. ¿Han quedado rotos los puentes? De momento, sí, y reconstruirlos va a ser tarea de genios o titanes, que no abundan en nuestra política. El lunes empieza un nuevo partido y allí darán nuestros líderes su verdadera talla. Ante todo, Sánchez y Rivera tienen que reconocer que han perdido y si se empeñan en seguir por el mismo camino no van a recibir más que revolcones.


Y recuerda que:

El pacto Sánchez-Rajoy puede descontarse hoy por hoy y el Rajoy-Iglesias, siempre. Mientras el Rajoy-Rivera y el Sánchez-Iglesias parecen muy difíciles, pero conforme pasen las semanas y los meses sin que haya gobierno, la animosidad puede ir cediendo; al fin y al cabo, están en el mismo campo ideológico. Aunque el rencor también puede continuar e incluso crecer por el ingrediente personal que tiene. En ese caso, otras elecciones son inevitables. Y ahí ya no serán los políticos, sino los electores, quienes tendrán la palabra. ¿Cómo van a percibir los españoles su comportamiento durante ese medio año? Dispónganse a oír todo tipo de opiniones, a ser bombardeados con toda clase de encuestas, con avances y retrocesos de unos y otros, pero la realidad es que nadie lo sabe porque los españoles no lo saben todavía. Tienen, tenemos, que metabolizar lo que hemos visto y oído y sacar las debidas conclusiones. Empezando por los dos debates de investidura fallidos, en los que se han retratado desnudos todos los aspirantes a dirigirnos. ¿Preferimos el desabrido realismo de Rajoy o el Halloween que nos prometen Iglesias y su pintoresca compañía? Pues esos son los verdaderos contendientes en la escena minada de la política española.

Antonio Burgos pone negro sobre blanco la gran pregunta que se estarán haciendo millones de españoles, la de ¿por qué en vez de insistir tanto en que hay que echar a Rajoy no se despide con cajas destempladas a Pedro Sánchez que, en la práctica, es quien perdió las elecciones? Más razón que un santo tiene el maestro sevillano:

Hay muchas cosas del debate que, como soy de pueblo, sigo sin comprender, por muchas horas que me haya pasado ante el televisor, muchas tertulias que haya oído y leído muchos análisis. Por ejemplo, un misterio insondable: ¿por qué don Francisco Javier López, alias Pachi, aparecía escoltado en su presidencia del Congreso por dos ujieres perfectamente ataviados con sus uniformes de gala con entorchados y todo, y en los escaños había un montón de diputados en mangas de camisa y lo que se dice de trapillo? Y otrosí: ¿por qué ERC decidió que intervinera un tal Rufián, charnego perfectamente caracterizado de Miguel Poveda, que, vamos, parecía que en vez de justificar su «no» se iba a arrancar metiendo «Ojos verdes» por bulerías? Un poquito de compás, la verdad, no le habría venido mal a la sesión; habría tenido más aplausos que Sánchez en sus habituales descalificaciones de Rajoy.

Subraya que:

¿Por qué se odian tanto? ¿Odia más Sánchez a Rajoy que Rajoy a Sánchez? Me parece más bien lo primero que lo segundo. Cada discurso de Sánchez en los dos gatillazos, dos, de su investidura han sido sendos recitales de odio contra Rajoy. No creo que los socialistas odien tanto a los populares como Sánchez a Rajoy. Es un odio, ¿cómo les diría yo? Tuneado, no de fábrica. Se vio al final de la sesión, cuando por segunda vez Sánchez quedaba no como Cagancho en Almagro, sino un poquito peor. En los pasillos del que cursimente llaman «el palacio de la Carrera de San Jerónimo», que ni es palacio ni es nada, un simple edificio parlamentario, cuando acabó el segundo gatillazo, vimos a Sánchez ante un campo de alcachofas mediáticas. Ante las que hizo en plan uno, dos y tres, tres banderilleros en el redondel, un resumen de lo que había pretendido y de cómo había quedado la cosa: imposible para vos y para mí. Como los mandamientos de la ley de Dios se encierran en dos, el ego de Sánchez quedó resumido por él mismo en su odio reconcentrado: «Hay que echar a Rajoy». A la palabra «cambio» le han buscado una nueva acepción Sánchez y los que con él son una amanenaza de horizontes de Frente Populachero, ¡ojú, lo negro que viene por ahí! Como para González el cambio era «que España funcione», para Sánchez el cambio es «echar a Rajoy». No hay nada más gaditano. Más que el «Juan Sebastián de Elcano», que ahora emprende nuevo crucero de instrucción. Le preguntaron al Kichi antes de las elecciones cuál era su programa. Y en plan Sánchez, respondió con «solamente tres palabras», como en el bolero: «Echar a Teófila». ¡Óle, eso es un programa, joé!

Sentencia:

Y digo yo y lo que voy a manifestar quizá sea una tontería de alguien no informado, porque ni vivo en Madrid, ni ganas que tengo, ni soy tertuliano, ni desayuno con ministros, ni ná de ná. En vez de echar a Rajoy, que ha ganado, ¿por qué no echar mejor a Sánchez, que ha perdido? ¿Por qué no ponen ya a otro candidato como menos odio, que por lo menos se siente a hablar, verbigracia Susana Díaz, para formar un civilizado gobierno de concentración, a la alemana? ¿Cómo se mantiene en el machito un señor que sacó los peores resultados que en unas elecciones generales tuvo el PSOE en toda su historia? Por mucho menos, Almunia se fue a la mismísima calle, por no decir al carajo. Pero además tras esos resultados ha perdido una tras otra dos votaciones de investidura, dos. Y en tales circunstancias, quiere echar a un señor que ha ganado las elecciones y sacado siete millones de votos, siete. Que en números redondos son 1.700.000 votos más que los obtenido por el que se empecina en echarlo y que ha pegado por dos veces el histórico gatillazo de la investidura, sin conseguir el que llama «cambio», porque con algún eufemismo hay que disfrazar el odio cainita, tan español por otra parte.

Pero no tengan en cuenta lo que acabo de decir. Como soy de pueblo y osado, me atrevo a formular en voz alta obviedades fuera de lugar. Como la que se me ocurre ahora para salir de la paralización actual: ¿y si se juegan los dos a los chinos la presidencia del Gobierno?

En La Razón, Alfonso Rojo le canta las cuarenta a Pablo Iglesias por tomarse la política como si fuese el escenario del Club de la Comedia o un circo:

«Que quiten el cartel, que ya apareció». Era lo que se decía en los pueblos de la España de mi infancia cuando, después de unos días de sofoco, encontraban por fin la oveja o el gorrino extraviado. La frase ha caído en desuso, pero con la proclividad al «revival» que profesan nuestros nuevos políticos, no sería de extrañar que un día de estos la veamos escrita con letras de molde en los tablones del Congreso de los Diputados. No para anunciar el hallazgo de un semoviente, sino para comunicar a sus señorías que ya tenemos gracioso de plantilla. El de esta legislatura, que se perfila corta, se llama Pablo Iglesias.

Recalca que:

El líder de Podemos, que siempre ha tenido proclividad a la cursilería, se ha consagrado durante el fracasado intento de Pedro Sánchez de convertirse en presidente, como «chistoso oficial» de la Cámara. No sé por qué razón, cualquier personaje público al que arriman un micrófono los reporteros de los programas del hígado, se siente obligado a responder dócilmente a la más desquiciada impertinencia, pone cara de lelo, fuerza una sonrisa y trata de articular a botepronto una frase ingeniosa. Es un juego estúpido en el que, con contadas excepciones entre las que brilla el feroz Pérez Reverte, entra casi todo el mundo, pero incluso la estulticia tiene límites. Entre hacer el mamarracho unos segundos por temor a quedar como un sieso y convertirte, como ha hecho el líder de Podemos, en el animador del festejo, hay diferencias. Fue este pasado viernes cuando «Coleta Morada» se coronó definitivamente. Intervenía el tercero y tratando de «epatar» a los millones de españoles que seguían el espectáculo a través de la televisión y, sobre todo, a los 349 políticos que comparten escaños con él, arrancó aludiendo al ósculo que dos días antes se había estampado en los morros con el independentista Domènech. Añadió pringoso que «fluye el amor en la política española» y, después, recitando lo que le podía haber escrito un guionista del Club de la Comedia en una noche de porros, sentenció: «A partir de ese beso la política se está calentando».

Y sentencia:

Todo, para airear marujil desde la tribuna que la diputada popular Andrea Levy ha confesado a una periodista del Intermedio de Wyoming que le gusta el podemita Miguel Vila, poner su despacho a disposición de la pareja «para lo que se tercie» y susurrarle al socialista Sánchez que ya sólo falta que se líen ellos dos. Tenemos payaso, ahora sólo falta montar el circo.

En El Mundo, Arcadi Espada considera que no es tan negativo tener que volver a repetir las elecciones:

Habrás disfrutado con la fallida doble sesión de investidura del diputado Pedro Sánchez Castejón. Por el resultado y por la degradación, ética, intelectual y estética, de las instituciones que la ceremonia ha aportado. Yo sé que a la degradación tú la llamas, orgullosa y airadamente, la llegada del ‘pueblo’ a las instituciones. Pero debes calmarte, porque los dos queremos decir lo mismo. Cada vez más queremos decir lo mismo. El desarrollo de las sesiones de la XI legislatura ha hecho también de mí un antisistema.

Habrás observado, en los fugaces momentos en que las sesiones se han hecho inteligibles, con qué precisión se interpreta lo que ha querido decir el pueblo alumbrador de este hemiciclo. Tú participas en esa interpretación, desde luego, cuando aseveras solemne: «El pueblo ha optado por el cambio». Pero no estás sola. «El pueblo quiere que nos entendamos», dicen otros. Los más artistas añaden una coletilla fatigosa a cualquiera de las dos interpretaciones: «Pero el pueblo no ha dado manual de instrucciones». Uf. La obviedad más escamoteada en este asunto es que el ‘pueblo’ no vota nunca. Votan los ciudadanos, uno a uno y al mismo tiempo, es decir, sin saber cada uno lo que vota el otro. Por lo tanto no hay un sujeto responsable del resultado, al que pueda interrogarse y diga que está por el entendimiento o el cambio.

Señala que:

Del mismo modo tiene poco sentido decir que la mayoría de los ciudadanos no quiere que gobierne el Partido Popular. Porque esta conclusión aritmética es tan verdadera como decir que la mayoría de los ciudadanos no quiere que gobierne el Psoe, C’s o el partido Podemos. Las urnas tampoco dicen nada explícito sobre el entendimiento. El que vota a su caballo quiere que gane la carrera. Y las preguntas sobre lo que le gustaría que hiciese su caballo después de haber perdido sólo tiene sentido hacerlas una vez comprobada la derrota. En el sistema político español los partidos no combaten unos contra otros, sino que lo hacen contra una cifra, que es la de 176 diputados, número de la mayoría absoluta. Si quedan por debajo de ella no puede decirse que haya ganado nadie. En ocasiones esta derrota se convierte en victoria relativa cuando dos o más partidos acuerdan sumar fuerzas y llegar a la cifra clave. En otras, como en la actual circunstancia española, las respectivas derrotas no permiten alcanzar una victoria. Pero haya o no acuerdo, esas decisiones corresponden siempre a los partidos y no a los ciudadanos y por lo tanto el nombre de los ciudadanos no debe invocarse en vano. Ni siquiera debería invocarse, por cierto, para la interpretación más aparentemente lógica del resultado de las urnas, esto es, que los ciudadanos han votado en contra del entendimiento y que la actitud de los partidos implicados en este negocio estéril del acuerdo es el reflejo fiel de la actitud de unos ciudadanos respecto a otros. Porque, entre otras cosas, eso sería tanto como decir, ¡y a ver quién podría discutirlo!, que el ‘pueblo’ ha votado para que siga gobernando en funciones el Partido Popular.

Resalta que:

Los dramitas en torno a la posibilidad de la repetición de las elecciones sólo ocultan los temores de los protagonistas del teatro postelectoral. Una nueva convocatoria no supone fracaso alguno, ni de los políticos ni de los ciudadanos, y lo contrario sólo es un análisis del género ¡’Piove, porco governo’! o ¡’Piove, porco popolo’! El único problema es económico, pero asumible cuando se tiene en cuenta lo que gastan, lo que siguen gastando, las administraciones públicas en propaganda. Es igualmente falso que los resultados de unas nuevas elecciones estén obligados a ser los mismos, porque tan solo hayan pasado unos meses. Habrá pasado poco tiempo cronológico. Pero muy denso políticamente. Y hay nuevos datos encima de la mesa. Hasta ahora afectan, básicamente, al desprecio. El desprecio al Pp del Psoe. El desprecio al Psoe del partido Podemos. Si en los dos meses que faltan no se producen novedades los ciudadanos habrán de incluir estos desprecios principales entre sus motivaciones. Y también lo que arroja la investidura fallida y el error táctico del presidente Rajoy al renunciar a ella: la evidencia de que a la única coalición que se ha ofrecido para el Gobierno, Psoe y C’s, le faltan 36 escaños: no es necio pensar que tal vez se decidan a afianzarla. Si en junio los ciudadanos votan de nuevo lo harán, no sólo sobre la experiencia del gobierno Rajoy, sino también sobre la experiencia de estos movidos meses postelectorales.

Y sentencia:

Sin embargo, no hay seguridad, claro está, de que el resultado vaya a permitir la formación de una mayoría. Los ciudadanos no serán convocados a votar sobre la posibilidad de un pacto Pp/Psoe/C’s, de un pacto Psoe/Podemos, de un pacto Pp/C’s, o de un pacto Psoe/C’s. Votarán, de nuevo, opciones políticas concretas y ninguna de ellas va a darles garantías sobre un pacto, porque el voto es uno y el pacto implica, como mínimo, a dos. La posibilidad de que se repita el callejón sin salida es la razón básica para resistirse a unas nuevas elecciones. Por lo tanto sería interesante que los partidos acudieran a ellas explicando qué van a hacer en caso de una repetición del bloqueo. Ahora bien: lo que espero que se ahorren, si se repite el caso, es la interpretación de lo que el ‘pueblo’ ha dicho o ha querido decir.

Si van a insistir por la vía hermenéutica mejor que pregunten directamente a los ciudadanos cómo salir del bloqueo. Ya sé que es dudoso que en una democracia parlamentaria los ciudadanos puedan obligar a los partidos a uno u otro pacto. Pero cuando se invoca la voz del pueblo mediante técnicas espiritistas hay que proceder radicalmente. Antes que la güija democrática, mejor organizar una consulta, un referéndum, o como quiera llamársele, limitada a los afiliados de los distintos partidos o incluyendo al conjunto de los ciudadanos. Tanta pasión por la democracia directa en tantos de los partidos españoles y eluden plantearla una vez que la ocasión lo merece. El método supondría el reconocimiento de que el problema del vacío de gobierno no es un problema de los partidos, sino de la sociedad. Y por lo tanto sería, contra la democracia adolescente, una sutil invitación a la responsabilidad.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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