LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho sobre la paciencia de Rajoy: «Si soportó seis meses con el camión de la mudanza esperando, puede aguantar uno más para volver a ser presidente»

"La biografía política de Rajoy acredita que es mal negocio retarlo a duelos de paciencia"

Tanto el PSOE como Ciudadanos van a tratar de achicarle el triunfo al marianismo

Restos de la resaca postelectoral y el arranque de la fiesta del orgullo gay son los temas principales que este 30 de junio de 2016 pueden encontrar los lectores en las tribunas de opinión de la prensa de papel.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Luis Ventoso criticando la doble moral de Podemos con respecto a los gays. Aquí, en España, se erige en el defensor de ese colectivo, pero a la par mantiene relaciones con un régimen, el iraní, que ahorca de las grúas a los homosexuales:

Como alguien me va a arrojar la fácil etiqueta («homófobo»), arranco con una aclaración: estoy a favor de la ley que permite la unión administrativa de personas del mismo sexo, porque creo que no se puede marginar a nadie por una sexualidad que le ha venido dada en la cuna, que simplemente es su naturaleza. En mi infancia en un caro e incompetente colegio clerical -y digo lo de incompetente porque nos enseñaban poco y mal- observé desde edad temprana cómo algunos compañeros pasaban por un acoso cruel y constante solo porque eran «diferentes», es decir: homosexuales. Celebro los avances liberales que permiten que hoy esas personas puedan disfrutar de su vida con normalidad, lo que supone también un gran alivio para sus familias, que hasta hace unos años vivían a veces como un estigma el tener en casa a alguien a quien le gustaban las personas de su mismo sexo.

Precisa que:

Dicho lo anterior, como siempre entre lo sublime y lo ridículo media un paso. Una cosa es reconocer los derechos de las personas homosexuales y transexuales, y otra convertir el asunto en un eje medular de nuestra vida pública y engalanar los edificios oficiales con las banderas del Orgullo Gay. Nuestros alcaldes del populismo neocomunista esgrimen los estandartes arcoíris porque necesitan causas distintivas con las que enmascarar sus dos problemas: su carencia de ideas concretas y su espectacular torpeza a la hora de gestionar, que acaban de merecer un rejón en las urnas. El asunto se torna puro sarcasmo cuando hablamos de Podemos. Es un insulto a la comunidad gay que se erija en su paladín un partido cuyo líder gozó de un púlpito televisivo pagado por la teocracia iraní, que en el siglo XXI sigue ahorcando de las grúas a los «pecadores» homosexuales. Además, muchas personas homosexuales no se sienten en absoluto representadas por unos desfiles que incurren en una exaltación chabacana del sexo -un asunto privado-, unas marchas histriónicas y, seamos sinceros, bastante cutres.

Recomienda que:

Antes de engalanar los «ayuntamientos del cambio» con la bandera arcoíris, a lo mejor sería interesante enarbolar la de las mujeres heterosexuales, un colectivo muchísimo más amplio, que padece récords de asesinatos, o exmaridos que no pasan la manutención de los hijos, o que siguen marginadas en las cúpulas directivas y, de manera inaudita, cobran menos que los hombres ejerciendo idénticos puestos. Tampoco estaría mal otra bandera para denunciar la paupérrima política de ayudas a la familia clásica (la que forman desde que el mundo es mundo una mujer y un hombre, y disculpen el desliz retrógrado), algo gravísimo en un país como España, con un aterrador problema demográfico.

Y sentencia:

Así que le diríamos a la jovial Cifuentes que no sufra tanto sobre si al PP lo invitan o no a la marcha madrileña del orgullo gay. Puede aprovechar el rato para meditar sobre las diferencias entre política cosmética y gestión real. No se desvele la presidenta, que de desfilar en las carrozas con las drag queen ya se encargará Doña Manuela, que con tal de no currar en el despacho no hay sarao al que no se lance. Aquí y en América.

Gabriel Albiac detalla en su tribuna como muchos de sus vecinos de zona, un barrio del centro de Madrid, respiraban aliviados por el palo que se había llevado el 26-J el populismo de Podemos en las urnas:

En Venezuela, Nicolás Maduro conmina al Tribunal Supremo a «abolir» el Parlamento. No es impensable que lo consiga. En Venezuela, el populismo ha ido erosionando, el sistema de garantías y división de poderes: el Supremo es hoy un brazo ejecutivo del chavismo; hará lo que desde la Presidencia de la República se le ordene. De momento, un poder ha logrado sobrevivir: ese Parlamento en precario, a la espera de ser fulminado. Maduro tratará de culminar su golpe en plazo muy breve. Es una guerra contra el reloj entre libertad y despotismo. Los populistas de Maduro despliegan la estrategia básica de las dictaduras: disolver el poder legislativo.

Aclara que:

De ese riesgo nos libraron las urnas del domingo pasado en España. Por el momento. En estos tres últimos días, todos hemos asistido a una reacción ciudadana que, al menos para mí, era por completo imprevisible. En un barrio popular del centro de Madrid como es el mío, gentes que jamás habían cruzado una palabra acerca de política repetían el mismo respiro de alivio: «¡Uf, de la que nos hemos librado!». Enseguida, comenzaban a explicarte que nada detestaban más en esta vida que a los dos grandes y corruptos partidos. «Pero, por más que los deteste, no voy a ser tan imbécil como para disparar contra mi propia cabeza». Y el tópico se repetía: «He votado, tapándome la nariz. Pero era el único modo de evitar que el desbarre de Carmena se transforme en el desbarre de toda España. Mejor el asco que la ruina. He hecho el esfuerzo de mi vida, imponiéndome votar a gentes a las cuales detesto, para barrer a gentes que sencillamente me dan miedo, a gentes que sé que se llevarían todo por delante…». No recuerdo haber asistido a una reacción de sensatez ciudadana así desde que en España existe la democracia.

Si no entienden eso, los grandes partidos constitucionalistas habrán empezado a sembrar un aún mayor desastre. Y, de una inesperada victoria, pasarán a la derrota más penosa. Los ciudadanos españoles no han votado a Rajoy, ni a Sánchez, ni a Rivera. Han votado contra un Iglesias, del cual saben que tan sólo puede venirles la pérdida de derechos y la segura ruina. Y no les ha sido fácil asumir que no había ya otra alternativa. Odiaban a todos: es lo que los resultados de diciembre manifestaron. Ahora, estas elecciones de junio han seguido la lógica de una segunda vuelta: se acabó el momento pasional y hay que optar por lo menos malo frente a lo pésimo. Lo pésimo: el populismo. Los ciudadanos no han votado al PP, ni al PSOE, ni a C’s. Han votado contra el liberticidio de Maduro, han votado contra los asesinos de homosexuales y mujeres en Irán, han votado contra las formas más odiosas de la barbarie… O sea, han votado contra los amigos financieros de Pablo Iglesias.

Concluye que:

El mensaje es ahora nítido: el sistema constitucional español ha envejecido lo bastante como para que sea necesaria una importante puesta a punto. La ley electoral -llena de agujeros y desigualdades en la correspondencia en escaños del voto- debe ser reformada. La autonomía del poder judicial, restablecida. El régimen de autonomías, por completo revisado. Los ayuntamientos que fueron regalados a populistas minoritarios -Madrid, en primer lugar- deben ser recuperados. Y los protagonismos -y, todavía más, los odios- personales deben ser pospuestos para momentos menos críticos. Estamos en una emergencia. Y, si los partidos democráticos hacen oídos sordos a lo que la ciudadanía les ordena, la próxima ofensiva populista puede ser la definitiva.

Ignacio Camacho ensalza la paciencia de Mariano Rajoy para no sólo aguantar seis meses, desde el 20 de diciembre de 2015 al 26 de junio de 2016, fechas de ambos procesos electorales, sin ponerse nervioso, sino también para esperar ahora a que tanto Ciudadanos como PSOE den un paso al frente y sostengan por activa o por pasiva un nuevo mandato más del PP:

La biografía política de Rajoy acredita que es mal negocio retarlo a duelos de paciencia. Si algo tiene demostrado es que sabe esperar hasta acalambrar los nervios de sus rivales: sus victorias son por agotamiento. Mientras los demás se mueven a su alrededor, él aguanta hasta que descarrilan solos. Todos los que de un modo u otro, dentro o fuera del partido, han intentado desafiarlo acabaron saliéndose de la pista. A un hombre que ha sobrevivido de esta forma a muchos momentos críticos va a ser difícil, pues, desequilibrarlo cuando acaba de ganar con claridad -y por tercera vez- unas elecciones. Sobre todo porque ahora tiene un margen del que no disponía en diciembre: no hay modo razonable de componer una alternativa para birlarle la victoria.

Señala que:

Es probable, no obstante, que tenga que volver a esperar. Eso es lo que apuntan los primeros movimientos poselectorales: una batalla de desgaste. Los avatares propios de una negociación en la que, además de hacerse valer, tanto el PSOE como Ciudadanos van a tratar de achicarle el triunfo al marianismo. Nadie se va a entregar con facilidad porque el precio de cualquier acuerdo subirá a medida que vaya pasando el tiempo. Y en ese afán de demostrar al PP que su mandato no va a ser cómodo cabe la posibilidad verosímil de que le tumben una investidura completa, en sus dos votaciones, y le dejen el examen final para septiembre.

Sólo que en ese campo el presidente está cómodo. Si resistió seis meses durante los que el camión de mudanzas daba vueltas alrededor de la Moncloa, no le va a importar esperar un mes de verano. Tiene a su favor la baza de que ningún adversario se atreverá a bloquear de nuevo la legislatura; la gente ya no está para bromas y el que salga señalado como responsable de unas terceras elecciones quedará triturado. El borrador de presupuestos ha de estar el 1 de octubre; si se forma Gobierno tras las vacaciones la maquinaria estatal tendrá tres semanas para redactarlo. Más allá de ese plazo entraremos en el ámbito de la irresponsabilidad y cada cual tendrá que dar explicaciones a su electorado.

Remata que:

La presión, pues, es de ida y vuelta. Todos tendrán que manejarla con tiento. La gran ventaja de Rajoy consiste en que es él quien está en el poder, y con los suyos colocados. A la hora de negociar tendrá que hacer concesiones importantes y sabe que con su mayoría relativa va a tragarse algún sapo. Desde algunos sectores del PSOE le emiten mensajes positivos a cambio de que no haya prisa para ir digiriendo el resultado. El veto personal de C’s no le preocupa; se lo han retirado los españoles en las urnas y será Rivera el que tenga que encontrar el modo decoroso de obviarlo. Ahora quedan días de mirarse a los ojos a ver quién pestañea primero. Aunque el presidente hace tiempo que no fuma se puede comprar una caja de puros e irse con ella a Doñana a contemplar atardeceres con bandadas de patos.

En El Mundo, Arcadi Espada considera que al PSOE le ha beneficiado el no haber suscrito la alianza con Podemos a nivel nacional, aunque es verdad que en el reparto de escaños bajó algo respecto al 20-D:

El partido Podemos y sus fragmentos han perdido 3,3 puntos y 9 diputados respecto a las elecciones de diciembre. Sus pérdidas son superiores a las de C’s, que pierde casi un punto y 8 diputados, y a las del PSOE, que pierde 5 diputados, aún ganando un 0,6% de votos. No cabe descartar que los votos perdidos del partido Podemos hayan ido al PP: también empieza por P y la democracia es piadosa con el votante despistado y con el analista que imagina unas urnas repletas de sentido. Puede que hayan ido a la abstención, y que esa abstención podémica se haya visto compensada por la movilización de un cierto votante del PP que se abstuvo en diciembre. Puede que hayan ido al PSOE, pero eso obligaría a que, a su vez, un número de votos equiparable hubiese huido del PSOE hacia el PP. La lección interesante es la misma: de la caída del partido Podemos no se beneficia el socialismo.

Resalta que:

La lectura genérica de los números indica que el votante socialista no le ha reprochado a su partido la falta de un acuerdo con la extrema izquierda: le ha votado en los términos aproximados de diciembre, aunque el reparto de escaños le haya perjudicado. Los reproches por lo mismo del votante podémico puede que hayan existido, pero son irrelevantes estadísticamente dada la falta de crecimiento del voto al PSOE. La imagen de un trasvase automático de votos, como el de CDC a ERC, no se ve por parte alguna.

Este desdén viceverso del público elector hacia el Frente Popular parece indicar con una cierta claridad cuál es el camino que debe recorrer el socialismo para restablecer un nuevo contrato de ganancias con los españoles. El camino a su derecha. O sea, el de intentar que los centrismos alojados en el PP y en C’s vuelvan hacia la socialdemocracia. Es a partir de que esa hegemonía centrista está construida, y no antes, cuando se adhieren a ella los votos extremos del campo ideológico de partida. El gozoso momento, descrito por el ripio, en que las cien mil moscas listas acudieron. El momento de que se aliste Errejón, por tomar un presunto ejemplo de la actualidad.

E insiste en que:

La primera condición de ese contrato es que el PSOE facilite de inmediato el gobierno de Rajoy. Entre los problemas lógicos que debe resolver el decadente socialismo español está la evidencia de que el socialismo solo puede ser oposición y que para haber oposición ha de haber gobierno. Pero siempre que no sea el gobierno devastador que se formase a partir de los 24 millones de votos que, incluyendo el mío, el presidente Rajoy sumaría en el caso de unas terceras elecciones a Cortes.

Alfonso Ussía habla en La Razón sobre la fiesta del orgullo gay que estos días va a tener lugar en Madrid, a primeros de julio de 2016. Asegura que él, en cuanto puede, se aleja de la ciudad para no presenciar un espectáculo que empieza además de manera sectaria:

El llamado colectivo gay ha vetado al PP en la fiesta de su orgullo. Los del PP no son gays guays. A este paso terminarán prohibiendo a los militantes y simpatizantes del partido ganador de las elecciones la elementalidad de ser homosexuales. Años atrás se enfadaron con los gays de Israel, a los que retiraron su invitación. Precisamente a los de Israel, el único Estado de Oriente Medio que respeta la homosexualidad y ampara la libertad de sus practicantes. No pondrán impedimento alguno a los gays iraquíes o iraníes. Y me alegro de veras. Estos Estados de la Alianza de Civilizaciones y proveedores de fondos turbios a determinadas moraduras, cuelgan a los homosexuales de las grúas y en plaza pública. Ser gay en Irak o Irán no resulta tranquilizador. Se pasa del amor a la horca en un minuto. Y un año más, no se dejarán ver los homosexuales bolivianos. No los hay. El progresista y bolivariano Evo Morales manifestó públicamente que en Bolivia no hay maricas porque la culpa de la «desviación sexual» -eso dijo el individuo-, la tienen los alimentos que se consumen en los Estados Unidos y en Europa.

Asegura que:

Por costumbre, cuando se celebra en Madrid esta cachupinada multicolor, me tomo unos días de vacaciones y abandono el Foro. Me repito, pero siempre es bueno y conveniente recordar lo que opinaba un genial homosexual, Luis Escobar, de la fiesta del orgullo gay: «Una vulgaridad, un asco y un insulto a quienes somos maricas de los de toda la vida». Rafael Neville, hijo del gran Edgard, tampoco llevaba su homosexualidad como un orgullo escénico. Así que paseaba por Sevilla, cuando un albañil que trabajaba sobre un andamio le afeó sus movimientos excesivos de caderas. -Adiós, pedazo de maricón-, le gritó con sutileza hispana. -Adiós, pedazo de arquitecto-, le respondió Rafael Neville, dejando al insultador con el ridículo en la paleta. También ha mostrado su disgusto por el espectáculo hortera y demoledor del orgullo gay, un escritor tan culto y valiente como Luis Antonio de Villena.

No obstante, el actual Gobierno municipal de Madrid exhibe una bandera multicolor de los altos a los bajos de la tarta de Correos, invitando a los madrileños a participar y festejar ese orgullo tan raro. Porque tampoco supone un orgullo ser heterosexual. No hay motivos para sentirse orgulloso de ser gay o no serlo. Se entiende la inicial reivindicación de la homosexualidad en los primeros años de nuestra democracia. Durante el franquismo, la exhibición de la homosexualidad se castigaba aplicando a los que públicamente mostraban sus preferencias la Ley de Vagos y Maleantes propuesta y aprobada por socialistas y comunistas en el Parlamento de la Segunda República.

Dice que:

Pero me temo, que aquella legítima y oportuna reivindicación, se ha convertido en un provechoso negocio. El homosexual no se siente ya ni perseguido, ni menospreciado, ni insultado en España. Es más, en algunos sectores su poder es casi omnímodo. No precisa de reivindación alguna porque está plenamente reivindicado. En la actualidad, si existen recelos por una opción, esos desaires caen sobre los heterosexuales, a los que se califica de machistas, retrógrados y demás lindezas. La homosexualidad, masculina y femenina, debe ser tomada con absoluta naturalidad como la heterosexualidad en ambos sexos. Pero no es una cuestión de orgullo ni una excusa para el espectáculo. Con todo el respeto que me merecen los homosexuales y la prudencia y medida que me recomiendan mis años, creo que la celebración del orgullo gay es una majadería. Muy rentable para muchos, más no por ello deja de ser una necedad.

Y remacha:

Con una buena noticia de fondo. Al fin, el Ayuntamiento de Podemos ha adoptado una decisión, acertada o errada, según se opine. La colocación de la gran bandera gay demuestra que al fin, alguno de sus munícipes, ha pensado en algo y lo ha llevado a la práctica. Y el trabajo es algo que los madrileños siempre sabemos agradecer. Pero yo me voy. No soy ni gay ni guay.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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