Izquierda Unida se entrega sin resistencia (aparente) a ser engullida por las fauces de Podemos. Sobre esta alianza, que en realidad no es más que un engrandecimiento electoral para el partido de Pablo Iglesias, pivotan este 6 de mayo de 2016 varias columnas de opinión de la prensa de papel.
Arrancamos en El Mundo y lo hacemos con Santiago González (Santi majetón como le llama otro grande, Carlos Herrera) que se cuestiona sobre esta especie de matrimonio de conveniencia entre comunistas y podemitas y, sobre todo, dónde está la dignidad de un Alberto Garzón, líder de IU, al que no hace mucho Iglesias le ponía de vuelta y media. Pero está claro que para vueltas, las que dan los políticos:
Izquierda Unida ha dado a conocer los resultados de su consulta a las bases sobre su alianza con Podemos. Alberto Garzón, pedazo de líder, ha preguntado a los suyos: «¿Apruebas una coalición electoral con Podemos y otras fuerzas de cara a las elecciones del 26 de junio?».
Esto es lo que en la nueva (ma non troppo) política se llama transparencia. No han votado el programa aún no pactado entre los dos partidos, ni siquiera un bosquejo o cañamazo argumental del mismo. Sólo se les pregunta si están de acuerdo con lo que decida el mando, y la respuesta, como es obvio, es afirmativa. ¿Qué es fe? Creer lo que no vimos. Y lo que no entendimos, podríamos añadir.
Dice que:
Confieso que al leer los resultados me llevé una sorpresa: síes, 84,5%; noes, 13,1%, y abstenciones, 2,4%. Impresionante, dije para mí. Una consulta popular en la que vota el 97,6% del censo es lo que siempre se ha considerado un referéndum a la búlgara. Ni los referendos que organizaba Franco para aprobar las leyes del Movimiento despertaban tanto ardor participativo entre el buen pueblo español.
Luego resultó que no, que sólo había respondido el 28% de los consultados. O sea, que la abstención real había sido del 72%. Todo referéndum es una opción binaria, lo que no es verso es prosa, esto lo aprendió monsieur Jourdain en el siglo XVII. Al parecer, en Izquierda Unida tienen tres papeletas. Una dice sí, la segunda no y la tercera abstención. Total que la decisión estratégica de concurrir juntos a las elecciones sólo es apoyada por uno de cada cuatro afiliados.
Hace 10 meses Iglesias calificaba a Garzón de «el típico izquierdista tristón, aburrido y amargado», pero eso era el anuncio de una alianza estrecha, lo mismo que cuando llamó tooonto y subnormal a Carmona, que poco después regaló a los populistas el Ayuntamiento de Madrid. Hay gente a la que le va mucho la marcha.
A uno le parece que Garzón, políticamente hablando, es un buen chico, pero en lo intelectual es manifiestamente mejorable. Gracias a él he aprendido a descubrir valores que antes ni sospechaba en Llamazares, como gracias a éste descubrí la talla política que había tenido Paco Frutos. Uno mismo recuerda haber escrito que Pedro Sánchez era la mejor de las opciones para el PSOE. Visto lo visto cada vez que pienso en Madina ahora me enternezco. Nuestra vida política se ha llenado de gente como aquel banderillero de Belmonte, que llegó a gobernador civil degenerando, degenerando.
Y concluye:
Gracias a la transparencia no sabremos qué han pactado en términos de listas. Tampoco en la deuda de IU. Tendrán que esperar a ver si tocan pelo y los bancos se la condonan, como La Caixa aquellos seis millones a Montilla. Pablo negó ayer en lo de Herrera que negocien eso. Pero también negó haber recibido dinero de Venezuela y de Irán «hasta donde él sabe». De momento sus planes están claros: va a engullir a Garzón para después ocuparse de Sánchez, su vicepresidente. Si se porta bien, claro.
Federico Jiménez Losantos habla sobre la estrategia electoral de Mariano Rajoy que, al margen de volver a ser una reedición del Cuento de la Lechera, vuelve a poner como objetivo arrasar a Ciudadanos (el partido con el que luego tendría que pactar para poder gobernar).
El cuento de la lechera que ha pergeñado la cúpula del Partido Popular no es malo sólo por lo que tiene de fantasioso, sino por lo que tendrá de ruinoso para la democracia y la propia nación española si se cumple, parcial o totalmente. En síntesis, la campaña electoral diseñada por Rajoy, sus sorayos, moragas y monagos, su duopolio y su prisapolio, su tremenda presión mediática y su nula pulsión ética consiste en alcanzar un resultado aseadito el 26-J, subir unos siete u ocho escaños, hasta alcanzar la vertiginosa cima de los 130, cincuenta y tantos menos que en la mayoría absoluta del 20-D, de cuyas sobras sigue alimentándose esta especie de eterna legislatura insepulta, en cuyo fantasma habita cómodamente el enterrador de la Derecha española. Y que, perito en defunciones, piensa alimentarse no sólo del cadáver del PP, sino de los restos de los dos partidos del centro, Ciudadanos y PSOE, que según el lecheril cuento monclovita, tras ser triturados y jibarizados en la campaña electoral, se rendirían con armas y bagajes, ofreciéndole al Gran Mariano la Presidencia del Gobierno con carácter casi permanente, al gusto del Cesariño, que aceptaría displicente el tributo de los dos vencidos.
Naturalmente, para eso hay que convencer a los votantes de derecha de que el peor enemigo de España, al que hay que vencer en las urnas no es Podemos, ni la ETA, ni el separatismo catalán, ni siquiera el PSOE, sino el partido de Albert Rivera. En rigor, que no es Pablo Iglesias y sus mareas, ni Otegui y los bildutarras, ni los Mas, Puigdemonts y otros herederos de Pujol, ni la Esquerra del Rufián, ni las CUP, ni la ETA o la ETA Lliure los que se oponen al desarrollo de las formidables facultades del sapientísimo pueblo español. Eso creían los despistados, los que se ciegan con el brillo de las fáciles evidencias, que ocultan el secreto más profundo de la vida española: el obstinado enemigo de la paz y la estabilidad nacionales, el terrorífico obstáculo para la creación de empleo, el cumplimiento del déficit, la bajada de impuestos, la independencia judicial, y el triunfo en la Eurocopa y el Mundial de fútbol es, sí, sí, Albert Rivera.
Y apunta que:
Lo malo de este cuento es que tiene dos finales posibles: el triunfo de la lechera o el del tronco en el camino nacional, con Podemos, socio de la ETA y adoptado por Rajoy. A eso vamos.
En ABC, Carlos Herrera tiene claro que Pablo Iglesias le ha hecho el lío al PSOE y ahora es Podemos quien tiene toda la iniciativa para hacer y deshacer a su antojo:
Iglesias, Pablo, le tiene perfectamente tomada la medida al PSOE de Sánchez, Pedro. Entiendo que debe de ser una especie de tortura menor. Cada vez que tiene una ocurrencia, la dirige con una puntería envidiable a la línea de flotación socialista. El barco no zozobra fácilmente: el de Sánchez es un partido con envergadura histórica, solvencia organizativa, fidelidad sobrada de sus bases, pero también desorientación colectiva cuando le llegan golpes bien orquestados. Ayer Iglesias metió ordenadamente un frondoso rebaño de cabras en el garaje de Ferraz. ¿Cómo?; muy sencillo. El líder de Podemos ha decidido ser el primer político de hogaño que adelanta sus planes poselectorales, cosa que no suele hacer nadie: «Mi intención es pactar con el PSOE después de las elecciones del 26 de junio».
Recalca que:
Si Pablo más IU obtienen más votos que Pedro, el presidente es Pablo; si obtienen menos, el presidente es Pedro. Recuerden a Almunia; en las elecciones del año 2000 dio a entender que tenía cerrado un acuerdo con la Izquierda Unida de Paco Frutos. Obtuvo 126 escaños y dimitió esa misma noche. Fue el único precedente, y no tan claro, de la acción de Iglesias. Con lo dicho, Iglesias obliga al PSOE a manifestarse: bien a responder airado dando a entender que ni harto de vino, bien a ser comprensivo con la oferta. En ambos casos pierde. En el primer escenario siempre se le podrá responder que intentó el pacto con ellos hace escasas semanas y, en negándose, deja a los podémicos el argumento de haber intentado aglutinar a la izquierda, siendo ellos la izquierda verdadera. En el segundo, asusta a votantes centrados socialistas que no son especialmente proclives a pactos con la alegre muchachada heredera del 15-M. Les condiciona el discurso, en una palabra. Los socialistas de Pedro pueden exagerar los modos y amanerar un tanto sus declaraciones, pero tienen un problema: por su izquierda les acosan unos tipos que serán todo lo vetustos comunistas que quieran, pero tienen menos que perder, arriesgan inteligentemente y demuestran una maldad política envidiable.
¿Qué piensan hacer de verdad los Sánchez y compañía? No tienen gran margen de maniobra. Podemos más IU pueden superarles en votos, aunque no en escaños. Jamás aceptarán ser comparsas en un gobierno presidido por Iglesias. Pero sí pueden tener la tentación de recibir su apoyo y conformar un gobierno si les salen los números, y hacerlo de forma inmediata y automática antes de que pueda reaccionar el Comité Federal o como carajo se llame. Algunos socialistas de peso -y del Antiguo Testamento- lo ven con preocupación. Son los que creen que un resultado parecido al anterior obligaría a Sánchez a entenderse con Rajoy o a marcharse en el caso de que se lo impidiera su religión, es decir, a abstenerse para permitir un gobierno popular o, directamente y de forma más improbable, formar un gabinete basado en pactos imprescindibles para el despegue de España. Analicen detenidamente los últimos datos de paro y concluyan que, en un momento de marasmo internacional, la creación de empleo en España progresa adecuadamente. Si ahora mismo hubiese un gobierno sólido, amplio y razonablemente reformista, podríamos estar ante una envidiable perspectiva de crecimiento que envidiarían no pocos países.
Remata que:
Pero para ello hay que hacerse mayor y dejarse de discursos infantiles y sectarios. Las opciones son dos: gobierno por la izquierda con los Pablos por delante o por detrás, o gobierno por la derecha con Rajoy en soledad o apoyado por Pedro. Para ambas cosas, el PSOE debe decidir qué hacer con las cabras que, de repente, ha encontrado esta mañana en su garaje y que con toda puntería le ha metido el chaval de la coleta. Que es más listo que la mar.
Hermann Tertsch critica con dureza al PP por haber imitado con fruición los peores defectos de la izquierda y asegura que Rajoy va de lado si cree que le bastará de cara al 26-J la famosa estrategia de elegir entre el PP o los demás partidos de ese conglomerado progresista-radical-independentista:
No ha hecho falta esperar a que llegara al poder el Frente Popular. Cuando llegue -lo que vista la energía y convicción de sus adversarios será pronto- ya permitirá que cada región hasta ahora española se dedique a la fabulación de toda una nueva leyenda mágica como pasado propio. Y haga desaparecer los molestos rastros de la milenaria historia de la nación española. Pero de momento, sin tener el poder central, las fuerzas izquierdistas y separatistas no dejan de avanzar y conquistar posiciones fundamentales en la batalla de las ideas y en su ofensiva por consumar la reescritura falsificadora de la historia. Ahora han logrado otro paso capital: que las fuerzas que se pretendían defensoras de la Constitución, de la Nación española y su legado histórico abdiquen definitivamente de su compromiso en la lucha ideológica por las mentes y los corazones de las generaciones jóvenes. El Gobierno renuncia a todo intento de unificación de criterios y contenidos en la educación de los niños y jóvenes españoles. Y asiste al desacato generalizado de las autonomías en materia de educación con la misma pasividad que a la desobediencia sistemática y el desprecio al Estado de unas instituciones que su política -mejor dicho, su falta de política- y la complicidad socialista han dejado en manos de comunistas y ultras separatistas.
El presidente del Gobierno y su equipo abandonan, sin lucha, sin esfuerzo, con perfecta indiferencia, una tras otra, todas las plazas en las que debía ser defendido el proyecto nacional de reconstrucción y rehabilitación para una España fuerte, abierta y normalizada en el siglo XXI. Es la capitulación de toda idea nacional como una ofensa sistemática, más allá de su electorado, a una Nación que exigía y merecía ser defendida. Si esa abdicación ya la había hecho el PSOE, el PP ha cumplido esa máxima de que la derecha española emula lo peor de la izquierda, siempre con retraso. La única idea que defiende ya es la supervivencia, cueste lo que cueste, duela lo que duela, de su jefe Mariano Rajoy y quienes le rodean. Por eso tratan con desprecio a todos menos a los enemigos del Estado, a esos que deben cumplir la función de asustar lo suficiente a la maltratada clase media como para convencerla de votar, nariz tapada o vergüenza confesa, a lo que presentan como única alternativa al caos y a la destrucción de España. Tan creíble han querido hacer el fantasma de la destrucción que este está mucho más vivo que el propio Gobierno.
Asegura que:
Hace décadas que la derecha entregó la educación pública y la hegemonía cultural a la izquierda y a los nacionalismos, en la ridícula y egoísta suposición de que podría vivir al margen de la peste ideológica del resentimiento social y el victimismo tribal. La cúpula del PP, atenazada por la mala conciencia y por temores a un poder mediático entregado a los enemigos por cálculos torticeros e inconfesables, huye ahora de todo conflicto. Y busca abrazarse a lo que sea para salvar al soldado Rajoy, ya sea Ciudadanos, PSOE o a un pedazo de este, si logran romperlo, que es posible. Pero todos huyen del PP hacia la izquierda. Y el PP de Rajoy detrás. Así queda en un rincón, ignorada, marginada y apestada, la idea de renovación e integridad nacional, del retorno del imperio de la ley y la unidad en defensa de la libertad y el bienestar frente a las amenazas extremistas destructivas y sus mentiras. Millones de españoles políticamente huérfanos se debaten entre la rabia y el miedo. Y al Gobierno lo único que parece interesarle es que lleguen al 26-J lo bastante asustados como para pensar que todo lo demás es peor que Mariano.
Luis Ventoso se troncha de que Alberto Garzón haya salido en el último CIS como el político más valorado:
A pesar de que de chaval leí un divertido libro de ufología del profesor Jiménez del Oso, nunca he creído que los marcianos fuesen los arquitectos de las pirámides incas. Tampoco me inclino a dar por bueno cualquier milagro, pues falta el primer manco que haya retornado de Lourdes con una mano nueva. Mi escepticismo galaico me lleva incluso a sospechar que en España no puede haber realmente cuatro millones de parados (nos comeríamos; el pulso del país no concuerda con esos datos).
Aunque la demoscopia falla más que los chivatos de un coche italiano, las encuestas del CIS son muy respetables, porque disponen de dinero público para trabajar con las muestras más amplias. Pero en su último estudio el CIS ha concluido que el político español más valorado es… ¡Alberto Garzón! Ya. Y las cabras vuelan.
Detalla que:
Garzón, de 30 años, ha convertido al honrado rústico Cayo Lara en un mago de las urnas. El venerable Cayo logró en 2011 ocho diputados, fruto de 1,6 millones de votos. El pasado diciembre, con «el político más valorado» como candidato, Izquierda Unida se fue al garete (solo dos diputados, y 670.000 votos menos). Pero don Alberto, de profesión apparatchik, en lugar de dimitir tras ser arrollado por Podemos y dejar a IU en gayumbos, nos da la brasa en todos los telediarios y se apresta a diluirse en la marca rival para seguir flotando (y chupando plató; y cobrando).
El «político más valorado por los españoles» tiene una relevante cualidad: desconoce lo que es trabajar en una empresa privada. En realidad solo ha currado unos meses fuera de la política, su medio de vida. Estudió Económicas y acabó en 2007. Después hizo un máster que lo mantuvo entretenido hasta 2010, y al año siguiente, con solo 26 años, ya era diputado en el Congreso. Y hasta hoy, y por mucho tiempo, pues de ahí viene su afán por emparentar con Iglesias.
Recuerda que:
Nuestro «político más valorado» se afilió al Partido Comunista a los 18. Es marxista y defiende la desobediencia civil para «derribar el régimen». Sostiene que IU debe ser «un eje de transformación social para superar el capitalismo» y aboga por un «proceso constituyente». Lo que propone don Alberto, aunque los españoles tienen el buen tino de no hacerle ni caso en las urnas, es simple y llanamente cepillarse nuestro modelo democrático y nuestras libertades económicas.
Pese a haberse licenciado en Economía, nuestro «político más valorado» no ha gestionado ni el jamón de una rifa escolar. En cuanto a sus ideas políticas, son arcaicas y reaccionarias: el comunismo, tras todos sus horrores del siglo XX. Una ideología que ha fracasado lesivamente allá donde se ha probado, dando pie además a algunos de los regímenes más criminales y fallidos que ha conocido la humanidad: Stalin (genocidios), la RDA (donde los hijos llegaban a espiar a sus padres por orden de la Stasi), Pol Pot (dos millones de muertos) o la miseria y represión de las actuales Venezuela y Corea del Norte.
Y sentencia:
Si Alberto Garzón es el político más valorado por los españoles, entonces nuestro pintor favorito actual no puede ser Barceló, Gordillo o Antonio López. Ha de ser indefectiblemente Cecilia Giménez Zueco, mano maestra del aclamado Ecce Homo de Borja.


