LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Antonio Burgos recrea la prepotencia de Albert Rivera: «Desde lo alto de esta mierda de sólo 32 diputados que he sacado, yo le pongo el veto a Rajoy»

"¿Quién ha visto que quiera gobernar España un señor que ha ganado las elecciones y sacado 137 diputados? ¿Pero dónde vamos a llegar?"

Jiménez Losantos: "Rajoy es un maltratador político nato, como ha demostrado en el PP y con Rosa Díez en las Cortes"

No le va a gustar. Al líder de Ciudadanos no le va a hacer excesivamente feliz abrir este 29 de junio de 2016 las columnas de opinión y observar como la mayoría de los articulistas le ponen de vuelta y media por su empeño en vetar a Mariano Rajoy a la hora de llegar a algún tipo de entendimiento con el PP.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Antonio Burgos quien, con la gracia sevillana que siempre le caracteriza, le mete una somanta de palos al líder de Ciudadanos, Albert Rivera:

Como el soldado que no comía rancho para que se fastidiara el coronel del Regimiento, Albert Rivera no quiere comer rancho para dar por saco no sólo a Rajoy, sino a los casi ocho millones de españoles que lo han votado. No por su bella cara ni por su carisma (que no lo tiene), sino como un «hasta aquí hemos llegado»: como un muro de contención a la venezolana amenaza de que nos gobernaran los dos comunismos, el de la nueva observancia de Podemos y el de la vieja observancia de IU, aunque ahora a eso le llamen populismo, pero que es tan antiguo como un cura perseguido o una iglesia en llamas. Así que Rivera no come rancho y que se fastidie el coronel de la gobernabilidad de España. Se le ha subido a la cabeza el Napoleón que lleva dentro, y ha dicho solemnemente:

-Desde lo alto de esta mierda de sólo 32 diputados que he sacado, yo le pongo el veto a Rajoy. Que no se crea que lo vamos a apoyar. No hay Guardia Civil suficiente en España como para obligarnos a facilitar la gobernación de este Reino.

Añade que:

Por cierto, ya nadie dice «gobernanza», qué raro. ¿Por qué han borrado los tertulianos esta palabra, como suprimieron la de «postureo» con la que echaron la campaña de las elecciones de diciembre de 2015? Cuando la que sigue en peligro es la gobernanza de España y lo que sobra es el postureo de los que no se han comido una rosca, sino una defecación así de grande (por no decir una mierda como un castoreño), y andan poniendo condiciones. Por favor, dadme un punto de apoyo. Dadme un punto de apoyo, no para beberme Domecq y González Byass, como decía el genial poeta bético Antonio Hernández, acodado en la barra de un tabanco jerezano. Dadme un punto de apoyo para agarrarme, porque es que me tiro al suelo de risa cuando oigo a estos tíos, por ejemplo a este señor Rivera, diciendo:

-Rajoy, que se marche, ¿eh?, que ha ganado. ¿Quién ha visto que quiera gobernar España un señor que ha ganado las elecciones y sacado 137 diputados? ¿Pero dónde vamos a llegar? ¿Cómo no nos va a dejar partir el bacalao a nosotros, que somos más progresistas, y más modernos, y más guapos, y que había colas en los colegios electorales para que quedáramos mucho peor que en diciembre, que fue el primer tapón de esta zurrapa con la que ahora queremos hacer un café de primera calidad?

Se pregunta si aquí los partidos han perdido el oremus:

¿Están locos o es su ego el que los vuelve majaras? Cordura precisamente no derrochan los partidos perdedores en este nuevo grave momento de España. Lo que les pediría el cuerpo sería que hubiera un PP, pero no un Partido Popular, sino un Pacto de Perdedores, cuyas siglas son también PP. Toquen madera, porque hasta que se asiente la cordura, aquí corremos el riesgo de que otro con el ego bien despachadito (ese Sánchez que lleva como segundo apellido el nombre de la Columna Castejón, y por eso no lo usa) se alíe con Podemos para gobernar. No lo digo por nada, sólo porque después del imputado ocupafincas Cañamero sentado en el banquillo, perdón, en el escaño de diputado por Jaén, lo que faltaba era que tuviéramos de ministro de Agricultura a un jornalero que ha siglos no ve un azadón, y de Defensa al ex Jemad con cuyos antiguos compañeros de armas están que se suben por las paredes por el modo como pisa la raya de picadores del perjurio a la Bandera.

Y concluye:

Contemplo los muros de la Patria mía, quevedescamente, y cada vez comprendo menos lo que ocurre. Oyendo la tele propiedad de un marqués del Reino de España que encumbró y lanzó a Podemos, parece como si Rajoy hubiera cometido el más grave de los delitos ganando las elecciones. Si te las quieres dar de moderno y progresista, debes llevarte las manos a la cabeza cuando alguien te diga que quien debe formar gobierno es el partido más votado. Vamos, es como si la selección nacional de fútbol, quedando como ha quedado ante Croacia y ante Italia, saliera diciendo que es una injusticia que no le den la Eurocopa.

David Gistau habla sobre el infantilismo de Albert Rivera con sus condiciones cada vez más retorcidas a la hora de hablar con el Partido Popular:

Mi definición favorita del intelectual lo caracteriza como un señor que golpea con un bate la realidad para que encaje en sus prejuicios. El periodista, para no mantener con los hechos una relación tan deshonesta como la del intelectual, ha de liberarse de sus prejuicios. Prejuicios como los que, hoy miércoles, todavía impiden a muchos comentaristas enojados con la desobediencia de los hechos aceptar que Rajoy obtuvo un éxito personal y que una parte importante del electorado prófugo del PP se reconcilió con su partido. Por posibilismo de emergencia, por afán de estabilidad después de unos meses de jugar a seres emancipados de su Estado -seres a la intemperie- o por otros motivos. Pero lo hizo. Al propio PP le corresponde interpretar si ello es una invitación a la autocomplacencia y al culto a la personalidad del Gran Resistente o si, por el contrario, todo lo ocurrido fue una advertencia de qué demonios pueden ser liberados si los partidos vertebrales no asumen que deben intervenir en las distorsiones que sirvieron de pretexto para el tremendismo de los profetas y los curanderos. Desde la corrupción hasta la hipertrofia del cotarro partidista.

Detalla que:

Como nada arrancará mientras el PP no encuentre compañía, observemos ahora a quienes pueden procurársela. Por ejemplo, Rivera. Todo cuanto ha hecho desde su primera comparecencia electoral ha sido infantil y decepcionante. Desde su enfurruñamiento pertinaz, como de niño hispano de Astérix que se niega a respirar, con los agravios infligidos por la ley electoral. Hasta la pésima gestión de esa cláusula autoimpuesta que fue el veto a Rajoy, y que prácticamente lo invalida como negociador mientras no se dé cuenta de que ese prejuicio suyo -volvemos a los prejuicios- es más liviano que el mandato de millones de votantes que ansían irse a la playa con un gobierno constituido.

En nombre de la estabilidad y del constitucionalismo, Rivera tardó cinco minutos en cerrar con el PSOE un acuerdo que nos pareció maduro salvo por los vetos sectarios de Sánchez que impedían integrar al PP. Siendo igual de necesarias la estabilidad y el constitucionalismo, en lo que no tarda ni cinco minutos Rivera es en declarar que nada se hará mientras Rajoy no sea extirpado por el mismo partido que lo festeja como a su campeón electoral. Así de cautivo es Rivera del prejuicio. Tanto como para escamotear la llamada que le hace esta hora española transfiriendo la responsabilidad de formar gobierno a un PSOE que implora irse a la oposición como a unos boxes en los que repararse entero. Rivera tiene la oportunidad de imponer al PP todos los cambios que ese partido paquidérmico se negó a afrontar. Tiene la oportunidad de participar en esa misión que él mismo considera imprescindible y que muchos votantes de centro-derecha le han encomendado: ser un catalizador de todo cuanto Rajoy mantuvo esterilizado. Pero habrá que esperar hasta que vuelva respirar, se le pasen los enojos y se decida por fin a arremangarse. ¿No pedía balón? Pues hala, a jugarlo.

Para José María Carrascal, el verdadero ‘sorpasso’ está en el triunfo del PP y alaba también la actitud de esos españoles de izquierdas que han sabido distinguir lo verdadero de lo falso y que ya son cada vez menos los que se tragan los bulos de Pablo Iglesias:

No hubo mayoría absoluta del PP, pero la derrota del resto fue tan rotunda que como si la hubiera habido. Quien le niegue ahora el derecho a formar gobierno se expone a ser el culpable de que tengamos que ir de nuevo a las urnas, donde el castigo será tremendo. «Nada tiene más éxito que el éxito», dicen los norteamericanos. Ni nada aleja más del éxito que la derrota.

Derrotados, repito, han sido todos los demás. El primero, aquel que aspiraba a lo más alto, a la Moncloa nada menos. Pero Unidos Podemos ni siquiera ha logrado mantener el respaldo de ambas formaciones, perdiendo más de un millón de votos. Ya que andamos con refranes norteamericanos, «se puede engañar a uno una vez, pero no a todos siempre». Y Pablo Iglesias ha batido el récord de mentiras en esta corta campaña electoral. No se puede empezar del brazo de comunismo y terminar como partido de «la Ley y el Orden», tras pasar sucesivamente por la socialdemocracia y el centro. Ni se puede prometer el paraíso siendo consejero del Gobierno venezolano. Eso puede hacerse en la cátedra, donde están permitidas las más peregrinas especulaciones, pero no en la política real, por cabreada que esté la gente.

Y ha sido esa gente que Iglesias intentaba conducir al cielo quien le ha puesto en su sitio, impidiéndole incluso alcanzar el sorpasso del PSOE. Unido al retroceso de Ciudadanos, es lícito preguntarse si la fiebre de cambio radical que sentía el electorado español y el fervor por los partidos emergentes se apaga, para dejar paso a una visión más tranquila y prudente de la realidad, con el retorno de muchos votos a su lugar de origen. También el PSOE ha aprovechado de ello, tras verse al borde del abismo, manteniendo la segunda posición y a Sánchez, en su puesto, aunque no sabemos por cuánto tiempo, pues el peor resultado de su partido no es precisamente una recomendación.

Y destaca que:

Para «sorpasso», el del PP. Jiménez Losantos se pregunta si los encuestadores devolverán el dinero de sus catastróficas previsiones. Yo me pregunto si los sesudos analistas políticos que daban por acabado a Rajoy reconocerán su error. No lo espero. Ni tampoco importa. Lo importante es que supiera leer el ánimo de los españoles mejor que sus rivales, que previese el importante papel de la economía, que aguantase las acometidas de todos contra él y que incluso tuviera la sangre fría de dejar gobernar a los podemitas en las grandes ciudades para que el respetable supiese con quién se está jugando los cuartos y la libertad. Es en esas situaciones donde se mide el temple de estadista, no en los editoriales y viñetas. Y si siguen en sus embestidas, forzando unas nuevas elecciones, lo que van a conseguir es que en ellas logre la mayoría absoluta en números contantes y sonantes. Los españoles pueden sentirse de izquierdas, pero aún saben distinguir lo verdadero de la falso, los políticos de los comediantes.

En El Mundo, Santiago González le da dos buenos pescozones al cabeza de lista de Ciudadanos por no apearse del burro de la prepotencia:

Mi admirado Albert Rivera: De vez en cuando he incurrido en el género epistolar con políticos profesionales. La intención es aprovechar la cercanía del vocativo para ofrecerles a ustedes mis mejores consejos. Así lo hice muchas veces en otro periódico con Juan José Ibarretxe, un caso notable de empecinamiento con toques de mesianismo. Por razones parecidas le escribí dos docenas de cartas, o más, al entonces presidente Zapatero, sin que ni uno ni otro aprovecharan lo más mínimo mis bienintencionados consejos. Así les fue.

Le escribo a usted, porque me temo que está arruinando una biografía que empezó muy bien. Confieso que el nacimiento de su partido fue un hecho que acogí con ilusión. Entre los fundadores y los cargos institucionales del mismo tengo buenos amigos. Recordará que me invitaron a ir a Barcelona en un par de ocasiones durante la primera época de C’s, tan heroica, invitaciones que acepté gratis et amore. Lo conocí en una de aquellas mesas redondas y me causó usted buena impresión. Lo encontré algo verde y me pareció excesiva su admiración por Obama y sus millones de followers en Facebook, pero pensé que eso lo superaría con el tiempo. Le vi crecer en sabiduría y bondad y convertirse en el político que mejor defendía la España constitucional en ese carajal en que ha transformado Artur Mas a Cataluña.

Asegura que:

Seguí con expectación su paso a la política nacional, pero debo confesarle que el balance me ha parecido decepcionante, como si hubiera alcanzado en ella su nivel de incompetencia. No comprendí que se creyera autorizado a exigir a otros partidos un sistema de organizarse y elegir candidatos, las primarias, que ustedes soslayaban cuando les convenía. Tampoco que se haya pasado la legislatura con su veto a Rajoy por estandarte, acusándole de un delito sin más pruebas que las palabras de un presunto delincuente, que ningún juez ha considerado siquiera como indicio.

Verá, querido Albert, yo no confiaba mucho en el efecto ‘Felisuco’ y consideraba que habiendo recibido una parte importante de su voto de simpatizantes del PP algo cabreados, su opción por Pedro Sánchez no iba a ser un elemento que le fidelizase esos votos para el futuro.

Y no se esconde a la hora de definir su comparecencia en la noche del 26 de junio de 2016:

Su intervención en la noche electoral me pareció deplorable, al hacer una declaración de principios que chocaba con su análisis electoral. Me explicaré. No puede usted decir que «algunos ponen sus sillones por delante de los españoles» y luego achacar sus malos resultados, su falta de sillones, a la Ley Electoral y anunciar que su primera condición para negociar será cambiarla. En primer lugar, es falso. Si sabe lo que es el ceteris paribus comprenderá que una misma ley, el mismo candidato, los mismos adversarios y el mismo cuerpo electoral, no explican que hace seis meses sacara usted casi 400.000 votos y ocho sillones más y todo lo explique por la perversidad de la ley. En segundo, ¿usted no pone los sillones por delante? Quizá haya cometido algún error que no confesó en su noche triste. Pero es usted joven y tiene tiempo por delante. Recapacite, buen hombre.

Federico Jiménez Losantos destaca que Rajoy está por la labor de maltratar a Albert Rivera como en su día hizo con Rosa Díez. Sin embargo, insta al de Ciudadanos a abrirse y a alabar la voluntad reformista del líder del PP:

Cuando Suárez recibió a Tarradellas, recién llegado del exilio, no se entendieron. El presidente no tenía ni idea de Historia y no había elementos generacionales que los acercaran. Pero Tarradellas era tan intuitivo como Suárez y vio claro que en su interlocutor no había mala voluntad, así que al salir de la fallida reunión dijo ante los medios que le había sorprendido el conocimiento histórico de Suárez y que estaba seguro de que pactarían un acuerdo satisfactorio para Cataluña y el resto de España. Suárez quedó atónito. Y cuando Tarradellas salió al balcón de la Generalidad y dijo «Ciutadans de Catalunya», supo que tendría en él un aliado de verdad. No mintió Tarradellas: simplemente, se adelantó astutamente a la verdad.

Señala que:

Rivera no se entiende con Rajoy, que, a diferencia de Suárez, no tiene buena voluntad. Sin embargo, la posición de Ciudadanos, que es poner las reformas que necesita España por delante de los sillones, debería incluir en los sillones el de Rajoy. Pese al triunfo del PP, que forzosamente incluye a su jefe, sólo tiene 137 escaños. Con los 32 de C’s son 169. Lo bastante para un pacto de Gobierno que incluya las grandes reformas: electoral, judicial y educativa. A las que, ojo, hay que sumar al PSOE, una tarea sólo posible para Rivera, no para Rajoy, Soraya y sus cloacas. Mariano no quiere a Rivera ni a Sánchez, cierto, pero tampoco al PP. Para sobrevivir, sacrificará lo que sea. Rivera debería hacer lo mismo que con Rosa Díez: que el bueno de la película, el que intentó el acuerdo, sea él. Y si no sale -que seguramente no saldrá-, que el culpable de ir por tercera vez a las urnas sea Rajoy, no él.

Rajoy es un maltratador político nato, como ha demostrado en el PP y con Rosa Díez en las Cortes, así que trata de humillar y provocar a Rivera al decir que él sólo quiere pactar con el PSOE. Pero Rivera debe hacer como Tarradellas: alabar la voluntad reformista del PP.

Y concluye:

Ayer insistieron en el necesario pacto con Ciudadanos nada menos que Cifuentes y Aguirre, la clave de la resurrección electoral del PP; Feijóo lo necesitará en Otoño; y Casado se ha cuidado mucho de no romper puentes. Es posible que Rajoy quiera ir a un Gobierno de continuidad, con su Soraya y sus cloacas, que caería por una moción de censura antes de un año. Pero que la culpa sea suya. La factura se pagará en las urnas.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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