LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Ignacio Camacho aconseja a Albert Rivera ser menos ególatra: «La pulsión narcisista perjudica a su esperanzador liderazgo»

"El líder de Ciudadanos teme quedar engullido por la maquinaria de poder y acabar de subalterno en La Moncloa"

Santiago González: "Creo que la incertidumbre que vivimos no lo sería si Rivera se hubiese lanzado a buscar un acuerdo con Rajoy"

Consejos y recomendaciones varias a Albert Rivera jalonan este 13 de julio de 2016 las columnas de opinión de la prensa de papel. Son muchos los que alaban el paso hacia adelante del líder de Ciudadanos no oponiéndose a Mariano Rajoy, si bien le piden que avance un poco más, que no se quede en la abstención, que darle apoyo en la sesión de investidura no implicaría que luego no pueda hacer una oposición responsable:

Arrancamos con el ABC y lo hacemos con Ignacio Camacho que le aconseja a Albert Rivera menos altivez y que aproveche una oportunidad única de poder aplicar su programa de reformas:

El partido más amenazado por otras elecciones, fuere quien fuere el que las provocase, se llama Ciudadanos. La mayoría de sus votantes es de centro-derecha y casi medio millón de ellos dieron en junio un aviso de voto útil regresando a la casa común del PP. Esa volatilidad resulta delicada para una organización de nueva planta con señas de identidad basculantes y dirigentes que enfatizan sus escrúpulos de poder. La política española está sobredimensionada de ambición, pero el electorado necesita ciertas referencias de compromiso pragmático. La gente acude a las urnas para elegir gobiernos, y tiende a alejarse de quien no parece interesado en formarlos.

Señala que:

La propia supervivencia de C’s como instrumento político relevante es la primera razón por la que Albert Rivera debería involucrarse, si no en el Gobierno, sí al menos en la gobernabilidad del país. La segunda la determina su propia vocación reformista, que tiene una oportunidad única de ejercer. Será difícil que encuentre al Partido Popular más dispuesto o con más necesidad de negociar, y con una correlación de fuerzas más favorable para desplegar un programa de regeneración estructural que vaya más allá de los vetos nominales. Para eso lo han votado tres millones de españoles cansados del inmovilismo de Rajoy y de la corrupción de la partitocracia: no para echar al presidente ni para salvarlo, sino para que le administre un purgante. Para que le obligue a emprender, desde un modelo ideológico similar, el saneamiento que nunca abordaría si dependiera de su talante.

Las reticencias a gobernar en coalición son comprensibles; Rivera teme quedar engullido por la maquinaria de poder y acabar de subalterno en La Moncloa. No lo es, en cambio, la estrecha circunspección con que aborda su propia responsabilidad como si fuese una vestal democrática. Muchos de sus simpatizantes tampoco van a entender que regatee al PP las facilidades de pacto que ofreció al PSOE; esa diferencia de trato le ha costado más escaños que la ley electoral, aunque rechace la autocrítica por una pulsión narcisista que perjudica su esperanzador liderazgo. Le guste o no, gran parte de su apoyo sociológico procede de un automatismo mental con el que la opinión pública ha diseñado una mayoría agregada de centro-derecha, en la que Ciudadanos desempeña el rol de contrapeso reformador, de renovación generacional y de impulso moderantista.

Y remata:

Todas esas expectativas corren riesgo de disiparse por la quisquillosa altivez con la que el partido naranja se mira a sí mismo y por su miedo perfilero a parecer de derechas y a perder la virginidad política. Se ha presentado con un programa y ahora está en condiciones de llevarlo en gran medida a cabo. Se trata de pájaro en mano y el ave puede volar si hay que repetir elecciones. No es con Rajoy con quien Rivera debe comprometerse, sino con sus electores y, en último término, con España.

David Gistau le recuerda a Manuela Carmena que los estertores del franquismo hace ya tiempo de dejaron de existir, por mucho que ella crea que la ciudad de Madrid es poco menos que un museo del general dictador:

El querido amigo, además de audaz reportero, Rubén Amón ha mantenido en su periódico una charla interesante con la alcaldesa Carmena, ante la cual todos somos contingentes. Carmena tiene un alto concepto de su gestión. Hasta tal punto que, según cree, sólo la manipulación de los medios por parte del PP, que nos tiene hechizados a todos los cronistas y nos hace vudú en el teclado, impide a los madrileños comprender cuán afortunados son por contar por fin con un equipo municipal que conduce la ciudad hacia las luces después de tantas décadas de errancia en las tinieblas con violeteras zombis y cosas así. Hay momentos en los que yo mismo, vecino de Madrid, siento tal felicidad que me iría a una piscina municipal a saltar a bomba desnudo, liberado por fin de la opresión textil. Pero enseguida me hipnotiza el PP y me vuelvo malhumorado.

Carmena idealizó el momento que le tocó vivir creyendo que con ella terminan en Madrid los «estertores franquistas». Que ya son largos, ¿eh?, los estertores, cualquiera diría que al bajar a la calle se va a encontrar uno con Tony Leblanc haciendo de guardia urbano o con Alfredo Di Stéfano debutando en el Real Madrid. Nos acaba de visitar un presidente americano y fíjense que igual era Eisenhower y este verano resulta ser el del Meyba de Palomares.

Recuerda que:

En algunos personajes de la izquierda he detectado ya este tipo de dislocación temporal que siempre me recuerda a la protagonista de «Goodbye, Lenin» que creía vivir en la RDA e ignoraba que ya había caído el Muro. Supongo que es una forma de gestionar la frustración por existir en tiempos menos interesantes, que no dan la oportunidad ni de luchar contra Franco. No es la primera vez que Carmena, y en general Podemos, intenta apropiarse de un hito progresista que ocurrió antes de su aparición para justificar así las presunciones benignas y reformadoras de su existencia. Así ocurre ahora con los «estertores franquistas», que en el ámbito municipal ya fueron purgados por Tierno Galván, los hermanos Berlanga y Alaska, las Vulpes y la Movida en general. Y al decir esto hago una concesión excesiva a ciertas mitologías urbanas de la Transición, pero al menos ubico donde corresponde el salto sociológico de Madrid, que Carmena se encontró hecho desde hace más de treinta años. No quedan otros estertores que los del revisionismo y el anacronismo que configuran el mapa mental maniqueo de los asamblearios.

Y finaliza:

Con todo, si Carmena siente que Tierno le usurpó un papel histórico, el de catalizar una apertura y terminar de clavar la estaca a un totalitarismo, podríamos darle gusto armando una fotografía simbólica semejante a aquella del viejo profesor junto a Susana Estrada con una teta fuera. Admito que la gestión municipal, las cosas del asfalto y las papeleras no son tan apasionantes como derrocar a Franco. Pero, señora mía, es que estamos en 2016, y contra eso poco puede hacerse, salvo autoengañarse como en «Goodbye, Lenin».

En El Mundo, Santiago González considera que Albert Rivera, líder de Ciudadanos, aún debe dar un paso más y pasar de la abstención a un apoyo más directo al PP de Mariano Rajoy:

Mi admirado Albert Rivera: Creo que en algo ha corregido usted su posición y sus errores con respecto a la legislatura anterior, aunque todavía sea mejorable, y eso es un motivo de consuelo para mí.

Me temo que el disfavor de los votantes, esos casi 400.000 que volvieron al PP, se debe a algo que me pasa también a mí: no es desacuerdo, sino incapacidad de comprender sus posiciones, tan cambiantes, y tan apegadas en todo momento a invocaciones de coherencia.

Apunta que:

Creo que la incertidumbre que vivimos no lo sería si usted se hubiese lanzado a buscar un acuerdo con Rajoy, en lugar de ese veto que formulaba y desmentía al mismo tiempo, de esas terceras elecciones cuya posibilidad se negaba mientras se mantiene el bloqueo que las haría inevitables. El PSOE está en el no rotundo, anunciaba ayer el portentoso portavoz Hernando. No hay como acudir a los clásicos. Decía ayer con razón Alfonso Guerra que: «Es contradictorio que el PSOE diga no a Rajoy y que no habrá terceras elecciones. O lo uno o lo otro».

Mi querido Joaquín Leguina era más claro si cabe, y desde luego cabía: el PSOE no puede dejar en manos de los separatistas el Gobierno de España, «si Pedro Sánchez no cambia de opinión, igual los socialistas tienen que cambiar a Pedro Sánchez», que «parece lo más lógico y natural y tendrían que haberlo hecho el 20-D por la noche». Eso es justamente lo que piensa uno: por el bien de la Democracia española y del propio Partido Socialista. Tanto ustedes como el PSOE y el PNV consideran que no hay más remedio que alguien ceda y la cesión consiste para ustedes en quitarse de en medio y endosar la responsabilidad al PSOE. El PSOE hace lo propio y recomienda al PP que se entienda con sus afines, los nacionalistas del PNV y CDC. Sólo por poner un ejemplo: en abril de 2009 el PP se entendió con los suyos ¡para hacer a Lópezlehendakari! Eso que sus afines del PNV tenían cinco escaños más. El PNV no recibe por lo menos hasta después de las elecciones autonómicas.

Y concluye:

Su abstención, admirado Albert, no vale para que tengamos un Gobierno y ustedes puedan ser al fin la oposición responsable que la Democracia española les tiene encomendada. La cosa es que ustedes voten afirmativamente a la investidura del candidato junto a la diputada de CC, mientras el PSOE envía a los lavabos a once diputados urgidos por la próstata a la hora de la votación. Usted debería haber propuesto ayer a Rajoy los puntos esenciales de su programa fracasado con Sánchez, con el fin de ponerle más difícil el rechazo. Al final, ustedes y el PSOE tendrán que desdecirse y la victoria de Rajoy, la leyenda de su manejo de los tiempos se agrandará. Salvo que estén dispuestos a repetir las elecciones, el PSOE a quedarse en 60 escaños y ustedes en 25. Y entonces sí que podrán forjar un pacto ganador, que invista a Sánchez presidente, o, quién sabe, a usted mismo.

Federico Jiménez Losantos dedica su tribuna a un miembro de la secretaría técnica del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados que le dedica varios improperios. Asegura que se trata de alguien muy cercano al entorno de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría:

El Mundo publicaba ayer un editorial muy oportuno sobre los «indeseables» que han convertido las llamadas «redes sociales» en un vertedero a cuyo lado el de Valdemingómez es una bolsita de reciclaje. Lo hacía a propósito de tipos como el rapero Hasel, condenado por apología del terrorismo y podemita de fusión -véanse la foto de Monedero abrazado a su cintura y sus trinos mojándose por Errejón- que celebró la muerte de Víctor Barrio en el estilo propio de la horda.

Pero hay que añadir a lista de indeseables del editorial una especie nueva que no es la de los haters u odiadores vocacionales sino indeseables profesionales, con cargos públicos que paga el contribuyente. Es el caso del profesor valenciano anunciando que «bailará y meará» (espero que a la vez) sobre la tumba de Barrio. O el de los escupidores políticos o esputadores que los partidos, sobre todo PP y Podemos, tienen en nómina para el asesinato civil de los que critican a su Amo. Si mañana cambian las tornas, alabarán lo que injurian o al revés, pero al dictado.

Ayer mismo tropecé con un sorayo hashishino que me ponía verde en Libertad Digital -no sólo a mí, también al periódico: «ya no lo leo», «nadie les sigue»… excepto, claro, el esputador- por criticar a Rajoy, qué bárbaro, y por un detallado informe de Pedro de Tena en LD sobre el estallido del PP sevillano, santabárbara del PP andaluz. Atacar a la persona por lo que opina, sobre todo si defiende la Constitución, sólo pasaba antes en Cataluña, aledaños etarras y cloacas de Interior. Ahora, entre las checas escrachadoras de Podemos y los escribas de las niñashashisinas del PP se han cargado los espacios que los lectores de verdad tenían a su alcance en los medios gracias a internet. Y eso no es pura maldad humana. Es política.

Y remacha:

Yo he sufrido tantas campañas de difamación que me alteran poco. Lo que me fastidia es, encima, tener que pagarlas. Mi esputador de ayer dice ser Manuel Hernández Fuentes y pertenecer a la Secretaría Técnica del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso. O sea, que, si no es un errejoncillo disfrazado, ese émulo de llama andina que presume de cargo antes de esputarme es un sorayo al que pago el sueldo con mis impuestos. Al menos, el odiador Hasel sale gratis. ¿Cuánto nos cuestan estos indeseables profesionales de Soraya? Habla, mudita.

En La Razón, Alfonso Ussía escribe sobre toda esa patulea que, de forma cobarde y anónima, se dedicó a insultar al torero Víctor Barrio, fallecido el sábado 9 de julio de 2016 en la plaza de toros de Teruel:

Tenía decidido escribir de un rapero proetarra amigo de Monedero e Iglesias, y de un presumible maestro valenciano, síntesis los dos del estiércol, de las alcantarillas homínidas, de las fosas sépticas. Pero es tanto el asco que me inspiran estas alimañas que he elegido el contrapunto. La dignidad de la belleza o la belleza de la dignidad enfrentada a los detritus infrahumanos. Y esa dignidad y esa belleza se reúnen en el dolor de una mujer excepcional. La mujer de Víctor Barrio, Raquel Sanz, un árbol herido por la tragedia que ha optado por mantenerse en pie después de sufrir el nortazo loco e inesperado que arrasa con todo cuando muere un torero, en este caso, su torero, y más aún, su marido, su amor, su vida y su futuro. De todo eso, del torero muerto en la plaza, de su amor, de su vida destrozada y de su futuro se han reído los malnacidos. Elementales y burdos animalistas que se burlan de un torero muerto en la plaza y de la tragedia de una mujer admirable. Una zorra con el coño de cianuro respondió al mensaje de Raquel, un mensaje de gratitud a todos los que estaban junto a ella en su drama con otro que califica a su autora. Decía Raquel que la vida había sido injusta con Víctor Barrio. Que no logró su sueño de salir a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas, que se la arrebataron en plena juventud quebrando sus esperanzas. Y la tía esa, furcia cobarde, que intentó posteriormente borrar su mensaje en la red cuando ya había sido reproducido por decenas de miles de personas, le respondía a Raquel que no, que la vida había sido justa, que su marido recibió lo que merecía, y que era una hija de puta. Sobre la herida incurable de la muerte de su amor, el ácido de la primate maloliente.

Destaca que:

Raquel no se desvaneció a pesar del estremecimiento. Y al día siguiente, en Sepúlveda, en plena estética de la maravilla castellana, se encontró con centenares de amigos y de toreros a su lado, dispuestos a llevar hasta la tierra definitiva los restos humanos de su héroe. Ya sin dolor, y en el lugar reservado para los hombres buenos, Víctor Barrio ayudó a sostener a su mujer, rota en su belleza, y vio a sus compañeros llorar mientras soportaban el peso de lo que quedaba de él en la tierra hasta su sitio reservado. El Juli, Enrique Ponce, José Tomás, Jaime Ostos, José María Manzanares, Cayetano Ordóñez, Miguel Ángel Perera, Palomo Linares, el Niño de la Capea, Joselito, Juan Mora, Curro Vázquez, Espartaco, Sánchez Puerto, Pepín Liria, Luguillano, Morenito de Aranda, Uceda Leal, Abellán, David Mora, el gran maestro francés Sebastián Castella, o el mexicano Adame, o el colombiano Ritter, o el peruano Galdós…. Y los que se me han escapado. Todos con él y junto a él. Y la expresión destrozada de los miembros de su cuadrilla, mozo de espadas, apoderado. Todo eso lo vio el torero desde sus nubes, y sostuvo a su junco, a su mujer, quebrada por la melancolía y orgullosa simultáneamente de los compañeros de su amor yerto. Porque sólo entienden la muerte de un torero aquellos que lo son o han sido, los que han visto en decenas de ocasiones pasar a la muerte a un centímetro de sus cuerpos entregados al arte en movimiento.

La muerte torera de Víctor Barrio ha llenado de dolor a las buenas gentes, taurinas y antitaurinas, aficionadas y críticas con la Fiesta. Y ha abierto los vertederos del odio, las cañerías infectadas de la mala gente, de los necios, los perversos, los resentidos, los descolocados, los rufianes, los forajidos sin alma y los hijos de la gran puta en general. Lo mejor y lo peor. Y de lo primero, insisto en recordar la estética de la dignidad de Raquel Sanz, empeñada en mantener la buena educación que enseña el dolor medido, que para eso hace falta el mismo valor que el demostrado por su torero y todos los toreros que le acompañaron en el día más triste de su vida. Una tristeza infinita metida en el cuerpo y el alma de una bellísima mujer que no quiso desmoronarse.

Y sentencia:

No entiendo la burla ante el dolor. No entiendo el silencio de los animalistas, y menos aún, su regocijo por la muerte de un hombre joven que eligió libremente en una sociedad libre ser torero, es decir, hacedor de un arte secular de España que se cumple desde la inmediatez de la muerte. Pero no son ellos los protagonistas de este texto, ya suficientemente manchado por el estiércol de esos animales bípedos. Hoy le mando todo mi cariño y admiración, en forma de elegía, a una mujer cuya belleza, dominio, coraje y naturalidad han entrado con fuerza y simultáneamente en la sensibilidad de millones de españoles. Raquel Sanz, el árbol enlutado de Sepúlveda.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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