LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

José María Carrascal ridiculiza a Pedro Sánchez: «Menudo estupor, la UE en una de sus mayores crisis y este gimebundo pidiendo ayuda para ser presidente»

"Lo peor del líder socialista es el ridículo, la falta de cabeza y de sentido común"

José María Carrascal ridiculiza a Pedro Sánchez: "Menudo estupor, la UE en una de sus mayores crisis y este gimebundo pidiendo ayuda para ser presidente"
Pedro Sánchez. Cuatro

Variadas vienen las tribunas de opinión de este 20 de marzo de 2016. Desde los que aún opinan sobre el numerito de Pedro Sánchez en Bruselas preocupándose únicamente por lo que a él le interesa, ser presidente del Gobierno de España, y no por los problemas comunes de toda una Europa, a los que le exigen al Ejecutivo en funciones de Mariano Rajoy que fiscalicen todos y cada uno de los euros que se le van a aflojar a los derrochadores de los gobernantes catalanes.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con José María Carrascal que tilda de niños a los dirigentes de Podemos, Ciudadanos y, especialmente, PSOE, con un Pedro Sánchez caprichoso a más no poder:

La mayor diferencia entre niños y adultos es que el niño no distingue entre «querer» y «poder», mientras el adulto lo distingue perfectamente. Lo que antes llamaban «llegar al uso de razón»: saber diferenciar el deseo de la capacidad. Al niño le basta querer algo para creer que es suyo. El adulto sabe que se da muy pocas veces. Nuestro problema hoy es que la última hornada de políticos parece no haber traspasado ese umbral.

El mejor ejemplo es Pablo Iglesias. Ya haber elegido para su formación el nombre de «Podemos» resulta revelador. Para «asaltar el cielo» (gobierno) basta con quererlo. Y si alguien se cruza en el camino, se le elimina, y en paz. Más infantil no puede ser. Aunque puede funcionar en un aula universitaria. Donde no funciona es en la política, arte, no de lo deseado, sino de lo posible, limitado por la realidad: «lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible». Pablo Iglesias, a hombros de una indignación legítima de los españoles, pero más visceral que racional, ha atravesado barreras que se creían infranqueables. Pero ya puesto a hacer realpolitik, es decir, no en los platós la televisión ni en los mítines, sino en el Congreso, ha encontrado resistencias inesperadas, incluso a su lado. Las ha salvado remedando a Luis XIV: «El partido soy yo». Que pueda seguir haciéndolo en democracia es improbable.

Añade:

Otro que tal es Albert Rivera. Apostó por Sánchez siendo la «marca blanca del PP», y se está convirtiendo en «la marca blanca del PSOE», que, además, corteja a Podemos y a los independentistas. Con lo que puede Rivera encontrarse el día menos pensado compuesto y sin novio.

Pero quien más infantilmente ha actuado es Pedro Sánchez, que tras haber perdido las elecciones y dos votaciones de investidura, se ha lanzado a una carrera desenfrenada como si fuese ya presidente del gobierno. Puede que se sienta inpectore, pero como no lo es, se fue a Portugal a buscar la fórmula de un gobierno de izquierdas, encontrándose con que tiene que pedir ayuda a la derecha para gobernar. De allí, a Cataluña, en buscar el respaldo de los separatistas. Encontrándose con lo previsto: que le exigen su apoyo para separarse.

Y aclara:

Aunque nada puede compararse a su ida a Bruselas a pedir a Tsipras para que le ayude a convencer a Iglesias de que le apoye. Ya conocen la respuesta, que no podía ser otra: Tsipras nunca traicionará a su amigo Pablo. Lo peor es el ridículo, la falta de cabeza, de sentido común. ¿Se imaginan el estupor de los reunidos en Bruselas para resolver una de las mayores crisis de la UE, al ver llegar a un gimebundo que pide ayuda para ser presidente de su país? O preguntándose ¿quién quiere un presidente así?

«Quien con niños se acuesta, húmedo se levanta», reza el refrán. De acostarnos con niños, los españoles nos levantaremos necesitando una ducha.

Juan Pablo Colmenarejo le pide a Mariano Rajoy que no siempre vale la táctica que aplica, por ejemplo, Diego Pablo Simeone en el Atlético de Madrid. Que no siempre aguardar y defender da los frutos deseados y si no que nos lo digan a los atléticos que ayer, 19 de marzo de 2016, nos levantaron los tres puntos ante el Sporting de Gijón en El Molinón:

Paseaba en la tarde de ayer por la banda del estadio gijonés del Molinón un tipo acostumbrado a aguantar lo que le echen sin cambiar una letra del discurso. Con un gol de ventaja, lo justo y necesario en otras ocasiones, Simeone mandó parar, esperar y agotar el tiempo. El monólogo de la resistencia funciona casi siempre hasta que lo inesperado del otro supera a la propia táctica. Nadie es perfecto, tampoco en el fútbol. Tiene Rajoy una plan muy parecido.

Dice que:

Se trata de manejar el tiempo hasta la extinción del mismo. El presidente del Gobierno en funciones no sorprende cuando afirma que «no me voy rendir nunca». Rajoy no se ha alterado desde que fue investido, y no parece que en este largo periodo de dique seco en el que nos tiene metidos la legislación vigente vaya a dar un portazo sin mirar atrás. Los marianistas suelen elogiar esta virtud del jefe, que desespera a propios y extraños.

Es lo que hay. Lo demás son especulaciones y enfados a puerta cerrada del PP cuando no se entiende cómo es posible que el presidente deje que el tiempo resuelva los problemas mientras el estallido judicial de la corrupción volatiliza los graneros de votos. Esta sala de espera hasta las elecciones generales del 26 de junio se está haciendo muy grande y sólo una jugada rocambolesca de último minuto alteraría lo trazado en la pizarra de Rajoy hasta el día después de la siguiente cita con las urnas. Sería entonces cuando las presiones internas y externas llevarían al PSOE y a Ciudadanos a negociar un Gobierno con el PP encabezado por el actual presidente del Gobierno. El monólogo de la resistencia habría salido victorioso. Guste o no, ese es el plan. Por eso hay que congelar el paso del tiempo.

Y sentencia:

Rajoy busca la foto fija. Incluso parece como si no quisiera recuperar la bolsa de votantes del PP en la abstención. Con que se repita el resultado del 20-D podría bastar. De hecho, la discrepancia por cuestiones de conciencia en el PP se vuelve a reprimir con deprecio al llamar «mojigatos» a quienes se atreven a defender unos principios ahora ocultos. Que nada cambie. Neutralidad ideológica y a barajar. Pero la resistencia puede fallar y dejarte quieto en la banda, como ayer a Simeone en una templada tarde asturiana, con la mirada perdida, igual que el partido, buscando dónde está el fallo.

Ignacio Camacho poner el acento en que está bien que el Estado no deje desamparados a los ciudadanos catalanes, pero que el dinero que se le dé a sus gobernantes, controlado hasta el último céntimo:

Una de las ventajas del nacionalismo consiste en que al estar fundado sobre una superstición no tiene problemas con sus contradicciones: los mitos no se justifican. La eficaz creación de una realidad virtual sirve para encontrar explicaciones simples a través de un marco mágico cuya única condición es que los propios nacionalistas se lo crean a pies juntillas, tal como los niños creen en los Reyes sin cuestionarse sus evidentes puntos flacos. Sentada a través de este pensamiento fantástico la premisa fundamental -España nos roba, por ejemplo-, todo cuadra sin discordancia alguna; la aceptación incuestionada de una mentira solventa cada paradoja, cada contrasentido, cada duda.

Detalla que:

Así el Gobierno catalán, que quiere poner en marcha su propia Hacienda, puede acudir sin remordimiento a pedir al Estado el dinero que le falta porque se lo ha gastado en construir su quimera soberanista. Cero vacilaciones: en su ilusoria autoconvicción victimista sólo reclama parte de lo que considera enajenado por España. La superchería del expolio alimenta con sencillez su contabilidad política: no se trata de pedir un rescate sino de exigir una devolución. En la conciencia nacionalista, Cataluña tiene déficit porque no recibe lo que le corresponde, y por tanto la negociación de la deuda no constituye una súplica sino un requerimiento. En vez de admitir un fracaso, ventilan un agravio. Y disfrazan de acuerdo bilateral lo que no es sino un chantaje.

Puigdemont y Junqueras saben que se les va a atender por dos razones. Primero porque el Estado no puede desentenderse de los ciudadanos catalanes, a los que el independentismo toma de rehenes en su dispendio. Y segundo porque el impago autonómico arrastraría la solvencia española en los mercados financieros. Por eso Montoro afloja adelantos a cuenta de la liquidación territorial -es decir, en perjuicio de otras comunidades más cumplidoras- para que los funcionarios de la Generalitat puedan cobrar su nómina. Y por eso Guindos ha mediado ante las agencias de rating para evitar que el bono catalán entre en la categoría de basura. España al rescate. También de sí misma: los secesionistas son españoles aunque no quieran.

Y subraya con meridiana claridad:

Pero ese rescate ha de tener contrapartidas para que los chantajistas no salgan indemnes y para que no triunfe su discurso ventajista. Garantías y control. Si el Gobierno pone dinero tiene que fiscalizar su gasto. Impedir que el aval sirva para sufragar el prusés, las políticas excluyentes, el separatismo identitario. Imponer la disciplina financiera común. Y sobre todo evitar que los fondos de solidaridad alimenten un conflicto insolidario. En suma, imponer la realidad frente a la fantasmagoría, la responsabilidad frente a la provocación, la exactitud frente a la mendacidad. Demostrar que hay un modo de desmontar los mitos, y consiste en dejar que los paguen quienes creen en ellos.

Antonio Burgos le mete de lleno a Pedro Sánchez por arrastrarse cual mendigo en busca de la limosnilla del poder:

Cuando se acercaban las elecciones del 20 de diciembre (que también hay que tenerlos cuadrados como Rajoy para ponerlas dos días antes de la Lotería de Navidad), no hacíamos más que hablar de los partidos emergentes, como la gran esperanza de España frente a la vieja política. Llegaron las elecciones y resultó que los partidos emergentes no sólo no habían acabado con las viejas mamandurrias, mamelas, mangoletas y mangazos de la política a babor y estribor, sino que todo quedó como dijo don Luis Mejías a don Juan Tenorio tras el engaño que el burlador de Sevilla hizo de doña Inés de Ulloa, dama por cierto con nombre de óptico: «Mas con lo que habéis osado, imposible la hais dejado para vos y para mí». Ni a los viejos partidos les acabaron de dar el canuto de la licencia absoluta ni los emergentes subieron a la superficie de las mayorías suficientes. Miren los muros de la Patria mía cómo están desde entonces: estrictamente ingobernables, yendo cada uno a lo suyo y teniendo que asistir a hechos bochornosos por el ansia de poder de los que quieren cogerlo a toda costa, léase Sánchez Castejón. A quien por cierto me gusta nombrar por su segundo apellido, Castejón. ¿Por qué esa injusticia con su señora madre, borrarla del mapa del futuro de los salvadores (es un decir) de la Patria? ¿Por qué Rodríguez Zapatero era siempre Zapatero y nunca Rodríguez y, por el contrario, Sánchez Castejón es siempre Sánchez y nunca Castejón?

Apunta que:

Tiene tantas ganas de coger poder este Castejón que roza el ridículo. ¿Usted sabe lo que es arrastrarse? Pues eso es lo que hace Castejón con tal de llegar a la Moncloa. ¿Culpa suya o de su señora esposa, que está deseandito llegar a ser la segunda primera dama de España y con tal de lograr su deseo le mete tal tensión al hombre que lo pone al borde del ridículo?

Se pregunta:

¿Qué hubiera dicho la izquierda si para salir de esta España ingobernable que nos han dejado los emergentes cogiera Rajoy el teléfono, llamara a la Merkel y le dijera: «Angela, hija, tú que tienes fuerza, a ver si le das un toque a los de Ciudadanos, a ese tal Rivera, y me hacen presidente y acabamos ya con este mareo de perdiz que lo tiene todo paralizado»? A la izquierda le hubieran faltado cielos donde poner el grito para denunciar la inadmisible injerencia de la dirigente de una nación extrajera en nuestros asuntos internos. Por el contrario, en sus imparables y lamentables ansias de poder no para su proyecto político, sino para sus carnes morenas, Castejón ha llamado a Tsipras para que le junte las manos, le cuadre y le ponga en suerte a Iglesias, a fin de que pueda tocar pelo de poder. Que es lo que quiere a toda costa. Se pueden tener ansias de poder, pero, hijo mío, eso hay que disimularlo un poquito. Y como la derecha es vaina o carajota (o ambas cosas), tampoco ha levantado la voz por meter al señor Tsipras en nuestro actual embrollo. Menos mal que el tal helénico, como España le coge demasiado lejos, no ha movido un dedo.

Concluye:

¿Emergentes los partidos? ¿Emergentes los políticos? ¡Una higa! Emergentes los toreros de nueva planta y de nueva hornada, la generación que viene arreando y hartándose de cortar orejas y de abrir puertas grandes en Valencia y ya verán en Sevilla. Esos sí que han sacado a la Tauromaquia del letargo en que estaba. Esos sí que le han devuelto a la Fiesta lo que justamente le falta a España en esta hora: ilusión. Esperanza en el futuro. Lo que en política no han logrado ni Iglesias ni Rivera (que de momento se han comido una catalina así de grande) lo han logrado con creces todos estos chavales que vienen arreando, con la alternativa en la boca, Roca Rey, López Simón, Garrido, o los novilleros que pronto serán matadores, como Varea y Ginés Marín. Ahí sí que hay emergentes, en el Toreo. Y triunfantes. Y no tienen que arrastrarse como una caja de pescado para pedirle a un griego que aquí no pinta nada una limosnita de poder, por el amor de Dios…

En La Razón, Alfonso Rojo aún no sale de su asombro de que la detención del facineroso que estuvo detrás de los sangrientos atentados de París haya provocado prácticamente la indiferencia en España. Mañana nos puede tocar a nosotros y aquí parece que el yihadismo nos importa un pimiento…hasta que nos toque de lleno, claro:

Es tan estúpido como incoherente. Me refiero a la incapacidad de buena parte de los españoles para entender el dolor, la rabia y las reacciones de las víctimas del terrorismo. No me refiero sólo a la incomprensión con que miran a la familia Múgica y escuchan a la hermana de Miguel Ángel Blanco o a la eurodiputada Jiménez-Becerril. Lo que me deja perplejo y justo hoy, unas horas después de que por fin hayan cazado a Salah Abdeslam, el organizador de la masacre de París, es el aséptico distanciamiento con que se valora el espanto del yihadismo islámico.

Precisa:

Si esto ocurriera en el lindo Mónaco, hasta podríamos intentar buscarle explicación, pero sucede en el país de Hipercor, los trenes del 11-M ,Txapote, Ternera, Otegi y yerbas parecidas. Pasa en España, donde se esgrime siempre que conocemos a fondo lo que es el terrorismo, porque lo hemos padecido de forma lacerante durante 40 años. No se trata de una actitud exclusiva de políticos de nuevo cuño, embotados por la mezcla de series televisivas y teorías bolivarianas. Es algo compartido por tertulianos, columnistas, titiriteros y masas de población. No por un puñado de estrafalarios, sino por millones de votantes. Y, junto a eso, hay otro turbio detalle que se pasa por alto y cuya simple evocación hace que los zelotes del progrerío, te estigmaticen como facha peligroso. Me refiero al silencio de las comunidades musulmanas ante las masacres que, invocando a Alá, perpetran los facinerosos.

¿Han visto ustedes fotos de multitudes marchando por las calles de Peshawar, Karachi, Hebrón, Teherán, El Cairo o Estambul en protesta por crímenes como el de la discoteca Bataclan? ¿No han echado en falta que los telediarios no nos estén sirviendo diariamente imágenes de legiones de honorables creyentes encolerizados contra los fanáticos que un día asesinan en Francia, otro en Rusia, el tercero en EEUU y siempre en ese sangriento lodazal en que se han convertido parte de los países de ese arco que van desde Mauritania a Indonesia y cuya característica común es la fe en el Corán?

Y se hace la pregunta decisiva:

Uno se ha resignado ya a que no haya movilizaciones en España, donde los islámicos son más de un millón. Lo mismo en la Unión Europea, donde los que rezan mirando a La Meca pasan de los 20 millones. Pero coincidirán conmigo que es un pecado mortal que el diabólico Abdeslam haya estado paseando de un lado a otro y engordando en Bruselas, sin que uno solo de los piadosos vecinos de Molenbeek alertara a la Policía.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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