LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho sobre el ‘zasca’ de Felipe VI a Patxi López: «Le ha hecho un ‘Pasapalabra’ con soberana elegancia»

"El Rey no va a involucrarse en maniobras de distracción ni de bloqueo"

Ignacio Camacho sobre el 'zasca' de Felipe VI a Patxi López: "Le ha hecho un 'Pasapalabra' con soberana elegancia"
Felipe VI y Patxi López. EP

A vueltas con las negociaciones para conseguir de aquí al 2 de mayo de 2016 que se consiga una gran coalición que permita que haya Gobierno en España o, de lo contrario, elecciones que te crió para el 26 de junio de 2016.

Eso sí, tal y como resaltan este 9 de marzo de 2016 varios columnistas de la prensa de papel, el Rey Felipe VI ya ha lanzado un recado claro y meridiano, que a él no le molesten mientras no venga un candidato con una propuesta cerrada a cal y canto. No quiere volver a ver a un aspirante que le venda humo como pasó con Pedro Sánchez.

Arrancamos en ABC y la hacemos con Ignacio Camacho que asegura que en La Zarzuela sólo quieren recibir a quien realmente tenga los apoyos necesarios y ya cerrados y bien cerrados (o atados y bien atados, pero igual eso le suena a alguien a franquismo puro y duro):

Con soberana elegancia, el Rey le ha hecho un pasapalabra a Patxi López, la única fórmula que estaba a su alcance. «Diles que hablen entre ellos y ya si eso me vuelves a llamar». Es lo más parecido a un puñetazo en la mesa que puede dar el Monarca, entre cuyas estrictas atribuciones está la de aguantar que usen su nombre en vano como en el debate de investidura y hasta la de escuchar impávido la silbatina de reglamento en la final de Copa, pero no la de permitir que le tomen el pelo. La Corona no está autorizada para convocar elecciones ni para llamar por su cuenta a un caballo blanco, un candidato independiente a la italiana. Esta última función, así como la de mediación entre los partidos, la podría ejercer el presidente del Congreso, pero Pedro Sánchez no lo puso ahí para que se crea el papel de tercera autoridad del Estado. De modo que Felipe VI no tenía otra salida que darse oficialmente por enterado de lo que ya sabía: que no habrá pactos al menos hasta que alguna de las partes sienta en la nuca la presión de un vértigo electoral desfavorable. Y entretanto lo que le conviene es mantenerse lejos del tráfago partidista, del postureo táctico y de la ingeniería política de salón que tanto gusta en ese Madrid de los conciliábulos.

Añade que:

Porque si este bloqueo tiene alguna salida que no pase por las urnas será inextremis, en el último momento. Es una regla tácita de toda negociación que las condiciones más preciadas hay que sostenerlas hasta el límite del tiempo. Si alguien va a acabar cediendo sólo lo hará cuando no quede más remedio, es decir, cuando sienta la certidumbre de salir perjudicado en las urnas. Para eso quedan muchas encuestas, muchas reuniones, muchos tanteos, muchas ruedas de prensa, mucho tira y afloja, mucha apariencia de diálogo; la nueva política no es más que la vieja con más televisión por medio. En realidad, este proceso que ahora parece inédito sucede en España cada cuatro años, en la constitución de los ayuntamientos. Y siempre acaba en pactos sobre la campana porque si no, como las elecciones locales no se pueden repetir, gobierna automáticamente el partido más votado. Convendría tomar nota para ese prometido futuro de reformas estructurales.

Y concluye:

El Rey, que aunque está de estreno como los nuevos líderes tiene bastante más horas de preparación a cuestas, se ha hecho un perfecto cuadro de situación; en realidad lleva trabajando en ello desde que leyó los resultados de diciembre. Y no va a involucrarse en maniobras de distracción ni de bloqueo. Si los candidatos quieren tiempo, tiempo tendrán: el que marca la ley, ni un minuto menos. Tampoco parece que los españoles estén demasiado ansiosos: el país funciona al trantrán tan mal o tan bien como antes y en la oleada del CIS de ayer sólo un 1,4 por ciento se declara preocupado por la ausencia de Gobierno. El resto, o sea, la inmensa mayoría, ya se inquietará si eso.

En la misma línea va Antonio Burgos, que asegura que a Patxi López, presidente del Congreso de los Diputados (y Diputadas que dirían los paniaguados de Comprimís) se le aguó la fiesta cuando el monarca le dijo que nones a otra tercera ronda de consultas:

Bernardo Muñoz Marín. «Carnicerito» de nombre artístico. Torero por la gracia de Dios. Sobrado de gracia. Malagueño de nación. Hecho al arte del toreo y de la flamenquería en Jerez. Los que lo conocieron sostienen sobre él dos cosas: que era el hombre de mayor gracia natural y espontánea, no buscada, que en su vida conocieron; y el más elegante y que mejor porte y jechuras tenía. No se tiene noticia de que en su vida se pusiera unos pantalones vaqueros. Cuando el caballero don Álvaro Domecq Díaz se hizo rejoneador con el exclusivo fin de racaudar fondos para levantar unas escuelas para los niños desfavorecidos de su Jerez, llegando a torear 50 tardes en la temporada de 1944, se llevó en su cuadrilla a dos hombres de arte: como banderillero de confianza, a Bernardo Muñoz; y como mozo de espadas, a otro monstruo del ingenio, al que fue mi catedrático de Gramática Parda, a don Miguel Criado Barragán, «El Potra» en el mundo del toro, donde fue gente, y quien tenga la menor duda, que lo pregunte en Sevilla, Madrid o Pamplona.

Cuéntase que una noche que venían en el coche de cuadrillas de torear una corrida no sé dónde e iban para actuar al día siguiente cualquiera sabe en qué plaza, don Álvaro, hombre de profundas convicciones religiosas, puso a todos sus hombres a rezar el rosario. Terminadas las oraciones finales, les dijo:

-Ea, ya hemos quedado a bien con Dios y le hemos dado gracias…

A lo que Bernardo, en plan «agradaó» de su tierra jerezana, fingiendo fervor y emoción cristiana, así como una guasa grande y de verdad, le dijo:

-Esto ha sido tan bonito que, don Álvaro: ¡vamos a echarnos otro rosario!

Dice que:

Me he acordado del lance de Bernardo y de don Álvaro cuando don Francisco Javier López, alias Pachi, ha salido de La Zarzuela de informar a Su Majestad sobre el segundo revolcón sin consecuencias que en la media plaza de toros del Congreso ha vuelto a sufrir Sánchez en su pretendida investidura. López salió con cara de haberle dicho al Rey como Bernardo a don Álvaro, en plan «agradaó»:

-Don Felipe, ¡vamos a echarnos otra ronda de consultas!

«Nequaquam», le ha dicho el Rey. Y ha sido entonces cuando ha llamado al Jefe de Su Casa, ha abierto una gaveta de la mesa de trabajo donde tiene siempre el ordenador portátil y le ha dado dos entrelargas cartulinas que allí guardaba. Todos nos traemos algo de las que llaman «amenities» en los hoteles buenos, y que levante la mano quien no lo haya hecho: que si el peine maravilloso, que si el gorro de ducha, que si las zapatillas de mullido fieltro. Con lo largo que es, y barruntando la que se le venía encima, Don Felipe pegó el correspondiente mangazo regio en el último viaje. Pero lo que se trajo no tenía importancia más que para él. Fueron esas cartulinas alargadas que cuelgan del interior del pomo de la puerta en los cuartos de hotel, que en una pone «No molestar», y en la otra, «Arreglen pronto la habitación».

Y remacha:

Esos dos entrelargas cartulinas fueron las que el Rey sacó de la gaveta del regio escritorio y entregó al Jefe de Su Casa nada más que el presidente del Congreso cogió puerta, camino y mondeño con la comunicación del segundo nanai de investidura. Y le dijo:

-Quiero que me redactéis comunicado de la Casa inspirado en estas dos cartulinas, porque yo no me paso otros quince días recibiendo gente que después hace lo que quiere, sólo marearme a mí y a la perdiz de España, que es mucho más grave. Un comunicado que diga lo que estos dos avisos hoteleros: que estos señores arreglen cuanto antes la habitación, que la tienen patas arriba desde diciembre, y que, mientras, por favor, no nos molesten ni a mí ni a los españoles que los votaron. Y que cuando tengan algo arreglado en firme, que venga el que sea. ¿Qué ronda de consultas ni ronda de consultas? ¿Estamos locos?

José María Carrascal considera que los políticos actuales no pasan de ser unos meros aprendices pertinaces en cometer error tras error:

Sánchez dice que está dispuesto a reunirse con Iglesias, pero en compañía de Rivera. Iglesias dice que está dispuesto a hablar con Sánchez, pero sin Rivera. Rajoy dice que está dispuesto a dialogar con Sánchez y con Rivera, pero convocando él la reunión. Sánchez dice que está dispuesto a negociar con Rajoy y Rivera, si la reunión la convoca él. Total, que todos están dispuestos a reunirse, pero ninguno se reúne. Ante lo que el Rey ha hecho muy bien en decir que, de momento, no convocará ninguna nueva ronda de candidatos, que allá se las arreglen los partidos, y cuando lleguen a un acuerdo, que le avisen y designará al que tenga más posibilidades de ser elegido.

Precisa que:

Mucho tendrán que cambiar las cosas para que ese acuerdo llegue. De hecho, todos están ya en campaña electoral, no el mejor clima para los acuerdos, pues obligan a hacer concesiones, y ahora están interesados en conseguir ventajas sobre los demás. El único acuerdo que hay es el de PSOE y Ciudadanos, insuficiente, como se ha demostrado en sus dos intentos fallidos de investidura. Necesitan más, muchos más escaños para triunfar. El caladero natural del PSOE es Podemos, y a la inversa, como el caladero natural de Ciudadanos es el PP, a la inversa también. Hasta ahora, ese pacto ha favorecido a Sánchez y a Rivera, uno afianzándose dentro de su partido, el otro mostrando flexibilidad y templanza. Pero ¿les favorecerá cara a la prueba definitiva, en unas nuevas elecciones, cuando haya que pronunciarse por una política clara de izquierdas o de derechas, que terminarán siendo las dos opciones que se impongan? Permítanme que lo dude.

A medida que pasen las semanas y la bronca no haga más que acentuarse, el electorado no hará más que inclinarse en un sentido u otro. Y no creo que a Sánchez le favorezca haber rechazado el «pacto de progreso de la izquierda» que le ofrece Iglesias ni, todavía menos, a Rivera le ayude haberse presentado en todas partes del brazo de un hombre dispuesto a dar un nuevo estatuto a Cataluña y del que ni siquiera sabemos si va a derogar o no la reforma laboral, entre aquellos seguidores del PP que le dieron su voto el 20-D y se pregunten si no están votando al PSOE. Aunque admito que puedo equivocarme: la desorientación es tal que puede ocurrir cualquier cosa, desde la «gran coalición» al «pacto de izquierdas».

Y finaliza:

Si fuesen, como presumen, hombres de Estado, en vez de meros aprendices de político, no seguirían intentando engañarse unos a otros, junto con el resto de los españoles, reconocerían que no hay posibilidad de que se pongan de acuerdo para formar gobierno y se lo comunicarían al Rey, que convocaría elecciones, en vez perder más tiempo. Pero esto es lo último que espero. Un español no admitirá nunca que se ha equivocado. Antes, estrellarse. Y todos ellos son españoles. Da la impresión de que es en lo único que coinciden, sin darse cuenta de ello.

En El Mundo, Federico Jiménez Losantos reparte hostias como panes a aquellos imberbes, políticamente hablando, a los que les ha dado por la idiotez y mamarrachada de retorcer el lenguaje hasta el punto de tildar de machista lo de el Congreso de los Diputados. Es de coña:

Una de las pocas cosas realmente valiosas que a los españoles nos regalan al nacer es la lengua española. Hasta los analfabetos y los pobres de pedir -no de espíritu- pueden hablarla bien en los lugares más remotos del mundo. Un campesino nicaragüense, por ejemplo, habla mejor español que un ejecutivo argentino, no digamos catalán, y durante muchos siglos, en cualquier rincón perdido del mundo ha habido madres que para firmar ponían la cruz, porque nadie les había enseñado a leer y escribir, y que sin embargo hablaban y cantaban estupendamente.

Bergamín, uno de los seres más sutiles en el uso de la lengua y de la idea de España, al que, si no como autor de Esperando la mano de nieve, debería rendir culto la grey podemita como símbolo del estalinismo español -empezó de católico rojo, continuó de escriba delator contra el POUM, siguió de propagandista del FRAP y acabó de proetarra en Fuenterrabía- escribió un Elogio del español analfabeto para glosar, a su retorcida y brillantísima manera, la cultura oral que admiraba en los pueblos andaluces, donde suena un español mucho mejor que la jerga libresca del chupatintas urbano, ese al que Valle llamaba cagatintaz.

Añade que:

Sin llegar al extremo de las paradojas bergaminianas, hay una obra literaria, el Romancero, creada por millones de españoles, en un principio analfabetos y anónimos, a los que se unieron, reconociendo el genio popular, los escritores más exquisitos, de Góngora y Quevedo a Juan Ramón y Antonio Machado, hasta crear el más conmovedor de nuestros monumentos nacionales, la joya más delicada de las lenguas romances.

Y apunta que:

Pues bien, en nombre de la igualdad de género (en la jerga progre, que huyendo del género común ronda el epiceno, suele significar de sexo), los politicastros y politicastras, analfabetos y analfabetas, se han propuesto liquidar esa lengua común que, además sale gratis. Rosana Pastor quiere amputar del Congreso el apéndice «de los diputados». Debería dar ejemplo y en vez de Pastor, llamarse Pastora o, para no discriminar al animal, Oveja. En Barcelona, Ada Colau también de parto semántico, ha dado a luz una criatura que te quita las ganas de hacer méritos: en vez de homenaje, mujeraje. Tienen un lío con las aes que no les cabe en las oes. Y todo porque no saben cómo borrar el nombre de España. ¡Pues que digan Españo, coña!

Raúl del Pozo recuerda que esta situación que tenemos en España, donde estamos ‘desgobernados’, ya la padeció Bélgica durante año y medio y, sorprendentemente, las cosas funcionaron mejor que nunca. Igual hay que copiar el ejemplo:

En Bélgica estuvieron 541 días sin Gobierno y apenas notaron la ausencia. La gente iba con las manos en los bolsillos dando patadas a los botes. Un ciudadano educado sea belga, italiano o hispano es el que sabe gobernarse a sí mismo. Aquí estamos sin Gobierno desde Navidad, la cuesta de enero nos resultó más leve; y de momento nadie nota la ausencia, aunque quede el sucedáneo del Ejecutivo en funciones. Se teme que el bloqueo que se hacen a sí mismos los partidos pueda alentar la fuga de capitales, amenazar la estabilidad del euro y aumentar la desafección política, pero yo noto cierta alegría en los semblantes de la gente cansada de ministros que mandaban demasiado. Ministros que ante la corrupción decretaban cada semana medidas inútiles para evitarla, y algunos políticos que dieron tantos palos que podrían hacer el papel de Barrabás en las procesiones de Semana Santas. Viviremos con suerte todavía unos meses sin la coacción del Estado, una primavera sin Gobierno, aunque me temo que en vísperas de mayo, mientras el Gobierno prepare el decreto de nuevas elecciones le sorprenderán con la jota valenciana más que con el fado portugués.

Destaca que:

En estos días de vacaciones para los ciudadanos, los políticos se dedican al fanatismo de lo pequeño, a la beatería gauche patosa, a la prosopopeya demagógica. Algunos están convirtiendo la causa justa de las mujeres en espectáculos kitsch. Quieren quitar la palabra diputados al nombre del Congreso por considerar el género masculino una agresión sexista y van a vestir con faldas la silueta que anuncia el cambio de luz en el paso de peatones. En cualquier discurso político se escuchan los circunloquios de ellos-ellas-nosotros-nosotras, sin hacer caso alguno a las instrucciones de la Real Academia sobre las acepciones genéricas. Una marea de ñoñez, cursilería e ignorancia azota a los progres, verdaderos engendros de la izquierda. Se ponen de moda las comuniones laicas y los oradores bujarrones. Pero quitando esas provocaciones de las señorías ociosas, estamos encantados de que, por lo menos, no nos gobiernen. Ojalá no tengamos que soportar al ogro filantrópico cebado por una casta que termina eternizándose en el poder, sableándonos, prohibiendo y dándonos la lata. Si tenemos que esperar hasta otoño sin Gobierno quizás seamos felices.

Y subraya:

Una vez escribí sobre la felicidad de vivir una primavera sin Gobierno y me acusaron de «cantar el júbilo Silvano». No sabía si me insultaban hasta que me enteré de que Silvano, era el rey de la selva, el dios de los bosques, siempre con un ciprés o un pijo en la mano. Posiblemente algún día evocaremos con melancolía aquel marzo de idus, -la nieve, el granizo- cuando las golondrinas venían y se iban los tordos, los árboles empezaban a dar sombra y jilgueros, anidaban las cigüeñas en las torres, dominando los naranjales en flor, y nosotros nos merecimos no tener ningún Gobierno durante unos meses felices.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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