LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho sobre la sentencia a favor de las esteladas: «Entre las funciones del Rey estará el dejarse abuchear en los estadios»

"Asistido de razón moral en su intento de acotar el desparrame gamberro y arrogante del secesionismo, al Gabinete le ha faltado convicción política y consistencia jurídica"

Ignacio Camacho sobre la sentencia a favor de las esteladas: "Entre las funciones del Rey estará el dejarse abuchear en los estadios"
Felipe VI. EP

Van de esteladas las tribunas de opinión de la prensa de papel de este 21 de mayo de 2016. Los columnistas se hacen eco en una gran mayoría de la sentencia que ampara el ‘derecho’ a llevar las banderas separatistas al Vicente Calderón de cara a la final de Copa del Rey entre el Barcelona y el Sevilla:

Arrancamos en ABC, donde Ignacio Camacho comenta la decisión judicial de que el 22 de mayo de 2016 pueda haber banderas secesionistas, la estelada de turno, en el estadio Vicente Calderón:

Cero a uno. El Gobierno ha empezado perdiendo la tradicional final paralela de la Copa, la que disputa frente a los independentistas catalanes. Y tiene pinta de goleada, habida cuenta de que el primer tanto lo ha encajado en el vestuario. El revolcón judicial a la prohibición de las esteladas augura una ofensiva en tromba del crecido soberanismo, para el que la justicia española sólo es legítima cuando le favorece. Un tikitaka de recochineo con toda la delantera propagandística desplegada. Asistido de razón moral en su intento de acotar el desparrame gamberro y arrogante del secesionismo, al Gabinete le ha faltado convicción política -esas evasivas de la vicepresidenta, esas reticencias de Albiol y ¡¡del ministro del Interior!!- y consistencia jurídica. Pericia y astucia. Una táctica de riesgo necesitaba mayor maduración y una defensa técnica más contundente. Disponiendo de una lujosa plantilla de abogados del Estado, los reputados sorayos, el equipo gubernamental sacó a jugar a los suplentes con las piernas temblando.

Añade que:

Acostumbrado a envainarse las provocaciones y ceder a los hechos consumados, el marianismo carece de experiencia para el juego duro, el de pierna fuerte y suela recia. Para una vez que se planta ante la arrogancia secesionista ha tropezado con el talante estupendo y permisivo del primer juez que quedaba a mano. Es lo que pasa cuando te habitúas a perder y sobre todo cuando renuncias a ganar, que ha sido la tónica habitual frente al desafío separatista. Cuando hasta para poner una querella a un dirigente insumiso tienes que relevar al fiscal general del Estado. Que te chulean. Que pierdes el respeto, la autoridad y los pleitos. Y que si pretendes prohibir las banderitas te las parten en el espinazo.

Acaso cueste digerirlo pero iustitia locuta, causa finita. Aunque lo que en Madrid goza de la bula liberal de un magistrado se castigue con multa en Berlín. Aunque lo que vetan los manuales de la Federación no se pueda aplicar en un partido organizado por ella. Y esto es sólo para empezar. Queda la pitada de reglamento al Rey y al himno, los gritos rituales en el minuto 17,14 y algún estrambote de cachondeo, sin descartar que en caso de victoria del Barça suba Piqué a recoger el trofeo con la dichosa bandera anudada al cuello. Queda un calvario humillante en el que sólo cabe esperar que el árbitro pite pronto el final para acortar el escarnio.

Y remata:

Visto lo visto, ante la próxima edición más vale ampliar el Fondo de Liquidez Autonómica para que la quebrada Generalitat pueda comprar y repartir enseñas secesionistas y silbatos. Y en la reforma pendiente de la Constitución meterle mano al Título de la Corona y establecer entre las funciones del Rey las de dejarse abuchear en los estadios. Con la estelada pintada en la cara, a ser posible. Que no decaiga el buen rollito. Eppur, si muove…

Luis Ventoso sigue la misma línea y considera que lo que nos pasa a los españoles es que tenemos un déficit de patriotismo democrático y que parece que los cuatro de siempre pueden hacer lo que mejor les convenga:

Si dos mil, cuatro mil o siete mil radicales se presentasen a ver un partido en el Camp Nou portando banderas españolas inconstitucionales, de las del águila, las fuerzas del orden impedirían su paso, y con toda lógica, por tratarse de una enseña que está fuera de nuestro orden legal. No habría polémica. Si acudiese al estadio una turba con enseñas nazis o fascistas también se frenaría su entrada, con razón y sin discusiones (los símbolos comunistas tienen bula, pese a tratarse de la otra gran ideología criminal del siglo XX).

Explica que:

Pero si miles de hinchas quieren acudir con banderas independentistas a la final de Copa en Madrid, un acto de organización privada, donde colabora la Corona y que encabezará el Rey, entonces resulta que evitar esa ofensa a España y a su Jefe del Estado constituye una brutal agresión a la libertad de expresión. Y no lo dicen solo los separatistas que tienen como meta confesa destruir España. Lo grave es que los apoyan teóricos puntales de la nación española, como el primer periódico del país, que condenó la prohibición de las esteladas con un contundente editorial; o la estrafalaria alcaldesa de la capital de España, que anunció presto que no iría al estadio en solidaridad con Ada Colau, a la que puso por delante de los 3,2 millones de madrileños a los que sirve. También salieron a hacer el caldo gordo a los separatistas el jefe del PP en Cataluña y el eventual líder de la oposición, Sánchez, de nuevo con esa equidistancia entre España y el secesionismo que luego lo cruje en las urnas (su razonable compañero Vara apoyó la prohibición). Incluso nuestro peculiar ministro del Interior lanzó balones fuera y pretextó que era un asunto de la Delegación del Gobierno, como si esta dependiese de la Comisión de Fiestas de Lecumberri.

Destaca que:

Un país pusilánime ante quienes van a degüello contra él tiene mal pronóstico. La prohibición era razonable jurídicamente (de hecho, la Fiscalía la apoyaba). Y era necesaria políticamente, salvo que nos resignemos a ser el único país del mundo que tolera cada año provocaciones multitudinarias contra la existencia de la nación en la propia capital del Estado.

Subraya que:

Soy lego en leyes. Pero Otero Lastres, catedrático y jurista de prestigio, lo ha explicado muy claro en su blog de ABC.es. En 2007, el Gobierno de Zapatero (que no el del luciferino centralista Rajoy) aprobó una ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte. Allí se proscribe la exhibición en recintos deportivos de símbolos que inciten, fomenten o contribuyan a comportamientos violentos «o constituyan un acto de manifiesto desprecio a los participantes en el espectáculo deportivo». La ola de esteladas, bandera ilegal que simboliza la ruptura de España, desprecia sin duda al Rey, «símbolo de la permanencia y unidad del Estado», según la Constitución. Y es indiscutible que «desprecia» también a la hinchada del Sevilla, a los madrileños y a muchos aficionados catalanes que acudirán al partido y son y quieren seguir siendo también españoles.

Y concluye:

España tiene un déficit alarmante de patriotismo democrático, que puede pagar quebrándose a trozos. Si no te defiendes, te comen. Puro darwinismo. Ley de vida.

En El Mundo, Rafael Moyano piensa que el Ejecutivo ha estado torpe al resucitar una polémica que sólo ha servido para dar alas a los separatistas:

Tranquilos estábamos ante esta final de la Copa del Rey, dispuestos a ver un buen partido entre dos grandes equipos europeos. La relación entre fútbol y política es innegable, pero no es necesario que año tras año se empeñen en recordárnoslo justo en este encuentro. Un Rey, un himno nacional, pitidos desde la grada blaugrana frente al «lolololo» de la sevillana, y que ruede el balón. Sería lo suyo. Pues no, alguien le preguntó a Concepción Dancausa (la culpa siempre es de la prensa) y la delegada del Gobierno, de ese que está en funciones y que ahora sopla y mira hacia otro lado, se mojó. El resultado lo dibujó ayer Ricardo en estas páginas con su habitual maestría. Un aficionado del Barça porta una bandera independentista tan gigantesca que se sale de la viñeta: «Cuando la compré era una estelada de bolsillo, pero después de prohibirla mira cómo ha crecido».

La única virtud que tienen las guerras de banderas es que se ciñen a una batalla de trozos de tela, no van a más. Por lo demás, son un tostón. Habría que pensar soluciones definitivas e imaginativas para estos temas de los símbolos, creados para aunar sentimientos y que sólo sirven para provocar enfrentamientos. Por ejemplo, el Constitucional podría permitir que los catalanes celebren un referéndum sobre su bandera. El Estatut reconoce a la señera (cuatro barras rojas sobre fondo amarillo), con origen en la Corona de Aragón, asumida también por la Generalitat durante la República y que tiene, por tanto, mucha historia. Demos ahora una oportunidad a la estelada, de principios del siglo pasado, que incorpora una estrella sobre un triángulo inspirada en las enseñas de Cuba y Puerto Rico, territorios liberados del yugo del imperio español. Un plebiscito entre señera y estelada. Pero, ¿qué estelada, la blava, la que lleva la estrella blanca sobre fondo azul y exhiben los independentistas no de izquierdas, o la vermella, con estrella roja y que portan los soberanistas socialistas? Para nunca acabar.

Apunta que:

Una segunda opción, metidos en terreno futbolístico, es que hubiera una oficial y luego una segunda, y una tercera, como hacen los clubes para vender más camisetas. Igual que lo de defender los colores de tu equipo es ya relativo -los blaugrana, los colchoneros, los merengues van cambiando de color-, llevar una estrella o no, que la estrella sea blanca o roja, debería ser una cuestión de gustos, elegir la que pegue mejor con los zapatos. Y todos contentos.

Y concluye:

Tanto revuelo sólo para alimentar un poco más el tradicional victimismo del independentismo catalán, caído en desuso en los últimos meses. El juez ha considerado que la exhibición de banderas que «manifiestan un sentimiento o ideología no generan violencia, racismo, xenofobia o intolerancia». La estelada, efectivamente, no tiene que provocar nada de eso sólo por el hecho de no ser una bandera oficial. Un juez de lo contencioso se lo ha tenido que explicar al Gobierno en funciones y enmendarle. Pero hemos vuelto a caer.

En La Vanguardia, periódico catalán, no podía faltar la opinión sobre esta polémica. Su director, Marius Carol, apunta directamente hacia la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa:

Woody Allen dijo en una ocasión que la vocación del político de carrera es hacer de cada solución un problema. Seguramente se inspiró en Groucho Marx, que había manifestado antes que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después remedios equivocados. Y es posible que este, a su vez, hubiera escuchado a todo un poeta como Ezra Pound declarar que gobernar es el arte de generar problemas cuya solución mantiene a la gente en vilo. No es nuevo que un político en lugar de evitar una complicación inicie otra de nueva. De un tiempo a esta parte la incapacidad de algunos gobernantes les lleva a provocar enredos descomunales donde antes no había ninguno. Es lo que tiene la mediocridad, que, como pasa desapercibida, empuja a personajes vulgares a intentar conseguir quince minutos de gloria complicando la vida al resto.

Dice que:

Este país, si algo no necesita, son bomberos pirómanos, pues en un Estado donde el fuego se prende rápido se requieren más arquitectos de cortafuegos que pirotécnicos en tiempo de sequía. Para quienes creemos que la convivencia es entender las razones del otro, que la tolerancia es pensar que a lo mejor nuestros motivos están equivocados y que la democracia supone respetar las creencias ajenas por alejadas que estén de las propias, contemplar a personajes insignificantes que ocupan cargos sin haber leído ni el resumen de la Constitución del Rincón de Vago, indigna, deprime y enfada.

Sentencia que:

Concepción Dancausa, delegada del Gobierno en Madrid, quiso hacer méritos y ha hecho el ridículo con su guerra a la estelada. Desasistida por el sentido común, deslegitimada hasta por el PP catalán y desautorizada por el juez del contencioso, se supone que dejará su puesto a alguien más capaz después de haber convertido una final de Copa en un tremendo enredo que perjudica a los ciudadanos que estamos por tener la fiesta en paz. Entre ellos, el Rey.

Y El País, en su editorial, no disimula un ápice su alegría por la sentencia en favor de los de las esteladas y pide que Dancausa deje su cargo:

El Juzgado 11 de lo Contencioso de Madrid ha vapuleado la prohibición de llevar banderas esteladas -en general usadas por los independentistas catalanes- a la final de la Copa del Rey. Es una buena noticia, que corrige un grave error jurídico y político de la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa.

La resolución considera que esa prohibición no venía amparada en la ley contra la violencia en el deporte, por cuanto dicha bandera no incita a la violencia, ni al racismo ni a la xenofobia, ni perturba el orden jurídico. Y que, por el contrario, está amparada por la libertad de expresión consagrada en el artículo 20 de la Constitución.

Expone que:

La decisión es un apretado cursillo de Estado de derecho que debería aprovechar primero a Dancausa, cuyo yerro resulta un abuso manifiesto tratándose de una jurista de larga experiencia. Pero también al fiscal que sin tino se alineó con ella. Y al Gobierno, que le dio su apoyo implícito, contra sectores más sensatos del propio PP.

Haría bien la delegada, que practica una extraña asimetría en sus decisiones presuntamente técnicas -ha autorizado una manifestación neonazi, esta sí peligrosa, para este fin de semana-, en reconsiderar su continuidad en el cargo. Dancausa carece de motivos para seguir tras este varapalo, que cuestiona su imprudente gestión. Y si no logra entenderlo por sí sola, convendría que sus superiores la ayuden en tan ardua tarea.

Y remata:

El mensaje de esta resolución judicial también alcanza a quienes suelen confundir Gobierno y Estado, atribuyendo a este las pifias de aquel, como excusa para deslegitimarlo y justificar la secesión: este episodio aclara cómo el Estado corrige al Ejecutivo. Conviene ahora que todos los aficionados usen su confirmada libertad de expresión de forma responsable y respetuosa. Deportivamente, que es al cabo lo que se juega.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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