LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Tirón de orejas de Losantos a Sostres por criticar al camarero de Bàlearia: «Algo de razón tuvo Rigalt cuando le mandó a mamarla a Parla»

"En el Avui decía que hablar en español es de pobres y que sólo lo hablaba con la criada"

Jaime González: "Definir la ideología política de Zapatero es un ejercicio estéril"

El episodio del camarero de Baleària al que el músico Quimi Portet puso en el disparadero por, supuestamente, no querer atenderle en catalán, sigue generando controversia y este 6 de julio de 2016 hay alguna columna en la que se critica que haya algún periodista que haya salido a criticar al camarero.

De chiste -La ‘community manager’ de Baleària, fanática separatista, promete un escarmiento al camarero español-.

No obstante, también hay otras cuestiones como ese Pablo Iglesias que va perdiendo atractivo y luminosidad según pasan los días y se va asentando el resultado obtenido el 26 de junio de 2016 –

Un acojonado Pablo Iglesias constata que Podemos ha perdido ‘sex appeal’

David Gistau, en ABC, habla sobre Pablo Iglesias y como éste, poco a poco, va asumiendo su papel como un miembro más de la casta:

Las imágenes bélicas empleadas por Pablo Iglesias el pasado lunes constituyeron un lastimoso intento de cultivar una fotogenia guerrillera a lo Sierra Maestra para mitigar la tristeza del anuncio de una rendición institucional. Iglesias ya no quiere dar miedo. Ya no quiere traer asociadas las incertidumbres del personaje revolucionario. Más que nunca, la coleta es atrezo, un jirón de resistencia estética cuando a todo lo demás va a renunciarse en una profesionalización del político que se hará crónico como síntoma del sistema. Un poco como Cohn-Bendit cuando pasó de la barricada sesentayochista al escaño europeo, se extirpó el apodo de Dani el Rojo y hasta cogió kilos mientras se acomodaba en la indignación con horario de oficina del integrado.

Apunta que:

Somos capaces de enternecernos con los sueños fallidos y las nostalgias de lo no vivido de un muchacho del siglo XXI que se define a sí mismo como partisano incluso en el momento de bajar del monte. Uno, en esas edades agitadas, también reprochó al destino no haberle permitido desembarcar en Omaha con la Big Red One o incendiar Persépolis con Alejandro. Pero en fin, nos levantamos por la mañana, desayunamos un mollete y vamos a la radio, ésa es nuestra vida, qué se le va a hacer. De igual forma, Pablo Iglesias se levantará por la mañana e irá al Parlamento, qué se le va a hacer. Y si persiste en creerse un partisano mientras cumple con esas rutinas de su cargo, en algún momento deberá plantearse pedir ayudar profesional para gestionar las frustraciones del destino errado, de haber nacido demasiado tarde y sin la Wehrmacht «ad portas». Es duro fantasear con Guderian y con las Waffen-SS marchando con el «Canto del Diablo» y que sólo llegue Rajoy con la versión merengue del himno del PP. Aunque más duro es perder contra eso viniendo de la mitología partisana.

Por más retórica belicista que emplee, lo que no podrá negar Pablo Iglesias es que está en un tránsito que puede robar a Podemos todo el encanto y las presunciones puristas defraudando al mismo tiempo a la militancia que se creyó lo de la revolución. El líder que nació para cambiar la casta anuncia que la casta ha vencido y lo ha cambiado a él hasta desfigurarlo como otro más, cualquiera, de los políticos profesionales. Esto no acarrea decepción si lo hace Rivera, quien, entre los nuevos, siempre fue el integrado. Pero en el caso de Iglesias es una desactivación del personaje después de que éste comprenda que el 26J alcanzó sus límites el tipo que basculaba entre la guillotina y el amor jipi. El político mutante que todo ha intentado serlo al mismo tiempo hasta no recordar ya qué era en realidad ahora intenta otro experimento darwinista de adaptación al medio: regularizarse, institucionalizarse. Verdaderamente, el 26-J acabó con la subversión. Sólo quedan cautivos que aman sus cadenas y se dicen partisanos como si temieran dejar de ligar como cuando fueron ídolos del rock arrojando televisores por la ventana de la historia.

José María Carrascal dice en su tribuna que por mucho cabreo que hubiese entre los españoles con Rajoy, lo que no iban a consentir es que Pablo Iglesias se convirtiera en un nuevo Tsipras y llevase a España a ser otra Grecia:

Con la agilidad del Lazarillo de Tormes y la astucia del ciego al que servía, Pablo Iglesias intenta escapar del aprieto en que se ha metido. El que ante las últimas elecciones tocaba el cielo con los dedos advierte que en las próximas pueden darse una «hostia de proporciones bíblicas». ¿Quién no se conmueve ante tanta humildad? ¿Quién no le perdona ante tamaña sinceridad? Lo malo es que la «hostia» ya se la han dado en forma del millón de votos perdidos. Y no se la han dado sus rivales, sino quienes había metido en su redil con carantoñas. Si la sangría continúa o sigue engatusando incautos nos lo dirá el futuro, pero cada vez le será más difícil vender su averiada mercancía. Aunque, si hemos perdido un presidente de Gobierno, hemos ganado un personaje de nuestra fértil novela picaresca.

Afirma que:

Siempre me ha sorprendido la soltura que se dan los comunistas para mentir. Lo hacen con tanta naturalidad que desarma, al no andarse con chiquitas. «Cuanto más grande sea la mentira, más fácilmente la cree la gente» es su divisa. Así, convencieron a millones de occidentales de que la Unión Soviética era un paraíso de los trabajadores, de que la revolución cultural de Mao liberó a los chinos de sus tabúes ancestrales, de que Cuba era un modelo para Hispanoamérica, de que el Vietkong libraba una guerra de liberación. Ya menos suerte han tenido en convencer de que en Corea del Norte se vive mejor que en Corea del Sur. Pero estoy seguro de que, si se le hiciera esa pregunta a Pablo Iglesias, buscaría una argucia para no contestar claramente.

De lo que no cabe duda es de que se equivocó al engullir a Izquierda Unida, de que les hubiera ido mejor continuando su camino por separado, de que volvió a equivocarse al mandar a Sergio Pascual a remar a galeras y de que quien tenía razón era Íñigo Errejón cuando advertía de que la transversalidad, el mantener abiertos todos los caminos de la rosa de los vientos, era la mejor de las estrategias para un partido nuevo como el suyo y poder pescar descontentos en todos los caladeros políticos. De que, en fin, no se puede estar en misa y repicando.

Subraya que:

Pero Pablo Iglesias fue incapaz de resistir la pulsión leninista, implacable, dogmática, autoritaria que anida en todo comunista, por más que se disfrace, y su primer impulso fue deglutir, no al PSOE como creíamos, sino a los restos que quedaban de comunismo, capitaneados por un pobre chaval que no se explicaba cómo con un millón de votos no obtenía más que dos diputados. Y se dejó comer. Lo malo fue que ese millón de votos se le indigestaron a Iglesias, que debe echar mano de todas las artimañas que le enseñó su amo el ciego para disimularlo. Porque la realidad, que tanto le ayudó en sus comienzos, se vuelve ahora contra él: los españoles están cabreados con Rajoy, pero no hasta el punto de querer imitar la Grecia de Tsipras.

Jaime González cuenta que como el PSOE actual siga queriendo parecerse al de Zapatero, en Ferraz ya le pueden ir poniendo epitafio a la cosa:

Decía Philip Pettit -no el funambulista francés, sino el politólogo irlandés- que Zapatero era un baluarte del «republicanismo cívico». ¿Y qué es el republicanismo cívico?, se preguntarán ustedes. Pues una ola de pensamiento que, con el paso del tiempo, fue perdiendo intensidad y que, a grandes rasgos, consistía en darle un lavado de cara a la socialdemocracia para llevarla al territorio de la nueva igualdad: ley de dependencia, ley contra la violencia de género, ley de memoria histórica, ley de matrimonio entre homosexuales, ley de reproducción asistida y otras normas «valientes y pioneras» que en época de vacas gordas le funcionaron bastante bien, pero que cuando las vacas se volvieron escuálidas y dejaron de dar leche no evitaron que su partido entrara en la Unidad de Vigilancia Intensiva, esa UVI en la que aún convalece sin dar demasiadas muestras de mejora.

Explica que:

Definir la ideología política de Zapatero es un ejercicio estéril. Que su pensamiento fuera vaporoso y anémico en convicciones y valores no significa que no le diera resultados durante un tiempo, pero cuando las cosas se pusieron feas el relativismo con el que despachó asuntos tan altos como el de la unidad de España frente al desafío independentista -acuérdense de aquello de «nación es un concepto discutido y discutible», «mi patria es la libertad» o «la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento»- le granjearon una imagen general de pusilanimidad y endeblez intelectuales que le perseguirá siempre.

Solo con perspectiva histórica podrá valorarse el daño que Zapatero le hizo al socialismo, no porque fracasara en la gestión de la crisis económica, sino porque su fracaso en la gestión de lo que entendemos por identidad nacional está en el origen de la desvertebración de un partido que se parece mucho a una jaula de grillos. El problema del PSOE es que los nuevos no les llegan a la suela de los zapatos a los viejos, porque el relevo generacional no se ha traducido en una evolución natural, sino en un fenómeno regresivo de dimensiones siderales. En una formación huérfana de liderazgos, quienes ostentan el poder se han empeñado en matar al padre. Si lo urgente para el actual PSOE es poner sordina a las voces más veteranas y claras en el diagnóstico -Corcuera o Leguina, por poner dos ejemplos-, tratadas como si fueran vestigios de otra era, el proceso involutivo del PSOE será tristemente irreversible.

Y remacha:

Si el nuevo líder tiene que parecerse a Zapatero -que fue quien rompió los puentes de cohesión nacional que levantó Felipe González en su proyecto de vertebración de España-, el socialismo podrá hacer suyo el epitafio de Antonio Mingote: «Perdonadme; no lo volveré a hacer».

En El Mundo. Federico Jiménez Losantos critica a Salvador Sostres porque éste apoyase al músico Quimi Portet en su ataque a un camarero de Baleària por no atenderle en catalán:

No me gustó la forma en que Carmen Rigalt acompañó el despido de Salvador Sostres de EL MUNDO -«a mamarla a Parla»- aunque eso facilitó su entrada bajo palio en el área de opinión de la Cope y ABC. Pero algo de razón tenía Carmen y ayer se la dio Sostres al ensañarse con el camarero de un barco de Baleària que no atendió en catalán al telonero de Manolo García en El último de la fila, Quimi Portet. La falta de competencia o de empatía lingüística del camarero llevó a Portet a perpetrar un delito, subir a la red sin permiso una foto del camarero que le dijo que le pidiera el café amb llet en español, porque no habla catalán ni mallorquín. Hasta ahí, nada: típica chulería separatista catalana y típica reacción de trabajador español.

Cuenta que:

Lo que provocó la inmediata indignación de mucha gente fue que Pilar Boix, militante pancatalanista y community manager de Baleária (naviera española propiedad de Utor y Matutes, con trayectos en España -Cataluña-Baleares-Comunidad Valenciana-Estrecho), olvidando los derechos del camarero que recoge el artículo 2.4 del Título Preliminar de la Constitución -«El castellano es la lengua española oficial del Estado y todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla»-, pidiera públicas disculpas al trovador y anunciara que Baleària «tomaría medidas» contra el camarero que desafió el monolingüismo con leche de Portet.

Pero Sostres va y dice: «Es provinciano que la intolerable chulería del camarero haya recibido tanto apoyo en las redes sociales. Y es nacionalismo de la peor España no entender que éste no es un problema entre el catalán y el castellano, sino entre un cliente correcto y un camarero que se comportó como un mamarracho, y que no sólo olvidó que su tarea es servir sino que además quiso ofender. (…) Por encima de Cataluña, España, Italia, Francia o Grecia, la gran patria es la derecha, hay un orden y este orden es jerárquico, y sólo faltaría que nos pareciera bien que el servicio se nos subiera a las barbas». En el Avui decía que hablar en español es de pobres y que sólo lo hablaba con la criada.

Y remacha:

El humor de verdad se hace contra el poder, no a favor de los tiranos que multan por rotular en español e impiden escolarizar a los niños en «la lengua de los pobres». Que era la de Boscán, la mía y la del Niño Semon. Sí: a Parla.

Santiago González no está por la labor de tragarse el sapo de Íñigo Urkullu, presidente de las Vascongadas, con la matraca de que el Gobierno de Rajoy, si quiere su apoyo, debe hacer un guiño reagrupando en su territorio a los presos de ETA:

Lo malo de los políticos de ahora es que están demasiado influidos por el cómic. El lehendakari del Gobierno vasco, un suponer, había tenido ensoñaciones sobre la entrega de las armas por parte de la banda terrorista. La cosa no iba más allá de la fantasía de considerarse a sí mismo Julio César en la primera aventura de Astérix y creer que Josu ‘Ternera’ era Vercingétorix, depositando a sus pies todas las armas de los galos.

Era una fantasía, ya digo. Cada vez que hizo una insinuación en tal sentido, ETA la rechazaba con muy poco respeto. En diciembre de 2014 propuso Urkullu la creación de un comité vasco de desarme, ante el cual debería comprometerse la banda a dejar las armas, sin mediación del Gobierno de Rajoy, porque un proceso acordado con el Gobierno español, decía entonces, «no podía salir bien». El plan no podría salir bien porque ETA era más partidaria de entregarle la ferralla a la Guardia Civil, un enemigo a su altura, que al Gobierno vasco, a quien entonces pretendía disputar los derechos de primogenitura del nacionalismo vasco.

Año y medio después, Iñigo Urkullu pide pasos a Rajoy y a ETA, en un plan de negociación para posibilitar la investidura de Rajoy. Exige al primero que en el plazo de un año ceda la competencia de prisiones y acabar con la dispersión de los presos y a la banda que se disuelva. En este punto habría que aclarar que si la competencia de prisiones no está en manos del Gobierno vasco es porque éste no ha querido, o, por decirlo en un lenguaje más adecuado, porque no pusieron el interés que el caso requería. Muy probablemente porque reclamar la transferencia mientras ETA seguía matando gente era una cuestión muy comprometida y pensaron entonces que era preferible dejarlo correr. De otra forma no es comprensible que la Generalidad de Cataluña tenga la competencia transferida desde 1995, hace nada menos que 31 años.

Resalta que:

No parece que el lehendakari Urkullu sea el más indicado para impartir doctrina sobre la eficacia a la hora del desarme de una banda terrorista después de haber avalado el esperpento representado por la banda terrorista y los mediadores internacionales, si es que a ustedes les suena el nombre de Manikkalingam, un líder natural en las artes de la mediación. En febrero de 2014, este hombre y sus compañeros vinieron a verificar el desarme de la banda, mediante el sellado de su armamento. Como en su día escribió Florencio Domínguez, lo difícil era armarse. La historia de las organizaciones terroristas demuestra la facilidad del desarme sin mediación alguna, cuando hay un poco de voluntad.

Y sentencia:

Manikkalingam y los suyos no eran en realidad verificadores, sino notarios de Urkullu: se limitaron a dar fe de lo que ETA afirmaba: les enseñaron unas pocas armas que no les dejaron examinar, las metieron en una caja de cartón que sellaron con cinta de embalar y se la llevaron. Por otra parte, ni el lehendakari ni el nacionalismo en su conjunto necesitan verificación. Con que ETA se autoverifique a ellos ya les vale. Qué larga está resultando esta pamema.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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