LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Santiago González ridiculiza al Comité Federal del PSOE por no oponerse a Sánchez: «Ningún barón tiene los huevos de Bruto y Casio»

"Pedro Sánchez es una muestra gratuita y sin valor, comparado con Zapatero"

Una semana más volvemos a la consabida cantinela de una clase política española que se empeña en acantonarse en sus posiciones y no da el brazo a torcer para facilitar que este país tenga Gobierno.

Así las cosas, este 8 de agosto de 2016 los columnistas de la prensa de papel se fijan en la cerrazón del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que sigue erre que erre con su no a Rajoy y como el Comité Federal, cuando tiene que pronunciarse cara a cara con el líder de Ferraz, da la callada por respuesta.

Arrancamos en El Mundo y lo hacemos con Santiago González que pone de cobardones a los barones que conforman el órgano máximo del socialismo por no decirle cuatro frescas a la cara al propio Sánchez:

El portavoz socialista, Antonio Hernando, cortó por lo sano el debate que proponía Zapatero para virar hacia la abstención, poner fin al bloqueo y propiciar la investidura de Rajoy. «Al PSOE nadie lo va a quebrar». En eso tiene razón: hay tareas que no se pueden externalizar, ellos se bastan y se sobran para quebrar el partido que más tiempo ha gobernado la democracia española.

Recopila los siguientes datos:

Hagamos cuentas: han pedido la reflexión sobre el tema los dos socialistas que han presidido el Gobierno durante seis legislaturas, los cuatro secretarios generales que el PSOE ha tenido en los 40 años que van desde 1974 hasta 2014, varios exministros, otros tantos barones territoriales, un míster Pesc y toda la pesca. Uno comprende que todo eso es muy poco frente a la autoridad política del joven Sánchez y su guardia de corps: el gran Luena, Antonio Hernando, Óscar López y Meritxell, oh mi Meritxell, cuya posición es la que a uno le resulta más incomprensible: después de todo, facilitar el acceso de Rajoy a La Moncloa es menos comprometido en el plano personal que tener al PP 11 años en el propio dormitorio, pero en esto todo es cuestión de gustos.

Si los lectores recuerdan el tiempo en que Zapatero se empeñó en su fatal error de aprobar en el Congreso «la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento de Cataluña», de lo que después se arrepentiría, recordarán que el PSOE en su conjunto no estaba por la labor. Se dijo entonces que Alfonso Guerra y 40 diputados insumisos se plantarían en el debate, pero no hubo tal.

Precisa que:

No los habrá tampoco ahora, por más que Pedro Sánchez sea una muestra gratuita y sin valor, comparado con Zapatero. Sus medianías no admiten medianeras ni mediaciones y el PSOE actual reproduce la crisis de la Roma republicana, aunque con una diferencia básica: el César y los suyos carecen de talento y todos los demás de decisión. Uno no acierta a ver en el Comité Federal a ningún barón con los huevos de Bruto y Casio, en plan incruento, naturalmente. Las dos únicas virtudes políticas que se le pueden imputar al secretario general son su carácter correoso y una ambición que está varios peldaños por encima de sus capacidades políticas.

Añade que:

Ha acertado en una cuestión fundamental: le ha cogido la medida a su partido y sabe que no tiene recursos para oponerse a esta cuadrilla desaprensiva e indocumentada que se ha hecho con el poder del aparato. Los viejos legionarios están cansados y en su mayoría han ido del corazón a los asuntos, de la fe de antaño a los negocios. Dice el periodista Rivasés en Tiempo que Felipe González se daría de baja como afiliado si el joven Sánchez pactara un Gobierno con Unidos Podemos. Habría que verlo, aunque en cualquier caso, la heroica coalición necesitaría la cooperación de los secesionistas catalanes y el traspaso de la línea roja que le había trazado el Comité Federal.

Y remata:

Al fondo tenemos la amenaza de las terceras elecciones, una desgracia de cuyos efectos económicos tardaríamos años en recuperarnos. De materializarse el Gobierno de progreso, la crisis se hará decadencia y tendremos para décadas. Rivera debería pensar que pactar los Presupuestos y el techo de gasto con un señor al que se niega como gobernante es empezar la casa por el tejado y que su voto afirmativo sería un factor definitivo para propiciar la abstención homeopática del PSOE que tanto dice desear, y por tanto para el desbloqueo. Se lo decía el divino marqués a sus paisanos en La filosofía en el tocador: «Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos».

En ABC, Ignacio Camacho le aconseja a Albert Rivera que se lo haga mirar con esa manía persecutoria de querer jubilar a Mariano Rajoy a toda costa:

Circula por el Madrid del poder la especie de que ciertos asesores áulicos han convencido a Albert Rivera de que su misión en la vida consiste en echar a Mariano Rajoy. Ese consejo, atribuido a deseos de vendetta, explicaría la negativa de Ciudadanos a apoyar la investidura con la esperanza de propiciar un candidato diferente y librar al país de un político sobrepasado por las circunstancias y, pese a su terca resistencia electoral, amortizado para emprender cualquier nueva etapa. Pero se trata de una idea con doble filo para el líder reformista, que de llevarla a cabo con éxito podría rendir prematuramente su último servicio a la patria. C’s se alimenta en las urnas de votantes del centro-derecha descontentos con el marianismo, que en caso de desaparecer éste volverían con alta probabilidad a reagruparse bajo un renovado liderazgo en torno al partido alfa.

Apunta que:

Por unas razones o por otras, el debate entre la abstención y el sí al desgastado presidente está abierto en la formación naranja, donde se discute con viveza sobre el modo de definir su vocación de bisagra. La tesis de avanzar hacia el voto afirmativo se desdobla a su vez entre los partidarios de limitarse a permitir la formación de un Gobierno del PP y los de participar en él, opción que Rivera parece tener por completo descartada. Es mucho lo que se juega en el envite el joven partido, dividido por una decisión crucial para su futuro ante la que todas las posturas disponen de razones válidas. Tan lógicas son las reticencias a subsumirse en una alianza desigual como el temor a que la falta de compromiso acabe conduciendo aC’s a la irrelevancia. Sin desdeñar la posibilidad de que un eventual Gobierno del PSOE con Podemos provoque un terremoto de decepción en las bases electorales moderadas.

Existe sin embargo una tercera vía que hasta el momento no ha sido explorada. No es otra que la de arrastrar a Rajoy, al fin y al cabo un dirigente en la rampa de salida, a una retirada en diferido, a una jubilación escalonada. Un acuerdo de reformas explícitas y de duración tasada que finalizase con el relevo del presidente bajo pena de moción de censura en caso de incumplimiento de la cláusula. Esa fórmula cumpliría a la vez todos los objetivos de Ciudadanos y no parece que, si se plantea de forma honorable, el candidato esté en condiciones de rechazarla. ¿Problemas? Muchos, claro, pero de esta crisis nadie va a salir sin arriesgar y la pasividad también puede ser una respuesta equivocada.

Y sentencia:

En todo caso, sea cual sea su opción, Rivera tendrá que asumir costes. El tiempo de la inocuidad se le ha pasado y la suerte le ha gastado una broma: ha de tomar decisiones sin estar en una posición decisiva. Su verdadera misión consiste ahora en identificar la voluntad de sus votantes. Y administrarla eligiendo entre permanecer en una virginidad vestal o involucrarse en la ética de las responsabilidades.

José María Carrascal descarta que haya un Gobierno de izquierdas y nacionalistas y sólo ve tres posibles escenarios: un Ejecutivo del PP con apoyo de Ciudadanos y abstención socialista, un gabinete en solitario de Rajoy o las nuevas elecciones:

Así lo definió el Rey. En efecto, no es un verano de aquellos en que España se paralizaba, dejando todo para septiembre. Pero, esta vez, hasta el Congreso no tiene vacaciones. Y tenemos desde hace ocho meses un gobierno provisional. Algo insólito, porque los españoles necesitamos un gobierno para todo, para que pague las nóminas, para que apague los incendios, para que vele por nuestra seguridad, para que negocie con Bruselas, para echarle la culpa de lo que va mal. ¡Mira que si nos acostumbramos a vivir sin él! No nos caerá esa breva. Breva, sí, porque demostraría que la sociedad civil es más fuerte que la administrativa, como ocurre en Italia. Desgraciadamente, aquí seguimos dependiendo del papá-Estado y sus distintos gobiernos, diputaciones y ayuntamientos, para que nosotros podamos dedicarnos a lo que nos gusta: pasarlo bien con la familia y los amigos. Y como llegue septiembre sin que haya gobierno, ya verán ustedes la que se arma.

Las perspectivas son tres: un gobierno del PP con apoyo de Ciudadanos y abstención del PSOE. Un gobierno en solitario del PP. Y nuevas elecciones. La primera opción es la que más suena, al ser la más lógica, pues el hielo entre el PP y Ciudadanos se ha roto y la distancia que les separa es escasa, pudiendo salvarse con algunas concesiones del PP, sobre todo en el saneamiento de la vida pública. Más difícil será obtener el apoyo del PSOE. Pasar del No-No al No-Abstención sería para él un salto mortal sin red. Se necesitaría aún más presión de la vieja guardia sobre el equipo de Sánchez para que cediese, sabiendo que eso significaría irse a casa, y mucha pedagogía sobre las bases con el argumento: «Si queremos ser la oposición firme y responsables que decimos, tenemos que consentir que haya un gobierno». Pero el formidable lío en que están metidos hace difícil cualquier movimiento en un sentido u otro. Mientras un gobierno de Rajoy con sólo 137 escaños sería un tiro de pichón con todos disparando contra él, incapaz de pasar ni la orden del día. Claro que le daría la oportunidad de acusar al resto de impedirle gobernar, lo que podría resultarles fatal en unas nuevas elecciones.

Descarto la cuarta opción, un gobierno de izquierdistas y nacionalistas por la sencilla razón de que unos y otros están demasiado divididos interiormente para unirse a las demás. Aunque a veces me digo que los españoles necesitamos pasar por ese gobierno Frankenstein, para aprender de una vez qué es eso.

Y remacha:

Este es el panorama en un verano atípico. No es el de 1936, aunque hay todavía quien sueñe con enfrentarse a la malvada derecha explotadora de los pobres. Pero esta España no es aquélla. Lo demuestra que los jornaleros andaluces poseen casas modernas e incluso cortijos. Pagados con fondos públicos desde luego. Pero es que trabajando, no tiene la menor gracia.

En La Razón, Sandra Golpe comenta como la prensa española tiene que pasar a veces por situaciones bochornosas, aguantar a tipos insustanciales e incongruentes:

En este universo plagado de cínicos y listillos, me quito el sombrero ante quienes anteponen la verdad desnuda a lo políticamente correcto, conscientes de que pueden perderlo todo. Hasta la vida. Chapeau por heroínas como tú, escapaste de una situación tóxica con todo el dolor de tu corazón y, al ejecutar semejante salto mortal, salvaste almas colaterales. Te admiro también a ti, amigo noble, porque presenciaste injusticias y las denunciaste. El mejor periodismo tiene que ver con ese «modus operandi» valiente, idealista. Responde, con sus actos, al verso comprometido de Benedetti. «La promesa tan leve no me sirve (…) Me sirve tu sendero, compañero». Ahí están las víctimas de Charlie Hebdo, bandera de la libertad. O el reporterismo de guerras, o los colegas que en países complejísimos, como Turquía, nos detallan, a costa de su propia integridad, cómo el que amaga un golpe de Estado aprovecha, en paralelo, para encarcelar a miles de inocentes.

Subraya que:

Aquí, esta semana, los periodistas no han tenido que jugarse la vida pero sí el honor a veces, por contar hechos que dejan a nuestros políticos a la altura del betún. Los aludidos insisten en que no habrá terceras elecciones, aunque tampoco acaban de mostrar sus cartas sobre la mesa. Unos más que otros juegan con nuestro tiempo. Algunos desaparecieron de repente, o no saben, o no contestan. La prensa recoge cada comportamiento y el pueblo dirá, señorías.

Se pregunta:

¿Qué me decís de Diego Cañamero? Renuncia a su condición de aforado en el Congreso sabiendo que el gesto carece de validez legal. Y luego, en rueda de prensa, cuela a personas de su confianza, disfrazadas de periodistas, para que le pregunten «lo conveniente». Nos lo explicaron, una vez más, varios atónitos reporteros.

Tercera y absurda incongruencia: proclamar que quieres desconectarte de un país y, al mismo tiempo, pedir dinero a ese país, exigir amparo a ese país y agarrarte a sus leyes como un niño al padre, para que te protejan. ¿Me lo explican? Unos cuantos periodistas recogieron aquellas palabras huecas.

Y finaliza:

También volvió a postularse Otegi, quiere ser lehendakari. No se lo impedirá un Estado opresor, ni siquiera la Guardia Civil -qué más quisiera él-, sino sus propios paisanos vascos, cansados de la etapa odiosa que representa, y que pesa como plomo. Por desgracia, algunos ya no pueden contárnoslo, como José Luis López de Lacalle. Me sirve tu sendero, compañero.

Alfonso Ussía está convencido de que Arnaldo Otegui, por más que se empeñe, no tiene hueco ni lugar en la política, que todos sus crímenes va a tener que pagarlos con una inhabilitación de abrigo:

Difícil superar en chulería majadera la última declaración de Otegui: «No va a haber tribunal, ni Estado, ni Guardia Civil, ni Ejército español que impida mi candidatura a Lehendakari». Asombra su vanidad. Basta un oficio, un papel, o un correo electrónico de la Junta Electoral para impedirlo. Ni el Estado, ni el Ejército español, ni la Guardia Civil van a mover un dedo. Hasta febrero de 2021, este delincuente al que admiró Zapatero y hoy forma parte del grupo de ídolos de Pablo Iglesias, no puede ser elegido para nada, a excepción de la presidencia de su comunidad de vecinos. Y aventurar futuros a cinco años vista, no es estrategia inteligente. Otegui come y bebe con delicia, y su caso es único entre los huelguistas de hambre. Iniciaba la huelga de hambre con noventa kilos de peso, y una semana más tarde la báscula le señalaba noventa y cinco. El doctor se lo dijo: «No más huelgas de hambre, Arnaldo, que vas a explotar». Hasta Hebe de Bonafini le mandaba desde Buenos Aires envases con dulce de leche, que hacía personalmente para Otegui durante el tiempo libre que le restaba estafando con sus promociones inmobiliarias. Hasta Cañamero le enviaba perdices de sus cacerías en El Coronil magistralmente escabechadas en su casa de «monte malo». Hasta Ada Colau le surtía de butifarras, y Carolina Bescansa de botellas de leche. Cuando Otegui renunciaba a mantenerse en huelga de hambre, aquello parecía una bola.

Asegura que:

Otegui comparte con Iglesias la psicopatía coperniquiana. El mundo me rodea, y por ello, me pertenece. Si el mundo que me rodea se opone a ser mío, cualquier método es legal para enderezar su rebeldía. En el caso de Otegui, representando la crueldad del más brutal y abyecto terrorismo, brutal y abyecto por simple definición. Iglesias está más en el machismo disfrazado de sonrisas, machismo puro, duro, grosero y verbalmente violento como bien sabe Mariló Montero.

A Iglesias apenas se le ve ni se le oye después de las últimas elecciones. Otegui se muestra más activo, pero su actividad carece de interés porque sus objetivos no se pueden cumplir. Su situación es parecida al del futbolista que termina de ser expulsado del terreno de juego y le ruega al árbitro que le permita tirar el penalti. Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible, que dijo el Guerra aunque muchos se lo atribuyan al Gallo.

Vaticina que:

Fuera de la política hasta el año 2021, a Otegui se le va a hacer la espera muy larga. Tan larga, que es muy probable que en 2021 los vascos no sepan quién es y a qué se dedica, aunque en el resto de España nadie olvide a qué se dedicó. Otegui se mantuvo durante lustros al mando del brazo político de una banda terrorista. Previamente, formó parte de algún comando, y de ello puede dar fe Javier Rupérez y no, por desgracia, Gabriel Cisneros, ya fallecido. Pero aquello de los comandos y el riesgo que la actividad terrorista conlleva, le dió bastante susto, y eligió el camino del terrorismo verbal, del despacho y la buena vida. No obstante, cuando se aburría, llamaba al socialista Eguiguren, y se divertían de lo lindo recorpacio dando lugares y anécdotas. Cuando Otegui fue condenado y encarcelado por la comisión de un delito común -en España no se contemplan los delitos por opinión o militancia política-, Otegui fue recibido en su tierra como un héroe, y como héroe tratado por los radicalismos españoles empeñados en destrozar a España. Pero si algo no se le puede llamar a Otegui, es «hombre de paz», como han hecho Zapatero e Iglesias.

Y remacha:

Por otro lado, apenas importa lo que vaya a hacer Otegui en los cinco años que le restan para ocupar un eslegal en la política española. Por mí que haga lo que quiera. Ir al frontón, acudir a las regatas de traineras, aprender a bailar la «espatadantza» o cortar troncos de roble con el hacha del escudo de la ETA. Con serpiente enroscada, mejor, a ver si hay suerte y le da un mordisco. Puede pasear por Elgóibar y abrazar a sus amigos, y tomar chatos y comer cocochas de merluza. De verdad, que nada importa lo que haga o deje de hacer Otegui durante estos cinco años que van a terminar con sus oportunidades. Otegui es un cadáver político. Y ni el Estado, ni el Ejército, ni la Guardia Civil, ni la Policía Nacional, ni la novia del delantero centro del Athletic de Bilbao van a impedirle nada. Se lo impide la justicia de un Estado de Derecho masacrado por el terrorismo que Otegui ensalzó. Y no hay tu tía.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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