Han quedado obsoletos los filtros y los guardabarreras.

Periodismo y periodista: Lo que el viento se llevó

Siempre hará falta gente con curiosidad, una pizca de sensibilidad, empuje y talento narrativo que vaya a los sitios, contemple de cerca los desastres que perpetran otros seres humanos y lo cuente

Periodismo y periodista: Lo que el viento se llevó

Esto se esta acabando. Siempre hará falta gente con curiosidad, una pizca de sensibilidad, empuje y talento narrativo que vaya a los sitios, contemple de cerca los desastres que perpetran otros seres humanos y lo cuente, pero el periodismo tal como lo vivió mi generación y aparece en las películas agoniza.

Lo digo con dolor, porque echando la vista atrás no puedo imaginar una vida más divertida, palpitante y hasta rejuvenecedora que la que yo he disfrutado durante tres décadas, pero huele fatal.

No hace tanto, todavía eran multitud quienes se aferraba a la ilusión de que atravesábamos una crisis y que volverían los buenos tiempos, pero no es así.

Hasta hace poco más de 10 años, los periodistas éramos imprescindibles para que funcionase la democracia.

Teníamos acceso privilegiado a las fuentes de información, servíamos de imprescindible contrapeso al poder y controlábamos la distribución de noticias.

Ya no. Para empezar, vivimos en un planeta inundado de información, en el que las fuentes -partidos políticos, empresas, personalidades, científicos y hasta famosillos- han descubierto que pueden llegar directamente al público sin necesidad de utilizar como intermediario al periodista.

Con la ayuda de una tecnología, cada día más barata y sencilla de manejar, cualquiera, con dos dedos de frente y un mínimo sentido gramatical, puede recabar información, jerarquizarla y transmitirla de forma efectiva a grandes masas de público, sin necesidad de tener detrás una empresa periodística.  Han quedado obsoletos los filtros y los guardabarreras.

A eso se suma que la gente lee cada día de forma más superficial, soporta peor textos que superen en extensión el tiempo que un ciudadano sano pasa sentado en el cuarto de baño, se nutre esencialmente de titulares o de mensajes de 140 caracteres y tiene delante una oferta tan variada y enorme, que no va a pagar por lo que puede obtener gratis y moviendo un dedo.

El periodista no decide ya lo que es publicable y lo que no. Lo mismo pasa con las empresas, cuyo papel como guardabarreras de la información se ha erosionado tanto, que apenas se nota.

Ahora, un listo con un ordenador y conexión de fibra óptica a Internet, puede poner patas arriba a un presidente, como le hizo el impulsor del Drudge Report a Bill Clinton a cuenta de la becaria Lewinsky y un pelirrojo osado y bravucón con cuenta de Twitter puede saltarse a la torera los editoriales del New York Times, el informativo de las 7 de la CBS y hasta la portada del Washington Post como ha hace Donald Trump reiteradamente.

Para echarse a llorar.

Alfonso Rojo

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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