LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Jaime González se troncha del código ético de Podemos: «Gira en torno al pubis de su secretario general»

"Pablo Iglesias se pasa esa norma del partido por la entrepierna"

Prepárense para, desde este 28 de abril de 2016 hasta el 26 de junio de 2016, recibir toda una ‘paliza’ de tribunas políticas con aroma electoral a más no poder.

Oficialmente, hace apenas unas horas, que ya no hay posibilidad de convocar ningún pleno de investidura en el Congreso de los Diputados con lo que el 2 de mayo de 2016 se producirá la disolución de las Cortes y el 3 de mayo de 2016 se publicará en el BOE la convocatoria de los nuevos comicios.

Pero, como dijo el gran Carlos Herrera el pasado 25 de abril de 2016, a pesar de que ya no hay pescado que vender, nos toca esperar unos anacrónicos plazos antes de que queden disueltas las Cámaras, se publique el decreto de elecciones y pasen los famosos 54 días para que volvamos a las urnas.

Este 28 de abril de 2016 los columnistas se fijan en los diferentes partidos y en cómo afrontan estos dos meses de larga campaña electoral. Aquí va a salir de todo y para todos.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con su jefe de opinión, Jaime González, que habla sobre el ‘respeto’ que Pablo Iglesias guarda a su propio código ético. Para partirse de risa:

Podemos tiene un Código Ético que en su apartado XI, punto G, obliga a sus miembros a la «renuncia al cargo público, interno del partido o a cualquier candidatura a los mismos en caso de ser imputados». Parece evidente que el hecho de que el Tribunal Supremo haya abierto causa a la diputada de Podemos y juez en excedencia Victoria Rosell por los delitos de cohecho, prevaricación y retraso malicioso en la administración de justicia impide, en estricta aplicación de dicho código, que la actual parlamentaria sea incluida en las listas de las próximas elecciones generales.

Aclara que:

Pero hete aquí que Pablo Iglesias -picarón él- le ha buscado las vueltas al punto G con tal de llevarle la contraria al mismísimo «The Journal of Sexual Medicine», que en 2012 determinó que el denominado «botón mágico» se sitúa en la zona dorsal de la membrana perineal, a 16,5 milímetros de la parte superior del meato central. O sea, que se ha pasado el punto G de su Código Ético por la entrepierna y anunciado que Victoria Rosell repetirá como candidata, lo que demuestra que la transparencia en Podemos es una zona erógena que se estimula a conveniencia.

En Podemos, el punto G se activa solo con permiso del jefe, incalificable acto de represión sexual que se resume de la siguiente manera: «Los miembros de Podemos renunciarán al cargo público, interno del partido o a cualquier candidatura a los mismos en caso de ser imputados, salvo que el secretario general se pase la norma por el área genital».

En el colmo de sarcasmo, Pablo Iglesias amenaza con hacer a Victoria Rosell ministra de Justicia si llega a ser presidente del Gobierno. En cuyo caso, ya pueden ir poniendo a salvo la zona dorsal de la membrana perineal y cubriéndose la parte superior del meato, porque nos íbamos a morir de gusto.

Y sentencia:

No es por casualidad que el Código Ético de Podemos gire en torno al pubis de su secretario general. Al fin y al cabo, el círculo que aparece en el logo de la formación morada no es otra cosa que el aro de Pablo Iglesias. Ya lo dijo Isabel Allende: «El punto G está en los oídos, y el que busque más abajo está perdiendo el tiempo».

Isabel San Sebastián escribe que ya Pablo Iglesias no puede disimular que a él la ideología, con perdón, directamente se la pela. A él lo que realmente le pone trempante es el poder absoluto:

El caudillo bolchevique de Podemos no tolera mencheviques susceptibles de disputarle el poder. No se conforma con una parte del pastel, por goloso que este sea. Lo quiere todo y lo quiere ya. De ahí que haya apuñalado a Pedro Sánchez después de verle suplicar arrastrando por el suelo la dignidad del PSOE, en un alarde de sadismo que debería llevar a Sánchez, si le quedara algo de orgullo, a romper inmediatamente los acuerdos municipales y autonómicos que mantiene con la formación morada.

Destaca que:

No hubo Frente Popular en el último minuto, por más que hasta el último minuto estuvieran negociando algunos una salida a la desesperada, como demuestra esa burla bautizada con el ampuloso nombre de «pacto del Prado». Yo erré el análisis, de lo cual me alegro infinito, dando por sentado que la izquierda no desaprovecharía una oportunidad probablemente única de alcanzar el gobierno a través de las urnas. De hecho, esta es la primera vez que la Historia de España contempla tal cosa. También es la primera vez que un partido populista, de vocación totalitaria, dispuesto a romper la integridad de la Nación y amigo de terroristas que han empuñado la pistola, pone en jaque abiertamente la supremacía del puño y la rosa como referente político de ese territorio. La primera vez que el PSOE, en plena guerra interna y bajo un liderazgo tan endeble como debilitado por el fracaso, se enfrenta a la posibilidad real de quedar relegado a la tercera posición en el podio del 26-J. Exactamente lo que ha buscado el caudillo podemita desde que oliera la sangre de su principal rival el pasado mes de diciembre.

Me equivoqué, lo reconozco, atribuyendo al bolchevique Iglesias una mayor carga ideológica de la que ha demostrado tener. Lo suyo no es la ideología, ni la puesta en marcha de ciertas políticas, ni la izquierda, ni mucho menos el «progresismo», sino el poder a secas. El poder puro y duro. Por eso no se apeó de su exigencia inicial de una vicepresidencia política y cuatro ministerios de peso. Nunca buscó un entendimiento programático, sino un acuerdo de sillones que pusiera en sus manos los dotados de mando en plaza. Lo que ansiaba y ansía es destruir al PSOE en aras de sustituirlo. Liquidar cualquier vestigio de izquierda democrática, constitucionalista y española, como la que representaba el partido asentado en la calle Ferraz antes de que Zapatero se hiciera con el timón. Matar electoralmente a Sánchez y dejar tierra quemada al o la que venga después.

Y añade:

El Frente Popular se ha frustrado, gracias a Dios, en parte por el bloqueo de Podemos y en parte también por la actuación de Ciudadanos, que con su pacto de investidura ató en corto a un candidato obligado a honrar la palabra dada a Rivera, a su propio comité federal e incluso a la militancia. Yo puse en duda que así fuera; lo admito. Le veía perfectamente capaz de traicionar a su socio y echarse en brazos de Iglesias, a poco que este le hubiese ofrecido un cambalache presentable con vistas a la opinión pública. Nadie puede negar, empero, que el documento suscrito con los naranjitos hizo las veces de tapón y conjuró las tentaciones de un líder arrinconado. Porque eso es Pedro Sánchez hoy. Un candidato a presidente derrotado en la investidura; un secretario general discutido en el seno de su partido nada menos que por la jefa de la federación andaluza; un cabeza de lista amenazado de derrota y posterior desahucio tras la más que probable fusión entre Podemos e Izquierda Unida, con todas las papeletas para servir de chivo expiatorio y pasar a mejor vida. O sea, un precadáver político, salvo que se obre un milagro.

Gabriel Albiac le hace un reconfortante ejercicio de memoria a Pedro Sánchez y le recuerda todos los disparates que ha perpetrado apoyando a las marcas populistas en diversos ayuntamientos de España:

De repente, como un grotesco estrambote, se cerró el martes el sainete. Bajo antifaz zarrapastroso de «pacto a la valenciana». Tan creíble como un duro de madera. Pero había que hacerlo: era del todo imprescindible prolongar hasta el último segundo la farsa. Antes de que el hastiado público se liara a tomatazos. Con los heroicos asaltantes del cielo a bajo precio. Con el triste don nadie que hizo el cálculo de comprarse a la peña populista con lo que siempre funcionó para las barras peronistas: dinero público. Y el ojo de los espectadores se encendió en una súbita cólera de animal burlado.

La partida, dirá ahora el pobre Sánchez, acabó en tablas; no es tan malo. Pero hasta Sánchez sabe que no hay nada en política más desastroso que lo irresuelto. Sobre todo, si se alargó con artificio. Eso paraliza el Estado. Y pone la abrumadora culpa del coste sobre aquel que, a sabiendas, prolongó la agonía. Nada perdona menos un elector que generar ilusiones y estrellarlas contra un previsto muro. Es la muerte para un dirigente. Si no lo es para su partido.

Apunta que:

Antes de mover un dedo, es hora de analizar la partida. Y valorar sus costes. Y esta partida no empezó en la noche del 20 de diciembre. Pretender que fue así es tan sólo trazar una cortina de humo sobre lo verdaderamente grave. En términos de estrategia, el ciclo de asalto al poder de Sánchez estaba diseñado en dos movimientos. Y en una ofensiva continua que llevase al desguace institucional completo, en el lapso que iba de las municipales a las generales. No era una mala idea, en términos de asalto al poder. Siempre que su diseñador tuviera claro que era eso: toma del poder, no simple alternancia electoral. Y que ese tipo de asaltos tiene sus riesgos. Si uno no posee ánimo, o fuste, o convicción, o cinismo para asumir la aniquilación propia que implica la derrota en un asalto al Estado, entonces no debe abrir la estrategia del jaque mate.

El primer movimiento se completó al milímetro. Y, en las municipales, Sánchez logró su envite: poner a los populistas al mando del primer escalón de las instituciones. Al regalar ese sustancioso pedazo de la tarta presupuestaria a los discípulos de Perón y Chávez, el PSOE soñó activar una constante broncínea de la política española: que el dinero público hace de cualquier disidente agente propio. No era un cálculo idiota. No del todo. Aunque sí insuficiente. La gente con la cual se las veía sabe que sólo todo el poder es el poder. Y que, frente a esa apuesta, las migajas de la corrupción dan risa. Y, cuando Sánchez reclamó el voto presidencial que pagara sus donativos locales, le escupieron a la cara. Sonrientes. Se lo había buscado.

Y recuerda que:

Estos son los restos del naufragio, cuyo paisaje debiera desolarle. Porque este naufragio es cosa suya. En Cádiz, un «grasioso» de charanga proclama el Carnaval perpetuo, con cargo no se sabe a qué dinero. En Madrid, una decrépita estalinista juega a casitas de muñecas con presupuestos millonarios. En Barcelona, independentismo a la bonaerense bajo estética de Evita sin diamantes. En Zaragoza… ¿Seguimos?

Ni siquiera Sánchez puede no darse cuenta de que su «gran juego» ha terminado. En escombros. Y que dejar correr sobre el tablero a sus alfiles locos sólo puede acabar con él en ultratumba. Las elecciones de junio tienen una exigencia previa para que el PSOE sobreviva: barrer a los populistas del poder local que el PSOE les regaló. Eso, o bien aguardar a que esta vez el poder lo asalten ellos. Con más eficiencia.

En El Mundo, Raúl del Pozo tira de sus fuentes, más que fiables, para asegurar que Mariano Rajoy va a ganar de calle el próximo 26 de junio de 2016:
Entre mayo -cuando se unen los burros- y junio -el mes segador, con abejas en los tomillos y lirios de delicada fragancia- tendremos que seguir oyendo a los tábanos con sus trastornos narcisistas, sus peleas y su necesidad de chupar la sangre.

Detrás del ego de los tábanos se esconde su fragilidad, su avidez, pero mueren después de la cópula, vienen al mundo para dar la ‘barrila’ y atizar. Éstos aguantan desde diciembre a junio y siguen chupando el polen y el néctar de las abejas. Al final, han picado a los bueyes, a la masa bovina, y ésta puede desembarazarse del yugo de los prejuicios y sectas. Ahora tendremos que volver a escuchar sus impertinentes zumbidos y nos darán la primavera. Los españoles tienen derecho a sentirse bien cuando piensen en su país, pero eso tardará más de unos meses, más dos convocatorias electorales.

Subraya que:

Ante la inminencia de las urnas definitivas, he reunido a mis amigos; podrían ser áulicos del Rey, pero a mí y a ustedes nos asesoran gratis y les regalo sus agudezas. Mi contacto-estrella en Podemos fue el primero que dijo que, si hubiera confluencia entre su partido e IU en las elecciones de junio, se desbarataría el mapa. Y ahora insiste: «Se acabó el timo de la pequeña coalición. La lucha final será entre la corrupción y el cambio. Entre Mariano y Pablo». La meiga de La Moncloa habla con seguridad: «Mariano Rajoy va a ganar las elecciones de calle (con ventaja y facilidad). A la victoria de diciembre va a sumar la gestión de estos cuatro meses. Se ha visto, para desesperación de los que le quieren jubilar, que es, no sólo el más listo, sino el que está en mejor forma. Frente al orden y la seriedad del PP sólo hay una banda de egos, frivolidades e inexperiencia». El motero-‘gramsciano’ de Podemos contesta: «Algo va mal en el mensaje de las alternativas si hay gente que decide ser colaboradora electoral de la corrupción. Quieren condenarnos entre una España que muere y una España que bosteza, cuando se trata de despertar y vivir». Mi catedrático-guía dice: «El PSOE, con el pacto y la investidura perdidas, tiene una campaña complicada y Albert Rivera se ha quedado en el espacio de nadie. Podemos puede aglutinar a los sufridores, que cada día son más. ¿Quién habla de vencer? Sobrevivir lo es todo».

Las ranas parecen sapos; se han desinflado. Empiezan a pedir disculpas. Pedro Sánchez reconoce el fracaso de los partidos y se arrepiente de haber llamado al presidente del Gobierno «político indecente»: «Creo que ese día me equivoqué». Un ex diputado malagueño se pregunta qué va a hacer Pedro después de que Albert haya recuperado la soltería tras el apasionado romance. Mi diputado favorito de Ciudadanos le responde a la meiga y al malacitano, señor de las liebres: «Eso de que Mariano Rajoy va a ganar es un ‘arriolerismo’ -una de aquellas predicciones del brujo de la Casa Rosada cuando invocaba al espíritu de Evita-. Siento escalofríos cuando escucho que Rivera se ha echado en manos del PSOE. Es como cuando acusaban a Adolfo Suárez de traidor».

En La Razón, Martín Prieto considera que tanto Rivera, Sánchez como Iglesias deseaban la repetición de las elecciones:

Los escribidores de discursos políticos saben que lo importante hay que repetirlo tres veces, como hacía don Jacinto Benavente en su teatro: la primera para que te oigan, la segunda para que te escuchen y la tercera para que te entiendan. Hay que insistir por tercera y última vez que en este paréntesis de autismo en el que se ha dado mucho diálogo pero por el método Ollendorf el único que no ha hecho el ridículo es Mariano Rajoy, admitiendo que no tenía asistencias para gobernar, proponiendo un acuerdo nacional (Sánchez: «No, no y no. ¿Qué parte del no no entienden?»)y no embarullando el griterío audiovisual al que hemos sido sometidos. Esta repetitividad será considerada como obsecuencia hacia La Moncloa, que sólo he visitado una vez con Suárez y muchas con Felipe, pero éstos son avatares de una democracia fuertemente partitocrática y en la que ha crecido la aborrecible dialéctica amigo-enemigo.

Dice que:

Es un juicio de intenciones pero la biografía de estos meses permiten suponer que Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera sabían desde el primer minuto que habría que repetir las elecciones. Y digo más: lo deseaban. Como no pudieron hacer de Rajoy un don Tancredo en Cortes han empleado el tiempo en fortalecer sus liderazgos, cuestionados al menos en el PSOE y Podemos. No se han tomado la molestia de huir de las frases hechas y las consignas, o la deconstrucción del lenguaje político-periodístico, habiendo aportado patéticos papeles económicos que nos colmarán de bienestar. El cambio anunciado es pasar del centro derecha a un frente popular, y el progreso una mixtura de industrialización manchesteriana y tanteos bolcheviques.

Y remacha:

Aunque a corto plazo de lo que trata Sánchez es de superar a su maestro, Zapatero, elevar a la enésima potencia el pacto del Tinell y jibarizar la derecha nacional y democrática española. En una sentina digital se ha propuesto en estos días la ilegalización del PP. Iglesias quiere aglutinar a los comunistas, los socialdemócratas, los ácratas, los antisistema, los secesionistas y todo el lumpen que pueda abarcar para construir un populismo unificado bajo su jefatura de Gran Timonel. El gatuperio de unos y otros solo garantiza la progresiva debilidad de nuestra socialdemocracia. En «Otra vuelta de tuerca», Henry James angustia al lector con unos protagonistas que están muertos, pero no lo saben, como el histórico pacto PSOE-Ciudadanos, camino de Simancas para paleógrafos. Queda otra vuelta de tuerca, y distinguir los vivos de los difuntos.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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