Periodismo

A Francisco Javier Martín Sáez (Madrid, 1980) le perdían el dinero, las mujeres, la fiesta, los esteroides y el «perico», y no tenía que ser en ese orden.

Una vida llevada al extremo que comenzó a forjarse en las calles de su barrio, Puerta del Ángel, las mismas donde se grabó la serie «Sin tetas no hay paraíso», en la que el dinero, las mujeres, la fiesta, los esteroides y el «perico» eran los protagonistas.

Lo que son las cosas.

En un momento dado -no está claro si mientras está sentado en el interior del vehículo o cuando abre la puerta del coche para colocarse en el asiento del conductor- alguien se acerca por la acera y le pega tres tiros. Uno de ellos en la axila, el otro en el hemitórax posterior izquierdo y el tercero en el lado izquierdo del cuello.

El Niño Sáez huye como buenamente puede, derramando sangre a su paso. Horas después todavía se ve el rastro en la acera. Avanza unos metros pidiendo ayuda, clamando auxilio. Dobla la esquina trastabillándose por la acera y entra en la calle Juan Tornero. No dura mucho más en pie. A la altura del número 24 se derrumba boca arriba en medio del asfalto bajo el sol de la mañana.

Al poco de que Sáez se desploma en el asfalto cubriéndolo todo de sangre, algunos testigos alertan a los servicios del SAMUR-Protección Civil. Los sanitarios se encuentran al delincuente en parada cardiorrespiratoria. Durante media hora tratan de reanimarlo pero no pueden hacer nada por su vida.

Empezó a delinquir a los 11 años

La trayectoria de Francisco Javier Martín Sáez siempre se ha dibujado sobre el alambre de la delincuencia. Nació hace 36 años en Villaverde (Madrid) en el seno de una familia militar: su padre era miembro de las Fuerzas Armadas. De acuerdo a informes policiales, muy pronto comenzó a transgredir la ley. Con 11 años realizó sus primeros hurtos y robos. Y a medida que pasaba el tiempo fue asumiendo objetivos mayores.

 

Poco le importaban las posibles detenciones. Sabía que siendo menor de edad apenas pasaría unas horas en el calabozo, que pronto saltaría de nuevo a las calles del sur de Madrid, donde se movía con especial comodidad.

Enseguida se granjeó el respeto de otros delincuentes, en un submundo en el que se le comenzaba a conocer con el nombre de El Niño Sáez. Quizá para superar ese mote o para ser más eficaz en sus golpes comenzó a frecuentar el gimnasio y a ganar masa muscular. Fuerte, audaz y alma de líder, reunía las condiciones perfectas para organizar en torno a su figura algunos de los clanes más temidos en España, con la violencia como bandera de sus actos. A sus colaboradores, marcando siempre su madera de jefe o caudillo, los llamaba “mis valientes” o “mis bravos”.

Cada robo, cada delito, le hacía subir un escalón en la pirámide criminal. Madrid se le había quedado pequeño y pronto trasladó sus golpes a todos los rincones de la geografía española. Parecía que tratase de ganar una carrera para erigirse como uno de los delincuentes más temidos del país, porque esa es la descripción con la que se le conoce en los escenarios policiales y judiciales.

Se especializó en el uso de ganzúas y de lanzas térmicas para reventar las cerraduras de locales comerciales y establecimientos de lujo. Desde joyerías en Madrid -en uno de sus golpes fue detenido con una mercancía que rondaba los 800.000 euros- hasta bares frecuentados por clientes de alto standing en Ibiza; de los asaltos a los camioneros para robar su carga (a los que no dudaban en golpear hasta la inconsciencia) al robo de 120 kilos de coca en el depósito judicial de Málaga.

Pero su verdadera pasión eran los coches de alta gama. No tenía reparos en robarlos en plena calle y modificar algunos detalles para hacer que pasaran inadvertidos; algunos los vendía, otros los destinaba a su propio uso y disfrute. Entre sus compañeros era de sobra conocida su maestría al volante.

El Niño Sáez conjugó esas dos pasiones -la sustracción de coches y los asaltos a comercios- que reventaban cualquier entendimiento de la ley. Uno de los métodos que más empleaba para sus robos era el alunizaje. O lo que es lo mismo, reventar los escaparates con los vehículos para acceder al interior del establecimiento y, en cuestión de minutos, llevarse la mercancía.

También había afinado sus dotes como butronero, abriendo boquetes en la pared para llegar a otras tiendas o a los lugares en los que se encuentran las cajas fuertes.

Su historial era interminable. Al menos se le relaciona con 70 delitos y fue detenido en una treintena de ocasiones, la última de ellas en octubre de 2015 cuando se preparaba para robar un coche en el barrio madrileño de Sanchinarro. El Niño Sáez, no obstante, casi siempre se encontraba con la libertad provisional y, por consiguiente, con la reincidencia.

Se estima que él y su clan habían amasado una fortuna próxima a los 150 millones de euros. El delincuente que este domingo perdió la vida en La Latina, en el corazón de Madrid, poseía varias viviendas en España y en Marruecos, muchas de ellas a nombre de seres queridos o amigos.

La Policía investiga ahora las causas de un crimen que ha supuesto el punto y final a una de las trayectorias más complejas en el universo criminal de nuestro país.