LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Hermann Tertsch hace temblar los cimientos de la Moncloa con un soberano palo a Sáenz de Santamaría

"Deberían haber dimitido por su espantoso fracaso la vicepresidenta, pero a estas alturas no se espera de este Gobierno ejemplaridad de ningún tipo"

Hermann Tertsch hace temblar los cimientos de la Moncloa con un soberano palo a Sáenz de Santamaría
Hermann Tertsch. PD

A poco más de 24 horas para que a las diez de la mañana del 16 de octubre de 2017 Carles Puigdemont, aún presidente catalán, responda a Mariano Rajoy, jefe del Ejecutivo estatal si declaró o no la independencia de Cataluña, muchas tribunas de este 15 de octubre de 2017 le sacuden a base de bien al gabinete de Rajoy por su actitud taciturna con los separatistas.

Ignacio Camacho, en las paginas de ABC, le arrea una buena dosis de espabilina a Mariano Rajoy por haberse demorado en aplicar el 155 en Cataluña:

La impuntualidad tiene un precio y el Gobierno lo está pagando. Tardó en comparecer frente a la rebelión independentista y ahora se encuentra ante la paradoja de que el artículo 155, su principal herramienta para imponer la autoridad democrática, le quema en las manos. Todo hubiese sido distinto tras la insurrección parlamentaria del 6 de septiembre, cuando a Rajoy le pesaron las reticencias del PSOE y su propia cautela a la hora de aplicarlo. Tampoco quiso hacerlo antes del 1 de octubre para evitar el simulacro que acabó arrastrando ante toda Europa el prestigio del Estado.

Hermann Tertsch va en la misma línea que su colega de ABC:

Urge la enmienda. La catarsis que será dolorosa. España está ante su prueba más dura desde su Guerra Civil. Pero menos que si se posterga una vez más por falta de coraje u otros cálculos interesados que puedan estar haciendo quienes en ese gobierno con tan poco éxito se han dedicado hasta ahora a solucionar la cuestión catalana. Cierto que deberían haber dimitido por su espantoso fracaso, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría la primera. Pero a estas alturas no se espera de este gobierno ejemplaridad de ningún tipo.

Jon Juaristi cree que manifestaciones como la del 8 de octubre de 2017 en defensa de la unidad de España sirven para lo que sirven… para muy poquito:

Nunca he tenido la menor esperanza de que el golpismo secesionista catalán del Govern fuera yugulado por el Gobierno. No por éste, desde luego, y probablemente por ningún otro. Tendremos procés para rato. O sea, para lo poco que duremos. La nación española, que empezaba a salir del coma tras el valiente discurso del Rey, volverá a sumirse en el sopor preagónico, y de nada servirá recordar que esto fue España, don Sopas Traidor.

José María Carrascal entiende que Rajoy espera que aún sean las CUP quienes acaben con Puigdemont, políticamente hablando, claro:

Rajoy no tiene prisa. Incluso está dispuesto a darle la última oportunidad, mientras se tramita la aplicación del 155. Le conviene que sean sus socios quienes le despachen, no él. Y lo harán si no les obedece. La CUP no es nacionalista. Es antisistema, de ahí la alianza antinatural que mantiene con la vieja Convergencia, parte del sistema. Hoy intenta zafarse de los radicales y no puede. Suele ocurrir cuando te montas en un tigre.

En La Razón, Cristina López Schlichting considera que aplicar el 155 en Cataluña puede ser un fiel reflejo de que es peor el remedio que la enfermedad:

Ocurre, sin embargo, que hay quien a toda costa quiere la implementación del 155, pero no hay que olvidar que el artículo plantea muchos problemas. Hay que descabalgar a las autoridades locales, y eso nunca sienta bien y genera más rencor. No se descartan problemas de orden público. Sería una pena que la soberbia encegueciese al president y lo moviese a inmolarse para pasar a la Historia. Igualmente habría derrota independentista… pero por las malas.

El País se pone una medalla asegurando que la reforma constitucional, con la cuestión catalana de por medio, la había pedido hace una década el propio diario:

Entre la recua de consecuencias negativas generadas por el disruptivo procés soberanista catalán descuella una positiva, aunque comparezca de rebote: acelerar la apertura de un procedimiento parlamentario para la reforma constitucional, reclamada sin éxito desde hace más de diez años y respaldada por EL PAÍS en más de una docena de editoriales. No es que la reforma sea necesaria solo para diseñar un mejor encaje de Cataluña en España: aunque también convenga por esa razón, lo cierto es que la ley suprema de nuestra democracia debe actualizarse.

Arcadi Espada, en El Mundo, celebra que el 16 de octubre de 2017 acabe el circo del separatismo:

La emoción romántica y xenófoba de cualquier nacionalismo, al fin irresistible, ha acabado con la tranquilidad y ha tratado de dejar el sustantivo ondeando independiente al aire libre. En vano Carles Puigdemont, criado hasta muy alta edad en la mama pujolista, quiso mantener a última hora vivas las dos cláusulas. Pero ya era tarde. El lunes acaba para el nacionalismo una gran época. La época fértil de la ambigüedad. Vivieron cuatro décadas en un sí es no es y por su infectada cabeza, que no por la presión del Gobierno, ¡que bien que lo siente!, han de contestar ahora al requerimiento binario y final.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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