LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho: «Nuestros esclarecidos líderes son capaces de algo peor que no constituir Gobierno, formar uno malo a toda prisa»

"Esta bufonada de la conformación del Ejecutivo no se puede repetir"

Ignacio Camacho: "Nuestros esclarecidos líderes son capaces de algo peor que no constituir Gobierno, formar uno malo a toda prisa"
Pablo Iglesias y Pedro Sánchez. EP

Tanto aburren nuestros políticos que este 9 de abril de 2016 son muy pocos los columnistas que se lanzan a hablar sobre la situación que vive España con unos partidos que, por más que se reúnan, son incapaces de llegar a un acuerdo por muy mínimo que éste sea.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho que ya da por sentado que iremos a unas nuevas elecciones generales el 26 de junio de 2016. No obstante, aún deja una puerta abierta a que haya un pacto de última hora, chapucero, hecho a toda prisas y después de haber desperdiciado nada más y nada menos que más de cuatro meses desde el 20 de diciembre de 2016:

Si hemos de ir a nuevas elecciones, que aún está por ver, al menos deberían ahorrarnos la campaña. En primer lugar porque ya nos la sabemos -genial, amigo Puebla- y en segundo porque después de cuatro meses de postureo sobre los pactos (honrosa excepción al respecto la de Rajoy, que no posturea porque no se mueve) nuestra clase política no esperará que la vayamos a creer cuando hable de programas. Desde que expire el plazo de investidura hasta la jornada electoral, el 26 de junio, van 54 días. ¿Piensan los candidatos pasárselos enteritos echándose en cara la falta de acuerdos? ¿O nos van a volver a vender las promesas de diciembre recalentadas en el microondas? ¿Con qué argumentos pretenden combatir la abstención? ¿Se seguirán negando a revelar con qué partido están dispuestos a pactar tras este largo sainete?

Resalta que:

En realidad, eso es lo único que los españoles querremos saber en caso de ser convocados otra vez a las urnas. Lo demás, el cansino carrusel de propuestas, ya lo conocemos. La repetición de las elecciones -si se da la ocasión, insisto; ha habido tantísima impostura que hasta el último minuto del último día no cabe dar nada por cierto- tendría una ventaja esencial, y es que después no habrá excusas. Ni para los ciudadanos, que deberán entender que votar implica cierta responsabilidad, ni para los dirigentes políticos, que ya se quedarían sin pretextos. No puede haber una tercera vez. Es decir, legal y teóricamente sí es posible, pero eso significaría el auténtico fracaso de la democracia. Una quiebra del sistema; mejor ni pensarlo. Tendría que haber acuerdos, como los hay en las municipales. ¿Y por qué los hay en las municipales? Pues… porque no tienen repetición ni segunda vuelta y si nadie logra armar coaliciones gobierna automáticamente la lista más votada. Que tampoco sería una mala idea para estudiar en este festival de reformas con que los partidos nos marean sin ser capaces de lograr el consenso para abordarlas.

Y otra cosa más. Con o sin elecciones, en esos manoseados borradores de reformismo institucional debe incluirse un acortamiento de plazos para la formación de Gobierno. Esta bufonada no se puede repetir; una vez y no más. Los legisladores de la Transición no fueron lo bastante previsores o pecaron de bienintencionados, pero tras este precedente es menester tomar medidas. En el siglo XXI no se comprenden dilaciones de esta clase, propias de un calendario premoderno. Como mínimo hay que aprender de esta desafortunada experiencia: una democracia contemporánea no admite la autocongelación en un limbo de tiempos analógicos.

Y apunta un dato a tener en cuenta:

Pero todo esto es hablar por hablar. Porque en los días que quedan aún podemos asistir a algún otro esperpento. Si algo nos acaban de demostrar nuestros esclarecidos líderes es que son capaces de hacer algo peor que no formar Gobierno: formar, a toda prisa y con atropellada urgencia, un mal Gobierno.

El director de ABC, Bieito Rubio, es de los que apuesta por unas nuevas elecciones en España:

De manera interesada, alguien ha extendido por el patio nacional que unas nuevas elecciones serían un fracaso. Depende para quién. En todo caso, volver a votar parece más sano y sensato que un gobierno formado de cualquier manera, sin que nadie sepa muy bien para qué. Porque, si de algo ha adolecido toda esta negociación de la nueva casta de la nueva política, ha sido de falta de altura de miras.

Dice que:

Puede llegar todavía un acuerdo in extremis o que incluso Rajoy resuelva por sorpresa la gran coalición, pero todo apunta a las urnas. Los ciudadanos tendremos otra oportunidad de optar por una gobernabilidad sensata, serena y ajustada a las necesidades ciertas de la España verdadera, que tiene poco que ver con esa otra realidad paralela y virtual que se han inventado los políticos del cambio.

Y termina por apalear a los nuevos políticos:

Creyeron que para permanecer unidos les bastaba el odio al partido que, curiosamente, más votos ha logrado. Tras estos largos cien días, que brindaron la ocasión de descubrir el rostro de los «redentores» de nuestras penas, suena la hora de que vuelva a hablar usted, amigo lector. Es para tomárselo en serio.

En La Razón, José María Marco resalta los cambios y los vaivenes de Ciudadanos, de negarse a un pacto de perdedores a unirse con ellos y pedir ministerios:

Resulta llamativa la evolución de Ciudadanos, tan bien descrita por C.S Macías en estas páginas de LA RAZÓN. Ha ido desde el «votaré no a quien quiera formar un grupo de perdedores para desbancar a la lista más votada», que dijo Albert Rivera hace tiempo, a la afirmación reciente, hecha por Juan Carlos Girauta, de que un gobierno monocolor (del PSOE) es demasiado débil y que el «Ejecutivo tiene que estar formado por PSOE y Ciudadanos». En política no es malo cambiar de opinión: cambian las circunstancias, y las sensibilidades mudan al paso de los trabajos y los días. Hay que ser flexible, y tampoco habrá ayudado mucho la actitud displicente y por momentos agresiva del PP. Aun así, un cambio de tal categoría, que lleva incluso a reunirse con el populismo antisistema de Podemos, merece una explicación.

Ciudadanos quiere representar el centro que el Partido Popular ha dejado perder en estos cuatro años. El centro, en política, es el espacio de la templanza y la moderación, allí donde se está dispuesto a dialogar (el PP lo ha estado siempre). Otra definición del centro es la capacidad de adaptar el mensaje y las actitudes al medio circundante. En Ciudadanos parece que está prevaleciendo esto último, y lo hace en un sentido muy fundamental, que consiste en interiorizar el supuesto básico de la vida política española según el cual fuera de la izquierda no hay salvación posible.

Y avanza que habrá nuevos cambios dentro del partido de Rivera:

Los matices (seguridad, educación, reforma laboral, Constitución, Cataluña y otras cuantas cosillas de nada) vendrán luego. Y las reformas, bueno, eso se puede aparcar «sine die». Los gobiernos de las nuevas juventudes se proponen acabar con las que se han hecho en cuanto se hagan con el poder. Se ha dicho con frecuencia que los cuadros de Ciudadanos son más de izquierda que sus votantes. Puede ser, aunque tal vez a lo que está contribuyendo Ciudadanos es a consolidar ese centro izquierda como eje de la política española, lo que debería plantear al PP algunos interrogantes de fondo. El caso es que para aparentar que se es de centro hay que alejarse todo lo posible de los populares e incluso exhibir algún matiz anti PP. Hemos vuelto al viejo mundo de la política española de antes de los años 90, aunque sea con una izquierda estallada desde dentro. La inconstancia de Ciudadanos, por tanto, es sólo aparente. Volvemos a los orígenes.

Abel Hernández se pregunta sobre lo que puede estar pensando el Rey Felipe VI con los socios que se quiere echar en suerte Pedro Sánchez para acabar investido presidente de Gobierno:

El Rey se mantiene a la espera, en silencio. Nadie puede acusarle de interferencias indebidas para ayudar a resolver la grave crisis política que padece España. Si acaso habrá quien se extrañe de su silencio abrumador y su aparente inactividad en este difícil trance, que puede marcar su reinado, como si hubiera tomado la meditada decisión de quitarse prudentemente de en medio para que no digan. Y eso que es el árbitro, según la Constitución, y tiene, por tanto, en esto atribuciones claras: la obligación de arbitrar en esta complicada contienda política.

Recuerda que:

Lo único que se sabe es que hasta ahora no ha encargado al socialista Pedro Sánchez que vuelva a intentar la investidura tras su fracaso anterior. Y no es seguro que se lo encargue otra vez, salvo que el frustrado candidato llegue a la Zarzuela con sólidos y seguros apoyos de última hora, y consejeros muy cercanos al joven Monarca, partidarios de la llegada de las izquierdas al poder para, según ellos, fortalecer así la institución, inclinen al final su voluntad con el argumento de evitar males mayores. Lo razonable es que el Jefe del Estado, antes de tomar ninguna nueva decisión, mantenga otra ronda de consultas con todos los representantes de las fuerzas políticas. Y va quedando cada vez menos tiempo para esa convocatoria.

Y remata:

Si al final el Rey reincide en encargar formar Gobierno a Sánchez, antes habrá de tener en cuenta no sólo la aritmética parlamentaria para alcanzar la investidura sino también la garantía de gobernabilidad. El riesgo de que el candidato socialista obtenga su ardiente propósito con el apoyo de los partidos anticonstitucionales-los separatistas catalanes- y Podemos, que aspira a cargarse el «régimen del 78», del que depende, entre otras cosas, la Corona, inquieta seriamente dentro y fuera de España y no deja indiferentes a los principales responsables del PSOE, que se han enterado, por ejemplo, con alarma del encuentro secreto de su candidato con Oriol Junqueras (ERC), al que ha tanteado su apoyo a la investidura. No sería seguro, en estas condiciones, que el grupo socialista en el Congreso votara unánimemente dicha candidatura. Así que ni siquiera la aritmética parlamentaria estaría garantizada. En una crisis de tal envergadura, el Rey no puede mirar para otro lado ni quedar como el florero del sistema. Estará pensando sin duda en el bien general y en el futuro de España.

En El Mundo, Pedro Cuartago asegura que estas reuniones de los partidos han conseguido que los ciudadanos acaben hastiados de la política y de tanto postureo. La verdad es que no es para menos:

El hastío se suele confundir con el aburrimiento, pero nada tiene que ver con él. Aburrirse es no saber qué hacer con el tiempo, estar hastiado consiste en un estado de ánimo que refleja un desajuste con el mundo. Los autores medievales identificaban el hastío con la melancholia y percibían en él una enfermedad del alma. Pero la palabra ha ido cambiando de significado gracias a las reflexiones de escritores como Voltaire, Chateaubriand, Goethe y Baudelaire, que experimentaron este sentimiento de una manera más moderna. Estar hastiado significa hoy un rechazo de la realidad que nos rodea, una incapacidad de adaptarse al entorno. En este sentido, yo estoy hastiado como la mayor parte de la gente que conozco.

Recalca que:

El hastío es un sentimiento estético ante la mediocridad y la banalidad de todo lo que nos rodea. No faltará quien señale que eso es puro elitismo, pero lo cierto es que cada día es más difícil de soportar el espectáculo de una sociedad que rinde culto al dinero y la fama y que menosprecia el trabajo bien hecho.

A esa sensación se suma ahora la incapacidad para resolver los graves problemas de este país de los líderes políticos, que siguen dando vueltas a un círculo infernal mientras España sufre un empobrecimiento progresivo y un deterioro cultural que nos retrotraen a los peores momentos de nuestra historia contemporánea.

Explica que:

La reunión de anteayer entre el PSOE, Ciudadanos y Podemos es un buen ejemplo del talante de nuestros dirigentes, mucho más preocupados en construir coartadas para salvar su pellejo que en buscar salidas a la inquietante situación de ingobernabilidad en la que nos hallamos, que nos aboca a acudir de nuevo a las urnas.

Aunque las soluciones sean complejas y no exista unanimidad en el diagnóstico, se les podría exigir a los políticos que se pusieran de acuerdo en una serie de reformas básicas como el funcionamiento de la educación o la regeneración democrática, que resultan inaplazables.

En lugar de afrontar estos retos, los dirigentes se dedican a jugar con el lenguaje, que desde el franquismo no había sufrido una degradación semejante. Las palabras ya no significan nada, se convierten en instrumentos de manipulación u ocultación de la verdad. En este sentido, los representantes de Podemos se han convertido en virtuosos artistas de ese doble uso de la comunicación. La consulta que anunció ayer Iglesias es una forma de delegar sus responsabilidades en las bases y también de fabricar una coartada para ir a unas nuevas elecciones. Y ya hemos visto como los jefes de Podemos denuncian con entusiasmo la corrupción ajena, pero justifican o ignoran la propia. Ese doble rasero acabará por restarles toda credibilidad.

A algunos de los que hemos creído que la política tenía una dimensión ética, la actual situación nos ha provocado una profunda decepción. Y esa decepción ha reforzado nuestro hastío, que nace en última instancia de una crisis de valores que ha dejado sin referencias a la sociedad.

Y finaliza:

Me da la impresión de que España permanece anclada en los eternos demonios familiares que tanto daño nos han hecho. Seguimos siendo un país cainita, en el que el pasado es más importante que el futuro. Lo que está sucediendo es una repetición en clave de farsa de una historia muy vieja. Por eso, intuimos que no acabará bien.

Lo más lamentable es que este triste espectáculo va a alejar de nuevo de la política a muchos ciudadanos que creían que el final del bipartidismo iba a traer un cambio de actitudes. Todo sigue igual, mientras se acrecienta un hastío que está a punto de transformarse en consternación.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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