LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

¿Tanta prisa tenía Rajoy con la investidura y ahora retrasa el Comité Ejecutivo que debe aprobar las condiciones de Ciudadanos?

Mayte Alcaraz: "Por supuesto que quien espera 233 días y 500 noches aguarda una semana más"

¿Por qué Mariano Rajoy paraliza durante una semana el Comité Ejecutivo del PP en el que se tienen que votar las seis medidas propuestas por Ciudadanos para que éste dé el sí a un posible Gobierno de los populares? Los columnistas de la prensa de papel no dan crédito a esta postura de un presidente que después de tanta prisa mostrada, ahora parece imbuido en su enésimo tic paralítico.

Arrancamos en ABC y lo hacemos con Mayte Alcaraz que, por supuesto, exige al presidente del Gobierno en funciones toda la celeridad del mundo y que se deje ya de tanta posturista y gestos de cara a la galería:

Si hay un argumento imbatible que ha paseado Mariano Rajoy por cuantas comparecencias ha protagonizado desde el 26-J es el de la imperiosa necesidad, por razones de Estado, de desbloquear cuanto antes la legislatura. Sin ir más lejos ayer repitió en varias ocasiones, tras su encuentro con Rivera, dos conceptos que martillean en esa idea: es importante «un Gobierno ya» y hay que imprimir la «mayor celeridad» a las negociaciones. Nada que objetar al desiderátum si no fuera porque el presidente en funciones se persuadía horas después de esa dinámica disparatada de la política actual según la cual la virtualidad de las decisiones es directamente proporcional al tiempo que se emplea (o pierde) en tomarlas. Algo parecido a lo que hacíamos en la facultad cuando el profesor te preguntaba por un tema que no te habías empollado: cuanto más tiempo te tomabas en contestar y más rollo soltabas, más camuflabas que no tenías ni pajolera idea del examen. Ganar tiempo lo llaman ahora.

Considera que las medidas que Rivera desgranó no parecían ser desconocidas en Moncloa o en Génova 13:

Como el presidente en funciones no iba a ser una excepción, el PP ha optado por emplear 144 horas (el tiempo que transcurrirá hasta que se reúna el Comité Ejecutivo Nacional, que podría haberse convocado hoy o mañana) en estudiar media docena de medidas que estaban más que masticadas por los equipos jurídicos de La Moncloa. Porque nadie puede creerse que esas condiciones aterrizaron por primera vez en la mesa de Rajoy al tiempo que las desgranaba Rivera el martes. Es evidente que el desarrollo legal que precisarán algunas de esas decisiones de regeneración democrática (incluida la reforma de la Constitución y de los estatutos de autonomía para eliminar los aforamientos) obra ya en poder del Gobierno. Lo mismo ocurre con la supresión de los indultos a políticos (que de facto ya se hacía) o la ineludible reforma electoral para desbloquear las listas cerradas junto a la limitación de mandatos, asunto del que el derecho comparado europeo destila jurisprudencia. Aunque el apartamiento de cargos imputados merece una matización mayor, ya que en el acuerdo de Rivera con Sánchez se consignó el momento procesal de la apertura de vista oral para la expulsión del cargo público y no la investigación, nada justifica la dilación. Ni siquiera la digestión del sapo de la comisión de investigación que Ciudadanos exige para levantar alfombras, puesto que con la mayoría de izquierdas en la Cámara esa causa general se abrirá, quiera o no Rajoy.

Ni siquiera es considerable como razón seria la esgrimida ayer por algún cargo popular respecto a que hace falta tiempo para la explicación interna a los miembros de la Ejecutiva. Incluso el responsable de Génova que ayer lo sostenía sabe bien que, como ocurre en el Comité Federal de Pedro Sánchez, una cosa es lo que se dice en los pasillos o en los medios con la boca pequeña y otra muy distinta sostenerlo con el voto cuando el jefe toca a rebato.

Aunque recuerda también que tanto PSOE como Ciudadanos se han tomado su tiempo:

Rajoy no iba a ser menos: Albert Rivera se tomó 1.032 horas (las que han transcurrido desde las elecciones de junio hasta ayer) en convencer a su Ejecutiva de que había que cambiar la abstención técnica por un constructivo apoyo explícito a la investidura, por no hablar del bloqueo de Pedro Sánchez que dura ya desde el 20 de diciembre, es decir, 5.592 horas jalonadas por 17 noes, nueve Comités Federales y varias escapadas a las gozosas aguas de Almería sin convertirse en alternativa… de un Gobierno que impide que se forme.

Por supuesto que quien espera 233 días y 500 noches aguarda una semana más. Pero ni al PSOE se le presiona más por ralentizar el reloj ni los españoles están ya para posturitas.

Para Ignacio Camacho, el tema de las medidas de Ciudadanos, visto lo poco que duró la reunión entre Rajoy y Rivera y que ambos parecían satisfechos con el preacuerdo, parecía que no era desconocido para el líder del PP, como si ya estuviese todo hablado con anterioridad:

Si esto no está ya hablado, lo parece. El ritual de acercamiento entre PP y Ciudadanos tiene el aire de escenificación gradual de un proceso más o menos acordado. Rivera necesitaba el celofán de protagonismo argumental que envolviese su revocación del veto a Rajoy y éste ha de aparentar que se toma tiempo fiel a su costumbre y a su estilo. Pero tampoco hay que exagerar con sobreactuaciones porque eso de votar las condiciones del pacto no se lo cree nadie. A ver si ahora va a resultar que el presidente solo es un voto más en la Ejecutiva, como le dijo una vez con todo su cinismo Felipe González a Pepote Rodríguez de la Borbolla.

Detalla que:

El PP es un partido vertical, de obediencia sin fisuras al liderazgo. Si su máximo dirigente está conforme no habrá órgano que le tumbe el plan. Es probable que en esa reunión estén acordadas incluso las disidencias, un poco de debate y de ceño fruncido para que la militancia más crédula no piense que todo está rodado y que el vencedor de las elecciones claudica sin más ante un socio minoritario encaramado al taburete de su arrogancia. Sin embargo, la política como teatro ha de observar cierta verosimilitud so pena de caer en una comedia bufa que desdibuje su solemnidad dramática.

Estamos en plena creación de un relato, de un libreto con su reparto de papeles y su plan de argumento. Hay que vestir la maniobra de aproximación, forzada por las circunstancias poselectorales, con un ropaje de suspicacias recíprocas solventadas a base de sentido de Estado. Lo que no quiere decir que no exista margen para la sorpresa porque los dos partidos del centro-derecha se profesan un intenso recelo. Sin embargo aún no ha llegado esa etapa de roces y chispazos; este período es aún el del rito de apareamiento. El guión acota expresiones de desagrado y desconfianza que acentúen la responsabilidad de las concesiones mutuas y eviten la sensación de compadreo que por otra parte tampoco sería real; aquí hay sapos que tragar por ambas partes y no resultará fácil hacerlo con buena cara. El más desagradable de ellos se lo va a desayunar Rajoy con la comisión Bárcenas, que puede esconder la trampa para ponerlo en la puerta de salida, pero hasta eso tiene cierto truco: la oposición goza de todos modos de mayoría para imponérsela velis nolis. Ese cáliz de cianuro iba en el menú y la única novedad es que lo han incluido en la factura.

Y remata:

En ese clima de función escénica, el factor que más chirría es el del tiempo. De repente ha desaparecido la urgencia y se han dilatado los plazos. Rivera concede margen a la parsimonia marianista y el presidente, como siempre, deja en manos del calendario el ablandamiento de Pedro Sánchez. Un ambiente balsámico de calma ha sustituido a las prisas casi existenciales. Y eso demuestra que los guionistas han dejado un problema sin resolver: todavía no controlan todas las claves del desenlace.

En El Mundo, Arcadi Espada se muestra receloso con lo de las comisiones de investigación solicitadas en esas condiciones de Ciudadanos al PP. Entiende que no valen para mucho y que al final se tiende a confundir la verdad con otras cosas que nada tienen que ver:

El futuro determinará el valor de la iniciativa de Albert Rivera. El inmediato vendrá dictado por el PP y su verosímil aceptación de las condiciones dictadas. Más allá aguarda la decisión del Psoe de facilitar el acuerdo de investidura a que puedan llegar el PP y C’s. Si los dos hechos se producen, Rivera habrá obtenido un indiscutible éxito político. Más dudoso es que las condiciones planteadas por C’s tengan alguna importancia positiva. En efecto, la ley electoral española es imperfecta como cualquier ley electoral, y puede cambiarse. Ahora bien: su influencia sobre el juego de mayorías/minorías en los 40 años de democracia ha sido insignificante.

Ve con buenos ojos la propuesta de la limitación de mandatos:

La limitación de mandatos parece a priori una buena idea, sobre todo si no se entra en el detalle. El detalle de los mandatos de Merkel y Obama, por ejemplo. Lo mismo sucede con la prohibición del indulto en los delitos de corrupción. Benéfica idea. El problema es cómo se observarán los indultos a policías que torturan o a conductores kamikazes que matan. Para acertar de pleno con el indulto solo hay dos posibilidades y deben ser genéricas: o suprimirlo o aceptar que lo rija el depende. El sentido de los aforamientos está vinculado con la protección jurídica ante la hipotética venganza política. Pero hoy importan poco (una cosa y otra) porque la venganza y la justicia se practican en el escenario mediático donde ser aforado es un apreciadísimo plus de atención y castigo. La compleja y venenosa relación entre justicia, venganza, periodismo y política aconsejarían, igualmente, que un político abandonara sus responsabilidades cuando las acusaciones sobre su supuesta corrupción tuvieran una solidez objetiva. Es razonable pensar que esa solidez no se manifiesta en el inicio de las investigaciones de un juez de instrucción.

Sobre esas comisiones de investigación, recadito a Rivera:

Antes de plantear su exorcismo, C’s debería haber hecho un recuento de las instrucciones que se archivan o acaban bien para el investigado. Por último, se plantea una comisión de investigación sobre el caso Bárcenas. Las comisiones parlamentarias sobre casos judicializados no solo son inútiles sino que facilitan la letal segmentación de la verdad, entre lo político y lo jurídico. Qué útil sería en cambio una comisión sobre los diálogos de despacho del ministro Jorge Fernández, no solo para depurar su responsabilidad y eficacia políticas, sino también para dar a un juez hipotéticos indicios criminales de su conducta y de la de sus subordinados.
Pero en fin. Bien sabido es que lo de Rivera fue una de esas cosas que se hacen con las palabras. Donde no importaba la veracidad y coherencia del Sí sino la acción que suponía el Sí.

Para Martín Prieto, en La Razón, las propuestas de Ciudadanos son más viejas que la tos:

Sería mezquino no admitir que Rivera ha tirado una piedra al agua por ver dónde llegan los círculos concéntricos, aunque el estanque esté en Ferraz y no en Génova. La felicidad consiste en haber sido justo y benéfico y, después, sentarse a la diestra de Dios padre y hacerle dulces objeciones, resultando inevitable ponerle amables reparos al «Ciudadano Rivera». La exigencia de fechar la investidura es el Aleph, el punto donde se encuentran todos los puntos, y análogo a preguntarle al reo a qué hora desea ser fusilado.

Explica qué pasaría de persistir el líder del PSOE en el no perpetuo a Rajoy:

Si Sánchez se enroca en su cerrojazo no hace falta que Rajoy acuda a cualquier sitio a pedir lo que no le van a dar. Como en la efímera legislatura anterior sería de agradecer que no nos robara el tiempo y pasara el testigo a otro, a menos que queramos embalsamar el estancamiento. Ese requisito «ciudadano» parece un brindis al sol o algo más perverso si entendemos la necesidad de Pedro Sánchez de no quedar como primero y único en perder una investidura. Los seis mandamientos (incondicionales) de Ciudadanos son un cajón de sastre que aceptaría discutir cualquier partido, y con retales más viejos que la tos. Aquí todos aspiran a modificar la ley electoral, pero a la carta. La forma más inteligente de modificarla consiste en encerrar una semana a los líderes políticos en la habitación del pánico y luego ir sacando los cadáveres. Resulta llamativo el reduccionismo de la corrupción al caso Bárcenas, equiparable a la consideración del asiatismo con las circunstancias específicas de Mongolia Exterior.

Y recuerda que:

Hasta el más desavisado simpatizante de Ciudadanos ha de saber que la corrupción en esta democracia, pública y privada, emerge por la necesidad de financiar el referéndum sobre la OTAN y encuentra picos indecentes en un corte secesionista de la burguesía catalana y en la administración de fondos de ayuda en Andalucía, que pueden suponer el mayor desfalco desde los Reyes Católicos. Bárcenas («el cabrón») nunca se había visto tan sobrevalorado. La limitación de mandatos (de personas, que no de partidos), las listas abiertas (ya las hay para el Senado) o el desaforamiento de nuestra ridícula pandemia de aforamientos están en el imaginario común y hasta forman parte de nuestro decorado como el mantra momificado de la regeneración que arrastramos desde hace dos siglos y medio. La representación vuelve al teatro del PSOE de donde nunca salió, y el género es el «burlesque», o, peor, el desmayo intelectual de un «reality show».

Ely del Valle celebra la sensatez de Albert Rivera y girar hacia un sí responsable para facilitar que España tenga Gobierno:

Me alegro de que Rivera haya maniobrado. Y de que lo haya resuelto haciendo exactamente lo que le mandaron los electores; los que le votaron lo hicieron para que gobernara y ,si consigue imponer sus condiciones, lo estará haciendo de alguna manera, y además sin defraudar a los que decidieron mandarle a la oposición, porque, de momento, ahí sigue.

Piensa que el PP no va a ser un obstáculo para que las propuestas de Rivera sean asumidas por entero:

No parece que el PP vaya a poner demasiadas pegas a las propuestas de C’s, excepto a las que tienen que ver con leyes que afectan a la Constitución y para las que hace falta que el resto de los partidos también aprueben su modificación. Me gusta que esas condiciones que ahora suponen un resquicio a la esperanza, estuvieran también en el documento que los de Rivera firmaron con el PSOE. Significa que sus principios no cambian según el socio y además obliga a los socialistas a buscar nuevas excusas, cada vez más imaginativas, para seguir negándose a negociar.

Me da confianza ver que por fin los nuevos entran en un juego político diferente al que había; que algunos han llegado a la política a construir desde la posición que se les ha dado y no a poner obstáculos; que haya quien considere que los apoyos no se pagan sólo con dinero, que es el tradicional precio de los nacionalistas, sino con reformas de calado y con cambios que van más allá de jugar con el mobiliario. Me alegro de que aquel Albert Rivera que hace unos años apuntaba una sensatez que nos hacía pensar que ese chico llegaría lejos no la ha perdido… o no la ha perdido del todo. Creo que el siguiente paso debería ser un acuerdo de legislatura y, por qué no, un gobierno de coalición. Pero, claro, para eso sigue haciendo falta el PSOE, o mejor dicho, la ausencia de un PSOE ausente que tendrá que explicar con cuales de las condiciones impuestas a Rajoy no comulga.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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